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Del grito a la risa (II Domingo de Pascua 2018)



Inclinó al fin su cabeza,
rota en grito la Palabra;
hubo llantos y lamentos
de la tarde a la mañana.
¡Qué silencio y qué vacío
por la Palabra enterrada!
Todo aquel día de sábado
fue silencio y esperanza.

Y a la mañana siguiente,
primera de la semana,
la Palabra se convierte
en risa resucitada.
Es risa de primavera,
es risa que se regala,
Es risa que no termina,
es risa que vive y habla.
Todo se llena de risa,
todo se estremece y canta;
aquel grito del Calvario
es ya risa prolongada.

Se acabaron las tristezas,
las tristes muertes del alma;
hay un rostro que sonríe
y va sembrando esperanzas.
No llores ya, Magdalena,
buscando lo que más amas:
es hortelano que ríe:
una risa que no acaba.

No llores más, Pedro amigo,
recordando las tres faltas
ahora está junto a ti
el que es risa soberana,
y tan sólo te pregunta
si le quieres, si le amas,
y solamente te pide
reír con todas tus ganas.

No estéis tristes peregrinos
de Emaús o de cualquier patria:
Alguien sale a vuestro encuentro
y su risa es una llama;
siempre se deja invitar
cuando la tarde se acaba
y cuando parte su pan
de risa a todos contagia.

Parte tu pan conmigo,
Amigo mío del alma,
colorea con tu risa
los rincones de mi casa;
y que la risa florezca
y que fluya como el agua;
y los grupos resuciten
en risas multiplicadas •

El tejido de contrastes, luces, e incoherencias.


Ramos y Pasión. Así es nuestra vida humana, llena de contrastes. La celebración de éste domingo tiene palabras, sentimientos y tonalidades muy diferentes, casi contradictorias: triunfo, pero con nubes de traición y de muerte en el horizonte; procesión festiva de ramos y a la vez el relato de la Pasión del Señor; gritos de alabanza y subida al Calvario. En menos palabras: gozo y tristeza, vida y muerte, como nuestra vida que está tejida de contrastes, luces, contradicciones e incoherencias. Cada uno vamos caminando con ramos de la bondad pero también cargando la cruz del pecado y la desgracia. La celebración de este domingo nos regala una luz y una fuerza diferentes. Si el júbilo de la entrada en Jerusalén se puede ver oscurecida por las negras nubes de la Pasión y de la Cruz, hemos de ver más allá: a Dios que resucita a Jesús, que enaltece al hombre humillado, al hombre anonadado. Los días de la Semana Santa pueden ser una buena oportunidad para contemplar al Señor que ha asumido la vida humana plenamente, enteramente, completamente, con dolor y muerte incluidos. Y nuestra contemplación de Cristo sólo será auténtica –no sólo un sueño piadoso- si nos hace más humanos, si nos ayuda a asumir y cargar los dolores de la vida, a luchar por para disminuir el sufrimiento de  los demás; a vivir nuestra vida, a veces marcada por las nubes y la tempestad,  con esperanza en el corazón, una esperanza que no es solo un estado psicológico #wishfulthinking sino la fuerza diaria para ver la vida con los ojos de Cristo, para amar a todos con su corazón, dejándonos arrastrar por la fuerza de su Espíritu. Estemos donde estemos los próximos días es posible celebrar la Semana Santa, es posible contemplar a Cristo[1]. Quizá no podamos asistir a las celebraciones litúrgicas pero no habrá ninguna situación que nos impida revivir a Cristo, renovando dentro de nosotros sus sentimientos y actitudes. Los ramos nos llevarán al aleluya de la Pascua • AE



[1] J. Rambla, Misa Dominical, 1986, n. 7.