Las lecturas de hoy nos hablan de
cómo podemos orientar nuestra relación con Dios. El Señor dice ésta parábola
por algunos que "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y
despreciaban a los demás". La parábola habla por sí misma. La hemos escuchado
muchas veces y es posible que al hacerlo hoy de nuevo, nos resbale un poco. Es como
agua pasada. ¿A cuál de éstos dos personajes nos parecemos más? Hace muchos
años que leo el evangelio y lo predico, sé que debo evitar la actitud de
autosatisfacción y desprecio de los demás, e imitar la actitud humilde del
publicano pero ¡ay cómo sale el fariseo que está escondido en mí! Siempre se me
ocurre pensar que hay gente peor que yo (porque no hago lo que ellos hacen) y tiendo
a sobrevalorar lo que yo hago (me siento satisfecho por esto o aquello). El
fariseo es el personaje consciente de su buen comportamiento, que compara y
enjuicia precisamente en base a su cumplimiento. Es perfecto. El publicano en
cambio es consciente de su mal comportamiento. Por eso no compara, ni enjuicia;
cree tener siempre obligaciones, nunca derechos sobre los demás; se da cuenta
de que el mal no está solamente fuera, sino dentro de él, que no tiene las
manos limpias, que no puede echar la culpa solo a los demás, sino que tiene que
convertirse, cambiar personalmente. En realidad la única arma que tenemos
contra nuestro ego y nuestro orgullo es una actitud como la del publicano: reconocer
con sencillez que somos unos fariseos. Vistas así las cosas nuestra oración
podría ser esa tan entrañable: “Señor, ten compasión de este fariseo que hay en
mí” ¿A qué es debido que Jesús se ponga, digámoslo así, del lado del publicano?
A que aquel hombre se presenta delante de Dios reconociendo que todo lo que
hace no está bien y no puede atribuirse ningún mérito; todo debe esperarlo de
la bondad del Padre. Por el contrario, el fariseo va por la vida como esperando
que el propio Dios lo felicite por lo derechito que camina. Nuestra oración –nuestra
relación con Dios- no puede ser la de un ser humano satisfecho con lo que hace,
pagado y lleno de sí mismo y que al final se presentará delante de Dios para
que mire sus libros de cuentas y los apruebe, sino más bien la del peregrino
que sabe que le queda todavía mucho que andar, por desagraviar y por sembrar,
esperando siempre más de Dios que de sí mismo. El fariseo se presentó delante
de su Dios para gracias por el hecho de ser justo, por cumplir estrictamente y
con creces la Ley de Dios. El publicano para suplicar el perdón por su pecado.
Gran diferencia • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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¿De dónde me vendrá el auxilio? (XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)
El pasaje que escuchamos en la primera de las lecturas
de éste domingo es precioso, y elocuente. En la batalla contra los enemigos,
Moisés oraba a Dios pidiéndole su ayuda. Mientras él mantenía los brazos
elevados, los israelitas llevaban las de ganar. Si él aflojaba en su oración,
sucedía al revés. No es un gesto mágico. Es un símbolo de que la historia de
este pueblo no se puede entender sin la ayuda de Dios[1].
Quizá hoy no nos resulta muy espontánea esta convicción, porque valoramos más la
eficacia, los medios técnicos, el ingenio y el trabajo humano; en otras
palabras: pareciera que no necesitamos a Dios para ir construyendo el mundo,
sin embargo no podemos olvidar las palabras del Señor: "sin mi no podéis
hacer nada"[2]. El salmo de
la liturgia de éste domingo hoy nos invita a poner un poco de orden en medio de
todas nuestras seguridades: "Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde me
vendrá el auxilio? ¡El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la
tierra!"[3]. Orar es
reconocer la grandeza de Dios y al mismo tiempo nuestra debilidad, y orientar
la vida y el trabajo según Dios. En el evangelio el Señor habla de la
importancia de la oración en nuestra vida. En su parábola -¡tan simpática!- el
juez no tiene más remedio que conceder a la buena mujer la justicia que
reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe
como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, con una
oración también de petición y perseverante, una oración confiada, una conversación
en la que no se trata convencer a Dios más bien de encontrar motivos nuevos en nuestra visión de
la historia –la historia personal- y entrar en comunión con Dios, porque Él quiere
nuestro bien, más que nosotros mismos. La oración nos ayuda a sintonizar con Él, a confiar en Él ¡A aguantar el chaparrón! ¡Cuánto bien nos hace hablar con Dios sobre todo lo que pasa alrededor, reconociendo
nuestra debilidad y esperanzo todo de su grandeza y de su providencia! • AE
Enamorados y unidos (XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).
