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Solemnity of the Body and Blood of Christ (Cycle A. 2020)



Jesus! my Lord, my God, my all!
How can I love Thee as I ought?
And, how revere this wondrous gift,
So far surpassing hope or thought?

Sweet Sacrament! we Thee adore!
O, make us love Thee more and more!

Had I but Mary's sinless heart
To love Thee with, my dearest King!
O with what bursts of fervent praise
Thy goodness, Jesus, would I sing!

O see! within a creature's hand
The vast Creator deigns to be,
Reposing infant-like, as though
On Joseph's arm, or Mary's knee.

Thy Body, Soul, and Godhead, all!
O mystery of love divine!
I cannot compass all I have,
For all Thou hast and art are mine!

Sound, sound His praises higher still,
And come, ye angels, to our aid,
'Tis God! 'Tis God! the very God
Whose power both man and angels made!

Ring joyously, ye solemn bells!
And wave, O wave, ye censers bright!
'Tis Jesus cometh, Mary's Son
And God of God, and Light of Light!

O earth! grow flowers beneath his feet,
And thou, O sun, shine bright this day!
He comes! He comes! O Heaven on earth!
Our Jesus comes upon His way!

He comes! He comes! The Lord of Hosts,
Borne on His throne triumphantly!
We see Thee, and we know Thee, Lord;
And yearn to shed our Blood for Thee.

Our hearts leap up; our trembling song
Grows fainter still; we can no more;
Silence! and let us weep - and die
Of very love, while we adore • 

Frederick W. Faber
...


Today’s feast is meant to help us grow in the understanding of the Eucharist and in our reverence for this great sacrament. We certainly need this reminder. We have the Most Blessed Sacrament in the tabernacle close to the altar, but many times we simply ignore this Presence and treat the Church merely as a meeting place #wrong We need to genuflect when we enter a pew and then spend a few moments in prayer, recognizing the One before whom we are kneeling. There are many ways that the Lord is present. He is present in the beauties of nature, and in the smile of a baby. He is He is present where two or three are gathered together in His Name, and He is present in the Word of Scripture.  But the greatest presence of the Lord possible for us on earth is the Real Presence of the Lord in the Blessed Sacrament. We cannot forget this. This is a day for us to reflect on what exactly happens at Mass.  Bread and Wine become the Body and Blood of the Lord. They do not symbolically become the Lord.  They become the Lord.  They do not signify the Lord.  They are the Lord.  Communion is not just the union of the community.  It is the union of the community with Jesus Christ, present in each person who receives communion and present in all of us together. When we receive communion, we are united through Christ with those present here and those present throughout the world. When we receive communion, we receive Jesus.  When we approach the Eucharist, we need to do this is a reverential manner, focusing in on the One we are about to receive.  It is important for our parents to remind their children continually that they need to receive the Lord with reverence.  We need to spend time praying to the Lord within us.  These prayers may consist in the communion hymn we share, but should also include quiet time of reflection, time to talk to the Lord within us. Once the bread and wine become the Body and Blood of Christ, they remain the Body and Blood of Christ. That is why we reverence the Blessed Sacrament in our tabernacles. That is why we spend time before the Blessed Sacrament when we have Eucharistic Adoration. I am saddened when I hear about people who leave the Catholic Church and join other faiths. I do not doubt their good intentions.  Nor do I doubt that they can have an experience of God’s presence in another worshiping community, but how can we, who have been called to the Eucharist, ever leave the Eucharist? Certainly, many good holy people have not been called to the Eucharist. But we have been called.  Once we have been admitted into this Presence, we cannot leave it. The beliefs of those of other denominations are to be respected.  The beliefs of those who do not acknowledge Christ are to be respected.  However, we are not respecting others if we hedge on our own faith. No, we need to be who we are.  We are Catholics.  We need to exalt in that which makes us uniquely Catholic.  We need to celebrate the Great, Awesome Gift of the Eucharist. The Solemnity of the Body and Blood of the Lord reminds us of who we are, who is present in the tabernacles of our churches, and what we are doing when we receive communion. Today is a good day to repeat over and over those words so endearing and so beautiful: O Sacrament most holy! O Sacrament divine! All praise and all thanksgiving be every moment Thine • AE


Altísimo Señor, que supiste juntar
a un tiempo en el altar
ser cordero y pastor.
Quisiera con fervor amar y recibir
a quien por mi quiso morir.

Cordero divinal por nuestro sumo bien
inmolado en Salén, en tu puro raudal.
De gracia celestial, lava mi corazón,
que fiel te rinde adoración.

Suavísimo maná, que sabe a dulce miel
ven, y del mundo vil nada me gustará.
Ven y se trocará del destierro cruel
con tu dulzura la amarga hiel.

Oh convite real, dó sirve el Redentor,
al siervo del Señor comida sin igual;
Pan de vida inmortal, ven a entrañarte en mí,
y quede yo trocado a ti •
...



En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná»[1]—dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía»[2] —dirá Jesús a nosotros—. «Acuérdate de Jesucristo»[3] —dirá san Pablo a su discípulo. El «pan vivo que ha bajado del cielo»[4] es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.  

Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros. «Acuérdate de Jesucristo». Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo, esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte. 

En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. Memoria anamnética y mimética. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número. Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros. La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor. 

La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia[5], así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo, recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo, el santo pueblo fiel de Dios. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan»[6]. La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores. Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad • SANTA MISA Y PROCESIÓN EUCARÍSTICA EN LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO. Plaza de San Juan de Letrán, Domingo 18 de junio de 2017.


[1] Dt 8,2.14.16
[2] 1 Co 11,24
[3] 2 Tm 2,8
[4] Jn 6,51
[5] cf. Ex 16
[6] 1 Co 10,17

Para siempre con nosotros (Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. 2019)



Hay, en Tierra Santa, un pueblecito llamado Tabga. Está situado junto a la ribera del lago Tiberíades, en el corazón de la Galilea. Y se halla a los pies del monte de las Bienaventuranzas. La Galilea es una región de una gran belleza natural, con sus verdes colinas, el lago de azul intenso y una fértil vegetación. Este rincón, que es como la puerta de entrada a Cafarnaúm, goza todo el año de un entorno exuberante. Es, precisamente en esta aldea, donde la tradición ubica el hecho histórico de la multiplicación de los panes realizada por Jesús. Ya desde el siglo IV los cristianos construyeron aquí una iglesia y un santuario, y aun hoy en día se pueden contemplar diversos elementos de esa primera basílica y varios mosaicos que representan la multiplicación de los panes y de los peces. Pero hay en la Escritura un dato interesante. Además de los relatos de la Pasión, éste es el único milagro que nos refieren unánimemente los cuatro evangelistas, y esto nos habla de la gran importancia que atribuyeron desde el inicio a este hecho. Más aún, Mateo y Marcos nos hablan incluso de dos multiplicaciones de los panes. Y los cuatro se esmeran en relatarnos los gestos empleados por Jesús en aquella ocasión: “Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos –dio gracias, nos dice san Juan—, los partió y se los dio a los discípulos para que se los repartieran a la gente”. Seguramente, los apóstoles descubrieron en estos gestos un acto simbólico y litúrgico de profunda significación teológica. Esto no lo adviertieron, por supuesto, en esos momentos, sino a la luz de la Última Cena y de la experiencia post-pascual, cuando el Señor resucitado, apareciéndose a sus discípulos, vuelve a repetir esos gestos como memorial de su Pasión, de su muerte y resurrección. Y, por tanto, también como el sacramento supremo de nuestra redención y de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es el sacramento por excelencia de la Iglesia –y, por tanto, de cada uno de los bautizados— porque brotó del amor redentor de Jesucristo, la instituyó como sacramento y memorial de su Alianza con los hombres; alianza que es una auténtica redención, liberación de los pecados de cada uno de nosotros para darnos vida eterna, y que llevó a cabo con su santa Pasión y muerte en el Calvario. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Cristo sobre la cruz nos hablan de este mismo misterio. El Sacrificio eucarístico es –recuerda el Papa, tomando las palabras del Vaticano II— “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. Cristo en persona es nuestra Pascua, convertido en Pan de Vida, que da la vida eterna a los hombres por medio del Espíritu Santo. Que en esta fiesta del Corpus Christi, que estamos celebrando hoy, todos valoremos un poco más la grandeza y sublimidad de este augusto sacramento que nos ha dejado nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía, el maravilloso don de su Cuerpo y de su Sangre preciosa para nuestra redención: “Éste es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía”. Que a partir de hoy vivamos con una fe mucho más profunda e intensa, y con mayor conciencia, amor y veneración cada Eucaristía, cada Santa Misa: ¡Gracias mil, Señor, por este maravilloso regalo de tu amor hacia mí! • AE


Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor (2018)



De rodillas, Señor, ante el sagrario,
que guarda cuanto queda 
de amor y de unidad,
venimos con las flores 
de un deseo,
para que nos las cambies 
en frutos de verdad.
Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz.

Como ciervos sedientes 
que van hacia la fuente,
vamos hacia tu encuentro 
sabiendo que vendrás;
porque el que la busca es 
porque ya en la frente
lleva un beso de paz, 
lleva un beso de paz.
Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz.

Como estás, mi Señor, en la custodia
igual que la palmera 
que alegra el arenal,
queremos que en el centro 
de la vida,
reine sobre las cosas 
tu ardiente caridad.

Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz •

José Mª Pemán.

¡Los Jueves más grandes! (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor 2018)



Hay días y horas en que la memoria de los cristianos se dirige con particular atención hacia la Eucaristía, los jueves recordamos que fue un jueves cuando el Señor instituyó la Eucaristía, y diariamente, cuando cae el sol y la Iglesia enciende sus lámparas para rezar las Vísperas, volvemos a recordar «aquel sacrificio vespertino que fue entregado por nuestro Salvador mientras cenaba con los Apóstoles, cuando inició los misterios sagrados de la Iglesia, o que él mismo ofreció al Padre por el mundo entero en la tarde del día siguiente, sacrificio que inauguraba la etapa última de toda la historia». Y este recuerdo se vuelve especialmente importante en dos ocasiones, en dos jueves concretos: el Jueves Santo, en la misa vespertina de la Cena del Señor –lo celebramos hace unos cincuenta días- y en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que celebramos hoy. El Jueves Santo contemplamos el misterio eucarístico desde el don que Jesús nos hace, hoy lo hacemos desde la recepción que nosotros hacemos, es decir, hoy  reconocemos la eucaristía como alimento de peregrinos, como verdadero pan de los hijos; como sacramento por medio del cual Cristo está siempre realmente presente entre nosotros, por eso lo adoramos, bendecimos y agradecemos. Hoy podríamos detenernos un momento y pensar que a la Eucaristía no vamos como a recibir un premio, ni a una visita de etiqueta, sino a un encuentro personal con el Señor, a poner delante de él sueños, esperanzas, ansiedades, alegrías y tristezas. A hablar como con el mejor de nuestros amigos y a dejarnos mirar por él. «Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…, se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde»[1]. El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta.  La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada. Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso: la mirada del Señor: “No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario”— Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor»[2] • AE


[1] v. 39. 
[2] VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A CHILE Y PERÚ, (15-22 DE ENERO DE 2018), ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS Y SEMINARISTAS DE LAS CIRCUNSCRIPCIONES ECLESIÁSTICAS DEL NORTE DE PERÚ. DISCURSO DEL SANTO PADRE. Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo (Trujillo). El discurso completo puede leerse aqui: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2018/1/20/clero-trujillo-peru.html 

el Pan que partimos y compartimos.


La celebración de la fiesta del santísimo Cuerpo y Sangre del Señor –Corpus Christi- vuelve a ofrecernos la oportunidad de reflexionar sobre la Eucaristía, la gran fiesta que nos congrega domingo a domingo y nos hace decir que vivimos en comunión y que recibimos la Comunión sin embargo, somos también un pueblo poco comunitario. Nuestra postura cristiana a veces es individualista y, vamos a ser honestos, con cierto tinte de exclusivismo y de interés privado. A pesar de todo, la Eucaristía es signo de unidad. Incluso en lo humano las comidas, los banquetes, suelen ser la expresión de la unanimidad. En torno a una mesa no es difícil superar todas las particularidades y llegar al mutuo acuerdo. Y así, en torno a la sagrada Mesa, la común participación en la Eucaristía es signo de la unanimidad del pueblo de Dios. Pero la Eucaristía no es sólo un signo, es decir, la expresión feliz de la unidad que ya debe haber, sino que es signo eficaz, o sea, que hace nacer y acrecienta la unión de los cristianos. En torno al altar se edifica y construye la Iglesia de Dios. ¿Qué pasa, pues, que nosotros no acabamos de superar nuestro viejo individualismo? ¿Qué extraño y envejecido mal entorpece la eficacia unificante de la Eucaristía? ¿Por qué la unión simbólica en el templo no tiene realidad al otro lado de las puertas de la iglesia? ¿No es un contrasentido que los que aquí compartimos el mismo Pan, don de Dios, nos neguemos luego a repartir el otro pan, fruto de nuestro sudor, pero también don de Dios? San Pablo, en el fragmento que hemos escuchado en la segunda de las lecturas denuncia esta inexplicable actitud de los cristianos de Corinto: aquella comunidad que comenzó repartiendo el pan material con ocasión de la Eucaristía, había llegado a aprovechar esa misma celebración para hacer ostentación cada cual de sus propias riquezas. Y San Pablo denuncia que en eso no hay nada laudable. Y sí mucho que recriminar. El punto es sencillo: no estamos comulgando bien. Si ya arqueaste la ceja y te revolviste inquieto en la silla, espera un momento. Sigue leyendo. No estoy hablando de las disposiciones exigidas por el derecho: ayuno y pureza de conciencia. Me refiero a algo más sencillo, más profundo, y más elemental también: comulgar es recibir a Cristo; pero no acaparar a Cristo, monopolizar la posesión de Cristo, retener a Cristo para nuestro uso particular. Comulgar es compartir con los hermanos, pero no anecdóticamente en la Misa, sino de verdad y siempre. ¿Por qué somos capaces de recibir a Cristo sacramentado y rehuimos aceptar a Cristo, el mismo Cristo, presente en nuestro prójimo? Cuando comulgamos recibimos a Cristo. Pero no podemos olvidar que la Eucaristía no tendría sentido sacada del contexto de su institución: la noche víspera de la Pasión. Comulgar es recibir a Cristo que se sacrifica por todos los hombres para el perdón de los pecados. Por eso, comulgar es compartir con Cristo su propio sacrificio en servicio a los hombres. Justo por esto resulta incomprensible toda tentativa de pretender comulgar, conformándose sólo con recibir, sin sentirse al mismo tiempo comprometido a dar, a darse en servicio a los hermanos. En menos palabras: No podemos comulgar con Cristo sin comulgar también con los hermanos. Ni tiene sentido compartir el Cuerpo de Cristo si nos cerramos totalmente a compartir con el necesitado nuestros bienes. Si nuevamente te revolviste inquieto en la silla y pensaste “el Fader se nos vuelve comunista”, aqui dejo unas entrañables palabras de monseñor Cámara: «Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista»[1]. Celebramos el amor de Dios que muere y se nos da en alimento, para mantenernos unidos a Él, en una misma Iglesia. Por eso es una buena ocasión para reflexionar y examinarse cada cual, de manera que demos a la comunión su debido valor. No el valor que nosotros hayamos podido atribuirle, sino el que el Señor quiso darle: signo eficaz de nuestra unidad AE


