Desde el minuto cero del inicio
de su pontificado el santo Padre Francisco sabe a dónde va, y desde ese día no
ha dejado de llamarnos a todos en la Iglesia a salir de nosotros mismos, olvidando miedos e
intereses propios, para ponernos en contacto con la vida real de las personas y
hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y
gozan, luchan y trabajan. Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y
concretas, nos ha ido abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una
Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se
encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que
esté enferma por encerrarse en sí misma”. La consigna de Francisco es clara:
“La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del
Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos
teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para
encontrarnos con la pobreza”. El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere llevar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La
novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si
tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y
planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”. Pero
Francisco no tiene miedo a la novedad de Dios. Hace poco, en la celebración del día de Pentecostés formuló
una pregunta a la que tendremos que ir respondiendo:
“¿Estamos decididos a recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos
presenta, o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la
capacidad de respuesta?". El sucesor de Pedro nos llama a reavivar en la Iglesia
el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores.
No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras
parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida y a todos. Hay que salir a la
vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El
Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la
confianza en el Padre. “Cuando entren en una casa, digan: Paz a esta casa”.
Esto es lo primero. Hemos de dejar a un lado las condenas, los vademecums de pecados y penitencias, haciendo hospitales de campaña donde podamos curar las heridas a los
enfermos y aliviar los sufrimientos de todos aquellos que están al alcance de nuestras manos. Esta es la gran noticia del reino de Dios • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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Possums! (XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)
El Greco, San Juan Evangelista (1609),
óleo obre lienzo,
Museo del Prado (Madrid)
...
El evangelio de este domingo,
el XXIX del Tiempo Ordinario empieza con una frase sospechosa: "Se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo".
Se está hablando de una familia, de un clan, de un grupo de poder. Cuando uno
es "el hijo de", "el director de", "o el presidente
de", mala cosa. Mala cosa porque entonces el valor sagrado del ser humano desaparece
para aparecer la bambolla del cargo, de la influencia, del dinero, del poder. Lo
que le dicen aquellos dos hermanos a Jesús es como lógico, como consecuente: Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu
derecha y otro a tu izquierda. Santiago y Juan aún no habían terminado de
entender prácticamente nada, pero Jesús no se enoja sino que explica pacientemente
que con él no hay “palancas”: el Reino no es el GCC, ni un banco, ni un negocio,
ni la oficina de admisiones de una escuela. El Reino no funciona por
favoritismos o nepotismo. Los que sí se molestan ante la osadía de los hijos de
Zebedeo ¡son los demás apóstoles! Y es que probablemente iba a pedir lo mismo y
los otros dos se les han adelantado #risas Los discípulos de Jesús eran todavía
habitantes terrenos, lejo de ser ciudadanos del Reino. Como nosotros. Pero el
Señor vive con ello la pedagogía paciente del amor, y les da, con infinita
ternura, una gran lección sobre uno de los asuntos más delicados: el sentido
del poder. De todo poder. Tener poder no es servirse de los demás, sino
servirlos. No es aprovecharse para dominar y tiranizar, con aires de
superioridad. El verdadero poder, como le gusta tanto repetir al santo Padre
Francisco, es el servicio[1],
la disposición total a servir a los demás. "El
que quiera ser grande, sea vuestro servidor; el que quiera ser primero, sea
esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan,
sino para servir y dar su vida en rescate de todos". Las palabras de Jesús
no pueden ser más claras y terminantes. Y sabemos muy bien que no hay en ellas
ninguna metáfora, la más mínima retórica. Basta mirar a la cruz y hoy, en la
celebración de la eucaristía podríamos hacerlo, y preguntarnos en silencio y con
honestidad si estamos dispuesto a beber el cáliz del Señor y ser bautizados con
