Mostrando entradas con la etiqueta Reyes Magos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reyes Magos. Mostrar todas las entradas

El Rey y los reyes (Solemnidad de la Epifanía del Señor, 2019)




Sassetta (Stefano di Giovanni), El viaje de los Magos (1433–35), 
tempera y oro sobre madera, Metropolitan Musem of Art (New York). 
...

La estrella lleva a aquellos extraños personajes a Jerusalén y allí les espera la mayor decepción pero también la más importante decisión, una que cambiaría para siempre sus vidas. Y es que en Jerusalén encuentran dos reyes. Por una parte conocen a Herodes, el rey que poco antes había hecho ejecutar a sus hijos por miedo a perder el trono, pero no se detienen ante él ni lo reconocen como tal; la estrella no les señala en él el sentido último que buscan. La estrella sigue adelante y la siguen hasta encontrar al otro rey, al de los judíos: un niño sin poder y necesitado de ayuda. Aquella pobreza no les lleva a confusión. Ante él se postran y lo adoran. Y le ofrecen sus tesoros; su corazón, su entrega, su esfuerzo. Para ellos está claro que la Epifanía de Dios en la tierra no está en el poder y ni en la riqueza del mundo, sino en la impotencia por causa del amor. Este es el fundamento de una gran noticia, de una gran alegría para ellos y en ellos para todos. Aquellos tres hombres vuelven a su tierra por otro camino. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. Ellos dieron la espalda a Herodes con el que nada tenían que ver, ni del que nada querían saber. Hay ahora más motivo para seguir el camino que marca la estrella: el camino del rey de reyes, que por amor se hizo pequeño, para que los seres humanos nos podamos hacer grandes. Se trata de un amor que debe extenderse a todos: a los difíciles, a los que no nos caen bien y a los que sí; a los creyentes y a los que no lo son, a los cercanos y a los lejanos, a los conocidos y a los extraños. Vamos a deternernos hoy en éste momento de la vida del Señor, pidámosle con sencillez y confianza que nos deje reconocerlo como Rey, como Señor, como Salvador, que nuestro corazón y juicio y opinón se ridan ante Él por completo • AE

El camino hacia la Belleza

H. Bosco, La adoración de los Magos (1490-1500), óleo sobre madera, 
Museo Nacional del Prado (Madrid, España) 
...

Los magos del evangelio son únicamente el comienzo de una inmensa peregrinación, en la que la magnificencia y la hermosura de esta tierra se ponen a los pies de Cristo: el oro de los mosaicos del antIguo cristianismo, la luz policromada de las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la alabanza de las piedras, el canto navideño de los árboles del bosque son para él, y los instrumentos músicos hallaron sus modos más hermosos cuando se postraron a sus pies. También el sufrimiento del mundo, sus penas y trabajos vienen a él para encontrar, al menos durante unos instantes, ante el Dios que se ha hecho pobre, el alivio y la comprensión. Todos nosotros nos hemos hecho hoy un poco puritanos: ¿no hubiera sido mejor entregar todos esos tesoros a los pobres? Pero nos olvidamos, al hacer esa pregunta, de que la hermosura y la magnificencia que se regaló al Señor es la única propiedad común del mundo. ¡Qué contraste entre las residencias y las iglesias, entre los museos y las catedrales! ¡Qué diferencia se observa si se trabaja en el Louvre, en los Ufficci, en el Museo Británico o si se coincide rezando en una iglesia viva en la alabanza de las piedras! La riqueza que se ha regalado al Niño de Belén se adecúa a todos y todos la necesitamos como el pan. El que quita lo hermoso a un niño, para convertirlo en algo útil, no le ayuda, sino que le causa daño: le quita la luz sin la cual todos los cálculos son fríos y se convierten en nada. Ciertamente, si nosotros empalmamos con esta peregrinación de los siglos, que pretende derrochar lo más hermoso de este mundo para el Rey recién nacido, no deberemos por ello olvidar que él siempre sigue viviendo en el establo, en la cárcel, en las favelas y que nosotros no le alabaremos si no somos capaces de encontrarle allí. Pero el conocimiento de ese hecho no debe impulsarnos a una dictadura de lo útil que proscriba la alegría y que dogmatice una austera seriedad[1].  La preocupación por la belleza de la casa de Dios y la preocupación por los pobres de Dios son algo inseparable: no sólo necesita el hombre de lo útil, sino también de lo bello; no sólo de una casa propia, sino de la proximidad de Dios y de sus signos. Donde él es glorificado y exaltado se hace la luz a nuestro corazón. Donde no se le da nada a él se esfuma también lo otro; pero donde son excluidos sus pobres tampoco se hace caso de él •


[1] J. Ratzinger, El rostro de Dios, Sígueme, Salamanca 1983, p. 71 ss.

