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El brote y el Espíritu (II Domingo del Tiempo de Adviento. Ciclo A).




Maestro medieval anónimo, Arbol de Jesé: detalle de la vidriera del Rey David, Metropolitan Museum of Art (New York)


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La primera de las lecturas de éste segundo domingo del tiempo de Adviento es de una belleza extraordinaria. Está tomada del libro del profeta Isaías que canta la preciosa historia de aquella rama que saldrá del tronco de Jesé, el retoño que brotará de sus raíces; una imagen muy popular y muy querida en la espiritualidad del pueblo de Israel. Cuando se habla de felicidad, se hace referencia a un árbol floreciente, y cuando habla de desgracia a un árbol seco reducido al tronco ¿No sucede lo mismo en el jardín de nuestra alma? De ese tronco casi muerto sale una pequeña yema, un brotecillo endeble, una ramita frágil. El Mesías que viene, como «resto de Israel» escapado de la prueba, ha de surgir de la pobreza y del sufrimiento y es ese pequeño brote. Jesús será perseguido desde su nacimiento y morirá mártir. También la Iglesia vive constantemente en la prueba. ¿Creo yo en el poder de Dios, capaz de hacer surgir la vida desde lo profundo de las situaciones más desesperadas? ¿Cómo es mi esperanza? Más adelante el texto dice que reposará sobre él el Espíritu Santo del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor . Nosotros... los que tenemos que ser prolongación de Cristo ¿Es éste nuestro espíritu? ¿Qué voy a hacer, hoy, para dejarme conducir por el Espíritu? También del Mesías se dice que “no juzgará por las apariencias, sino que juzgará con justicia a los débiles, y dictará sentencia con rectitud a los pobres del país”. Yo ¿les ayudo, les defiendo? Vino Jesús, y vino sin armas, servidor sin corona. Hoy viene al corazón de aquellos que lo esperan. El lobo habitará con el cordero; ¿y el hombre con el hombre? ¿El hermano con su hermano? ¡Hay tanto por perdonar, por acercarnos, por unir! ¿Por qué no empezar hoy animados por el Espíritu del Mesías? • AE


El oro y el oropel, la verdad y la mentira (La Natividad de San Juan Bautista, 2018)



Pietre de Grebber, Juan el Bautista delante de Herodes
óleo sobre tela, colección permamente del Palais des Beaux-Arts de Lille (Francia)
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El nacimiento de Juan el Bautista está rodeado de luz y de alegría, incluso de algunos hechos singulares y hasta insólitos. Zacarías e Isabel, sin ponerse de acuerdo y por separado, presintieron que su nombre era Juan. A Zacarías le volvió el habla cuando lo escribió en aquellas tablillas y el niño saltó de gozo y estuvo santificado desde el mismísimo seno de Isabel. Por si todo lo anterior suena a poco, ambos reciben la visita de la madre del Señor. Este domingo celebramos la Natividad de Juan, el bautista, el precursor, el pariente del Señor. Celebramos a un hombre que fue tan fiel a su vocación que, por realizarla, dio la vida. Por eso dedicamos otro día a celebrar su martirio. Juan no fue un niño mimado sino que se despojó –como el Señor- de su rango, y vivió en la austera soledad del desierto, dedicando su vida a la predicación y a enseñar a distinguir el oro del oropel, la verdad de la mentira, a señalar el camino de Jesús, el Cordero de Dios. Isaías lo había predicho: A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo. Juan lo hizo muy bien. Lo hizo tan bien, que le cortaron la cabeza y se la entregaron a una bailarina en una bandeja. Y es que a los hombres nos desconcierta la verdad cuando llega de frente y sin filtros, antes de que nos deslumbre, somos capaces de cortarle la cabeza. Cuando Juan fue decapitado en realidad fue libre ¡Libérrimo! La verdad os hará libres, había dicho Jesús. El nacimiento de Juan fue regalo y su vida un gran esfuerzo personal. Las dos caras de una misma vocación. También nosotros hemos sido muy privilegiados: recibimos el don de la fe cristiana por el Bautismo y podernos acercar cuantas veces queramos a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero debemos ir más allá. Como el bautista, hemos de allanar caminos, de enderezar sendas, de ser profetas del Altísimo, de ser una voz que clame en el desierto de nuestras ciudades, tan ruidosas y ajetreadas. No nos basta con saltar de gozo en el seno de la Iglesia. Tenemos que salir. A extender nuestro dedo y señalar los caminos por los que pasa el Señor. La Natividad de Juan nos recuerda que también nosotros somos unos bien nacidos • AE

A la espera de tu venida.