un bautizo de sangre y fuego, como los apóstoles, como los el ejército de lo mártires
del Cordero[2]
• AE
La alegría del amor en el Amor (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)
Cuál
es nuestra actitud frente a los amigos y familiares a quienes se les rompió en
mil pedazos su primera unión matrimonial y hoy viven en una nueva
relación a la que llamamos irregular? ¡Pocos
temas tan escabrosos y tan difíciles de tratar; tanto como caminar sobre un alambre delgadísimo y con montón de distracciones! #pájarosenelalambre Son muchos los cristianos que por una parte creen en lo que la
Iglesia enseña sobre la indisolubilidad del matrimonio pero, por otra, intuyen
que al mismo tiempo el evangelio les pide adoptar ante estas parejas una
actitud que no se puede reducir a una condena fácil. Quizá el primer paso sea entender con más serenidad la posición
de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina
eclesiástica sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de
comprensión, acogida y ayuda. Las tres cosas. Cuando la Iglesia defiende la
indisolubilidad del matrimonio fundamentalmente quiere
decir que, aunque unos esposos hayan encontrado en una segunda unión un amor
estable, fiel y fecundo, este nuevo amor no puede ser aceptado en la comunidad
cristiana como signo y sacramento del amor indefectible de Cristo a los
hombres. Pero esto no significa que necesariamente hayamos de considerar como
negativo todo lo que los divorciados viven en esa unión no sacramental, sin que
podamos encontrar nada positivo o evangélico en sus vidas. Los cristianos no
podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de
situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las
experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que
realmente existió. ¿Quiénes somos nosotros para considerarlos indignos de
nuestra acogida y nuestra comprensión? ¿Podemos adoptar una postura de rechazo
sobre todo hacia aquellos que, después de una trayectoria difícil y compleja,
se encuentran hoy en una situación de la que difícilmente pueden salir sin
grave daño para otra persona y para unos hijos? Las palabras de Jesús: Lo que
Dios ha unido, no lo separe el hombre nos invitan a defender sin ambigüedad la
exigencia de fidelidad que se encierra en el matrimonio. Pero esas mismas
palabras, ¿no nos invitan también de alguna manera a no introducir una
separación y una marginación de esos hermanos y hermanas que sufren las
consecuencias de un primer fracaso matrimonial?[1] El Santo Padre Francisco en la exhortación apostólica postsinodal Amoirs Laetitia, nos recuerda: «la Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar,
integrar, evitando imponerles una serie de normas como si fueran una roca, con
lo cual se consigue el efecto de hacer que se sientan juzgadas y abandonadas
precisamente por esa Madre que está llamada a acercarles la misericordia de
Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz
del Evangelio, algunos quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas
para lanzarlas contra los demás»[2]. Vamos a pensarlo hoy en algun momento del día, en la presencia del Señor, e
invocando con sencillez la luz del Espíritu de Dios • AE
Bostezos y realidades (XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).
Revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios en la
justicia y en la santidad de la verdad. Es
el consejo de San Pablo a los cristianos de Éfeso[1].
Invertimos fortunas en operaciones estéticas y en tratamientos para eliminar
arrugas, grasas y tratar de arreglar envejecimientos que vienen con el natural
paso de los años y en vestir a la última moda y en viajar como si el mundo se fuese
a acabar. En realidad, sí que se va a acabar, pero ¿vale la pena vivir así? Con
todo, hay un modo, -que no moda, - de mantenerse en eterna juventud: vistiendo
la nueva condición humana creada a imagen de Dios, el eternamente joven: la
justicia y santidad verdaderas. Frente a lo mucho que gastamos para estar en forma,
están el hambre y la necesidad de millones de personas, de esos que viven en lo
que muchos llaman “tercer mundo”, (si bien en humanidad muchas veces supera al
primero, tan injustamente insolidario). Y más grave aún es el hambre de vida
autentica, de sentido de lo sagrado, de sentido lo trascendente. La respuesta a
todas las insatisfacciones que los humanos llevamos por dentro nos la da el
Señor en el evangelio de este domingo: Yo
soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca
tendrá sed[2]. Hoy
por hoy buscamos a toda costa ser libres, pero nadie nos dice que la libertad -y
la paz, y la alegría- no está en el consumismo, ni en el vivir sin compromisos.
