La actuación de Jesús tiene desconcertado a Juan el Bautista. Él esperaba un Mesías...diferente, quizá uno que impusiera el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar
heridas y aliviar sufrimientos, así es que desde la prisión donde espera la muerte envía un mensaje
a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Jesús le
responde con su vida de profeta curador: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y
oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los
sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena
Noticia”. Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento,
curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres. Jesús se siente
enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y
dichoso. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la
vida. Y por eso pide a todos que seamos compasivos como el Padre es compasivo. Y es que Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y
condenar al mundo. Por eso, no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino
que ofrece a todos, empezando por los pecadores y las prostitutas- su amistad y su perdón. Y por eso pide a
todos que no juzguemos. Jesús no cura nunca de manera
arbitraria o por puro sensacionalismo o "porque está mandado" sino que lo hace movido por la compasión, buscando
restaurar la vida de aquellos que están abatidos, tristes, con las almas todas rotas ¡Justo ellos son los primeros
que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana! El Señor no
insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas
como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Él se mostraba médico que sus seguidores entendiésemos en qué dirección
hemos de caminar. El Santo Padre Francisco no se cansa de repetirnos que curar heridas es una
tarea urgente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es una
capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad a los
corazones..." Haciéndonos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que
lava, limpia y consuela. Nos habla también de caminar con las personas en la
noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perderse. Que no olvidemos que al confiar su misión a los discípulos Jesús no les habló de ser doctores de la ley,
jerarcas, liturgistas o teólogos, sino médicos, llenos de amor y de ternura. La tarea que tenemos entre manos es doble:
anunciar que el reino Dios está cerca y curar enfermos • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
Mostrando entradas con la etiqueta Juan el Bautista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan el Bautista. Mostrar todas las entradas
Tiempo de vendar y curar las heridas (III Domingo de Adviento. Ciclo A. Domingo Gaudete).
Un Dios hecho carne, hermano y amigo (El Bautismo del Señor, 2019, Ciclo C)
Con la muerte de los últimos profetas se había extendido en el judaísmo la
idea de que el pecado de Israel había alejado el Espíritu de Dios de los suyos[1]. Dios
se calla y el pueblo sufre su silencio. Los cielos permanecen cerrados e
impenetrables. Los hombres caminan tristes a través de una tierra sin
horizontes. La escena del Bautismo de Jesús, narrada por los cuatro evangelios,
es una noticia realmente revolucionaria para los primeros creyentes[2].
El cielo se abre y el Espíritu de Dios desciende de nuevo sobre los hombres. Esto
fue lo que celebramos en los días de Navidad, que Dios verdaderamente está con
nosotros, que no tenemos al dios frío de la razón, ni el dios distante del puro misterio,
sino un Dios hecho carne, hermano y amigo[3]. Esta
solidaridad de Dios con los hombres pone el cimiento más profundo que podemos
concebir a la solidaridad y fraternidad entre los hombres, y la esperanza más
viva que puede alimentar la tierra. Por eso las luces y estrellas de Navidad no
hacen sino iluminar con más fuerza la contradicción en que a veces vivimos los cristianos,
encerrados en nuestro propio egoísmo, alejados de un Dios Padre y extraños a
los que no viven para nuestros intereses ¡Qué fácil es cantar villancicos en un
hogar caliente y después de una buena cena, y qué difícil vivir compartiendo lo
que uno es y tiene con ese Jesús de carne que son los jodidos de la tierra, aquellos
que no reportan valor alguno! La Navidad deberíamos celebrarla no con copas de
champán sino alimentando nuestra alegría interior y nuestra esperanza en la
cercanía de un Dios que está presente en nuestro vivir diario, no viviendo sin
límite y en los excesos de nuestra sociedad tan consumista sino aprendiendo a
compartir con sencillez los gozos y sufrimientos de los que están alrededor. Podremos
celebrar la Navidad muchas veces en los días y meses siguientes -hasta la nochebuena
próxima- siempre que dejamos nacer a Dios en nuestra vida y siempre que bautizamos
nuestro diario vivir con el mismo Espíritu que animó a Jesús a vivir su vida y
a darla por los demás • AE
[1] Cuando el
profeta Malaquías dio fin a sus escritos aproximadamente en el año 450 a. de
C., no se volvió a oír una auténtica voz profética durante 500 años. A ese
periodo se lo conoce como el periodo Inter testamentario: el lapso de tiempo
que transcurre entre las dispensaciones del Antiguo y del Nuevo Testamento
[2] Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22; Jn 1, 31-34.