Un
creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por Dios. No eres
tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti.
Es la Palabra de Dios la que embarga y guía nuestra vida dirigiendo nuestros pasos y
haciendo que aceptemos lo mejor que vamos pudiendo la voluntad de Dios hasta hacerla propia. Si esto no ocurre,
dejemos de llamarnos cristianos porque no «cumplimos la voluntad del Padre», como el Señor nos enseña en el evangelio de este domingo. Cuando uno es cristiano
es tan pobre que por no poseer no se posee ni a sí mismo, lo deja todo en manos
de Dios, acepta lo que Dios quiere y como Él quiere. La pobreza, el depender de Él será su única seguridad. Se
trata de vivir enamorados de Dios en una fusión de voluntades e intereses.
¿Sencillo? No. Imposible tampoco. Cuando vivimos nuestra fe cristiana lo mejor que podemos, como un estilo
de vida, es verdad que se complica tanto la existencia, pero es verdad también que la paz y la alegría
vuelven a aparecer en el horizonte si se habían ido. Cuando en la oración de petición dejamos todo en manos de Dios para
aceptar lo que él quiere, lo que de él viene, lo que él dice, más paz y más
alegría. La invitación de hoy es a poseer a Dios. A poseerlo hasta el punto que
sea Él quien viva nuestra vida. Toda oración de petición es la expresión de
esto último. Toda oración de petición nos lleva a tomar conciencia de que es
Dios quien quiere vivir nuestra vida para que nuestra vida sea divina. Por eso lo
dejamos todo en sus manos, lo que quiera y hasta que Él diga. Somos de Dios y a
Él pertenecemos. Nos creó en libertad y la respuesta que espera de nosotros es
que se la devolvamos haciendo su voluntad. El acto supremo de libertad es
ofrecerla a la persona amada. Podemos ofrecerle al Señor la voluntad que nos ha dado, viviendo con Él y para Él. Sólo así podremos vivir en medio de una auténtica libertad • AE [1].
[1]
B. Oltra Colomer, Ser Como Dios Manda.
Una lectura pragmática de San Mateo, EDICEP, Valencia 1995, pp. 49 y ss.
Unum necessarium (Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Ciclo C).
El Señor llega hasta nosotros, viene a
nuestro encuentro: le gusta nuestra compañía, sentarse a la mesa y compartir confidencias con los hombres igual que lo hacen dos amigos; busca nuestra
conversación, nuestra atención, nuestra escucha. Abraham, sentado a la puerta
de su tienda, acoge la visita de Dios, se desvive por atenderle ofreciéndole lo
mejor que tiene. En el encuentro surge la palabra que da vida: Dios confirma la
promesa que hizo de que nacería de él un pueblo grande: “Sara va a
tener un hijo”, le dice. De igual manera Dios pasa por nuestras vidas abriéndonos el horizonte de
nuestra existencia, nos involucra en su acción salvadora. Jesús busca estar con
nosotros. En el evangelio de hoy Jesús escuchamos el relato de la visita del Señor a casa de María y Marta. Ambas lo acogen con dos disposiciones
distintas: Marta, desde la acción, se multiplica en el servicio, realiza
muchas tareas sin pararse a pensar si realmente lo que ofrece es acorde a lo
que el huésped desea. María, sin embargo, no se preocupa por obsequiarle, se queda en silencio y sentada a sus pies, escucha. Ante la queja de Marta, Jesús
interviene: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una
es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”. Jesús no
condena la servicialidad de Marta, desea que tenga sentido. Él ha venido a servir y no a ser servido. Tampoco le reprocha su trabajo porque
“El Padre y yo estamos siempre trabajando”. Lo que en realidad Jesús le hace notar es que
el servicio que no se inicia en la escucha de Dios no fructificará y además se
convertirá en una acción estéril, sin efectividad. Para que nuestro obrar tenga
peso ha de confirmarse siempre en la oración, en la escucha de la Palabra, en
el encuentro personal con el Señor. Jesús propone una
nueva mentalidad. Quiere darnos a conocer el misterio de Dios, su gloria, su
riqueza. Sentados a sus pies nos enseña los recursos de la sabiduría para que
lleguemos a la madurez espiritual.
