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La espiral del amor (VII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A)



Lo que el Señor pide hoy en el evangelio no es, digámoslo así, razonable. Lo humanamente razonable es pagar con la misma moneda. Ese es el fundamento del derecho o de nuestra discutible justicia: el que la hace, la paga. Pero es así que llegamos a la situación de violencia en la que vivimos, produciendo enemigos por todas partes. Por eso, si queremos salir de ese callejón sin salida, hemos de dejar nuestra razonable y prudente manera de actuar, para seguir la locura del evangelio, que es la locura de la cruz: dar la vida por amor a los que se la quitan. Amar al enemigo es salirse de la prudencia humana, de la razonable prudencia humana, para entrar en el ámbito de la prudencia de Cristo. ¿Qué nos pide Jesús? Frente al enemigo caben distintas actitudes. Podemos, por ejemplo, suponer que no es enemigo, por la sencilla razón de que nosotros no nos sentimos enemigos suyos. En ese supuesto, no haremos nada, dejaremos las cosas como están y, por consiguiente, dejaremos al enemigo en su situación. Es la actitud más cómoda. Pero es altamente peligrosa. Porque muy bien podría ocurrir que la razón de su enemistad estribe en la injusticia que le estamos infringiendo (somos culpables) o que están infringiendo los otros, en cuyo caso nos haríamos cómplices. Es la actitud de los egoístas, de los indiferentes, de los insolidarios. Otra posibilidad frente al enemigo es hacerle frente con sus mismos medios, pagarle con la misma moneda, violencia por violencia, odio por odio. En tal caso siempre saldrá vencedor el odio y todos seremos las víctimas. Es la actitud más generalizada, la más razonable, al parecer, la lógica. Es la lógica de todos los sistemas defensivos, la lógica de la carrera de armamentos, la lógica de los medios de disuasión, la lógica de la violencia y de la guerra. Muy lógica, ciertamente, pero absolutamente contraria al evangelio. La tercera actitud es la que Jesús nos invita hoy a considerar con calma y en silencio, la que hemos escuchado en el evangelio y conviene volver a escuchar y a leer una y otra vez. Amar al enemigo es hacer el bien al que nos hace mal, es poner la otra mejilla al que nos hiere en la una; pero es también no consentir con la injusticia del enemigo. Por eso no podemos estar siempre ofreciendo la otra mejilla, porque así nos iríamos haciendo cómplices de la injusticia y violencia del enemigo. Amar al enemigo es en realidad desarmarlo, liberarlo, rescatarlo, librarlo de su injusticia, recuperarlo para la justicia, ganarlo para la amistad, integrarlo en la espiral del amor. Y todo eso sin violencia, sin amenazas, sin odio, sin armas, sin recurrir a la fuerza, sino con la ternura y la paciencia del Señor. Pero también sin desmayar, sin contemporizar con su violencia y con su injusticia, sin abandonarlo a su suerte, sin desesperar en su capacidad para cambiar y volver al amor • AE

El brote y el Espíritu (II Domingo del Tiempo de Adviento. Ciclo A).




Maestro medieval anónimo, Arbol de Jesé: detalle de la vidriera del Rey David, Metropolitan Museum of Art (New York)


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La primera de las lecturas de éste segundo domingo del tiempo de Adviento es de una belleza extraordinaria. Está tomada del libro del profeta Isaías que canta la preciosa historia de aquella rama que saldrá del tronco de Jesé, el retoño que brotará de sus raíces; una imagen muy popular y muy querida en la espiritualidad del pueblo de Israel. Cuando se habla de felicidad, se hace referencia a un árbol floreciente, y cuando habla de desgracia a un árbol seco reducido al tronco ¿No sucede lo mismo en el jardín de nuestra alma? De ese tronco casi muerto sale una pequeña yema, un brotecillo endeble, una ramita frágil. El Mesías que viene, como «resto de Israel» escapado de la prueba, ha de surgir de la pobreza y del sufrimiento y es ese pequeño brote. Jesús será perseguido desde su nacimiento y morirá mártir. También la Iglesia vive constantemente en la prueba. ¿Creo yo en el poder de Dios, capaz de hacer surgir la vida desde lo profundo de las situaciones más desesperadas? ¿Cómo es mi esperanza? Más adelante el texto dice que reposará sobre él el Espíritu Santo del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor . Nosotros... los que tenemos que ser prolongación de Cristo ¿Es éste nuestro espíritu? ¿Qué voy a hacer, hoy, para dejarme conducir por el Espíritu? También del Mesías se dice que “no juzgará por las apariencias, sino que juzgará con justicia a los débiles, y dictará sentencia con rectitud a los pobres del país”. Yo ¿les ayudo, les defiendo? Vino Jesús, y vino sin armas, servidor sin corona. Hoy viene al corazón de aquellos que lo esperan. El lobo habitará con el cordero; ¿y el hombre con el hombre? ¿El hermano con su hermano? ¡Hay tanto por perdonar, por acercarnos, por unir! ¿Por qué no empezar hoy animados por el Espíritu del Mesías? • AE


