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La mirada de Jesús (XXXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Quizá la invitación de éste domingo sea a bajarnos, como Zaqueo, del árbol de las resignaciones, de los remordimientos y de los miedos, y responder a esa voz que nos llama por nuestro nombre, para reprocharnos no nuestros errores sino nuestras muchas posibilidades. El pequeño Zaqueo pasa de la curiosidad a la fe como respuesta a alguien que ha creído en él; alguien que ha querido ir a su casa. Zaqueo no lleva al huésped –como hacemos nosotros- para que admire los cuadros, los muebles, las colecciones valiosas. Desde el momento en que Cristo entra en su casa, se diría que al propietario todo lo que tiene le fastidia, se convierte en un estorbo, un impedimento para poder ver al Maestro. Y es así que se libera de todo. No quiere nada que impida estar con Jesús. Para él la fe se traduce inmediatamente en desprendimiento, en dejar a un lado la riqueza acumulada. Es así que descubre de improviso a los otros, precisamente en el momento en que éstos murmuran cómo Jesús ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Aún así Zaqueo ve finalmente al prójimo. Un prójimo que le es hostil, sin embargo su mirada se ha curado: ya no ve a los demás como individuos a quienes quitar todo lo posible. Ahora ve a los otros como hermanos. Y empieza, por primera vez en su vida, a conjugar el verbo compartir. Comienza a usar las manos no para arrebatar sino para dar. Y es que Alguien, primero, ha logrado encontrarlo y curarlo con el cariño de la amistad y la compañía. Fue Jesús y su amor quienes lo hicieron bajar del árbol y empezar a vivir en medio de los demás • AE




La bondad que limpia (XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



Giordano Luca, Pilatos lavándose las manos (1655 – 1660), 
óleo sobre lámina de cobre (43 x 66 cm), Museo del Prado (Madrid) 
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Terminados ya los cinco domingos en que escuchamos el capítulo sexto del evangelio según san Juan, hoy volvemos a recuperar el evangelio correspondiente a este ciclo y que ya no dejaremos hasta el final del año litúrgico[1]. Lavarse las manos antes de comer era entonces uno de los gestos externos de pureza moral. Y a los fariseos de todos los tiempos siempre nos han importado mucho los gestos externos. Al Señor no tanto, justo por eso dice que lo limpio y lo sucio del hombre no está en las manos, sino en el corazón. Y lo dijo por todos nosotros, por los cristianos que nos lavamos las manos y vamos por ahí con nuestras manos cristianamente lavadas, pero con el corazón cristianamente sucio. Jesús no dijo: "Bienaventurados los que se lavan las manos, porque así verán los hombres que estáis limpios", sino “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"[2], y ¡Mira tú qué cosas! A él lo iba a condenar a muerte un hombre que tuvo buen cuidado de que el pueblo lo viera lavarse las manos[3], y a llevar a la cruz unos que, antes, no quisieron entrar en el pretorio para no contaminarse[4]. Jesús quiso trazar una línea bien clara entre los limpios de corazón y los que se lavan las manos. Y es que lavarse las manos es fácil; lo difícil es lavarse el corazón. Todos sabían que el gesto de Pilato no valía y hoy aún seguimos creyendo ciegamente en los gestos externos. Lavarse las manos y luego convencerse de que uno no puede hacer nada ante tantas situaciones injustas que hay cerca y lejos de nosotros, no vale. Lavarse las manos y luego decir que es una pena que haya pobres, enfermos, guerras, desastres, no vale. Lavarse las manos y luego decir que uno no puede cambiar el mundo, no vale. Es mucho más fácil lo que hizo Pilato para lavarse las manos, que lo que tuvo que hacer, por ejemplo, Zaqueo, para lavarse el corazón. A Pilato le bastó un gesto espectacular y estúpido. Pero a Zaqueo, para lavarse el corazón, le hizo falta devolver cuatro veces lo robado y dar la mitad de lo suyo a los pobres[5]. No sirve lavarnos las manos nada más. Sólo la bondad nos hará limpios por dentro, junto con la negación de nuestro propio egoísmo y la generosidad, la entrega, el trabajo por los demás. Y no es que falten entre nosotros los limpios de corazón que nos contagien su bondad. Es más, la gente buena que hay a nuestro alrededor; algo de polvo tendrán en las manos, pero tienen fundamentalmente limpio el corazón. "Ustedes están limpios, aunque no todos"[6], les dijo un día Jesús. Sólo uno no estaba limpio. Casualmente era uno que tenía las treinta monedas aferradas, no precisamente con las manos, sino con el corazón[7] • AE


[1] Se trata del Ciclo B, el correspondiente a san Marcos.
[2] Mt 5,8.
[3] Id, 27, 24.
[4] Cfr. Jn 18, 33.
[5] Cfr. Lc 19, 1-10.
[6] Cfr. Jn 13, 10.
[7] Cfr. Mt 27, 3.