[1] Hélder Pessoa Câmara (n. Fortaleza; 7 de febrero de 1909 - m. Recife; 27 de agosto de 1999) fue un sacerdote católico brasileño y posteriormente obispo auxiliar de Río de Janeiro y obispo de Olinda y Recife.

La procesión del Corpus Christi


Lo que, sobre todo, distingue a la fiesta de hoy, considerada completamente desde fuera, de todas las otras fiestas de la cristiandad, es la procesión. Es lo más exterior en esta fiesta, y es también lo más distintivo. Pero cuando, como en este caso, lo exterior nace de dentro, es también la manifestación de su núcleo interior. Y por eso podemos meditar el misterio de esta fiesta a partir de la procesión. La procesión del Corpus Christi tuvo su origen en el último tercio del siglo XIII. A principios del siglo xv llegó a generalizarse. Es un trozo de la baja edad media y de su unidad de fe; por lo tanto, no es demostración alguna de fe en un mundo no católico. Quizá brotó de la costumbre más general de las procesiones del campo. En éstas el hombre recorre la tierra, en donde se desarrolla su existencia, santificándola, e introduce lo «santo» (desde las reliquias de la Iglesia hasta el «santísimo») en su mundo. Porque todo en su multiplicidad procede de una raíz y se dirige hacia un fin, el hombre en la procesión delimita el espacio en donde se realiza su existencia ; el espacio abierto se convierte en iglesia, el sol en luz del altar, el aire fresco forma un coro y canta con las canciones de los hombres, en las esquinas de las calles están los altares, los hombres se convierten en caminantes alegres y los despreocupados pájaros del cielo plasman su vuelo en medio de las oraciones que suben de la tierra afligida, casi transformadas ya en pura alabanza. Así la procesión representa visiblemente el movimiento de los hombres hacia su fin, a través de los lugares de su existencia; es el aparecer del Santo que en última instancia sustenta este movimiento, lo mantiene quedándose en él, y lo conduce a su fin propio: Dios. Con ello llegamos al sentido de la fiesta de Corpus Christi, al sentido de la eucaristía. Ciertamente, este sacramento alcanza su sentido pleno cuando es recibido. Cuando lo conservamos en nuestros altares y, alzándolo y mostrándolo, lo llevamos a través de la tierra donde se desarrolla nuestra vida, sigue siendo la comida que sólo nos apropiamos totalmente cuando la gustamos. Pero, sin embargo, este sacramento es un sacramento permanente que puede y debe ser guardado, mostrado y adorado, a la manera que el hombre en otras ocasiones envuelve y codicia con su mirada la comida, preparándose así para gustarla. Y de esta forma, la esencia del sacramento del altar se manifiesta también cuando se le muestra y venera como sacramento permanente, aunque en este caso su sentido no aparece con tanta claridad como cuando el hombre se apropia al mismo tiempo, en signo y en verdad, lo que contiene.