La paz está donde está el Espíritu del
Señor[3].
El diagnostico que alguien podría hacer de nosotros los cristianos sería que no
somos ni felices ni libres, que como los israelitas soñamos con las ollas de
carne y el pan de Egipto[4],
¿cuándo será el momento de volver a Jesús y de encontrarnos con Él? ¡Cuánto
bien nos hace volver a leer las palabras del santo Padre Francisco al comienzo
de su Evangelii Gauidum! «Invito a cada
cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora
mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de
dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón
para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda
excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo
defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya
esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a
Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor,
pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito.
Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores».
¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más:
Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de
acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete»
nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus
hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este
amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a
empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede
devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos
declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos
lanza hacia adelante!»[5] •
AE
[1] Efe 4, 17.20-24.
[2] Jn 6, 24-35.
[3] 2 Cor 3, 17
[4] Cfr. Ex 16, 2-4. 12-15.
[5] Papa Francisco, exhortación apostólica
Evangelii Gaudium, n. 3. El texto completo
puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (Ciclo B).
El Domingo de Ramos del año 2006, la primera Semana Santa dentro de su
pontificado, lo presidia el Papa Benedicto XVI, y en su homilía de aquel día mencionó
algo que pienso es bueno volver a leer. Jesús, dijo, «entra en la ciudad santa
montado en un asno, es decir, en el animal de la gente sencilla y común del
campo, y además un asno que no le pertenece, sino que pide prestado para esta
ocasión. No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo, como los grandes
del mundo, sino en un asno prestado[1]. Para
comprender el significado de la profecía y, en consecuencia, de la misma
actuación de Jesús, debemos escuchar todo el texto de Zacarías, que dice así: El destruirá los carros de Efraím y los
caballos de Jerusalén; romperá el arco de combate, y él proclamará la paz a las
naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la
tierra[2]. Así
entendemos que el Mesías será rey de los pobres, pobre entre los pobres y para
los pobres, es decir, de las almas creyentes y humildes que encontramos en
torno a Jesús. Uno puede ser materialmente pobre, pero ¡ay! tener el corazón
lleno de afán de riqueza material y del poder que deriva de la riqueza. La
pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas y desde
luego de las Bienaventuranzas-, presupone sobre todo estar libres interiormente
de la avidez de posesión y del afán de poder. Ante todo, se trata de la
purificación del corazón, gracias a la cual reconocemos la posesión como
responsabilidad y como origen de ayuda a los demás, poniéndonos bajo la mirada
de Dios y dejándonos guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por
nosotros[3]. La
libertad interior es el mejor camino para superar la corrupción y la avidez que
arruinan al mundo; esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser
nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias,
en las que se desarrolla como libertad verdadera»[4].
Hasta aquí las palabras del Papa. Hoy celebramos el Domingo de Ramos, entrada
triunfal del Señor en Jerusalén. Hoy vemos a un rey pobre, a un rey que no
sigue los criterios del mundo. Hoy podríamos pedirle en el silencio de la oración,
en el silencio del corazón, que nos lleve por su camino y que pongamos en Él
nuestro corazón, que esperemos en Él, que nos sintamos muy orgullosos al
reconocerlo a Él como nuestra única y absoluta riqueza • AE
[1] San Juan nos relata que, en
un primer momento, los discípulos no lo entendieron. Sólo después de la Pascua
cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los
profetas, que su actuación derivaba de la palabra de Dios y la realizaba.
Recordaron -dice san Juan- que en el profeta Zacarías se lee: No temas, hija de Sión; mira que viene tu
Rey montado en un pollino de asna (Jn 12, 15; cf. Za 9, 9).
[2] Za 9, 10
[3] Cfr. 2 Co 8, 9.
[4] Papa Benedicto XVI, Homilía en la
celebración del Domingo de Ramos, Plaza de San Pedro, XXI Jornada Mundial de la
Juventud, Domingo 9 de abril de 2006.