Qué es el Adviento? ¿Una simple espera? ¿Un dejar que el tiempo corra, hasta que llegue el momento en que algo ha de ocurrir? Entre nosotros los cristianos ¿Un simple aguardar la llegada del Señor? El Adviento es más, mucho más. Es una espera vigilante. Por más que estemos seguros de que el Señor vendrá, no sabemos el día ni la hora, por tanto ¿cómo conseguir que su llegada no nos encuentre dormidos? No vale encargar a otro que nos avise; ni jugarnos la salvación a la ruleta rusa de estar alguna que otra vez despiertos, es preciso mantenernos alerta, llena de aceite y siempre encendida nuestra lámpara. Velen y estén preparados, dice el Señor este domingo, el primero de Adviento[1]. Velar es, digámoslo así, la única garantía de que recibiremos en pleno rostro la caricia de la llegada salvadora del Señor. Eso: la caricia de la llegada salvadora del Señor. Y además la espera no puede ser una espera vacía. No podemos contentarnos con matar el tiempo. La vida hay que gastarla, llenarla, emplearla, ¡Iglesia en salida, como tanto le gusta repetir al Santo Padre Francisco! Dios no vendrá a traernos, llovido del cielo, un mundo maravilloso pero totalmente desconectado de éste; un mundo en el que nada hayamos tenido nosotros que poner. Ese mundo que esperamos hunde sus raíces en éste hemos de irlo construyendo desde aquí, desde ahora. La certeza de que el Señor vendrá, no exime al cristiano de sus obligaciones de ciudadano del mundo[2]. Nuestra espera pues ha de estar activa, y también ilusionada. Porque lo esperamos todo de ese Señor que viene. La visión de nuestra pobreza y al mismo tiempo la certeza de que en Jesús está nuestra única riqueza hace que nazca en nosotros un deseo profundo: Danos vida para que invoquemos tu nombre[3]. Se trata pues de una espera en la que hay limitaciones y sombras -¡quién no las tiene!- pero llena al mismo tiempo de certezas y de una confianza grande en la promesa del Señor que nos escucha cuando le decimos, llenos de fe, junto con el profeta: Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo los montes con tu presencia[4] • AE



[1] Mc 13, 33-37.
[2] J. Guillen García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada, 1993, p. 10 ss.
[3] Sal 79.
[4] Is 63, 16-17; 19; 64, 2-7.

La luz de la alegría

Pieter Brueghel el Viejo, La boda campesina (en neerlandés, De Boerenbruiloft, 
Óleo sobre madera (114 cm × 164 cm), Museo de Historia del Artede Viena.

Isaías describe el banquete que Dios preparará para todos los pueblos: un momento con comida, alegría, vinos, destierro de todo dolor y tristeza, victoria de la vida; celebración gozosa de la presencia de Dios en medio de su pueblo[1]. El banquete ha sido y seguirá siendo una de las categorías que todos entendemos mejor para expresar todo lo que hay de bueno y de celebrativo, tanto en relación con Dios como con los demás hombres. Una comida es un signo muy claro de comunión entre quien asiste y quien invita. Hoy aquí el que invita es Dios, lleno de solidaridad y alianza, de alegría y felicidad. Nuestra fe cristiana es también como un banquete que Dios prepara. Durante mucho tiempo se nos ha insistido tanto en la ascesis, la perfección, en el deber -¡todo eso es verdad!- que quizá nos hemos olvidado que también nuestra fe cristiana es buena noticia, es evangelio, algo digno de celebrarse: un banquete festivo. Por las riquezas de su Palabra y de su verdad, por el don de su amor, por la gracia de su comunidad y sus sacramentos, por la dinámica de novedad y vida que Él ha instaurado en el mundo, el cristianismo es en verdad un banquete preparado por Dios para la humanidad. La imagen de la comida, y además de una comida de bodas nos habla este domingo de alegría y celebración. No está mal que se nos note. Y es que a veces da la impresión de que tenemos miedo a presentar nuestra fe como algo alegre. «La moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos»[2]. Aquellos que tenían su nombre cuidadosamente escrito en los platos de la mesa nupcial –el pueblo de Israel- rechazaron la invitación. A nosotros ¿no sucede lo mismo? En la celebración de cada domingo Dios prepara una mesa abundante: su Palabra salvadora, su don eucarístico del Cuerpo y Sangre de Cristo, su casa en la comunidad eclesial, la presencia viva de Cristo y de su Espíritu ¿se nos nota la alegría, o acudimos a Eucaristía con una pereza que parecen dos? Aceptar o no la invitación de Dios cada domingo es, al final, aceptar o rechazar el gran banquete que es la vida cristiana, la que dura las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana[3]. Vamos a hacerlo con alegría, como nos invita el Santo Padre Francisco: «Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo (…) prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»[4]


[1] Cfr. Is 22, 1-14.
[2] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 39. El texto completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
[3] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1981, p. 19
[4] Evangelii Gaudium, n. 49. 

Un Adviento con olor a Isaias



De Isaías sabemos muchas cosas. Sabemos, por ejemplo, que nació hacia el 765 antes de la era cristiana, que su padre se llamaba Amós y que estaba relacionado con la familia real. Su ministerio llegó a durar casi medio siglo, desde fines del gobierno de Azarías, rey de Judá, hasta los tiempos del monarca Manasés. En su obra Isaías se muestra como un gran poeta, con estilo brillante, precisión y una profunda y serena belleza, es -digámoslo así- el profeta que mejor canta la Confianza en Dios, que nos invita a confiar en que Dios llegará con su gran poder a ayudarnos y defendernos. Isaías nos anuncia un Mesías de la familia de David, portador de paz y de justicia, cuyo oficio es, nada más y nada menos, que encender en la tierra el amor hacia Dios.

El tronco y la esperanza


José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela, 
Museo del Prado (Madrid)
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Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente. Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables, los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombres. Brotará un renuevo del tronco de Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del profeta Juan el Bautista: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE