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Mi Ego y mi perfección (XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Las lecturas de hoy nos hablan de cómo podemos orientar nuestra relación con Dios. El Señor dice ésta parábola por algunos que "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". La parábola habla por sí misma. La hemos escuchado muchas veces y es posible que al hacerlo hoy de nuevo, nos resbale un poco. Es como agua pasada. ¿A cuál de éstos dos personajes nos parecemos más? Hace muchos años que leo el evangelio y lo predico, sé que debo evitar la actitud de autosatisfacción y desprecio de los demás, e imitar la actitud humilde del publicano pero ¡ay cómo sale el fariseo que está escondido en mí! Siempre se me ocurre pensar que hay gente peor que yo (porque no hago lo que ellos hacen) y tiendo a sobrevalorar lo que yo hago (me siento satisfecho por esto o aquello). El fariseo es el personaje consciente de su buen comportamiento, que compara y enjuicia precisamente en base a su cumplimiento. Es perfecto. El publicano en cambio es consciente de su mal comportamiento. Por eso no compara, ni enjuicia; cree tener siempre obligaciones, nunca derechos sobre los demás; se da cuenta de que el mal no está solamente fuera, sino dentro de él, que no tiene las manos limpias, que no puede echar la culpa solo a los demás, sino que tiene que convertirse, cambiar personalmente. En realidad la única arma que tenemos contra nuestro ego y nuestro orgullo es una actitud como la del publicano: reconocer con sencillez que somos unos fariseos. Vistas así las cosas nuestra oración podría ser esa tan entrañable: “Señor, ten compasión de este fariseo que hay en mí” ¿A qué es debido que Jesús se ponga, digámoslo así, del lado del publicano? A que aquel hombre se presenta delante de Dios reconociendo que todo lo que hace no está bien y no puede atribuirse ningún mérito; todo debe esperarlo de la bondad del Padre. Por el contrario, el fariseo va por la vida como esperando que el propio Dios lo felicite por lo derechito que camina. Nuestra oración –nuestra relación con Dios- no puede ser la de un ser humano satisfecho con lo que hace, pagado y lleno de sí mismo y que al final se presentará delante de Dios para que mire sus libros de cuentas y los apruebe, sino más bien la del peregrino que sabe que le queda todavía mucho que andar, por desagraviar y por sembrar, esperando siempre más de Dios que de sí mismo. El fariseo se presentó delante de su Dios para gracias por el hecho de ser justo, por cumplir estrictamente y con creces la Ley de Dios. El publicano para suplicar el perdón por su pecado. Gran diferencia • AE

¿De dónde me vendrá el auxilio? (XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



El pasaje que escuchamos en la primera de las lecturas de éste domingo es precioso, y elocuente. En la batalla contra los enemigos, Moisés oraba a Dios pidiéndole su ayuda. Mientras él mantenía los brazos elevados, los israelitas llevaban las de ganar. Si él aflojaba en su oración, sucedía al revés. No es un gesto mágico. Es un símbolo de que la historia de este pueblo no se puede entender sin la ayuda de Dios[1]. Quizá hoy no nos resulta muy espontánea esta convicción, porque valoramos más la eficacia, los medios técnicos, el ingenio y el trabajo humano; en otras palabras: pareciera que no necesitamos a Dios para ir construyendo el mundo, sin embargo no podemos olvidar las palabras del Señor: "sin mi no podéis hacer nada"[2]. El salmo de la liturgia de éste domingo hoy nos invita a poner un poco de orden en medio de todas nuestras seguridades: "Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde me vendrá el auxilio? ¡El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra!"[3]. Orar es reconocer la grandeza de Dios y al mismo tiempo nuestra debilidad, y orientar la vida y el trabajo según Dios. En el evangelio el Señor habla de la importancia de la oración en nuestra vida. En su parábola -¡tan simpática!- el juez no tiene más remedio que conceder a la buena mujer la justicia que reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, con una oración también de petición y perseverante, una oración confiada, una conversación en la que no se trata convencer a Dios más bien de encontrar motivos nuevos en nuestra visión de la historia –la historia personal- y entrar en comunión con Dios, porque Él quiere nuestro bien, más que nosotros mismos. La oración nos ayuda a sintonizar con Él, a confiar en Él ¡A aguantar el chaparrón! ¡Cuánto bien nos hace hablar con Dios sobre todo lo que pasa alrededor, reconociendo nuestra debilidad y esperanzo todo de su grandeza y de su providencia! • AE




[1] Cfr. Ex 17, 12.
[2] Jn 15, 5.
[3] Salmo 121.

