La magnitud y la hinchazón

A veces los hombres se causan un gran daño a sí mismos, mientras temen ofender a los demás. Mucha es la influencia de los buenos amigos para el bien y de los malos para el mal. Por ello el Señor, con el fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores. ¡Gran misericordia la del autor! Sabía, en efecto, que si elegía a un senador, iba a decir: «Ha sido elegida mi dignidad». Si hubiera elegido primero a un rico, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi riqueza». Si hubiese elegido antes al emperador, hubiese dicho: «Ha sido elegido mi poder». Si el elegido hubiese sido un orador, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi elocuencia». Si el elegido hubiese sido un filósofo, hubiera dicho: «ha sido elegida mi sabiduría». «Está gente soberbia -dijo el Señor- puede sufrir una pequeña dilación; está muy hinchada». Hay diferencia entre la magnitud y la hinchazón; una y otra cosa son algo grande, pero no algo igualmente sano. «Sufran dilación -dijo- estos soberbios; han de ser sanados con algo sólido. Dame en primer lugar este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada sabes, sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que se asuste, pero hay mucho para ser llenado». A tan amplia fuente ha de llevarse el vaso vacío. Dejó sus redes el pescador, recibió la gracia el pecador y se convirtió en divino orador. He aquí lo que hizo el Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; eligió también lo despreciable del mundo y lo que no es como si fuera, para anular lo que es (1 Cor 1,27-28). Y ahora se leen las palabras de los pescadores y se doblega la cerviz de los oradores. Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos; desaparezca de en medio el humo que a medida que se eleva se esfuma; despréciense totalmente en bien de la salvación • S. Agustin,  Sermón 87,1.

¡Una Iglesia Bienaventurada!

Secularizada. Fría. Profundamente interesada en las cosas materiales. Así es la sociedad en la que vivimos. Ciertamente hay muchos cristianos que (nos) dan testimonio de espiritualidad y servicio desinteresado a los demás, pero el mundo gira en una espiral de materialismo que pareciera no tener fin. Y de la Iglesia ¿Podríamos decir casi lo mismo? ¿Por qué no salen oleadas de alegría de nuestras asambleas eucarísticas; por qué es que casi nos matamos a bostezos en ellas? Las bienaventuranzas que escuchamos en el evangelio de este domingo –el cuarto del Tiempo Ordinario- quizá nos ayuden a entender cuáles son los rasgos fundamentales del cristiano[1]. Y es que no es posible proponer el evangelio de cualquier forma. Las ideas y propuestas de Jesús solo se difunden desde actitudes evangélicas. Así las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Ambas. Solo así hemos de caminar hacia el futuro. Dichosa la Iglesia pobre de espíritu y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios. Dichosa la Iglesia que llora con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios. Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida. Dichosa la Iglesia que tiene hambre y sed de justicia dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios. Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios[2], pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia. Dichosa la Iglesia de corazón limpio y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios. Dichosa la Iglesia que trabaja por la paz y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios. Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios[3]. Las sociedades en las que vivimos necesitan comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas, ¿estamos conscientes de ello?  Solo una Iglesia que vive estas bienaventuranzas tendrá autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy, ¿cuál es la marca que portamos los Cristianos? • AE


[1] Mt 5, 1.
[2] Cfr. Os 6, 6-7; Mt 9, 10-13; 12, 1-8.
[3] J. A. Pagola, Cuarto Domingo del Tiempo ordinario. Ciclo A (Mateo 5,1-12), 29 de enero 2017.

Junto a Dios no hay temor (Salmo 26)


Aborrezco las luces deslumbrantes
de ídolos y dioses fabricados.
No corro detrás de las luces atrayentes,
espléndidas,
de la gran ciudad.

No me dejo seducir por las luces
sugerentes de la publicidad,
con sus guiños malvados y engañosos:
"Coca-Cola: beba usted.
Carlos III: el amigo en la intimidad.
Fortuna: su tabaco ideal".

Ni me encantan las luces estimulantes
de los escaparates o las discotecas.
Me ciega la luz de las estrellas rutilantes
y me aburre la luz de las pantallas,
grandes o pequeñas.