[3] Jn 1, 14.
Etiquetas:
Ayuda,
Bautismo de Cristo,
Bautismo del Señor,
Bautizo,
Emmanuel,
Fraternidad,
Juan el Bautista,
Malaquias
El evangelio en mis manos (III Domingo de Adviento, Ciclo C)
Qué debemos hacer?" le pregunta la gente al
Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad
y están dispuestos a transformar sus vidas. A nuestro alrededor hoy también se
escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero la realidad es que seguimos
caminando tranquilos, sin siquiera cuestionarnos nuestra propia conducta. Naturalmente,
la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que en algún
momento nuestra fe católica se volvió una religión cultural, incapaz de
provocar una transformación y una orientación nueva de nuestra existencia, lo
digo al menos al ver el panorama a mi alrededor (los Estados
Unidos). Nos preocupan las «fórmulas
de fe» del catecismo pero nos distraemos ante las exigencias de conversión que nos
exige el evangelio. A mi personalmente me sorprende la capacidad que tenemos
para acomodarlo y sobre todo edulcorarlo. Hoy, el tercer domingo de Adviento, es un buen
momento para escuchar no solo la voz del Bautista, sino también la voz lúcida
de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen
conmover hoy a las multitudes pero sin lograr una conversión real a la solidaridad. Son voces incómodas, necesarios. Las grandes preguntas que
hoy podríamos hacernos son, por ejemplo: Cuando estoy solo ¿hablo con Dios?;
cuando nadie me está viendo, ¿Cargo la cruz con serenidad e incluso alegría? ¿Pienso
en los pobres, en los jodidos, en los que nadie quiere, o termino sacándoles la
vuelta? De otra forma ¿Qué sentido podría tener acudir domingo a domingo a la celebración
Eucaristía y no poner en práctica el evangelio? «Quien tenga dos túnicas, que
dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo
(…) No cobren más de lo establecido
(…) No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense
con su salario» • AE
Etiquetas:
Adviento,
Adviento 2018,
Conversión,
generosidad,
Juan el Bautista,
renovarse,
servicio,
Tercer Domingo de Adviento (C)
Descalzos en el mundo interior (II Domingo de Adviento. Ciclo C)
Dentro de cada uno de nosotros hay un mundo casi
inexplorado que muchos hombres y mujeres no llegan siquiera a sospechar. Muchos
hermanos nuestros viven sólo desde fuera. Ignoran lo que se oculta en el fondo
de su ser. No es el mundo de los sentimientos o los afectos. Es un país más profundo y misterioso. Se llama
interioridad. Justo ahí nacen las preguntas más simples y elementales del ser humano:
¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy vivo?
¿Para qué? ¿En qué terminará todo esto? Preguntas que nos ponen delante del
misterio de la vida. Muchos
incluso no tienen tiempo –ni ganas- para hacerse estas preguntas. Y para adentrarnos en ese mundo de «las preguntas últimas» de la
vida, se necesita una cierta calma y silencio. La agitación, las prisas o el
exceso de actividad impiden escuchar el interior. Nos hace falta todos los
días, como dice P. Loidi, «un buen rato de inactividad para adentrarnos
descalzos en nuestro mundo interior». Muchos nos preguntamos qué podemos hacer
de manera habitual para encontrarnos con Dios. Sin duda todo puede ayuda, pero
no perdamos de vista que el viaje comienza desde dentro, no desde fuera. Tal
vez, la mejor manera de escuchar la palabras del Bautista y preparar los
caminos del Señor sea hacer silencio en nosotros, escuchar esas preguntas
sencillas pero profundas que brotan desde nuestro interior, y estar más atentos
al misterio que nos envuelve y penetra por todas partes[1].
Decía san Anselmo: «Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones
habituales, entra un instante en ti mismo, lejos de tus pensamientos. Arroja
fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes
trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su
presencia». Esto es justo lo que le pedimos al Espíritu en ésta tarde, cuando
la Iglesia enciende sus lámparas para celebrar el segundo Domingo del tiempo de
Adviento • AE
[1] J. A. Pagola, Sin Perder la Dirección. Escuchando a San
Lucas. Ciclo C. San Sebastián, 1994, p. 11 y ss.