Ilustración: La pintura, datada entre 1550–1600 y que se encuentra en el Museo de
Arte de Glasgow (Reino Unido) es una de las así llamadas "pinturas de propaganda"
tan populares en período de la Reforma; el mensaje de la obra es claramente antipapal;
la oración final, traducida al castellano, dice algo así como: "... el
sirviente actúa en oposición al señor". La realidad es que atrás quedaron
los tiempos en los que los romanos pontífices actuaban como reyes temporales. El
Papa Juan Pablo I fue el último papa que usó el trono ceremonial (o silla
gestatoria) llevado en hombros en 1978. El Papa Juan Pablo II abandonó el uso
de la silla gestatoria completamente, también lo hizo Benedicto XVI y desde
luego su sucesor el Papa Francisco. Lo mismo sucedió con la tiara papal: Pablo
VI abandonó su uso en el Concilio Vaticano II, colocándola de forma simbólica
sobre el altar de la Basílica de San Pedro, y donando su valor a los pobres.
«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)
Caravaggio, La vocación de San Mateo, óleo sobre lienzo (1599),
la obra fue
encargada para decorar la Capilla Contarelli
en la iglesia romana de San Luis
de los Franceses, donde aún se conserva.
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo
sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido.
Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las
señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? Lo
que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los
males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no
querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación
antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se
transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una
amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el
huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras
expectativas. También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento
de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por
negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por
desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los
cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por
máquinas que hacen llover instrumentos de muerte. El amor se enfría también en
nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de
describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia
egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas
guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo
aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero •
(extracto del Mensaje para
la Cuaresma del Santo Padre Francisco; el texto completo puede leerse aquí).
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El agua, el trigo y la alegría del Cristianismo
Le preguntan Jesús de manera insidiosa sobre el tema de los tributos y
él lo resuelve rápidamente: si tienen en las manos una moneda que pertenece al
César, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica. Sin embargo Jesús
introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de original, de forma
inesperada introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda
pertenece al César, sí, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí
mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a Él. Ese es el
punto central del evangelio de éste domingo[1]. Parece
como si dijera: «Den, pues, al César lo que es del César, pero no olviden que
ustedes mismos pertenecen a Dios». Para Jesús, el César y Dios no son dos
autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los
hombres. Dios está por encima de cualquier rey, y éste no puede nunca exigir lo
que pertenece a Dios. En unos tiempos en que crece el poder del estado y resulta
cada vez más difícil defender nuestra libertad en medio de una sociedad
burocrática donde casi todo está dirigido y controlado, los cristianos hemos de
luchar para que no nos roben nuestra conciencia y nuestra libertad. Ningún poder
puede hacerlo. Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, sí,
siempre, pero no podemos dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que cuestione
las exigencias fundamentales de nuestra fe cristiana. El Santo Padre Francisco
nos lo dijo con más claridad: «El proceso de secularización tiende a reducir la
fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda
trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento
del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del
relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la
etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios»[2]. Darle
al Cesar lo que le corresponde al César está muy bien, si antes hemos puesto a
Dios en el lugar que le corresponde: el primero, y recordado que contamos con
la fuerza y la alegría del Evangelio, algo que nada ni nadie nos podrá quitar[3].
Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para
reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer.
Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el
Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia[4].
Nuestra fe, pues, hoy es desafiada a vislumbrar el vino en que puede
convertirse el agua, y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. Aunque
nos duelan las miserias de nuestra época y estemos lejos de optimismos
ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu
ni menor generosidad[5].
Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios • AE
El grano de trigo y la tierra buena
San Juan pone en boca de Jesús, poco antes de su muerte aquellas
palabras tan misteriosas: Si el grano de
trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace
bajo tierra, da mucho fruto[1].
A poco de entrar en el verano, con los campos que tienen ya el aspecto
distinto, el de la cosecha es bueno volver a acercarnos a esas palabras del
Señor para entender que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho
fruto. Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha
producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que
aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la
muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de
todos. El que había convertido su vida en una obra constante de amor. Pero,
verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto. Es la Pascua. Lo que
hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy cumplimos. Jesús vive y vive
para siempre. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto.
Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la
buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del
agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la
Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la
creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros,
en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como
el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es
mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha
cambiado. Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha
dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como
un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto
abierto de la Pascua de JC: que él vive para siempre, y que la vida nueva que
él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu. Como
una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener
firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él
nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el
Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Papa Francisco nos habla de una
Iglesia en salida, nos invita constantemente a no encerrarnos en lo que vamos
haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos
de la Buena Noticia de Jesús[2]. Hoy
podríamos pedir al Espíritu una sola cosa: que nos renueve[3].
Que en esta Iglesia y en este mundo más bien tristes en los que vivimos, nos
convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía a la que iremos este
domingo de Pentecostés nos una con Jesucristo muerto y resucitado que nos
alimenta y acompaña • AE
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Caminante sí hay camino
A propósito del Cristo crucificado del que habla san Pablo en la segunda de las lecturas, en una interesantísima entrevista a La Civiltà Cattolica, el Papa
Francisco mencionó "como de pasada" una obra de Marc Chagall, pintor judío
originario de Rusia nacido en 1887 y fallecido en 1985. El cuadro fue pintado en 1938, año de la trágica Noche
de los cristales rotos (del 9 al 10 de noviembre de 1938). En la obra, que se conserva en el Instituto de Arte de Chicago, la figura de Jesús
crucificado es el centro. Sus ojos se hallan cerrados. Desde su posición única en la cruz,
la figura Jesús comunica no poca serenidad.[1] Jesús en la cruz no es presentado con el paño común a conocidas Crucifixiones sino un manto ritual
judío para orar (talit). Sobre la cruz
figura la inscripción "INRI" (abreviatura de Iesus Nazarenus Rex
Iudeorum), expresión de doble-filo escogida por los romanos para humillar tanto
a Jesús como a los hebreos. Significativamente, ambos –de un modo u otro-
comparten la condición de estar sometidos al yugo pagano. Con todo, en la
pintura de Chagall, las mencionadas iniciales latinas son seguidas por su
versión in extensum, a la que Chagall inscribe recurriendo al uso de caracteres
hebreos tradicionales (Iéshu Hanotzrí Mélej Haiehudim). El Jesús de Chagall no posee corona de
espinas ninguna, sino algo semejante a un turbante. Tal elemento conecta implícitamente a Jesús con los profetas de la Tierra
Santa. En efecto, en el arte europeo pre-moderno, el turbante fue empleado
persistentemente como atributo distintivo de los profetas hebreos. Haciendo referencia
directa a ciertos momentos tremendos en la historia de la humanidad, la pintura
de Chagall funciona como si fuese una plegaria u oración dirigida a Dios, una
que a su manera llega a expresar -en términos visuales- las palabras de San
Pablo: Hermanos míos, esos de mi propio
pueblo, la gente de Israel. De ellos es la adopción como hijos [del Señor], la
gloria divina, los pactos, la ley, las oraciones a Dios desde el Templo y el
contar con Sus promesas. Suyos son los patriarcas, y desde ellos es trazado el
linaje humano del Cristo[1]. En una sola pintura Chagall ha logrado unir aquello que por muchísimos
siglos comunidades enteras concibieron sólo en términos de segregación y
antagonismo. El cuadro de Chagall no se centra solo en el sufrimiento, sino que
expresa además la vulnerabilidad del hombre y su real necesidad de creer en
Dios. Dicho en otras palabras, caminante hay camino[2] • AE
[1] Romanos, 9: 1-5.
[2] Contrariamente
a lo que predica Antonio Machado al escribir su "cuando de nada nos sirve
rezar" y acompañarlo por un "caminante no hay camino sino estelas en
la mar." Frente a esto, uno podría suponer que Machado jamás se enteró de
la existencia de Biblia y menos que menos de sus contenidos. La experiencia
vivida lleva a la conclusión de que de nada nos sirve vivir improvisando.
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