¿Qué nos, dice, en primer lugar, la procesión del Corpus Christi, si la consideramos de este modo? Nos hace descubrir que somos peregrinos sobre la tierra; no tenemos aquí patria alguna permanente; somos los que cambian, los que, errantes, andamos por el espacio y el tiempo, los que siempre están en camino, y que buscan todavía su patria propia y el descanso eterno ; somos los que deben dejarse transformar, porque ser hombre significa dejarse transformar, y perfección, haberse transformado. Nuestra temporalidad y los distintos lugares donde se desarrolla nuestra existencia se manifiestan a través de una procesión. Pero esta marcha no es la de una manada, y este movimiento no es sólo la huida en masa de los atormentados, a través del tiempo y del inhospitalario desierto de nuestra existencia: una procesión es un movimiento de los que se sienten verdaderamente unidos; es una suave corriente de tranquila majestad; una marcha en la que los caminantes se cogen dulcemente las manos y de la que no se excluye a nadie y que bendice aun a los que miran sin comprender nada; es un movimiento que lleva consigo lo santo, lo eterno, que tiene consigo la tranquilidad del movimiento y la unidad de los que se mueven. El Señor de la historia y de este éxodo santo del destierro a la patria eterna, va con nosotros; es una marcha eterna, una procesión que tiene verdaderamente una meta ante sí y consigo. Desde ese punto de vista comprendemos lo que la procesión dice en particular: Nos habla de la eterna presencia del pecado de la humanidad en su historia y en nuestra propia historia, en la historia de mi vida. En esta marcha llevamos el cuerpo que fue entregado por nosotros. La cruz del calvario viene con nosotros. El signo que hace a la humanidad culpable de la muerte de Dios; el cuerpo y la vida que hemos empujado a la muerte. Tenemos siempre con nosotros al crucificado en la marcha a través de nuestro tiempo, nos dice esta procesión de los pecadores; y cuando andamos por nuestras calles y vemos fachadas tras las cuales habita el lujo pecaminoso, la desgracia pecaminosa y la oscuridad de los corazones, pasamos ante las manifestaciones siempre nuevas de este pecado del mundo y anunciamos su muerte y la nuestra de la que todos nos hemos hecho culpables. Por medio de esta procesión, que tiene consigo al crucificado, confesamos que somos pecadores, y que tenemos que expiar hasta el fin la culpa de la humanidad y la nuestra propia. Confesamos que vamos siempre por los caminos del error, de la culpa y de la muerte, por los caminos que, en virtud de aquel que los anduvo sin pecado por nosotros y con nosotros - en el sacramento y en su gracia del Espíritu -, se han convertido en caminos de salvación para los que creen con amor, que reciben este sacramento y lo llevan consigo en sus oscuras sendas.

La procesión nos habla de la presencia permanente de la reconciliación en los caminos de nuestra vida. Nos dice: Él va con nosotros; Él, la reconciliación; Él, el amor y la misericordia. Él, que nos sigue, Él, que nos persigue con la terquedad de su amor, mientras somos peregrinos en esta tierra, que nos persigue aún cuando andamos por caminos tortuosos y perdemos la dirección. Él, que. busca en el desierto la oveja perdida y corre al encuentro del hijo perdido. Él va con nosotros en la peregrinación de nuestra vida, Él que ha recorrido por sí mismo todas estas calles - quaerens me sedisti lassus - desde el nacimiento hasta la muerte y por eso sabe cómo le va a uno por estas correrías sin fin y, con tanta frecuencia, sin camino. Está ahí, visible e invisible, Él, con la misericordia de su corazón, con la experiencia de una vida completa de hombre, paciente y madura y misericordiosa. Él, la salvación y la reconciliación de nuestros pecados. Llevamos el sacramento a través de los campos y de los desiertos de nuestra vida y confesamos: estamos acompañados por aquel que con su sola compañía puede hacer todos los caminos rectos.

