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El susurro de la higuera que crece (III Domingo de Cuaresma. Ciclo C)



No basta criticar. No basta indignarse y pegar tres gritos en Twitter atribuyendo a otros su responsabilidad. Ninguno podemos situarnos en una zona neutral de inocencia. De una forma u otra todos somos culpables, y hoy más que nunca es necesario que todos sepamos reconocer nuestra propia responsabilidad en los conflictos. El Señor nos invita éste domingo a no pasarnos la vida denunciando culpabilidades ajenas. Una actitud de conversión exige la valentía de reconocer con sinceridad el propio pecado y comprometerse en la renovación de la propia vida. Necesitamos sembrar y cuidar una nueva higuera, una que dé frutos nuevos y buenos. Tenemos que aprender a vivir una vida diferente, no de acuerdo a las reglas de juego que hemos impuesto en nuestra sociedad egoísta, sino de acuerdo a valores nuevos y escuchando las aspiraciones más profundas del ser humano. “Si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”. Nos salvaremos si llegamos a ser no más poderosos sino más solidarios. Creceremos no siendo cada vez más grandes sino estando cada vez más cerca de los pequeños. Seremos felices no teniendo cada vez más sino compartiendo cada vez mejor. Mejoraremos no si vivimos gritando cada uno nuestras propias reivindicaciones y olvidando las necesidades de los demás, sino sirviendo a los demás. La salvación nos llegará si apartamos la mirada de lo que está de moda de aquello que nos parece trendy y ponemos atención al susurro del evangelio de Jesús[1] • AE


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 275  ss.


Atentos y sin sueño (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



El evangelio de éste domingo es una breve y muy sencilla introducción a una de las ideas más originales y geniales de la fe y el pensamiento judeo-cristianos: su concepción de la historia. El pensamiento griego presentaba la historia como un círculo cerrado –una especie de espiral- que se repetía sin cesar una y otra vez y que hacía de la vida del hombre un simple vivir, dejando simplemente pasar el tiempo. El cristianismo en cambio presenta la historia como una línea que siempre va hacia el futuro, y que debe alcanzar una meta. Así, desde la concepción cristiana, el ser humano es alguien que ha de responsabilizarse personalmente de su presencia en el mundo, y de tomar en serio la marcha de los acontecimientos. Nuestra fe cristiana no es ni el opio del pueblo (K. Marx) ni un sinsentido, ni tampoco una mera contemplación estética, sino la fuerza interior que nos lleva comprometernos en la marcha de las cosas que hacen posible que la vida del hombre en esta tierra vaya acercándose a esa situación ideal que Jesús presentó como el Reino de Dios, ese lugar donde hay justicia, fraternidad, libertad, etc. La parábola de la higuera que el Señor menciona como de pasada, como sin detenerse mucho, es n realidad una maravillosa y muy pedagógica invitación a estar atentos, sin sueño, a observar con cuidado, a estar preparados, a interpretar los signos de los tiempos. Cuando las ramas de la higuera se ponen tiernas y brotan las yemas, se sabe que la primavera está cerca, pero que aún no ha comenzado. La palabra cerca es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin para cualquier generación de ayer, de hoy y de mañana [1]. Nos vamos acercando poco a poco al final del año litúrgico, y el evangelio de éste domingo no puede ser –no es, de hecho- una palabra de amenaza, de temor o de miedo; ni un momento de tremendismos ni catastrofismos; se trata de una palabra de esperanza, de  ilusión, de alegría ¡de motivación para trabajar por el Reino de Dios que el propio Jesús nos asegura que no pasará! Jesús triunfará, sí, pero nada dice de ahorrarnos la lucha para conquistar ese triunfo. Al final, lo conseguiremos. ¿Cuándo sucederá?  Cuando nosotros queramos, cuando vivamos al estilo de Jesús, según las bienaventuranzas. Ese día se demostrará que sus palabras no han pasado; mientras tanto no podemos olvidar que el calendario está en nuestras manos, que el tiempo va pasando y que aún tenemos mucho  por hacer • AE

[1] A. Luis Martínez,  Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España), n. 230, Año V, 16 de noviembre de 1997.