Paz para todos (VI Domingo de Pascua. Ciclo C)



El evangelio de éste domingo, el sexto en el tiempo de Pascua, es el discurso de despedida de Jesús centrado en el regalo de la paz, de una paz proviene de él, la única auténtica y duradera; la paz como la da el mundo por lo general no es más que un armisticio precario o incluso una guerra fría. Es en medio de ésta paz que los apóstoles deben dejar marchar a su Maestro, y además deben hacerlo con alegría. Hoy los cristianos -y en nuestro caso los católicos- hemos de ser un ejemplo de paz en medio de un mundo que no la tiene, superando con amor y perdón problemas y tensiones; lo podremos lograr bajo la guía del Espíritu Santo, en la oración y en la obediencia a sus designios. Ya en vida de los apóstoles la Iglesia naciente tuvo qué luchar para lograr una convivencia pacífica entre el pueblo elegido, que poseía una revelación divina milenaria, y los paganos que empezaban a incorporarse a la Iglesia y que en realidad no aportaban nada de su tradición. Conseguir una convivencia verdaderamente pacífica exigía renuncias por ambas partes, y las decisiones de los apóstoles fueron muy concretas, y no fáciles de entender: los paganos no tenían necesidad de seguir importantes costumbres judías, por ejemplo la circuncisión; pero en contrapartida debían hacer algunas concesiones a los judíos en lo referente a ciertos usos alimentarios[1].Estos compromisos, que quizá hoy pueden parecernos extraños, eran entonces de palpitante actualidad, y debemos tomar ejemplo de ellos para todo aquello a lo que nosotros hemos de renunciar necesariamente aquí y ahora para que entre las diversas tendencias de la Iglesia reine la verdadera paz de Cristo, y no nos contentemos con un simple armisticio. Nunca un partido tendrá toda la razón y el otro ninguna. Hay que escucharse mutuamente en la paz del Señor, meditar en las razones de la parte contraria, no absolutizar las propias y permitir el diálogo y la sana discusión. Esto puede exigir verdaderas renuncias hoy como ayer, pero solamente si aceptamos estas renuncias encontraremos la paz de Cristo, la auténtica, la que realmente calma el corazón[2] • AE




[1] Cfr. Hech 15. 
[2] H. U. Von Balthasar, Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ed. Encuentro, Madrid 1994, p.  248 ss.


El milagro de la amnistía (II Domingo del Tiempo de Pascua. 2019)



Anonymous, Cristo resucitado se aparece a sus apostoles junto al mar de Galilea 
(s. XVI), óleo sobre tela, Museo Boucher de Perthes (Abbeville, Francia). 
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El encuentro entre el Señor y sus apóstoles fue una auténtica experiencia de perdón: ninguna alusión al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar el daño. Las apariciones significan una verdadera amnistía en el sentido etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida[1]. Los relatos insisten en que el saludo del Señor es siempre de paz y reconciliación: "Paz a vosotros". Y es precisamente éste perdón, lleno de paz, lo que trae una alegría y una esperanza nuevas en la vida de aquellos hombres. Nosotros vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón, un mundo en el que todo nos dice que el perdón es la virtud de los débiles que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse. Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce la dimensión del perdón. No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos capaces de introducir el perdón auténtico. El perdón no es sólo el olvido de conflictos pasados, es también la esperanza de quien perdona y de quien es perdonado. El perdón, cuando se da realmente y con generosidad es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre, sino del amor y el perdón sincero. Esta mañana del segundo domingo de Pascua podríamos pedirle al Señor que obre en nosotros el milagro de recuperar la capacidad de perdonar y de olvidar. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer las incomprensiones, agresividades y mutua destrucción. La paz no llegará mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación. En un mundo tan lleno de conflictos los cristianos estamos llamados a reivindicar la fuerza que puede tener el perdón[2].Esa fuerza, no lo olvidemos, nos viene de Cristo crucificado, cuyas ultimas palabras escuchamos hace pocos días: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" • AE


