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Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo (2018)



El título de “Rey de los judíos” aparece por vez primera en el evangelio de San Juan[1]. Se trataba de un título que en aquel tiempo y circunstancias tenía connotaciones subversivas, y que se prestaba a toda clase de malentendidos, razón por la cual Jesús lo había evitado en su vida pública, pero sus enemigos, que ya habían decidido su muerte, necesitaban una causa en la que pudiera y debiera entender el gobernador romano, y hallaron que ésta era la más apropiada. El breve encuentro entre Jesús y Pilato que escuchamos hoy en el evangelio forma parte del relato de la pasión y muerte de Jesús y que es, digámoslo así, una divina ironía. Lo que sucede, paso a paso, imitando el ritual de la solemne exaltación de los reyes al trono es, desde el punto de vista del sanedrín, de Pilato, de los soldados y hasta de uno de los dos ladrones ajusticiados un puro sarcasmo y una burla cruel. Sin embargo, los primeros cristianos y todos los que vendríamos después confesaremos que él es el Señor y el Mesías. En el relato de la pasión no falta la coronación, pero la corona es un casquete de espinas; ni la aclamación del pueblo, aunque en este caso se trata de un abucheo; ni la entronización, sólo que el trono es un cadalso; ni el homenaje de los grandes y notables de Israel, pero el homenaje consiste en el desfile de los sacerdotes y senadores que pasan delante de la cruz moviendo la cabeza[2]. De manera que no falta nada, pero todo es distinto. No falta el rey, desde luego, pero su reino no es de este mundo: no se trata de un reino sino todo lo contrario. Porque Jesús es la debilidad de Dios contra el poder de los que se endiosan. Jesús es un rey que vino a servir y no a ser servido, por eso ocupa el último lugar. Sus leyes se reducen al amor y, a diferencia de las leyes de este mundo, son una buena noticia para los pobres. Su política es amar a los enemigos y, por lo tanto, no tiene soldados para combatirlos. Un rey así no podía esperar la comprensión de los reyes y señores de este mundo. Y así fue, ni el poder convencional -el imperio, ni la religión convencional -la sinagoga-, ni la sabiduría convencional -la academia- comprendieron el mensaje de este rey. Para Pilato fue un ajusticiado más, para la sinagoga un escándalo, para los griegos una necedad[3], pero para los que creemos en Jesús la misma fuerza y sabiduría de Dios. Jesús es rey en la cruz, y es también sacerdote, pues se ofrece al Padre. Su poder es el amor que regenera aun a los que lo crucifican; el poder que perdona a sus verdugos; el poder que engendra una nueva raza de hombres. El orgullo y la gloria del cristiano nacen al pie de la cruz, en el servicio humilde a la comunidad. Somos un reino de sacerdotes, porque todos estamos llamados a ofrecernos al Padre por la liberación de nuestros hermanos.  Al festejar hoy la paradójica fiesta de Cristo rey, celebrémosla en la humildad y en la sencillez; celebrémosla en el silencio de un amor generoso, totalmente volcados al servicio de la humanidad. Este día no es un grito de victoria sobre nuestros enemigos. Es más bien el triunfo del amor sobre el odio; de la humildad sobre el orgullo; del servicio fraterno sobre el amor • AE


[1] 19, 19-22.
[2] Cfr. Sal 22, 7.
[3] Cfr. 1 Cor 23.

La miel y la hien en el día a día (XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



La enseñanza de Jesús sobre la humillación y la cruz es quizá a la que nos resistimos con mayor obstinación. Mientras Jesús camina pensando en los sufrimientos que le esperan, los discípulos van detrás discutiendo sobre quién de ellos era el más importante. Jesús mismo había hecho sus distinciones entre ellos: primacía a Pedro en Cesárea, subida al monte de la transfiguración e ida a la casa de Jairo con Pedro, Santiago y Juan pero luego pondrá las cosas en su sitio: llamará a un niño y lo colocará en medio de los discípulos, en un gesto, como solían hacer los antiguos profetas, para hacerlo centro de atención y modelo para los apóstoles. Y nos pasa lo mismo que a los apóstoles, nos repugna el fracaso, la humillación, la cruz. No acabamos de entender el simbolismo del grano de trigo que tiene que morir para que haya espiga; una espiga que el grano nunca verá[1]. La resurrección tiene una dificultad muy seria para creer en ella: que viene siempre después de la muerte (como la espiga del grano), y nos resistimos a morir a nosotros mismos. Los cristianos de hoy no admitimos ni a un Dios sin gloria ni a un jefe sin prestigio. Nos las hemos ingeniado para camuflar la realidad de Jesús crucificado y hasta inventándonos un Dios que compense nuestras limitaciones: como somos míseros, nos imaginamos un Dios rico; como somos débiles y sufrimos, necesitamos un Dios fuerte e impasible. Olvidamos que Jesús desacralizó el poder, la autoridad, el dominio, el prestigio, el dinero y nos enseñó que para llegar a Dios es imprescindible rechazar todas esas cosas, que basta con amar y servir cada día un poco más, que podemos imitar al Padre, parecernos cada vez más a él, sin salirnos de las ocupaciones diarias, sin cambiar de lugar. Que la omnipotencia de Dios, en fin, es de amor, no de fuerza y de autoridad, que podemos lograr más unas gotas de miel que con un barril de hiel • AE