Etiquetas:
Adviento,
contemplación,
Conversión,
Juan el Bautista,
Meditatio,
Segundo Domingo de Adviento (C),
Silencio
Natividad de San Juan Bautista (2018)
Nacía Juan, y el monte de Judea
se llenaba de hogueras y alegría;
parabienes daban a Isabel
y un himno alzaba el mudo Zacarías.
Tan cerca está el siervo del Señor,
la vigilia y la fiesta tan unidas,
que al sentir el rocío de la aurora
gozábamos del sol de mediodía.
Con agua pura Juan purificaba
y bautizaba al alma arrepentida;
pero un baño de Espíritu y de fuego
del Mayor y Esperado prometía.
Juan es grande entre todos los nacidos,
el Viejo Testamento toca cima;
luego al bajar al valle es más dichoso
el más pequeño siervo del Mesías.
Como marea, gracia sobre gracia,
una gracia mayor llega a la orilla:
si hoy nace el Precursor, saltad de gozo
que tras él viene el Hijo de María.
Cante la Iglesia santa recordando
cómo entonces también ella nacía;
cante y bendiga al Padre dadivoso
en quien la vida nace y finaliza. Amén •
P. Rufino Mª Grández, ofmcap,
en la Natividad
de San Juan Bautista de 1978.
El oro y el oropel, la verdad y la mentira (La Natividad de San Juan Bautista, 2018)
Pietre de Grebber, Juan el Bautista delante de Herodes,
óleo sobre tela,
colección permamente del Palais des Beaux-Arts de Lille (Francia)
...
El nacimiento de Juan el Bautista está rodeado de luz y de alegría,
incluso de algunos hechos singulares y hasta insólitos. Zacarías e Isabel, sin
ponerse de acuerdo y por separado, presintieron que su nombre era Juan. A
Zacarías le volvió el habla cuando lo escribió en aquellas tablillas y el niño saltó de gozo y estuvo santificado desde
el mismísimo seno de Isabel. Por si todo lo anterior suena a poco, ambos reciben
la visita de la madre del Señor. Este domingo celebramos la Natividad de Juan,
el bautista, el precursor, el pariente del Señor. Celebramos a un hombre que fue
tan fiel a su vocación que, por realizarla, dio la vida. Por eso dedicamos otro
día a celebrar su martirio. Juan no fue un niño mimado sino que se despojó –como
el Señor- de su rango, y vivió en la austera soledad del desierto, dedicando su
vida a la predicación y a enseñar a distinguir el oro del oropel, la verdad de
la mentira, a señalar el camino de Jesús, el Cordero de Dios. Isaías lo había predicho:
A ti, niño, te llamarán profeta del
Altísimo. Juan lo hizo muy bien. Lo hizo tan bien, que le cortaron la
cabeza y se la entregaron a una bailarina en una bandeja. Y es que a los
hombres nos desconcierta la verdad cuando llega de frente y sin filtros, antes
de que nos deslumbre, somos capaces de cortarle la cabeza. Cuando Juan fue
decapitado en realidad fue libre ¡Libérrimo! La verdad os hará libres, había dicho Jesús. El nacimiento de Juan
fue regalo y su vida un gran esfuerzo personal. Las dos caras de una misma vocación.
También nosotros hemos sido muy privilegiados: recibimos el don de la fe
cristiana por el Bautismo y podernos acercar cuantas veces queramos a recibir el
Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero debemos ir más allá. Como el bautista, hemos
de allanar caminos, de enderezar sendas, de ser profetas del Altísimo, de ser
una voz que clame en el desierto de nuestras ciudades, tan ruidosas y
ajetreadas. No nos basta con saltar de gozo en el seno de la Iglesia. Tenemos
que salir. A extender nuestro dedo y señalar los caminos por los que pasa el
Señor. La Natividad de Juan nos recuerda que también nosotros somos unos bien
nacidos • AE
Voz del que clama en el desierto.
Trae el desierto
voces de un profeta
hasta el
río fecundo del bautismo:
«¡Convertíos;
volved de vuestras sendas,
miradlo ya
venir, abrid camino!»
No doblegó
su voz ante los reyes,
no pactó su
mensaje con rabinos:
«¡Convertíos,
decid vuestros pecados,
se acerca
el Santo, convertíos!”