Son todo luces ficticias y vacías,
luces débiles, mortecinas, grotescas,
siniestras, fantasmagóricas,
que se apagan a golpe de moda
y se compran y venden por dinero.

Yo quiero una luz que nunca se apague,
una luz que me encienda el corazón y las entrañas,
y me convierta en una antorcha viva.
Yo busco una luz viva.
"El Señor es mi luz".

Me encanta, Señor, la luz de tu Palabra:
cada palabra es un lucero.
Me cautiva la luz de tus ojos:
anuncian un océano de dicha.
Me puede la luz de tu costado:
es la puerta del paraíso.
Me embriaga la luz de tu Espíritu:
es un sol que enciende y no quema,
un cielo de amores infinitos.

"Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro".
Tu rostro es mi luz
y mi salvación.
Tu rostro es mi encanto
y mi diversión.
Tu rostro es mi manjar y mi canción.

Lo buscaré como la esposa
al amado del alma.
Lo buscaré en la vigilia y en el sueño,
en el trabajo y en el descanso,
en el gozo y en el sufrimiento.
Lo buscaré siempre.

Pero no lo buscaré
en el monte espléndido,
ni cuando andaba sobre el mar.
Lo buscaré mejor
hecho ascua viva de amor en el madero,
ardiendo en la cera de su propia carne,
alimentado con el aceite inextinguible
del Espíritu.

Lo buscaré siempre
en la cruz de cada día:
en los pobres, enfermos y oprimidos,
pequeños luceros escondidos
que iluminan la noche del mundo •


Caritas, Pastor de tu hermano, Cuaresma 1986, p. 30 ss.

Aguilas y conversiones y vuelos


El águila es el ave de mayor longevidad de su especie, llega a vivir unos setenta años, pero para llegar a esa edad a los cuarenta deberá tomar una decisión difícil. En ese momento sus uñas están apretadas y flexibles, con lo que no consigue atrapar a las presas de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra su pecho. Sus alas están viejas y pesadas y con unas plumas gruesas que le hace difícil volar. El águila solo tiene dos alternativas: morir, o enfrentar su doloroso proceso de renovación que consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga necesidad de volar por un buen tiempo. Después, ahí, el águila comienza a golpear con su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo, esperando a que crezca uno nuevo con el que desprenderá, una a una, sus uñas y talones. Cuando los nuevos talones comienzan a nacer, empezará a desplumar sus viejas plumas. Después de ese tiempo, largo, doloroso, se lanzará al célebre vuelo que le dará unos treinta años más de vida. Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos. Son las primeras palabras que recoge san Mateo al regreso de Jesús de sus días en el desierto. Conversión. Cambio. El tema no nos gusta. Le sacamos la vuelta; le huimos como a la peste. Pensamos en algo triste, penoso, unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que quizá ya no nos sentimos ni con humor y mucho menos con fuerzas. Sin embargo la conversión de la que habla Jesús –aunque el verbo en castellano sea un imperativo- no es algo forzado, sino una invitación. Una invitación que va creciendo por dentro en la medida en que vamos tomando conciencia de que Dios quiere hacer nuestra vida más humana y feliz. Asin. Tal cual. Y es que convertirse no es intentar hacer todo mejor, sino encontrarnos diariamente con ese Dios que nos quiere con locura. No se trata sólo de ser una buena persona sino de volver a Aquél que es bueno con nosotros. Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirnos más vivo que nunca, pensando hacia dónde debemos caminar. Convertirse pues es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestra vida diaria, es liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión, es dejar a un lado objetos que no necesitamos y apartarnos de personas que no nos necesitan. Empezamos a convertirnos cuando descubrimos que lo importante no es preguntaros: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?». Cuando nos vamos convirtiendo a ese Dios del que habla Jesús a lo largo y ancho de los cuatro evangelios poco a poco entenderemos que no debemos tener miedo de nosotros mismos, ni de nuestras zonas más oscuras. Ese Dios nos ama como somos. Quizá han pasado los años, y hemos logrado cierto prestigio, o una carrera profesional brillante, quizá cuenta de ahorros jugosa, o una casa grande y llena de cosas…. Pero si no nos hemos encontrado con este Dios lleno de amor que comprende nuestras miserias y caídas, habremos equivocado el camino, el sentido de nuestra vida[1]. Hoy, cuando escuchemos en la proclamación del evangelio ese Conviértanse porque ya está cerca el Reino de Dios, pensemos que nunca es tarde para convertirnos, porque, porque nunca es tarde para amar, nunca tarde para ser más feliz, nunca tarde para dejarnos perdonar y renovar por Dios, por dentro y por fuera. Igual que el águila, se trata de renovarnos, o morir• AE