Y María lo entiende, es la amiga de Jesús, la que realiza una experiencia
religiosa sosegada y sin prisas. Su actitud de escucha y comprensión de lo que
Jesús dice la mueve a implicarse con todo su ser a vivir, con toda libertad, lo
que comprende. Se dispone a ver el mundo con los ojos de Cristo, con la
sabiduría divina. Sentada a sus pies, se adhiere y se inserta en en Señor. Estamos invitados esta mañana a hacer lo mismo • AE
...los corazones destrozados ¡Él los sana!...
El Señor sana los
corazones destrozados,
venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas,
a cada
una la llama por su nombre
(Salmo 146)
Tu poder, Señor, se extiende del corazón del
hombre a las estrellas del cielo. Eres Dueño del hombre y Dueño de la creación,
y aquí proclamo los dos reinos de tu poderío en una sola estrofa y abrazo con
un solo gesto todo el inmenso territorio de tu dominio. El latir del corazón
del hombre y las órbitas de los cuerpos celestes, la conducta humana y las
trayectorias astrales, la conciencia y el espacio. Todo está en tu mano. Y a mí
me alegra pensar en ello. Al cantar tu poder, canto mi alegría. Si sabes
manejar las estrellas, ¿no vas a saber manejar también mi corazón? Encárgate de
él, Señor, por favor. Tiene una órbita bastante loca; no es fácil saber hoy lo
que hará mañana; puede escaparse en cualquier momento por la tangente, como
puede estacionarse y negarse a avanzar con tozuda torpeza. Guíalo suavemente
hasta la órbita justa, Señor; vigila su curso y cuida su camino con providencia
suave y eficacia firme. Que sea estrella para alegrar el cielo nocturno sobre
el mundo de los hombres. Yo descanso, Señor, en tu sabiduría y tu poder. El
firmamento es mi hogar, y me paseo alegremente por toda tu creación bajo tu
mirada cariñosa. Llámame por mi nombre, Señor, como llamas a las estrellas del
cielo y a tus hijos en la tierra. Llámame por mi nombre como el pastor llama a
sus ovejas. Me alegra saber que conoces mi nombre. Usalo con toda libertad,
Señor, para llamarme al orden cuando me aleje, y a la intimidad cuando me
acerque con intimidad filial. Y úsalo un día, Señor, para llamarme a tu lado
para siempre • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los salmos, Ed. Sal
Terrae, Santander 1989, p. 264.
La paciencia ante el cansancio.
Se levantó, salió y se fue a
un lugar solitario, donde se puso a orar. Cuatro
verbos seguidos utiliza el evangelista para describir ese momento de la vida
del Señor[1]. En
el evangelio de éste domingo vemos que Jesús no se deja destruir por el
activismo. Rodeado de personas que se agolpan sobre él, incluso después de anochecer,
Jesús sabe encontrar un tiempo para reavivar su espíritu. Cuando, al amanecer los
discípulos lo buscan de nuevo, Jesús se levanta con nuevas fuerzas, dispuesto a
continuar su vida tan llena de servicio. El cansancio es algo con lo que debemos
contar. Siempre. Las fuerzas se desgastan y el agobio se apodera de nosotros.