Cuando
venga el Señor, la tierra nuestra
se llenará
de paz y regocijo;
la gracia
del Señor será el consuelo
y el
desquite de todo lo sufrido.
Harán paces
el lobo y el cordero,
los hombres
poderosos con los niños;
se
abrazarán las razas y familias,
porque
viene a su casa el Compasivo.
Bautista,
mensajero del Mesías,
Jerusalén
te brinda su recinto,
dile la
verdad, grita tu Noticia;
¡lo estamos
esperando arrepentidos!
¡Honor a
ti, Jesús, siempre esperado,
y más gozado
cuanto más creído;
ven, Santo
cual el Padre y el Espíritu,
ven por
amor desde el hogar divino! Amén •
R. M.
Grández (letra) y F. Aizpurúa (música),
capuchinos,
Himnos para el Señor, Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 21-24.
¡Este es el Cordero de Dios!
J. F. Navarrete, "el mudo", El Bautismo de Cristo
(Hacia 1567), Óleo sobre tabla, 48,5 x 37 cm. Museo del Prado (Madrid)
...
Esta pequeña tabla de Navarrete fue presentada
a los monjes jerónimos del monasterio de El Escorial y poco después al propio
rey, Felipe II. El hecho se suele fechar hacia 1567, momento en que el joven
artista riojano había regresado de Italia.
El Bautismo de Cristo es una excelente muestra de la pintura de Juan
Fernández Navarrete al ponerse en contacto con Felipe II: huellas flamencas en
la percepción del paisaje y los ángeles, y abundante presencia de manierismo
romano, con latentes recuerdos de Rafael y Miguel Ángel, palpables también en
la concepción, la entonación cromática, fría y agria, y la técnica lamida y
prieta. Una pintura, por lo tanto, tan ecléctica como los gustos de Felipe II a
comienzos de la segunda mitad del siglo, pero que maduró hacia ciertas formas más
pictóricas, plenas de sensual cromatismo y audaz iluminación, gracias al
intenso contacto de Navarrete con la cantera escurialense, especialmente
Correggio y la pintura veneciana. La pequeña tabla aparece inventariada en El
Escorial desde 1574, donde permaneció hasta la invasión francesa, cuando fue
llevada a Madrid para formar parte del Museo Josefino. Depositada durante un
tiempo en la Academia de San Fernando, llegó al Museo del Prado en 1827. [1]
[1] Ruiz, L. El Greco y la pintura española del
Renacimiento. Guía, Museo del Prado, 2001, p. 70.
Etiquetas:
Bautismo de Cristo,
Bautismo del Señor,
Jesús,
Juan el Bautista,
Juan Fernández Navarrete,
Madrid,
Museo del Prado
Prohibiciones y caricaturas y Amor
Cuántos de nosotros llevamos en el fondo de nuestra alma [por muchos
años] la caricatura de un Dios desfigurado que nada tenía que ver con el
verdadero rostro de un Dios lleno de amor y revelado en Jesús. El tiempo ha
pasado. Para muchos, desafortunadamente, Dios sigue siendo el tirano que impone
su voluntad caprichosa, que nos complica la vida con toda clase de
prohibiciones y que impide ser todo lo felices que nuestro corazón desea.
Muchos aún no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la
felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino más bien
es una mano tendida con ternura, empeñada en quitar el pecado del mundo, como nos dice el Bautista en el evangelio de
hoy[1].
Hemos de detenernos un momento y pensar. Y darnos cuenta que las cosas no son
malas porque Dios haya decidido que
lo son. Es al revés: justamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad,
son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo. A los hombres se nos
olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también
víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos
una trampa trágica, pues aumentamos la tristeza de nuestra vida, cuando,
precisamente, creíamos que la íbamos a hacer más feliz. Debemos tener siempre presente
la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, es dar la
espalda a la verdad, es llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la
esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es
aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la
comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano,
destruir la fiesta y la fraternidad. Pecar es, como sugiere el mismo término
hebrero, errar el camino. Cuando de pequeños nos decían “pecando lastimas a
Dios” no nos lo explicaron bien, ni ayudaron a nuestra espiritualidad. Dios no puede
lastimarse porque es Dios, y Dios no sufre, al menos no como nosotros entendemos
el término sufrir. Este domingo, cuando Juan nos presenta a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo, no está
pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las
costumbres, o en un Dios sediento de venganza, sino que nos anuncia –oh maravillosa
noticia!- que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la
posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia[2].