Enamorados y unidos (XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



Un creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por Dios. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga y guía nuestra vida dirigiendo nuestros pasos y haciendo que aceptemos lo mejor que vamos pudiendo la voluntad de Dios hasta hacerla propia. Si esto no ocurre, dejemos de llamarnos cristianos porque no «cumplimos la voluntad del Padre», como el Señor nos enseña en el evangelio de este domingo. Cuando uno es cristiano es tan pobre que por no poseer no se posee ni a sí mismo, lo deja todo en manos de Dios, acepta lo que Dios quiere y como Él quiere. La pobreza, el depender de Él será su única seguridad. Se trata de vivir enamorados de Dios en una fusión de voluntades e intereses. ¿Sencillo? No. Imposible tampoco. Cuando vivimos nuestra fe cristiana lo mejor que podemos, como un estilo de vida, es verdad que se complica tanto la existencia, pero es verdad también que la paz y la alegría vuelven a aparecer en el horizonte si se habían ido. Cuando en la oración de petición dejamos todo en manos de Dios para aceptar lo que él quiere, lo que de él viene, lo que él dice, más paz y más alegría. La invitación de hoy es a poseer a Dios. A poseerlo hasta el punto que sea Él quien viva nuestra vida. Toda oración de petición es la expresión de esto último. Toda oración de petición nos lleva a tomar conciencia de que es Dios quien quiere vivir nuestra vida para que nuestra vida sea divina. Por eso lo dejamos todo en sus manos, lo que quiera y hasta que Él diga. Somos de Dios y a Él pertenecemos. Nos creó en libertad y la respuesta que espera de nosotros es que se la devolvamos haciendo su voluntad. El acto supremo de libertad es ofrecerla a la persona amada. Podemos ofrecerle al Señor la voluntad que nos ha dado, viviendo con Él y para Él. Sólo así podremos vivir en medio de una auténtica libertad • AE [1].


[1] B. Oltra Colomer, Ser Como Dios Manda. Una lectura pragmática de San Mateo, EDICEP, Valencia 1995, pp. 49 y ss.



Unum necessarium (Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



El Señor llega hasta nosotros, viene a nuestro encuentro: le gusta nuestra compañía, sentarse a la mesa y compartir confidencias con los hombres igual que lo hacen dos amigos; busca nuestra conversación, nuestra atención, nuestra escucha. Abraham, sentado a la puerta de su tienda, acoge la visita de Dios, se desvive por atenderle ofreciéndole lo mejor que tiene. En el encuentro surge la palabra que da vida: Dios confirma la promesa que hizo de que nacería de él un pueblo grande: “Sara va a tener un hijo”, le dice. De igual manera Dios pasa por nuestras vidas abriéndonos el horizonte de nuestra existencia, nos involucra en su acción salvadora. Jesús busca estar con nosotros. En el evangelio de hoy Jesús escuchamos el relato de la visita del Señor a casa de María y Marta. Ambas lo acogen con dos disposiciones distintas: Marta, desde la acción, se multiplica en el servicio, realiza muchas tareas sin pararse a pensar si realmente lo que ofrece es acorde a lo que el huésped desea. María, sin embargo, no se preocupa por obsequiarle, se queda en silencio y sentada a sus pies, escucha. Ante la queja de Marta, Jesús interviene: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”. Jesús no condena la servicialidad de Marta, desea que tenga sentido. Él ha venido a servir y no a ser servido. Tampoco le reprocha su trabajo porque “El Padre y yo estamos siempre trabajando”. Lo que en realidad Jesús le hace notar es que el servicio que no se inicia en la escucha de Dios no fructificará y además se convertirá en una acción estéril, sin efectividad. Para que nuestro obrar tenga peso ha de confirmarse siempre en la oración, en la escucha de la Palabra, en el encuentro personal con el Señor. Jesús propone una nueva mentalidad. Quiere darnos a conocer el misterio de Dios, su gloria, su riqueza. Sentados a sus pies nos enseña los recursos de la sabiduría para que lleguemos a la madurez espiritual. Y María lo entiende, es la amiga de Jesús, la que realiza una experiencia religiosa sosegada y sin prisas. Su actitud de escucha y comprensión de lo que Jesús dice la mueve a implicarse con todo su ser a vivir, con toda libertad, lo que comprende. Se dispone a ver el mundo con los ojos de Cristo, con la sabiduría divina. Sentada a sus pies, se adhiere y se inserta en en Señor. Estamos invitados esta mañana a hacer lo mismo • AE

...los corazones destrozados ¡Él los sana!...




El Señor sana los corazones destrozados, 
venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, 
a cada una la llama por su nombre
(Salmo 146) 


Tu poder, Señor, se extiende del corazón del hombre a las estrellas del cielo. Eres Dueño del hombre y Dueño de la creación, y aquí proclamo los dos reinos de tu poderío en una sola estrofa y abrazo con un solo gesto todo el inmenso territorio de tu dominio. El latir del corazón del hombre y las órbitas de los cuerpos celestes, la conducta humana y las trayectorias astrales, la conciencia y el espacio. Todo está en tu mano. Y a mí me alegra pensar en ello. Al cantar tu poder, canto mi alegría. Si sabes manejar las estrellas, ¿no vas a saber manejar también mi corazón? Encárgate de él, Señor, por favor. Tiene una órbita bastante loca; no es fácil saber hoy lo que hará mañana; puede escaparse en cualquier momento por la tangente, como puede estacionarse y negarse a avanzar con tozuda torpeza. Guíalo suavemente hasta la órbita justa, Señor; vigila su curso y cuida su camino con providencia suave y eficacia firme. Que sea estrella para alegrar el cielo nocturno sobre el mundo de los hombres. Yo descanso, Señor, en tu sabiduría y tu poder. El firmamento es mi hogar, y me paseo alegremente por toda tu creación bajo tu mirada cariñosa. Llámame por mi nombre, Señor, como llamas a las estrellas del cielo y a tus hijos en la tierra. Llámame por mi nombre como el pastor llama a sus ovejas. Me alegra saber que conoces mi nombre. Usalo con toda libertad, Señor, para llamarme al orden cuando me aleje, y a la intimidad cuando me acerque con intimidad filial. Y úsalo un día, Señor, para llamarme a tu lado para siempre • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los salmos, Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 264.

La paciencia ante el cansancio.


Se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Cuatro verbos seguidos utiliza el evangelista para describir ese momento de la vida del Señor[1]. En el evangelio de éste domingo vemos que Jesús no se deja destruir por el activismo. Rodeado de personas que se agolpan sobre él, incluso después de anochecer, Jesús sabe encontrar un tiempo para reavivar su espíritu. Cuando, al amanecer los discípulos lo buscan de nuevo, Jesús se levanta con nuevas fuerzas, dispuesto a continuar su vida tan llena de servicio. El cansancio es algo con lo que debemos contar. Siempre. Las fuerzas se desgastan y el agobio se apodera de nosotros. Quedan atrás la euforia y vitalidad de otros tiempos. Hay momentos del día en los que sentimos con especial fuerza la falta de aliento, la impotencia, el hastío. Las raíces del cansancio pueden ser muy diversas. Las ocupaciones nos dispersan, la actividad constante nos desgasta, la mediocridad misma de nuestra vida y nuestro trabajo nos aburres. Perdemos energías en las mil contrariedades y roces de cada día y al final no sabemos cómo ni dónde reparar nuestras fuerzas. Nos vaciamos quizás generosamente a lo largo del día pero no cuidamos el alimento de nuestro espíritu. ¿Qué hacer cuando la alegría interior se nos escapa y sentimos el alma cansada y sin aliento? Quizás, lo primero sea aceptar con paciencia el cansancio como compañero de camino, pero al mismo tiempo hemos de recordar que la soledad y el silencio pueden sanar de nuevo nuestras raíces. Una oración callada, humilde y confiada esta siempre al alcance de nuestra mano, oración que puede devolvernos el aliento y la vida en las horas bajas del cansancio y el agobio. Todos necesitamos de una manera u otra retirarnos a un lugar solitario para enraizar de nuevo nuestra vida en lo esencial. Necesitamos más silencio y soledad para reconocer con paz aquellas pequeñas cosas que hemos agrandado indebidamente hasta agobiarnos, y para recordar las cosas realmente grandes e importantes que hemos descuidado día tras día[2]. Esa oración no es huida cobarde de los problemas. Es renacimiento, reencuentro y renovación del espíritu. Es sentirse vivo de nuevo y dispuesto para el servicio, es imitar al Señor, que también se cansaba y también se retiraba al silencio y la oración •AE



[1] Mc 1, 29-39.
[2] J.A Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 189 ss.