La procesión nos habla del feliz milagro por el que, desde la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo, nuestro «movimiento» no solamente se mueve hacia el fin, sino que se mueve dentro del fin mismo. El fin de los tiempos ha llegado ya. Nosotros, peregrinos extraviados, llevamos en las manos al que es el fin y la meta misma. Levantamos el cuerpo en el que la divinidad y la humanidad se han unido ya indisolublemente; llevamos el cuerpo glorioso (si bien todavía oculto bajo los velos de este mundo) en el que el mundo ha comenzado a ser glorificado en un trozo que le pertenece, y a llevarse a la eterna e inaccesible luz de Dios mismo. La procesión del Corpus Christi significa que el movimiento del mundo ha entrado en su última fase; ese movimiento, como totalidad, no puede errar el blanco ; el lejano fin de este movimiento de todos los siglos ha entrado en este movimiento mismo y ha entrado en él no sólo como promesa y futuro lejano, sino como realidad presente. Et antiquum documentum novo cedat ritui, cantamos en esta ocasión, y debíamos comprender también todo su sentido. La alianza de la promesa, la alianza de los tanteos y de la provisionalidad, la historia que estaba abierta y que buscaba su fin vacilando, ha pasado ya. Lo eterno, lo definitivo, Dios mismo, está ya ahí. En aquel misterioso momento en el que tiempo y eternidad, tierra y cielo, Dios y hombre - acercándose desde dos lejanías separadas por una infinitud - comienzan a penetrarse, en aquel mismo momento y lugar sucede la procesión que lleva el cuerpo del Señor y es a su vez, la expresión de ese momento y punto. Novum parcha novae legis phase vetus terminat: la nueva pascua de la nueva ley ha puesto fin a la antigua. La procesión, que lleva el cuerpo de aquel que inseparablemente y para siempre es Dios y hombre, que lleva el cuerpo del que ya es glorioso, nos dice que nuestro movimiento ha llegado ya a su fin, misteriosa pero verdaderamente.

Esta procesión nos habla también de la unidad que reina entre los que se mueven. El movimiento de la humanidad a través de su historia, de sus culturas, naciones, guerras y caídas no es solamente un desordenado y caótico entremezclarse, en sus veloces carreras, de los atormentados por las necesidades de la vida, por ideales utópicos, y poderes demoníacos. El movimiento de los hombres tiene su unidad. Somos un mismo cuerpo, los que comemos un mismo pan -dice san Pablo -. Es signo de la unidad, vínculo del amor - dice san Agustín -, el cuerpo que los peregrinos de la historia llevan con fe y amor en santa procesión y lo levantan para bendecir la tierra, en la que ganan su pan miserablemente, que ávida bebe su sangre y sus lágrimas, para hacer entrar al fin - sólo provisionalmente - a su cuerpo en la historia general, y aparentemente sin fin, de la naturaleza. Llevamos el cuerpo del Señor en procesión y con ello expresamos que todos somos uno, que todos vamos por el mismo camino, el único camino de Dios y de su eternidad; las mismas fuerzas de la vida eterna obran ya en todos nosotros, el único amor divino es ya nuestra participación ; participación que nos vincula más profunda e interiormente que todo lo que de otro modo podría unirnos o separarnos. Llevamos a través de la vida el sacramento de la unidad de la Iglesia y de todos los redimidos y nos adherimos al amor que mueve al sol y a las estrellas, a los hombres y a todo el cosmos, al único fin y único reino, en el que Dios será todo en todos.
Somos peregrinos y expatriados sin hogar fijo, buscando todavía el futuro y lo permanente, el fin y el eterno descanso, que es la suprema vitalidad y la vida por antonomasia. Pero peregrinos con cuya culpa, que los arrastra, va también la misericordia de Dios, peregrinos que ya han tomado posesión del fin, puesto que sólo tiene que manifestarse lo que ya tenemos y somos, peregrinos de un movimiento infinito hacia el fin y en el fin, peregrinos de un único fin, peregrinos que son uno en el amor por medio del pan único de la vida eterna. Caminemos hoy y siempre, incansables, por todas las calles de esta vida, las llanas y las escabrosas, las felices y las sangrientas ; el Señor está presente, el fin del camino y la fuerza para recorrerlo están presentes. Bajo el cielo de Dios va por las calles de la tierra una sagrada procesión. Llegará. Pues ya hoy celebran el cielo y la tierra juntos una fiesta feliz  K. Rahner, El Año Litúrgico, Herder, Barcelona 1966, p. 109 ss.