Que, en Jesucristo, su Hijo, nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría y su
perdón llenos de ternura y misericordia. Viviremos mucho mejor nuestra fe
cristiana cuando experimentemos al Señor a nuestro lado, y con Él una liberación
gozosa que cambia nuestra existencia, un perdón que nos purifica de nuestro
pecado, y un respiro ancho que renueva nuestro vivir diario ¿será este domingo
el momento perfecto para empezar a intentarlo? • AE
¿Eres tú el que ha de venir?
El Bautista se había atrevido a señalar el error de Herodes y para
hacerlo callar el tetrarca lo encierra en la fortaleza de Maqueronte. Antes el
mismo Juan había anunciado a un juez que echaría al fuego todo lo malo y todo
lo infecundo, y ahora le hablaban de una persona mansa y amable, de uno que se
ponía a curar. No resistió más y le envió un mensaje: ¿Eres tú el que ha de venir? ¿Quién no se ha hecho una pregunta
similar? “Jesús, ¿eres tú lo que me dijeron de ti?” La respuesta del Señor es concreta:
Los ciego ven y los cojos andan, los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres
se les anuncia la buena noticia. Lo que Jesús hacía entonces era
precisamente lo que se esperaba del Mesías. Pero ¿ahora? Después de dos mil
años, ¿qué ha ocurrido con el mundo? ¿Qué podemos decir a los que nos preguntan
sobre nuestra fe? ¿Acaso los cristianos, con nuestro comportamiento, hemos
cambiado la historia de la humanidad? También nosotros interrogamos a Jesús
desde nuestra prisión, la prisión de nuestros horizontes muy limitados y quizás
de nuestra falta de agudeza para comprender que Cristo sigue actuando. Dichoso el que no se escandalice de mí. En
nuestro mundo de estrellas y vedettes sólo resaltan algunos nombres: madre
Teresa, don Helder Cámara, Oscar Romero, hermano Roger (Taizé), san Juan XXIII.
Pero hay millones de corazones entregados y de manos activas. Millones de
ciegos que ven finalmente sus pecados y el amor que Dios les tiene. Millones de
pobres a los que sacerdotes, religiosas y laicos, pobres también, anuncian la
buena nueva y la realizan. Por medio de los creyentes es como Cristo sigue
trabajando al mundo. Lo mismo que a los enviados de Juan, Jesús nos dice a cada
uno: ve y cuenta lo que estás viendo. Cuéntalo, pero be aware de que las obras del Reino hacen siempre menos ruido que
el dinero y la guerra. En menos palabras: se necesitan ojos atentos para ver
todo el amor que se da en nombre de Jesús. Esto significa que estamos ante un
Cristo desconocido que no conoceremos hasta el final de los tiempos, ¡entonces
comprenderemos que nunca ha dejado nunca de actuar! ¿Cristo es entonces un desconocido?
Sí, si nos quedamos en nuestros pensamientos y en nuestras preguntas sobre él. Es
cuando salimos de nuestra comodidad y nos ponemos a trabajar cuando finalmente
vemos cómo los cojos andan y cómo resucitan los muertos. El cristiano valiente del
medio oriente o el brasileño comprometido con su comunidad no se preguntan
seguramente si Jesús es precisamente el que se esperaba, simplemente se ponen
manos a la obra. Hoy, tú y yo ¿hacemos lo mismo, o nos sentamos a ver
cómodamente la vida pasar?[1] •
AE
El tronco y la esperanza
José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela,
Museo del Prado (Madrid)
...
Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en
ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente.
Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables,
los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no
sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de
día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos
caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta
al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos
de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los
hombres. Brotará un renuevo del tronco de
Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a
su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez?
¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de
lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más
limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo
de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos
tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los
huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz
de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que
nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas
semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la
constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo
domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del
profeta Juan el Bautista: Preparad el
camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este
Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE
Etiquetas:
Abraham,
Adviento 2016,
Bautismo de fuego,
Conversión,
Isaías,
Juan el Bautista,
Oración,
Sara,
Segundo Domingo de Adviento,
Tronco de Jesé
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