[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 67 ss.

¡Este es el Cordero de Dios!


J. F.  Navarrete, "el mudo", El Bautismo de Cristo
(Hacia 1567), Óleo sobre tabla, 48,5 x 37 cm. Museo del Prado (Madrid) 
...

Esta pequeña tabla de Navarrete fue presentada a los monjes jerónimos del monasterio de El Escorial y poco después al propio rey, Felipe II. El hecho se suele fechar hacia 1567, momento en que el joven artista riojano había regresado de Italia.  El Bautismo de Cristo es una excelente muestra de la pintura de Juan Fernández Navarrete al ponerse en contacto con Felipe II: huellas flamencas en la percepción del paisaje y los ángeles, y abundante presencia de manierismo romano, con latentes recuerdos de Rafael y Miguel Ángel, palpables también en la concepción, la entonación cromática, fría y agria, y la técnica lamida y prieta. Una pintura, por lo tanto, tan ecléctica como los gustos de Felipe II a comienzos de la segunda mitad del siglo, pero que maduró hacia ciertas formas más pictóricas, plenas de sensual cromatismo y audaz iluminación, gracias al intenso contacto de Navarrete con la cantera escurialense, especialmente Correggio y la pintura veneciana. La pequeña tabla aparece inventariada en El Escorial desde 1574, donde permaneció hasta la invasión francesa, cuando fue llevada a Madrid para formar parte del Museo Josefino. Depositada durante un tiempo en la Academia de San Fernando, llegó al Museo del Prado en 1827. [1]

[1] Ruiz, L. El Greco y la pintura española del Renacimiento. Guía, Museo del Prado, 2001, p. 70.

Prohibiciones y caricaturas y Amor

Cuántos de nosotros llevamos en el fondo de nuestra alma [por muchos años] la caricatura de un Dios desfigurado que nada tenía que ver con el verdadero rostro de un Dios lleno de amor y revelado en Jesús. El tiempo ha pasado. Para muchos, desafortunadamente, Dios sigue siendo el tirano que impone su voluntad caprichosa, que nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y que impide ser todo lo felices que nuestro corazón desea. Muchos aún no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino más bien es una mano tendida con ternura, empeñada en quitar el pecado del mundo, como nos dice el Bautista en el evangelio de hoy[1]. Hemos de detenernos un momento y pensar. Y darnos cuenta que las cosas no son malas porque Dios haya decidido que lo son. Es al revés: justamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo. A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica, pues aumentamos la tristeza de nuestra vida, cuando, precisamente, creíamos que la íbamos a hacer más feliz. Debemos tener siempre presente la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, es dar la espalda a la verdad, es llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad. Pecar es, como sugiere el mismo término hebrero, errar el camino. Cuando de pequeños nos decían “pecando lastimas a Dios” no nos lo explicaron bien, ni ayudaron a nuestra espiritualidad. Dios no puede lastimarse porque es Dios, y Dios no sufre, al menos no como nosotros entendemos el término sufrir. Este domingo, cuando Juan nos presenta a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo, no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las costumbres, o en un Dios sediento de venganza, sino que nos anuncia –oh maravillosa noticia!- que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia[2]. Que, en Jesucristo, su Hijo, nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría y su perdón llenos de ternura y misericordia. Viviremos mucho mejor nuestra fe cristiana cuando experimentemos al Señor a nuestro lado, y con Él una liberación gozosa que cambia nuestra existencia, un perdón que nos purifica de nuestro pecado, y un respiro ancho que renueva nuestro vivir diario ¿será este domingo el momento perfecto para empezar a intentarlo? • AE


[1] Cfr. Jn 1, 29-34.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 65 ss.