[1] Amnistía es una voz griega compuesta de la a privativa y de memoria, es decir, sin memoria u olvido mutuo y general de las cosas pasadas. El primero que usó este termino fue Trasíbulo al promulgar una ley en que mandaba un olvido general de todo lo pasado, lo hizo después de haber arrojado a los treinta Tiranos de Atenas. Con esta medida, recobró la República su antigua paz y libertad. Andócides, en su discurso sobre los misterios, conservó también la fórmula de la amnistía.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 49 ss.


El Señor que nos primerea siempre (V Domingo de Cuaresma. Ciclo C).



Los puntos sobre las íes. El comportamiento del Señor delante de aquella mujer no fue -no es- una invitación a relativizar o rebajar la importancia del pecado: “Cuando todos se fueron, Jesús se incorporó y le pregunta a esta mujer: "¿Dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor". Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más". Jesús reconoce que esa mujer ha obrado mal; pero él prefiere la misericordia al rigor de la Ley. El la declara culpable, pero la perdona. El condena el pecado de esta mujer, pero la invita amorosamente a que su futuro sea mejor. Sólo el que se sitúa bajo este nuevo principio de la misericordia, sólo el que es misericordioso con los demás será medido después con esta misma vara y alcanzará él también misericordia[1]. Por eso Jesús anuncia el Evangelio, la buena noticia, el Evangelio de la reconciliación para todos ¡el perdón de Dios! De este evangelio solamente se excluyen aquéllos que se resisten a superar la justicia de unas leyes que ellos en el fondo nunca han sabido cumplir. Sólo los que se tienen por justos y desprecian a los demás, quedan excluidos de la Buena Noticia. El cristiano es aquél que se olvida de lo que queda atrás y se lanza continuamente a lo que está por delante. El cristiano no es aquél que lleva una contabilidad de sus buenas obras y de sus méritos para pasar después factura a Dios, sino aquél que, dejando su intento de una autojustificación por sus obras y poniendo toda su confianza en Dios que justifica al impío, está siempre mirando hacia el Señor que ha de volver. El Santo Padre nos lo recordó con palabras sabias en su última exhortación apostólica: « En el fondo, la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en un camino sincero y real de crecimiento. La gracia, precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe. Pretenderlo sería confiar demasiado en nosotros mismos. En este caso, detrás de la ortodoxia, nuestras actitudes pueden no corresponder a lo que afirmamos sobre la necesidad de la gracia, y en los hechos terminamos confiando poco en ella. Porque si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento, después de habernos capacitado y cautivado con su don. La gracia actúa históricamente y, de ordinario, nos toma y transforma de una forma progresiva. Por ello, si rechazamos esta manera histórica y progresiva, de hecho podemos llegar a negarla y bloquearla, aunque la exaltemos con nuestras palabras»[2]. No lo olvidemos: « Solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más. Lo primero es pertenecer a Dios. Se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros»[3] • AE


[1] Cfr. Lc 6, 36-38.
[3] Idem, n. 56.

