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Dormir tranquilo (III Domingo de Pascua 2018)



El día toca a su fin, un día de alegrías y trabajos, de ratos de intimidad y ratos de ansiedad, de momentos de impaciencia y momentos de satisfacción. Me quedo solo, dispuesto a volver a ser yo mismo por la noche, y una última oración sube a mis labios antes de cerrar los ojos… En paz me acuesto... y en seguida me duermo. Esta es mi oración, la oración de mi cuerpo cansado después de un día de duro bregar. El sueño es tu bendición nocturna, Señor, porque la paz ha sido tu bendición durante el día, y el sueño desciende sobre el cuerpo cuando la paz anida en el corazón. Me has dado paz durante el día en medio de prisas y presiones, en medio de críticas y envidias, en medio de la responsabilidad del trabajo y el deber de tomar decisiones. Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino, y el cuidado que has tenido de mí a lo largo del día me ha preparado tiernamente para el descanso de la noche. Conozco los temores del hombre del desierto al echarse a dormir, el hombre que hizo estos Salmos de su experiencia y de su vida. El miedo del animal salvaje que ataca de noche, del rival sangriento que busca venganza en la oscuridad, de la tribu enemiga que asalta por sorpresa mientras los hombres duermen. Y conozco mis propios temores. El miedo de un nuevo día, el miedo de encontrarme de nuevo cara a cara con la vida, de enfrentarme conmigo mismo en la luz incierta de un nuevo amanecer. Miedo a la oposición, a la competencia, al fracaso; miedo a no poder aguantar el esfuerzo de ser otra vez como debo ser, como me obligan a ser, como otros quieren que yo sea; o, más adentro, miedo a que no sabré sustraerme a la esclavitud de ser lo que otros quieren que yo sea y portarme como quieren que me porte. Miedo a ser yo mismo y miedo a que no me dejen serlo. Al acostarme tengo miedo a no volver a levantarme; y al levantarme siento pánico por tener que enfrentarme una vez más al triste negocio del vivir. Ese es el miedo visceral que pesa sobre mi vida. Su único remedio está en ti, Señor. Tú velas mi sueño y tú guías mis pasos. Tu presencia es mi refugio; tu compañía, mi fortaleza. Por eso puedo caminar con alegría, y ahora, llegada la noche, acostarme con el corazón en paz. En paz me acuesto y en seguida me duermo,  porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos Ed. Sal Terrae, Santander, 1989, p. 16ss.

Los miedos de la vida.


En este mundo nuestro globalizado y tech en el que las cosas parecen fluir a ratos tan bien, vivimos con una buena dosis de miedo. Miedo a ir por una calle desierta, a abrir la puerta de casa cuando alguien, al que no identificamos, llama a ella. Miedo a perder el empleo; al futuro y las crisis económicas. Los padres tienen miedo a que sus hijos crezcan, porque les horroriza la droga, el libertinaje, y la rebeldía que hay en el ambiente. Los que aman tienen miedo a que el amor se esfume. Miedo al calentamiento global que está ahí, agazapado, teniendo su sombra sobre una Humanidad. Miedo a vivir, en menos palabras, porque vivir significa comprometernos a algo, dar la cara, tomar partido, definirnos en una postura clara a favor de algo (o en contra) y casi siempre preferimos mantenernos en una discreta penumbra por el miedo que nos da el saber que podemos perder. Tenemos miedo a lo que piensen de nosotros, a perder nuestro prestigio; a que no nos consideren importantes o desdeñen nuestra opinión. En nuestra fe cristiana también se ha colado el miedo, y hoy la voz del Señor en el evangelio se refiere a eso: No teman a los hombres[1], nos dice, y va más allá: nos habla del miedo que podemos llegar a sentir al ver en el horizonte el riesgo que implica dar la vida por Él. Sí: es un miedo comprensible pero afortunadamente el Señor promete su asistencia, una asistencia que ha sido palpable y visible a través de la historia en millones de seres humanos. Quizá no tengamos que llegar a situaciones extremas como sería el caso del martirio, pero ahí están y estarán siempre los miedos que nos invaden cuando se nos presenta la ocasión de abrirnos sinceramente a las exigencias de nuestra fe cristiana[2]. Jesús está cerca para hacer de nosotros hombres y mujeres decididos, capaces de salir de nosotros mismos #Iglesiaensalida para caminar sin miedo, para vivir cabalmente esas grandes verdades en las que decimos creer. «A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y de distracción que ofrece esta sociedad. Así se produce una especie de alienación que nos afecta a todos, ya que «está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana»[3]. Buena cosa sería volver a leer el evangelio de este domingo –el XII dentro del Tiempo Ordinario- con calma y poner atención a la voz del Señor que nos asegura que estará cerca. No lo olvidemos nunca: somos discípulos de alguien que vive para siempre • AE


[1] Cfr. Mt 10, 26-33.
[2] A. M. Cortés, Dabar 1987, 34.
[3] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 196.