El camino hacia la Belleza

H. Bosco, La adoración de los Magos (1490-1500), óleo sobre madera, 
Museo Nacional del Prado (Madrid, España) 
...

Los magos del evangelio son únicamente el comienzo de una inmensa peregrinación, en la que la magnificencia y la hermosura de esta tierra se ponen a los pies de Cristo: el oro de los mosaicos del antIguo cristianismo, la luz policromada de las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la alabanza de las piedras, el canto navideño de los árboles del bosque son para él, y los instrumentos músicos hallaron sus modos más hermosos cuando se postraron a sus pies. También el sufrimiento del mundo, sus penas y trabajos vienen a él para encontrar, al menos durante unos instantes, ante el Dios que se ha hecho pobre, el alivio y la comprensión. Todos nosotros nos hemos hecho hoy un poco puritanos: ¿no hubiera sido mejor entregar todos esos tesoros a los pobres? Pero nos olvidamos, al hacer esa pregunta, de que la hermosura y la magnificencia que se regaló al Señor es la única propiedad común del mundo. ¡Qué contraste entre las residencias y las iglesias, entre los museos y las catedrales! ¡Qué diferencia se observa si se trabaja en el Louvre, en los Ufficci, en el Museo Británico o si se coincide rezando en una iglesia viva en la alabanza de las piedras! La riqueza que se ha regalado al Niño de Belén se adecúa a todos y todos la necesitamos como el pan. El que quita lo hermoso a un niño, para convertirlo en algo útil, no le ayuda, sino que le causa daño: le quita la luz sin la cual todos los cálculos son fríos y se convierten en nada. Ciertamente, si nosotros empalmamos con esta peregrinación de los siglos, que pretende derrochar lo más hermoso de este mundo para el Rey recién nacido, no deberemos por ello olvidar que él siempre sigue viviendo en el establo, en la cárcel, en las favelas y que nosotros no le alabaremos si no somos capaces de encontrarle allí. Pero el conocimiento de ese hecho no debe impulsarnos a una dictadura de lo útil que proscriba la alegría y que dogmatice una austera seriedad[1].  La preocupación por la belleza de la casa de Dios y la preocupación por los pobres de Dios son algo inseparable: no sólo necesita el hombre de lo útil, sino también de lo bello; no sólo de una casa propia, sino de la proximidad de Dios y de sus signos. Donde él es glorificado y exaltado se hace la luz a nuestro corazón. Donde no se le da nada a él se esfuma también lo otro; pero donde son excluidos sus pobres tampoco se hace caso de él •


[1] J. Ratzinger, El rostro de Dios, Sígueme, Salamanca 1983, p. 71 ss.

Abiertos y universales


Y… ¿Para quién nació Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Así nos lo dice la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Epifanía. El Mesías nace no sólo para Israel sino también para los paganos, por más malos que estos sean. Nace no sólo para los cristianos sino para todos los demás pueblos. Para los  hombres de toda raza y condición. Buenos, malos, puros, impuros, etc. Para todos. La Iglesia celebra hoy la manifestación de Jesus a todos. En los magos estamos bien representados los que naceríamos después de Jesus. Con un lenguaje poético y entusiasta lo había anunciado ya Isaías: levántate, Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos  caminarán a tu luz: todos esos se han reunido y vienen a ti[1]. Esto es lo que hoy nos alegra el corazón: que Cristo se ha manifestado como salvador de todos. No somos universales de corazón porque estamos encerrados en nuestro grupo, porque apenas nos damos  cuenta de que Dios ha llamado a la fe a hombres de todos los colores, pertenecientes a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas o incluso sospechosas. Jesus no es patrimonio de ninguna cultura, ni siquiera de la Iglesia Católica. Nadie tiene la exclusiva, o el monopolio. No somos pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a los que no coinciden con ellos los excluimos e ignoramos. Las cosas como son. Nos mostramos distantes tal vez no por el color de la piel pero discriminamos basados en posiciones políticas, ideologías, espiritualidades, el grado de simpatía ¡hasta la situación económica! No somos universales en nuestro corazón y hoy, en la Epifanía, nos encontramos con un Dios que se ha muestra radicalmente  universal, abierto. Un Dios que envía a su Hijo para todos, sobre todo para los que en nuestra estrechez de miras nos sentimos en posesión de la verdad. Dice el proverbio chino (ése tan maravilloso) que "si quieres amar a otro, has de  comenzar por perdonarle que sea otro". Quien mejor nos ha dado una lección soberana de apertura al otro es Jesús. Hoy, en el silencio de la oración y la eucaristía le pedimos que haga de nosotros personas abiertas, universales[2]. Que sepamos convivir con todos y encontrar en todos a ese Cristo que nos salva y nos convoca en la alegría y en la paz • AE



[1] Is 60,1-6
[2] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1986.

El Rey y el valle de lágrimas


Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizás con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro Valle! Amén.
... 


Este poema, compuesto en Burlada (Navarra) en diciembre de 1978, ha tenido la fortuna de pasar al libro de la Liturgia de las Horas como himno cotidiano de Vísperas en tiempo de Navidad, tanto en España como en América. Pocos días después le puso música Fidel en Miranda de Arga (ermita de la Virgen del Castillo), en una convivencia espiritual, el 4 de enero de 1979. Está publicado en R. M. Grández, capuchino (letra) – F. Aizpurúa, capuchino (música), Himnos para el Señor, Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 53-56. 

AKATHISTOS


Salve, por ti resplandece la dicha;
Salve, por ti se eclipsa la pena.
Salve, levantas a Adán, el caído;
Salve, rescatas el llanto de Eva.

Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre;
Salve, abismo insondable a los ojos del ángel.
Salve, tú eres de veras el trono del Rey;
Salve, tú llevas en ti al que todo sostiene.

Salve, lucero que el Sol nos anuncia;
Salve, regazo del Dios que se encarna.
Salve, por ti la creación se renueva;
Salve, por ti el Creador nace niño.

Salve, ¡Virgen y Esposa!
Salve, ¡Virgen y Esposa!
Salve, tú guía al eterno consejo;
Salve, tú prenda de arcano misterio.
Salve, milagro primero de Cristo;
Salve, compendio de todos los dogmas •

(El Akáthistos –algunas veces en español "acátisto") 
es el gran himno de la liturgia oriental griega 
que medita sobre el misterio de la Maternidad Divina.
El texto completo puede leerse en: 

Ciclos y luces y Navidad. Junto a la Santísima Virgen.


Sin la luz de la fe, nuestro calendario no es otra cosa que la suma o el poner por orden las rotaciones de la tierra. En  veinticuatro la tierra gira en torno a sí misma y en trescientos sesenta y cinco días, en  torno al sol. El día y el año no son entonces más que medidas puramente mecánicas. Así, el tiempo es como un círculo. Una marcha circular que se repite siempre de nuevo. La  tierra va realizando su carrera, prescindiendo de los sufrimientos y las esperanzas de los  hombres y mujeres que viven sobre ella. Sólo la fe transforma el tiempo y le da sentido. A lo largo del año celebramos ciertos momentos -los creyentes  les llamamos fiestas- que nos recuerdan las acciones de Dios sobre nosotros, o entre nosotros, desde el nacimiento de Jesús hasta su resurrección. La celebración de estas fiestas es algo distinto al discurrir de los días. Es la celebración del amor inagotable de Dios que nos va acompañando en el camino hacia la eternidad. Así, el comienzo cristiano del año litúrgico con la celebración de la Navidad, es algo totalmente  distinto del inicio de un año civil. Es comenzar un nuevo paso hacia la eternidad de Dios apoyados en la fe en ese mismo Dios encarnado entre los hombres. Por eso, año con año, en el umbral del nuevo año (civil), la liturgia de la  Iglesia nos presenta la Carta a los gálatas que nos invita gritar: Abba, Padre y que se despierte en nosotros una confianza que nos ayude a caminar  hacia el nuevo año, consolados y animosos. El punto está en que no nos resulta fácil. Nos  falta la ingenuidad y la confianza. Nos resistimos a  presentarnos ante Dios como niños débiles, acostumbrados como estamos a defender  nuestra posición de adultos ante todos. Pero tenemos la experiencia amarga del pasado. Cuando queremos caminar solos por la vida, terminamos encontrándonos con nuestra propia impotencia[1]. ¿No haremos  tampoco este año la experiencia nueva de vivir con más confianza en el Padre? ¿Por qué no  va a ser posible en estos tiempos modernos vivir con esa confianza profunda en Dios?  No sabemos lo que nos espera en el nuevo año, pero sabemos que nos espera Dios. No  conocemos los problemas, conflictos, sufrimientos y soledades que sacudirán nuestro  corazón, pero siempre podremos invocar a Dios. No sabemos qué pecados cometeremos y  en qué errores caeremos, pero siempre podremos contar con su perdón. A lo largo de todos estos días, desde que comenzamos el Adviento hasta hoy, la figura de María acompaña a Jesus, que es el personaje central. Al verla ahí, tan cerca de Él, es sencillo llegar a una clara conclusión: “Si este niño recién nacido es el  Hijo de Dios y esta mujer lo ha dado a la luz, no cabe duda: Ella es la Madre de Dios”. Pero la Iglesia no se detiene ahí, con su liturgia nos pone a la Virgen Santísima en primer plano para que comprendamos, una vez más, un año más, que gracias a ella la Navidad ha sido posible • AE

[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias 1985, Navarra, p. 263 s.

La Sagrada Familia de Nazareth


B.E. Murillo, La Sagrada Familia del pajarito (1650), 
óleo sobre tela, Museo del Prado (Madrid)
...

De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Nació de una Virgen Madre
una noche iluminada
por ángeles y luceros
en una pobre cabaña;
tuvo un padre carpintero
que todo el día trabajaba
para darle de comer
al hijo de la esperanza,
que un día edificó los mundos
por ser la eterna Palabra.

De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Eterno Amor allá arriba;
acá abajo amor sin mancha.

Arriba, el Fuego inefable;
acá, el calor de una casa.
Allá, en el seno infinito,
la canción nunca acabada;
acá, la canción de cuna
y la canción de una lanza.

De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Vivió humilde en la obediencia
su humildad humillada;
pobre vivió en Nazaret
quien rico en su Padre estaba,
y siendo todo en la altura
en el suelo se hizo nada.

¡Oh Jesús de Nazaret,
hijo de Familia humana,
por tu Familia divina,
santifica nuestras casas! Amén •

Himno del Oficio de Laudes

de la Liturgia de las Horas

El corazón de un niño


María conservaba todo esto en su corazón, nos cuenta el evangelio. Y nosotros terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Péguy que «hay algo peor que  tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada». Por eso no nos extrañe que la celebración de la Navidad, tan envuelta en superficialidad y consumismo, apenas nos diga algo nuevo o gozoso a los hombres y mujeres de hoy así como estamos con un «alma acostumbrada». Acostumbrados a escuchar que Dios se hizo hombre y se nos ofrece como niño. Lo dice Saint-Exupery en el prólogo de su Principito: «Todas las  personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una  mirada de niño. Esta es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo misterio. Pero  ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos  ofrece cercano, indefenso, entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño. Y éste es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que  cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón,  abrirse confiados a la gracia y el perdón. A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de adultos, siempre hay en  nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños. Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco  de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos la televisión y el WiFi; olvidemos nuestras prisas,  nerviosismos, compras y compromisos. Escuchemos dentro de nosotros ese corazón de niño que no se ha cerrado todavía a la  posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. Es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que se rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama • AE

¡Es Nochebuena!



Autor anónimo, frontal altar de Santa María de Cardet, 

España. 

...
Hoy nace el sol divinal 
de la Virgen sin mancilla; 
hoy el eterno se humilla 
y se hace hombre mortal. 