Abiertos y universales


Y… ¿Para quién nació Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Así nos lo dice la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Epifanía. El Mesías nace no sólo para Israel sino también para los paganos, por más malos que estos sean. Nace no sólo para los cristianos sino para todos los demás pueblos. Para los  hombres de toda raza y condición. Buenos, malos, puros, impuros, etc. Para todos. La Iglesia celebra hoy la manifestación de Jesus a todos. En los magos estamos bien representados los que naceríamos después de Jesus. Con un lenguaje poético y entusiasta lo había anunciado ya Isaías: levántate, Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos  caminarán a tu luz: todos esos se han reunido y vienen a ti[1]. Esto es lo que hoy nos alegra el corazón: que Cristo se ha manifestado como salvador de todos. No somos universales de corazón porque estamos encerrados en nuestro grupo, porque apenas nos damos  cuenta de que Dios ha llamado a la fe a hombres de todos los colores, pertenecientes a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas o incluso sospechosas. Jesus no es patrimonio de ninguna cultura, ni siquiera de la Iglesia Católica. Nadie tiene la exclusiva, o el monopolio. No somos pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a los que no coinciden con ellos los excluimos e ignoramos. Las cosas como son. Nos mostramos distantes tal vez no por el color de la piel pero discriminamos basados en posiciones políticas, ideologías, espiritualidades, el grado de simpatía ¡hasta la situación económica! No somos universales en nuestro corazón y hoy, en la Epifanía, nos encontramos con un Dios que se ha muestra radicalmente  universal, abierto. Un Dios que envía a su Hijo para todos, sobre todo para los que en nuestra estrechez de miras nos sentimos en posesión de la verdad. Dice el proverbio chino (ése tan maravilloso) que "si quieres amar a otro, has de  comenzar por perdonarle que sea otro". Quien mejor nos ha dado una lección soberana de apertura al otro es Jesús. Hoy, en el silencio de la oración y la eucaristía le pedimos que haga de nosotros personas abiertas, universales[2]. Que sepamos convivir con todos y encontrar en todos a ese Cristo que nos salva y nos convoca en la alegría y en la paz • AE



[1] Is 60,1-6
[2] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1986.

El Rey y el valle de lágrimas


Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizás con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro Valle! Amén.
... 


Este poema, compuesto en Burlada (Navarra) en diciembre de 1978, ha tenido la fortuna de pasar al libro de la Liturgia de las Horas como himno cotidiano de Vísperas en tiempo de Navidad, tanto en España como en América. Pocos días después le puso música Fidel en Miranda de Arga (ermita de la Virgen del Castillo), en una convivencia espiritual, el 4 de enero de 1979. Está publicado en R. M. Grández, capuchino (letra) – F. Aizpurúa, capuchino (música), Himnos para el Señor, Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 53-56. 

¡Y José dormía! (no plácidamente)


Ahí viene nochebuena, una oportunidad más para creer. Actually creer en el Misterio de la Navidad es creer mucho. Demasiado. Una persona que crea eso puede creer en cualquier cosa. La  mula es un animal híbrido y estéril. El buey, un toro castrado. Sobre san José recae, al menos humanamente hablando, la peor de las sospechas: la madre del Niño es Virgen, y concibió en su vientre al Hijo de Dios, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (!). Un grupo de ángeles cantan en la noche ¡Hosanna en el cielo y paz a  los  hombres  de buena voluntad! Unos pastores van allí y se les ve felices y hasta despreocupados, como no tienen nada, no tiene qué aparentar. Unos personajes extraños –unos les llaman Reyes- desde Oriente llegan preguntando y siguiendo una estrella. En menos palabras: desde cualquier punto de vista que contemplemos este Misterio es de maravillar. Sin embargo, o lo crees, o no lo crees. La única simplicidad que vale la pena conservar es la del corazón: la simplicidad que acepta y goza. Sólo  así  se puede entender este Misterio. Si alguien ha sido feliz en la tierra alguna vez ha sido esta gente • AE