Quedan atrás la euforia y vitalidad de otros tiempos. Hay momentos del día en
los que sentimos con especial fuerza la falta de aliento, la impotencia, el
hastío. Las raíces del cansancio pueden ser muy diversas. Las ocupaciones nos
dispersan, la actividad constante nos desgasta, la mediocridad misma de nuestra
vida y nuestro trabajo nos aburres. Perdemos energías en las mil contrariedades
y roces de cada día y al final no sabemos cómo ni dónde reparar nuestras
fuerzas. Nos vaciamos quizás generosamente a lo largo del día pero no cuidamos
el alimento de nuestro espíritu. ¿Qué hacer cuando la alegría interior se nos
escapa y sentimos el alma cansada y sin aliento? Quizás, lo primero sea aceptar
con paciencia el cansancio como compañero de camino, pero al mismo tiempo hemos
de recordar que la soledad y el silencio pueden sanar de nuevo nuestras raíces.
Una oración callada, humilde y confiada esta siempre al alcance de nuestra mano,
oración que puede devolvernos el aliento y la vida en las horas bajas del
cansancio y el agobio. Todos necesitamos de una manera u otra retirarnos a un
lugar solitario para enraizar de nuevo nuestra vida en lo esencial. Necesitamos
más silencio y soledad para reconocer con paz aquellas pequeñas cosas que hemos
agrandado indebidamente hasta agobiarnos, y para recordar las cosas realmente
grandes e importantes que hemos descuidado día tras día[2]. Esa
oración no es huida cobarde de los problemas. Es renacimiento, reencuentro y
renovación del espíritu. Es sentirse vivo de nuevo y dispuesto para el servicio,
es imitar al Señor, que también se cansaba y también se retiraba al silencio y
la oración •AE
Amando te hallaré y hallándote te amaré.
Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones
habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus
pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti
tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un
momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto
Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas,
ve en pos de él.
Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo
ver tu rostro". Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo
buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré,
estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto
es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa
inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí
para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca
jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro. ¿Qué hará, altísimo Señor,
éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor,
y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea
acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e
ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro. Señor,
tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y
renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me
creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui
creado. Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros,
apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás?
¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo
volverás a nosotros? Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a
nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin
eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a
ti, porque sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te
busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo
encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé,
amando te hallaré y hallándote te amaré • De los tratados de san Anselmo, Proslogion, cap. 1: Opera omnia, 97-100.
¡Qué grande es tu fe, mujer!
¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!
Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.
Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.
¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.
Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 10 agosto 2011
Ente el ruido y el aturdimiento.
Difícil esto de entender la actitud del Señor con ésta mujer cananea.
Estamos acostumbrados a un Jesús tierno y cercano que casi siempre se adelanta
a las necesidades de los que se le cruzan por el camino. Hoy encontramos a una
mujer que pide a Jesús algo pero no para ella sino para alguien a quien quería
más que a ella misma: su hija. Jesús sin embargo se resiste, y se resiste
duramente, o al menos así parece, se resiste hasta arrancar del corazón de aquella
madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio[1].
Tan preciosa que venció totalmente el corazón del Señor. Fue así que llegó el
milagro. A lo largo de la vida hemos sentido eso que alguien llamo “el silencio
de Dios”: Situaciones inexplicables, incomprensibles, que aparentemente no tienen respuesta [mientras escribimos esto son ya trece las personas muertas por un atentado terrorista en las calles
de Barcelona, en España]. A veces nos sentimos como debió sentirse aquella cananea: rechazados,
excluidos. Pero hay que saber ir más allá, y perseverar en la oración ¡Qué
bueno es orar! Hoy también. En medio del trabajo, de la prisa; entre el ruido y
el aturdimiento, a pesar de las muchas cosas que hay que hacer, por encima de
los compromisos sociales y de las diversiones; en los días hábiles y en los de descanso,
en el campo y en la ciudad, en casa y en
la parroquia, ¡qué bueno encontrar sitio y un momento para hablar con Él!