Hoy la reina celestial 
pare al rey del firmamento, 
sin recibir detrimento 
su pureza virginal. 

Adórote, Verbo eterno, 
Hijo del muy alto Padre, 
nacido de pobre madre 
en la yema del invierno. 

Gracias te doy, Niño tierno, 
pues con tu divinidad 
juntaste mi humanidad, 
por librarme del infierno. Amén.

(himno del Oficio de Vísperas 
de la Liturgia de las Horas) 

Belén, el Calvario el asombro y la locura (II)


Ch. Camoin, Ventana abierta hacia el  puerto de St. Tropez (1958), 

óleo sobre tela, colección particular

...


Navidad es la gran prueba. En estos días ese amor de Dios se hace visible en un portal. Ojalá se haga también visible en nuestras almas. Ojalá en estos días la nevada de Dios, la paz de Dios, la ternura de Dios, la alegría de Dios, descienda sobre todos nosotros como descendió hace dos mil años sobre un pesebre en la ciudad de Belén. La Navidad es como el tiempo en el que esa misericordia de Dios se reduplica sobre el mundo y sobre nuestras cabezas. Es como si, al darnos a su Hijo, nos amase el doble que de ordinario. Durante estos días de Navidad, todos los que tienen los ojos bien abiertos se vuelven más niños porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios fuera en estos días el doble de Padre. Pero ¿cuántos nos damos bien cuenta de esto? ¿Cuántos estamos tan distraídos? Abramos las ventanas de los ojos y descubramos la maravilla de que Dios nos ama tanto que se vuelva uno de nosotros. ¿Qué pasa realmente estos días? Y la respuesta es que Alguien muy importante viene a visitarnos. ¿Quién es el que viene? Nada menos que el Creador del mundo, el autor de las estrellas y de toda carne. ¿Y cómo viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en un bebé como los nuestros. ¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a darnos nuevas razones para vivir y para esperar. ¿Para quién viene? Viene para todos, viene para el pueblo, para los más humildes, para cuantos quieran abrirle el corazón. ¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra, en aquél donde menos se le podía esperar. ¿Y por qué viene? Sólo por una razón: porque nos ama, porque quiere estar con nosotros. Y la última pregunta, tal vez la más dolorosa: ¿Y cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros queramos. Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de nosotros si le acogemos. Dejemos que estas preguntas crezcan dentro de nosotros, y quizá nos descongelemos por dentro. Y quizá descubramos que no hay gozo mayor que el de sabernos amados, cuando quien nos ama —iy tanto!— es nada menos que el mismo Dios • AE

Belén, el Calvario el asombro y la locura (I)


Dos palabras son inevitables en estos días de Navidad: asombro y locura. Asombro por parte de nosotros, los creyentes. Locura, por parte de Dios. Dos palabras que van más allá de la simple ternura. La sonrisa, la ingenuidad, la ternura, son partes inevitables de la Navidad. Pero la Navidad, que es eso, es también mucho más. Buenos son los chocolates, las serpentinas y los nacimientos. Buenos, siempre que no se queden en frivolidad superficial. Porque la Navidad es un tiempo dulcísimo, pero también tremendo, como tremendo es eso de que Dios se haga uno entre nosotros, que Dios haya querido no sólo parecerse, sino ser también un bebé. Hay un verso de Góngora que a mí me impresiona siempre y en el que el poeta defiende que el día de Belén es más importante que el del Calvario, porque, dice el poeta: «hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto». Efectivamente, el gran salto de Dios se produjo en Belén, su gran descenso hacia nosotros. Y nuestra gran subida. Porque «si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser». Por eso decía al principio que la gran locura de Dios se produjo este día en el que se atrevió a hacerse tan pequeño como una de sus criaturas. Locura a la que los hombres deberíamos responder con ese asombro interminable de quienes vivieron casi asustados de la tremenda bondad de Dios. De ahí que la mejor manera de celebrar la Navidad sea volverse niños. A la locura de Dios los hombres sólo podemos responder con un poco de esa locura bendita y pequeña que es hacernos niños. Al portal de Belén sólo se puede llegar de dos maneras: o teniendo la pureza de los niños, o la humildad de quienes se atreven a inclinarse ante Dios. Si Él se hizo pequeñito para llegar hasta nosotros, ¿cómo podríamos llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeñitos? ¿Qué es verdaderamente la Navidad para nosotros, los cristianos? Habrá quien responda que que son los días de la ternura, de la alegría, de la familia. Pero yo, entonces, volvería a preguntarles: ¿Por qué en estos días nuestra alma se alegra, por qué se llena de ternura nuestro corazón? La respuesta la sabemos todos, aunque con frecuencia no la vivamos. Yo diría que la Navidad es la prueba, repetida todos los años, de dos realidades formidables: que Dios está cerca de nosotros, y que nos ama. Nuestro mundo moderno no es precisamente el más capacitado para entender esta cercanía de Dios. Decimos tantas veces que Dios está lejos, que nos ha abandonado, que nos sentimos solos... Parece que Dios fuera un padre que se marchó a los cielos y que vive allí muy bien, mientras sus hijos sangran en la tierra. Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es alguien lejano, perdido en su propia grandeza, despreocupado del abandono de sus hijos. Es alguien que abandonó él mismo los cielos para estar entre nosotros, ser como nosotros, vivir como nosotros, sufrir y morir como nosotros. Éste es el Dios de los cristianos. No alguien demasiado grande no nos quepa en nuestro corazón. Sino alguien que se hizo pequeño para poder estar entre nosotros. Éste es el mismo centro de nuestra fe. ¿Y por qué bajó de los cielos? Porque nos ama. Todo el que ama quiere estar cerca de la persona amada. Si pudiera no se alejaría ni un momento de ella. Viaja, si es necesario, para estar con ella. Quiere vivir en su misma casa, lo más cerca posible. Así Dios. Siendo, como es, el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro. Siendo la omnipotencia, compartió nuestra debilidad. Siendo el eterno, se hizo temporal. Y, si esto es así, ¿por qué los hombres no percibimos su presencia, por qué no sentimos su amor? Porque no estamos lo suficientemente atentos y despiertos. Lo mismo sucede con algunos fenómenos de la naturaleza. Oímos el trueno, la tormenta. Llegamos a escuchar la lluvia y el aguacero. Pero la nieve sólo se percibe si uno se asoma a la ventana. Cae la nieve sobre el mundo y es silenciosa, callada, como el amor de Dios. Y nadie negará la caída de la nieve porque no la haya oído. Exactamente lo mismo ocurre con el amor de Dios: que cae incesantemente sobre el mundo sin que lo escuchemos, sin que lo percibamos. Hay que abrir mucho los ojos del alma para entenderlo. Lo dice infinitamente mejor el salmo: la misericordia de Dios llena la tierra, cubre las almas con su incesante nevada de amor • AE

¡Y José dormía! (no plácidamente)


Ahí viene nochebuena, una oportunidad más para creer. Actually creer en el Misterio de la Navidad es creer mucho. Demasiado. Una persona que crea eso puede creer en cualquier cosa. La  mula es un animal híbrido y estéril. El buey, un toro castrado. Sobre san José recae, al menos humanamente hablando, la peor de las sospechas: la madre del Niño es Virgen, y concibió en su vientre al Hijo de Dios, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (!). Un grupo de ángeles cantan en la noche ¡Hosanna en el cielo y paz a  los  hombres  de buena voluntad! Unos pastores van allí y se les ve felices y hasta despreocupados, como no tienen nada, no tiene qué aparentar. Unos personajes extraños –unos les llaman Reyes- desde Oriente llegan preguntando y siguiendo una estrella. En menos palabras: desde cualquier punto de vista que contemplemos este Misterio es de maravillar. Sin embargo, o lo crees, o no lo crees. La única simplicidad que vale la pena conservar es la del corazón: la simplicidad que acepta y goza. Sólo  así  se puede entender este Misterio. Si alguien ha sido feliz en la tierra alguna vez ha sido esta gente • AE