Barro y gracia, oro y estiércol (VII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Nos regimos por la ley del eco: si mi prójimo es amable y servicial entonces recibe de mi parte el correspondiente eco de amabilidad y servicio, pero si perturba mi paz o amenaza mis intereses entonces exijo voz en grito mis derechos y deberes. ¿Es posible seguir  así después de oír el Sermón de la montaña? Jesucristo murió por todos: por el otro: por el odioso, el antipático, el molesto, el agnóstico e incluso por el pedófilo. Por todos. Hoy más que nunca estamos llamados a vivir ésa caballerosidad del amor -de la que tanto hablaba Pèguy- e incluso a ir más allá.  ¿Cómo puedo llegar a amar a un enemigo? "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" [1]. Estas palabras sólo se pueden pronunciar cuando en todos los que rodean su cruz ve hijos pródigos y equivocados. Jesús atraviesa con su mirada la capa externa de estiércol y ve lo que hay en el fondo de casa uno. Sólo él ve las intenciones del corazón. Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas (Graham Greene). Cuando Juan XXIII visitó a los criminales en la cárcel, los saludó con estas palabras: "mis buenos hijos y queridos hermanos, hijos de Dios". Y el Santo Padre Francisco lo mismo. El amor al prójimo no reside en un acto de la voluntad, con el que intento reprimir todos mis sentimientos de odio, sino que se basa en una gracia: en que se me dan unos nuevos ojos para ver al prójimo. Todos los desgraciados, amargados y malos a nuestro alrededor esperan esta mirada nueva de discípulo de Jesús, exactamente como cada uno de nosotros la espera: todos tienen nostalgia de esos nuevos ojos que son una gracia y que hace de los publicanos y las prostitutas hijos e hijas de Dios. Esta filiación hay que creerla, del mismo modo que tiene que ser creído el Padre de tales hijos. Hoy con la eucaristía podríamos pedir al Señor unos ojos nuevos para ver a los demás como hijos pródigos, y la voluntad para tender puentes –que no levantar muros-  y que así el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia y la discordia se convierta en amor mutuo[2] • AE

[1] Cfr. Lc 23, 34.
[2] Misal Romano, Plegaria Eucarística II, sobre la reconciliación. 



Salir para cambiar (Fiesta de la Sagrada Familia de Nazareth, 2018)



Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo»[1]. Estamos acostumbrados a escuchar que Dios nació en un portal y que al poco tuvo que salir huyendo para que no lo mataran. Ya no nos sorprende ni conmueve Dios mismo se nos ofrece como niño. Decía Saint-Exupéry en el prólogo de El Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan»[2]. Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido justamente una mirada de niño. Dios no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño. Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón. A pesar de nuestra superficialidad, de nuestros escepticismos y sobre todo, de nuestro egoísmo de adultos, siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños. Que este domingo nos atrevamos a mirarnos con sencillez y sin reservas, a hacer un poco de silencio a nuestro alrededor, a apagar el iPad, y a olvidar nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos y a escuchar ese corazón de niño que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, más bondadosa y más confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera –No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos-[3] y sobre todo es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no restringe sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama • AE


[1] Charles Pierre Péguy, también conocido por sus seudónimos Pierre Deloire y Pierre Baudouin (1873-1914), fue un filósofo, poeta y ensayista francés, considerado uno de los principales escritores católicos modernos.
[2] Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry1​ (1900-1944) fue un escritor y aviador francés, autor de la famosa obra El principito.
[3] Idem.

¡Gracia! (Día de Acción de Gracias del año del Señor del 2018)



Gracias, Señor, por la paz y la alegría, por la unión que los hombres, mis hermanos, me han brindado. Gracias por esos ojos que con ternura y comprensión me miraron, por esa mano oportuna que me levantó. Gracias, Señor por esos labios cuyas palabras y sonrisas me alentaron, por esos oídos que me escucharon, por ese corazón de amistad, cariño y amor que me dieron. Gracias, Señor, por el éxito que me estimuló, por la salud que me sostuvo, por la comodidad y diversión que me descansaron. Gracias también, Señor... me cuesta decírtelo... por la enfermedad, por el fracaso, por la desilusión, por el insulto y el engaño, por la injusticia y soledad, y también por la hermana muerte que visitó mi casa, mi familia. Tú mejor que nadie sabes lo difícil que fue y es aceptarlo;estuve a punto de la desesperación, pero ahora me doy cuenta de que todo esto me acercó más a Ti ¡Tú bien sabes lo que hiciste! Hoy te doy gracias.  Gracias también por la fe que me has dado en Tí y en los demás; por esa fe que se tambaleó, pero que nunca dejaste de sostener cuando, tantas veces encorvado bajo el peso del desánimo, caminé. Gracias por allanar el sendero de la verdad, a pesar de la oscuridad. Gracias, también, por el perdón que tantas veces debería haberte pedido pero que por negligencia y orgullo he callado. Gracias por perdonar mis omisiones, descuidos y olvidos, mi orgullo y vanidad, mi necedad y caprichos, mi silencio y mi excesiva locuacidad. Gracias por tu perdón hacia los prejuicios que tengo hacia mis hermanos, mi falta de alegría y entusiasmo, mi falta de confianza en Ti; mi cobardía y temor al compromiso. Gracias, Señor también por tu bondad y comprensión hacia mi hipocresía y doblez, por hacerme entender que debo cambiar esa apariencia que con tanto esmero cuido y que no es otra cosa que un engaño a mí mismo. Gracias por disculpar esos labios que no sonrieron, por esa palabra que callé y esas manos que no tendí y esa mirada que desvié, esos oídos que no presté, esa verdad que omití y ese corazón que no amé. Esta tarde, en el silencio de mi corazón, en el día de Acción de Gracias, yo te doy gracias Ti, mi Señor y Redentor, por aquellos que no te dan gracias, por los que no imploran de tu ayuda y por los que no te piden perdón, por los que todavía no te conocen. Conserva en mí un corazón agradecido, y en tu bondad y misericordia llena mi vida de esperanza y generosidad • AE