[1] Cfr. Jn 12, 20-33.

Carne y Sangre: comida y bebida (XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



Quizá hemos ido olvidando poco a poco, con el paso de los años, los usos, las costumbres, la cotidianidad, que cuando nos reunimos para la celebrar la eucaristía lo principal, lo importante es sumergirnos (sic) en Jesús, en sus palabras, en su ejemplo de vida, en cómo reacciona a lo que se le presenta. En la Eucaristía encontramos el pan y del vino, que expresan para nuestra fe la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Pero no podemos quedarnos en los signos ni tan sólo en la realidad que expresan, si todo ello no lo referimos a la misma persona del Señor vivo y resucitado. La eucaristía no es el memorial de un predicador, o de un fundador de una religión, o de un hombre que hacía milagros. Ni tan sólo el de un hijo de Dios que se hubiese paseado por el mundo. La Eucaristía es el memorial del Hombre Dios que murió de manera violenta. Por eso hablamos de su carne colgada en una cruz (1), por eso hablamos de la sangre derramada hasta el fin (2). Y al mismo tiempo la Eucaristía es también un acto de fe en la resurrección, en la de Jesús y en la propia. Es lo que hemos leído en el evangelio de hoy: hay una carne y una sangre que son comida y bebida que dan vida, por eso utilizamos estos signos sencillos que expresan comunicación de vida: el pan que alimenta y el vino que alegra (3). Comulgamos en la vida del Señor, en una vida que creemos es una realidad, una fuerza. Creemos que él es la Vida, la Fuerza, el Camino ¿Realmente lo creemos? La Misa también es lucha y entrega: pedimos perdón en el acto penitencial, levantamos el corazón al inicio de la plegaria eucarística, recibimos en la Comunión y sobre todo -la parte difícil- estamos invitados a vivirlo en el día a día, en el camino cotidiano. Que el Espíritu de Dios nos ilumine esta mañana de verano y nos ayude a recordar lo esencial, lo importante; que su fuego encienda en nuestras mentes el deseo de no olvidar el precio de nuestra redención: la muerte del Señor en la cruz • AE


[1] Cfr Hech 5, 30.
[2] Cfr Mt 26, 28.
[3] Jn 6,51-59.

Jesucristo Rey del Universo


Autor desconocido,
Tapa de un evangeliario con escenas de la Crucifixión
y las mujeres en el sepulcro, marfil y hueso, s. viii,
The Walters museum of art (Baltimore).

Mira tú qué cosas: en la solemnidad de Cristo Rey del universo con la que la liturgia termina un ciclo, nos encontramos con el relato de la crucifixión. Y quizá es así para que los seguidores de Jesús no olvidemos que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y servicio. Malacostumbrados como estamos a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. En otras palabras: La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo. Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero no debemos olvidar que lo que nos pide el Señor no es besar la Cruz sino cargar con ella, en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso. Para los que seguimos a Jesús, reivindicar la Cruz es acercarnos servicialmente a los crucificados de la actualidad, a aquellos que los demás, los puros y buenos desprecian; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento, pero será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz del Señor. Y mientras más en silencio, mejor. El bien no hace ruido, y el ruido no hace bien. En nuestros países, en medio de una sociedad en la que todo tenemos e incluso nos sobra muchísimo, está ocurriendo un fenómeno muy grave que ya advertía Juan Bautista Metz: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella». Hoy que celebramos a Cristo Rey ¿No sería bueno revisar cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado? ¿No habríamos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida? • AE