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¡Ven Señor Jesús!


Suave esperanza de Adviento,
que el corazón alimenta:
esperanza que a Dios trae
germina en gozosa espera.

Dulce visita en el alma
de quien nos ama y desea,
sea cordial la acogida,
y el pecho su casa abierta.

Honda presencia anhelada:
Dios ha tendido su tienda
y va a morar con nosotros,
cuando venga, en una aldea.

Luz y promesa del Padre
en labios de los profetas;
la promesa es ya regalo
por gracia de una doncella.

Bella alegría que inunda
en silencio nuestras penas;
seas mi gozo y mi paz,
que nadie quitarla pueda.

Íntima vida y vivencia
que en silencio se aposenta,
Adviento de intimidades,
de amor, anhelo y pureza.

¡Ven desde el seno divino,
Alegría de la tierra,
esperamos adorando
y adorarte es nuestra fiesta! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Puebla, 29 noviembre 2009, Domingo I de Adviento.

A la espera de tu venida.


Qué es el Adviento? ¿Una simple espera? ¿Un dejar que el tiempo corra, hasta que llegue el momento en que algo ha de ocurrir? Entre nosotros los cristianos ¿Un simple aguardar la llegada del Señor? El Adviento es más, mucho más. Es una espera vigilante. Por más que estemos seguros de que el Señor vendrá, no sabemos el día ni la hora, por tanto ¿cómo conseguir que su llegada no nos encuentre dormidos? No vale encargar a otro que nos avise; ni jugarnos la salvación a la ruleta rusa de estar alguna que otra vez despiertos, es preciso mantenernos alerta, llena de aceite y siempre encendida nuestra lámpara. Velen y estén preparados, dice el Señor este domingo, el primero de Adviento[1]. Velar es, digámoslo así, la única garantía de que recibiremos en pleno rostro la caricia de la llegada salvadora del Señor. Eso: la caricia de la llegada salvadora del Señor. Y además la espera no puede ser una espera vacía. No podemos contentarnos con matar el tiempo. La vida hay que gastarla, llenarla, emplearla, ¡Iglesia en salida, como tanto le gusta repetir al Santo Padre Francisco! Dios no vendrá a traernos, llovido del cielo, un mundo maravilloso pero totalmente desconectado de éste; un mundo en el que nada hayamos tenido nosotros que poner. Ese mundo que esperamos hunde sus raíces en éste hemos de irlo construyendo desde aquí, desde ahora. La certeza de que el Señor vendrá, no exime al cristiano de sus obligaciones de ciudadano del mundo[2]. Nuestra espera pues ha de estar activa, y también ilusionada. Porque lo esperamos todo de ese Señor que viene. La visión de nuestra pobreza y al mismo tiempo la certeza de que en Jesús está nuestra única riqueza hace que nazca en nosotros un deseo profundo: Danos vida para que invoquemos tu nombre[3]. Se trata pues de una espera en la que hay limitaciones y sombras -¡quién no las tiene!- pero llena al mismo tiempo de certezas y de una confianza grande en la promesa del Señor que nos escucha cuando le decimos, llenos de fe, junto con el profeta: Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo los montes con tu presencia[4] • AE



[1] Mc 13, 33-37.
[2] J. Guillen García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada, 1993, p. 10 ss.
[3] Sal 79.
[4] Is 63, 16-17; 19; 64, 2-7.

También ustedes prearados



Un día la historia –apasionante- de la humanidad se va a acabar, como acabará inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Este domingo, el primero de Adviento, el evangelio ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: vigilad, estad alerta… Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día dormidos. Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?, ¿seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias y accidentales? ¿Le seguimos a él, o hemos aprendido a vivir al estilo de todos? Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de aquellos que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Vivimos a veces ¡ay! Totalmente inmunizados a los gritos del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba; tenemos ojos, pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas como él las miraba ¿Y cómo despertar? Al Señor le preocupaba –digámoslo así- que el fuego inicial de los discípulos se apagara y se durmieran. Es el gran riesgo que corremos los cristianos hoy: instalarnos cómodamente en nuestras creencias, acostumbrarnos al evangelio y vivir adormecidos en la observancia tranquila de una religión apagada: misa del domingo, una nieve a la salida –o guasanas en Aguascalientes- y a casa a ver la tele. Y ya.   No hay más. ¿Cómo despertar? Lo primero es volver a Jesús. No basta instalarnos «correctamente» en la tradición. Hemos de arraigar nuestra fe en la persona de Señor, volver a nacer de su espíritu. Nada hay más importante que esto en la Iglesia. Solo Jesús nos puede conducir de nuevo a lo esencial. Necesitamos, además, reavivar la experiencia de Dios. Lo esencial del evangelio no se aprende desde fuera. Lo descubre cada uno en su interior. Hemos de aprender y enseñar caminos para encontrarnos con Dios. De poco –o nada- sirven las largas y aburridas catequesis o las acaloradas discusiones sobre moral sexual si no despertamos en nadie el gusto por un Dios amigo, cercano, compañero de camino, fuente de vida digna y dichosa. Hay algo más. La clave desde la que Jesús vivía a Dios y miraba la vida entera no era el pecado, la moral o la ley, sino el sufrimiento de las personas. El Santo Padre Francisco no se cansa de repetírnoslo. Jesús no solo amaba a los desgraciados, sino que nada amaba más o por encima de ellos. No estamos siguiendo bien los pasos de Jesús si vivimos más preocupados por la religión que por el sufrimiento de las personas. #Loquetechocatecheca Nada despertará a la Iglesia de su rutina, inmovilismo o mediocridad si no nos conmueve más el hambre, la humillación y el sufrimiento de los demás.  Empezamos pues el tiempo de Adviento. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir vigilantes, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más responsable. Hoy lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación. ¿Por qué no nos detenemos a oír esa llamada urgente de Jesús a despertar? ¿No necesitamos escuchar sus palabras? Todos hemos de preguntarnos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, qué es lo que hemos de cambiar y a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo[1]. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno: Vigilad. Hemos de reaccionar. Si lo hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos» desde lo más hondo de nuestro ser • AE



[1] Pagola, José Antonio, El camino abierto por Jesús. Mateo (eBook-ePub) (Educar Practico) (Spanish Edition) (Kindle Locations 5008-5053). Grupo SM. Kindle Edition.