Sacerdote, Profeta y Rey.



La solemnidad de Cristo Rey trae a la mente numerosas diferencias y hasta algunos. Cristo Rey significa, para algunos es ese Cristo Majestad, el pintado entre ángeles bizantinos y oro, el de los mosaicos de las grandes basílicas de oriente. Para otros evoca el cerro del Cubilete, o Rio de Janeiro y el “Tú reinarás éste es el grito”. Para unos más Cristo Rey está unido a esa pequeña imagen de yeso que con su gesto da la bendición a todo el que pasa por ahí. Algunos encontrarán, como Teresa de Jesús, a ese Jesús-Rey, coronado de espinas y llagas, burlado por los soldados y ofrecido a un pueblo despectivo e implacable. Otros lo verán como el Superstar, del musical. Y así, tantas y tantas imágenes de nuestra devoción y de nuestro particular afecto y concepción de la fe. Pero ¿Valen todas las imágenes? ¿Acaso hay muchos Cristos? ¿Podemos hoy predicar a un Cristo Rey que se conforme con todo lo que los cristianos piensan? ¿Hay algún Cristo con el cual tengamos que conformarnos? Sin negar el valor de todas esas imágenes es bueno recordar que cada una de ellas han surgido de distintos momentos del Cristianismo, llevando consigo un mensaje concreto, una respuesta a los hombres a quienes se ha presentado y a los que ha manifestado un aspecto de la inagotable riqueza de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios, el Principio y Fin de toda la creación. Celebrar a Cristo Rey este domingo, el último del ciclo litúrgico, es ponernos una vez más delante de Él, de Jesús de Nazaret, pobre hombre entre los hombres, sencillo maestro de la humanidad, que ha hecho con su propia vida el modelo para todos los cristianos. El pertenecer –o no- al Reinado que Él proclama es decisión propia, personal; en nuestra vida puede haber solidaridad y pertenencia, o insolidaridad y dimisión irrevocable. El criterio para saber en qué lado estamos nos lo da lo que en verdad hacemos con los más pobres, los indefensos, los que nada tienen. Toda la vida Jesús es una llamada a la justicia. En menos palabras: en el Reino de Jesús se entra a través del camino de la fe acompañado por las obras, por eso el Cristo Rey que hoy celebramos es un Jesús que camina con los suyos, que sana, que comprende, que acoge, que perdona, que hace feliz, que guarda silencio y escucha. Que ama • AE

Él se acuerda...¡que somos de barro!


Bendice, alma mía, al Señor, 
y no olvides sus beneficios. 
El perdona todas tus culpas 
y cura todas tus enfermedades.

Hoy canto tu misericordia, Señor; tu misericordia, que tanto mi alma como mi cuerpo conocen bien. Tú has perdonado mis culpas y has curado mis enfermedades. Tú has vencido al mal en mí, mal que se mostraba como rebelión en mi alma y corrupción en mi cuerpo. Las dos cosas van juntas. Mi ser es uno e indivisible, y todo cuanto hay en mí, cuerpo y alma, reacciona, ante mis decisiones y mis actos, con dolor o con gozo físico y moral a lo largo del camino de mis días. Sobre todo ese ser mío se ha extendido ahora tu mano que cura, Señor, con gesto de perdón y de gracia que restaura mi vida y revitaliza mi cuerpo. Hasta mis huesos se alegran cuando siento la presencia de tu bendición en el fondo de mi ser. Gracias, Señor, por tu infinita bondad.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, 
así se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padre siente ternura por sus hijos, 
así siente el Señor ternura por sus fieles, 
porque él conoce nuestra masa, 
se acuerda de que somos barro.

