En vísperas de la Nochebuena la liturgia nos pone a la Santísima Virgen María
en el hermosísimo pasaje de su visita a Isabel, la madre de Juan, y en ese
pasaje encontramos la disponibilidad de María, su entrega por los demás. Llena
de la presencia de un mesías que viene a servir, corre a ayudar: encuentra tiempo,
sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses
con ella. No es egoísta. No se encierra
en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. ¿No es exactamente la actitud de
Cristo, que viene a entregarse por los demás? ¿No es también la actitud de un
cristiano y de la comunidad entera: que no sólo crezca en su fe cara a Cristo,
sino que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los más necesitados
de nuestra ayuda? Precisamente porque Ella ha experimentado la cercanía y el
favor de Dios, hemos de aprender de Ella a "visitar" a los demás. La Virgen
Santísima anuncia la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la
Iglesia y de cada cristiano: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante
-hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Si
nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para darlo también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad
que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos. María Santísima es símbolo
de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy.
Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que
nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás •
AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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El misterio escandaloso (IV Domingo de Adviento)
El diálogo entre el rey David y el profeta Natán es
todo un símbolo de lo diferentes que son las promesas de Dios y nuestros
deseos. El rey David se siente conmovido, a disgusto por el hecho de que él ya
está establecido en la tierra prometida, tiene paz y prosperidad y habita en
"casa de cedro". Este es el símbolo de que aquel pueblo que ha
caminado tanto, ha encontrado tierra y se ha instalado. El Arca, la presencia
de Dios, mantiene su aire andariego y peregrino. Dios permanece en el Arca que
atravesó desiertos. Un Dios caminante y un pueblo instalado. He ahí la tensión,
la exigencia y el escándalo. El buen deseo de David es contradicho y corregido.
Recibe una promesa de continuidad, de triunfo frente a los enemigos, de avance
de la estirpe que tiene una misión. Pero la construcción del templo es
reservada a otro. Esta narración nos hace pensar forzosamente en nuestros
diálogos y en nuestras peticiones con y a Dios. Queremos, conmovidos, instalar
a Dios, hacerle un templo estable. Nuestros sentimientos son buenos, pero no se
ajustan al misterio tan escandaloso de
los planes divinos. El templo será construido, pero también destruido. Y el
Cuerpo de Cristo para acompañar a todos los hombres se romperá y se hará
simiente de vida con su muerte. Somos contradichos y escandalizados por la
realidad de Dios. El Señor quiere seguir siendo peregrino, caminante por la
tierra y por la historia. Él nos mueve ¡nos hace movernos! Él nos muestra
siempre un más allá a nuestras intenciones tan cortas. Es necesario el silencio
el tiempo de reflexión, de oración. El Señor no ha querido instalarse, sino ha
elegido ser caminante de nuestro camino • AE
¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! (IV Domingo de Adviento)
Cuarto domingo de Adviento y cuarta vela encendida en
la Corona ¡Despierta Iglesia del Señor, que llega el Esposo! ¡Aviva tus
lámparas y sal a su encuentro! Descubrirás a María de Nazaret, estrella hermosa
que anuncia el día, aurora luciente del amanecer de Cristo. Hoy entra María por
la puerta grande en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas,
cronista de la Infancia que nos ayuda a acercarnos al Misterio para mostrarnos
el retablo viviente de Nazaret: la anunciación de Gabriel, el consentimiento de
María, la venida del Espíritu y la concepción virginal del Verbo. Y en medio el anuncio y el nacimiento de Juan el
Bautista, con el himno mesiánico de su padre Zacarías y el hermosísimo
encuentro entre María y su prima Isabel, con el asombroso Magnificat. En este ultimo domingo de Adviento tres palabras se
cruzan en el corazón humano, la espera, la esperanza y la expectación, esa tensión
alegre del espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; como la que
sintieron el anciano Simeón y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al
Salvador; la que vivieron José y María, buscando un lugar en Belén y la que
sienten quienes buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par:
¡Ven, Señor Jesús! La expectación está muy cerca del asombro, que es
precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, y abre el canto gozoso de las
antífonas del Oficio de Vísperas de la Liturgia de las Horas en los siete días
anteriores a la Navidad: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz
eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en
sombra de muerte!» Y por supuesto María de la O, María del asombro, del estupor
sagrado y de la contemplación del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh, piadosa;
oh, dulce Virgen María! • AE
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