Los cristianos no podemos existir sin esos momentos de intimidad sincera,
calmada y reconfortante, igual que cualquier ser humano apenas puede entenderse
sin esos momentos de conversación sincera, pausada y reconfortante con los otros hombres y, sobre
todo, con aquéllos con los que comparte
ilusiones y proyectos. ¿Es posible imaginar a unos novios que no
hablasen nunca, o matrimonios que no tengan nada que decirse? ¿Hay amigos que
no tengan frecuentes y largas conversaciones? Si el hombre no habla con aquéllos
que le rodean y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte su vida, es que está
perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo
de soledad y de angustia. Los cristianos
tenemos un Dios personal con el que compartimos la vida, con todas sus
ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que hablamos, con el que contamos, a
quien pedimos, como la cananea. Dios y el cristiano son dos amigos que
entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto no
puede hacerse sin orar. Hoy más que nunca debemos reconquistar en nuestra vida
el tiempo y el espacio para la oración, para un encuentro amoroso con Dios; un
momento en el que repasemos con Él nuestro modo de entender la vida, nuestro
modo de realizarla; nuestras opiniones…nuestro ¡todo! La oración es el momento
de acercarnos a su fuerza, a su bondad, a su misericordia, para hacernos poco a
poco semejantes a Él. En este vértigo que nos rodea a todos, en la época del ruido
y la velocidad, triste cosa es la pérdida del sentido de lo sagrado, el espacio
de oración. Pidamos este domingo que Él nos regale el deseo de ponernos en contacto
con Él para encontrar la respuesta a lo que pedimos y a lo que necesitamos en cada momento de esta vida
• AE
La oración del centinela
Desde lo más profundo grito hacia ti, Señor. Sea cual sea la
oración que yo haga, Señor, quiero que vaya siempre precedida por este verso: Desde lo más profundo. Cuando hablo
contigo Señor, mi oración brota de lo más profundo de mi ser, de la realidad de
mi experiencia y de la urgencia de mi salvación. Quiero que sea con toda mi
alma; pongo toda mi fuerza en cada palabra, toda mi vida en cada petición. Cada
oración que hago es el aliento de mi alma, el latir de mi corazón, el
testamento de mi existencia. En ella van mi derecho a vivir y mi esperanza de
eternidad. Quisiera que no fuera mera costumbre, rutina, necesidad de guardar
las apariencias o de dar buen ejemplo; no es eso lo que me hace buscar tu
presencia y caer de rodillas ante ti. Es la necesidad de ser yo mismo, en toda
la pobreza de mi ser y la grandeza de mi esperanza, la que me lleva a ti,
porque sólo ante ti en oración es como puedo encontrarme a mí mismo. Por eso
rezo, Señor. Conozco mi indignidad, Señor, conozco mi miseria, conozco mi
pecado. Pero también conozco la prontitud de tu perdón y la generosidad de tu
gracia, y eso me hace esperar tu visita con un deseo que me brota también de lo
más profundo de mi ser. Mi alma espera en
el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela
la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Mira mi
interés, Señor, comprueba mi ansiedad. Te necesito como el centinela necesita
la aurora, como la tierra necesita el sol. Te necesito como el alma necesita a
su Creador. Cuando rezo, rezo con toda el alma, porque sé que tú lo eres todo
para mí y que la oración es lo que me une a ti un vinculo existencial y diario.
Por eso rezo, Señor. Y hoy quiero realzar ante mí y ante ti su sentido y su
importancia. Quiero que cada oración mía siga saliendo de lo más profundo de mi
ser, y para que tú sigas viendo en cada petición mía una petición en la que va
toda mi vida y todo mi ser. Desde lo más
profundo grito hacia ti, Señor • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Sal Terrae, Santander-1989, p.