Tú conoces mis flaquezas, porque tú eres quien me has hecho. He fallado muchas veces, y seguiré fallando. Y mi cuerpo reflejará los fallos de mi alma en las averías de sus funciones. Espero que tu misericordia me visite de nuevo, Señor, y sanes mi cuerpo y mi alma como siempre lo has hecho y lo volverás a hacer, porque nunca fallas a los que te aman.

Él rescata, alma mía, tu vida de la fosa 
y te colma de gracia y de ternura; 
él sacia de bienes tus anhelos, 
y como un águila se renueva tu juventud

Mi vida es vuelo de águila sobre los horizontes de tu gracia. Firme y decidido, sublime y mayestático. Siento que se renueva mi juventud y se afirma mi fortaleza. El cielo entero es mío, porque es tuyo en primer término, y ahora me lo das a mí en mi vuelo. Mi juventud surge en mis venas mientras oteo el mundo con serena alegría y recatado orgullo. ¡Qué grande eres, Señor, que has creado todo esto y a mí con ello! Te bendigo para siempre con todo el agradecimiento de mi alma • Carlos G. Vallés,  Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander-1989, pás 197 s.

Venganza y Perdón.


La pregunta sin anestesia ni nada: quienes vamos caminando el camino de la vida en pleno año 2017 ¿acudimos con frecuencia al perdón de Dios, o ya no necesitamos sentirnos perdonados ni por Él ni por nadie? ¡Gran pregunta! La verdad es que atribuimos nuestros males a las deficiencias de una sociedad mal organizada, a las actuaciones injustas que provienen de los otros –el gobierno, la iglesia y su jerarquía, los vecinos- o hasta a la naturaleza, Pero ¿No necesitaremos, en lo más hondo de nuestro, ser confesar nuestros propio pecados y sentirnos comprendidos por Alguien? ¿No será muy saludable sabernos aceptados con nuestros errores y miserias, acogidos y restituidos? La experiencia del perdón es una experiencia tan fundamental que quien no conoce el gozo de ser perdonado, corre el riesgo de no crecer como hombre, como mujer. La parábola del evangelio de éste domingo y que es la respuesta  que da el Señor a Pedro sobre cuántas veces ha de perdonar nos recuerda lo esencial del perdón en nuestra vida[1]. Si no nos sabemos comprendidos y entendidos y perdonados por Dios, difícilmente sabremos comprender y entender y perdonar a los demás, viviendo sin entrañas, justo como el siervo de la parábola, endureciendo cada vez más nuestras exigencias y reivindicaciones y negando a todos la ternura y el perdón. Quizá los humanos pensamos que todo se puede lograr endureciendo las luchas, despertando la agresividad y enconando el resentimiento. En realidad lo que hemos logrado es un espiral de violencia y de dolor. Pensémoslo éste fin semana. El perdón, hermano mío, hermana mía, no es algo inútil, o propio de personas débiles y resignadas ¡Todo contrario! El perdón está en las almas fuertes, o al menos en las almas que luchan por serlo. Si alguien de otro planeta nos observara vería que vivimos estrangulándonos unos a otros y gritándonos constantemente: “págame lo que me debes”[2]. Y esto, lo único que logra es separarnos más y endurecer más los corazones[3]. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo[4]. En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos. Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. Con mi Dios, salto los muros, canta el salmista[5]. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón. Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad. Y felicidad. De la auténtica. Como lo dije el viejo proverbio: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona” •


[1] Cfr. Mt 18, 15-20.
[2] Ídem, v. 28.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 109 ss.
[4] Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-II, q.22.
[5] Cfr. Sal 18. 

Decidir el amor


La persona que más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte [...] Otra manera para amar a tu enemigo es esta: cuando se presenta la oportunidad para que derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que debes decidir no hacerlo [...] Cuando te elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es los sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero tratas de derrotar ese sistema [...] Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal [...] Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del amor • Martin Luther King, Sermón en la iglesia Bautista de la Avenida Dexter, Montgomery, Alabama, 17 de noviembre de 1957.