Amando te hallaré y hallándote te amaré.



Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. 

Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro". Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro. ¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro. Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado. Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros? Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré • De los tratados de san Anselmo, Proslogion, cap. 1: Opera omnia, 97-100.

¡Qué grande es tu fe, mujer!


¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!

Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.

Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.

¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.

Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 10 agosto 2011

Ente el ruido y el aturdimiento.


Difícil esto de entender la actitud del Señor con ésta mujer cananea. Estamos acostumbrados a un Jesús tierno y cercano que casi siempre se adelanta a las necesidades de los que se le cruzan por el camino. Hoy encontramos a una mujer que pide a Jesús algo pero no para ella sino para alguien a quien quería más que a ella misma: su hija. Jesús sin embargo se resiste, y se resiste duramente, o al menos así parece, se resiste hasta arrancar del corazón de aquella madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio[1]. Tan preciosa que venció totalmente el corazón del Señor. Fue así que llegó el milagro. A lo largo de la vida hemos sentido eso que alguien llamo “el silencio de Dios”: Situaciones inexplicables, incomprensibles, que aparentemente no tienen respuesta [mientras escribimos esto son ya trece las personas muertas por un atentado terrorista en las calles de Barcelona, en España]. A veces nos sentimos como  debió sentirse aquella cananea: rechazados, excluidos. Pero hay que saber ir más allá, y perseverar en la oración ¡Qué bueno es orar! Hoy también. En medio del trabajo, de la prisa; entre el ruido y el aturdimiento, a pesar de las muchas cosas que hay que hacer, por encima de los compromisos sociales y de las diversiones; en los días hábiles y en los de descanso, en el campo y en la ciudad, en casa y en  la parroquia, ¡qué bueno encontrar sitio y un momento para hablar con Él! Los cristianos no podemos existir sin esos momentos de intimidad sincera, calmada y reconfortante, igual que cualquier ser humano apenas puede entenderse sin esos momentos de conversación sincera, pausada y  reconfortante con los otros hombres y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte  ilusiones y proyectos. ¿Es posible imaginar a unos novios que no hablasen nunca, o matrimonios que no tengan nada que decirse? ¿Hay amigos que no tengan frecuentes y largas conversaciones? Si el hombre no habla con aquéllos que le rodean y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de  soledad y de angustia. Los cristianos tenemos un Dios personal con el que compartimos la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que hablamos, con el que contamos, a quien pedimos, como la cananea. Dios y el cristiano son dos amigos que entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto no puede hacerse sin orar. Hoy más que nunca debemos reconquistar en nuestra vida el tiempo y el espacio para la oración, para un encuentro amoroso con Dios; un momento en el que repasemos con Él nuestro modo de entender la vida, nuestro modo de realizarla; nuestras opiniones…nuestro ¡todo! La oración es el momento de acercarnos a su fuerza, a su bondad, a su misericordia, para hacernos poco a poco semejantes a Él. En este vértigo que nos rodea a todos, en la época del ruido y la velocidad, triste cosa es la pérdida del sentido de lo sagrado, el espacio de oración. Pidamos este domingo que Él nos regale el deseo de ponernos en contacto con Él para encontrar la respuesta a lo que pedimos y a  lo que necesitamos en cada momento de esta vida • AE





[1] Cfr. Mt 15, 21-28. 