243.
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El tronco y la esperanza
José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela,
Museo del Prado (Madrid)
...
Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en
ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente.
Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables,
los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no
sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de
día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos
caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta
al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos
de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los
hombres. Brotará un renuevo del tronco de
Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a
su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez?
¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de
lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más
limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo
de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos
tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los
huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz
de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que
nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas
semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la
constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo
domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del
profeta Juan el Bautista: Preparad el
camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este
Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE
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Tronco de Jesé
También ustedes prearados
Un día la historia –apasionante- de la humanidad se va a acabar, como acabará
inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Este domingo, el primero de
Adviento, el evangelio ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y
siempre destacan una exhortación: vigilad,
estad alerta… Las primeras
generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del
mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse
olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día dormidos.
Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?,
¿seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos
por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias y accidentales?
¿Le seguimos a él, o hemos aprendido a vivir al estilo de todos? Vigilar es
antes que nada despertar de la inconsciencia. Vigilar es vivir atentos a la
realidad. Escuchar los gemidos de aquellos que sufren. Sentir el amor de Dios a
la vida. Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta
sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Vivimos a veces ¡ay!
Totalmente inmunizados a los gritos del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos
ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba;
tenemos ojos, pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas
como él las miraba ¿Y cómo despertar? Al Señor le preocupaba –digámoslo así- que
el fuego inicial de los discípulos se apagara y se durmieran. Es el gran riesgo
que corremos los cristianos hoy: instalarnos cómodamente en nuestras creencias,
acostumbrarnos al evangelio y vivir adormecidos en la observancia tranquila de una
religión apagada: misa del domingo, una nieve a la salida –o guasanas en Aguascalientes-
y a casa a ver la tele. Y ya. No hay
más. ¿Cómo despertar? Lo primero es
volver a Jesús. No basta instalarnos «correctamente» en la tradición. Hemos
de arraigar nuestra fe en la persona de Señor, volver a nacer de su espíritu.
Nada hay más importante que esto en la Iglesia. Solo Jesús nos puede conducir
de nuevo a lo esencial. Necesitamos, además, reavivar la experiencia de Dios.
Lo esencial del evangelio no se aprende desde fuera. Lo descubre cada uno en su
interior. Hemos de aprender y enseñar caminos para encontrarnos con Dios. De
poco –o nada- sirven las largas y aburridas catequesis o las acaloradas discusiones
sobre moral sexual si no despertamos en nadie el gusto por un Dios amigo, cercano,
compañero de camino, fuente de vida digna y dichosa. Hay algo más. La clave
desde la que Jesús vivía a Dios y miraba la vida entera no era el pecado, la
moral o la ley, sino el sufrimiento de las personas. El Santo Padre Francisco
no se cansa de repetírnoslo. Jesús no solo amaba a los desgraciados, sino que
nada amaba más o por encima de ellos. No estamos siguiendo bien los pasos de
Jesús si vivimos más preocupados por la religión que por el sufrimiento de las
personas. #Loquetechocatecheca Nada despertará a la Iglesia de su rutina,
inmovilismo o mediocridad si no nos conmueve más el hambre, la humillación y el
sufrimiento de los demás. Empezamos pues
el tiempo de Adviento. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir
vigilantes, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más
responsable. Hoy lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de
vida y de salvación. ¿Por qué no nos detenemos a oír esa llamada urgente de
Jesús a despertar? ¿No necesitamos escuchar sus palabras? Todos hemos de
preguntarnos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, qué es lo que
hemos de cambiar y a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo[1].
Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno: Vigilad. Hemos de reaccionar. Si lo
hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos»
desde lo más hondo de nuestro ser • AE
[1] Pagola, José Antonio, El
camino abierto por Jesús. Mateo (eBook-ePub) (Educar Practico)
(Spanish Edition) (Kindle Locations 5008-5053). Grupo SM. Kindle Edition.
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