La oración del centinela


Desde lo más profundo grito hacia ti, Señor. Sea cual sea la oración que yo haga, Señor, quiero que vaya siempre precedida por este verso: Desde lo más profundo. Cuando hablo contigo Señor, mi oración brota de lo más profundo de mi ser, de la realidad de mi experiencia y de la urgencia de mi salvación. Quiero que sea con toda mi alma; pongo toda mi fuerza en cada palabra, toda mi vida en cada petición. Cada oración que hago es el aliento de mi alma, el latir de mi corazón, el testamento de mi existencia. En ella van mi derecho a vivir y mi esperanza de eternidad. Quisiera que no fuera mera costumbre, rutina, necesidad de guardar las apariencias o de dar buen ejemplo; no es eso lo que me hace buscar tu presencia y caer de rodillas ante ti. Es la necesidad de ser yo mismo, en toda la pobreza de mi ser y la grandeza de mi esperanza, la que me lleva a ti, porque sólo ante ti en oración es como puedo encontrarme a mí mismo. Por eso rezo, Señor. Conozco mi indignidad, Señor, conozco mi miseria, conozco mi pecado. Pero también conozco la prontitud de tu perdón y la generosidad de tu gracia, y eso me hace esperar tu visita con un deseo que me brota también de lo más profundo de mi ser. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Mira mi interés, Señor, comprueba mi ansiedad. Te necesito como el centinela necesita la aurora, como la tierra necesita el sol. Te necesito como el alma necesita a su Creador. Cuando rezo, rezo con toda el alma, porque sé que tú lo eres todo para mí y que la oración es lo que me une a ti un vinculo existencial y diario. Por eso rezo, Señor. Y hoy quiero realzar ante mí y ante ti su sentido y su importancia. Quiero que cada oración mía siga saliendo de lo más profundo de mi ser, y para que tú sigas viendo en cada petición mía una petición en la que va toda mi vida y todo mi ser. Desde lo más profundo grito hacia ti, SeñorCarlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Sal Terrae, Santander-1989, p. 243. 

El tronco y la esperanza


José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela, 
Museo del Prado (Madrid)
...

Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente. Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables, los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombres. Brotará un renuevo del tronco de Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del profeta Juan el Bautista: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE


También ustedes prearados



Un día la historia –apasionante- de la humanidad se va a acabar, como acabará inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Este domingo, el primero de Adviento, el evangelio ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: vigilad, estad alerta… Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día dormidos. Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?, ¿seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias y accidentales? ¿Le seguimos a él, o hemos aprendido a vivir al estilo de todos? Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de aquellos que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Vivimos a veces ¡ay! Totalmente inmunizados a los gritos del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba; tenemos ojos, pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas como él las miraba ¿Y cómo despertar? Al Señor le preocupaba –digámoslo así- que el fuego inicial de los discípulos se apagara y se durmieran. Es el gran riesgo que corremos los cristianos hoy: instalarnos cómodamente en nuestras creencias, acostumbrarnos al evangelio y vivir adormecidos en la observancia tranquila de una religión apagada: misa del domingo, una nieve a la salida –o guasanas en Aguascalientes- y a casa a ver la tele. Y ya.   No hay más. ¿Cómo despertar? Lo primero es volver a Jesús. No basta instalarnos «correctamente» en la tradición. Hemos de arraigar nuestra fe en la persona de Señor, volver a nacer de su espíritu. Nada hay más importante que esto en la Iglesia. Solo Jesús nos puede conducir de nuevo a lo esencial. Necesitamos, además, reavivar la experiencia de Dios. Lo esencial del evangelio no se aprende desde fuera. Lo descubre cada uno en su interior. Hemos de aprender y enseñar caminos para encontrarnos con Dios. De poco –o nada- sirven las largas y aburridas catequesis o las acaloradas discusiones sobre moral sexual si no despertamos en nadie el gusto por un Dios amigo, cercano, compañero de camino, fuente de vida digna y dichosa. Hay algo más. La clave desde la que Jesús vivía a Dios y miraba la vida entera no era el pecado, la moral o la ley, sino el sufrimiento de las personas. El Santo Padre Francisco no se cansa de repetírnoslo. Jesús no solo amaba a los desgraciados, sino que nada amaba más o por encima de ellos. No estamos siguiendo bien los pasos de Jesús si vivimos más preocupados por la religión que por el sufrimiento de las personas. #Loquetechocatecheca Nada despertará a la Iglesia de su rutina, inmovilismo o mediocridad si no nos conmueve más el hambre, la humillación y el sufrimiento de los demás.  Empezamos pues el tiempo de Adviento. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir vigilantes, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más responsable. Hoy lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación. ¿Por qué no nos detenemos a oír esa llamada urgente de Jesús a despertar? ¿No necesitamos escuchar sus palabras? Todos hemos de preguntarnos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, qué es lo que hemos de cambiar y a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo[1]. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno: Vigilad. Hemos de reaccionar. Si lo hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos» desde lo más hondo de nuestro ser • AE



[1] Pagola, José Antonio, El camino abierto por Jesús. Mateo (eBook-ePub) (Educar Practico) (Spanish Edition) (Kindle Locations 5008-5053). Grupo SM. Kindle Edition.