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¡Ven! (Domingo de Pentecostés, 2019)



Hace cincuenta días celebrábamos la Pascua; en un abrir y cerrar de ojos estamos delante de la solemnidad de Pentecostés. Terminamos el tiempo Pascual. Pensar en el Espíritu Santo es decirle: "¡Ven!". Entonces el Espíritu es invasor. Él no tiene rostro, pero todos sus nombres nos dicen que es invasión: fuego, agua, espíritu, respiración, viento. Desde que viene, actúa. La Escritura está llena de él, pero no habla de él: dice lo que hace. Él está en los comienzos, es el Espíritu de lo que ha de nacer y el Espíritu de los primeros pasos[1]. En Pentecostés hizo que la iglesia saliera a la calle[2] y desde aquella mañana es la fuerza de la partida, de la marcha hacia delante. Es también la audacia de hablar, de insistir, de crear. Y es el huésped interior, el que nos guía a las profundidades que sin él quedarían sin explorar. Él nos arranca de lo superficial, nos hace vivir en donde se unen las raíces y donde manan las fuentes[3], es quien nos acompaña en el camino y nos guía a la verdad completa, como una brújula, como una veleta[4]. Es gracias al Espíritu que podemos seguir caminando. El evangelio de hoy nos habla de este poder de transformación inmediata y total que puede hacer con nosotros lo mismo que hizo con aquellos hombres que tenían tanto miedo en la misma tarde misma de la resurrección. Digamos "¡Ven!", y es que ¡Invocamos tan poco al Espíritu! ¿Por miedo a comprometernos? Si digo "¡Ven!", ¿hasta dónde me llevará? Quizás ante los tribunales: “Cuando os entreguen a los tribunales, no os preocupéis por lo que vais a decir; será el Espíritu de vuestro Padre quien hable por vuestro medio”[5]. Sí: invocar al Espíritu puede llevar muy lejos, como llevó a los primeros cristianos, y a los mártires y a las vírgenes, y a los confesores, y a todos los que se han dejado encender por él. ¿Y nosotros? Digámosle "¡Ven!", pero no para asegurar una vida tranquila, sino para dar el paso de amor y valentía que el nombre de Cristo nos pide [6] • AE


[1] Cfr. Gen 1, 2.
[2] Hech 2, 9.
[3] Cfr. Jn 4, 5-42.
[4] Id., 16, 13.
[5] Mt 10, 19-20
[6] Cfr. A. Seve, El Evangelio de los Domingos, Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra), 1984, p. 226 ss. 


El pozo de mi alegría


El pozo de mi alegría,
manantial que siempre mana,
eres tú, oh Madre mía,
Iglesia amante guardiana.

Iglesia de Jesucristo,
de fuego en Pentecostés,
en ti está el Verbo que ha visto
en el monte Moisés.

Iglesia, tú eres mi paz,
el perdón de mis pecados;
del Invisible la faz,
hogar de santificados.

Eres mi Pascua florida,
discípula y misionera,
pobre, humilde, agradecida,
de Dios Padre mensajera.

Eres mi casa nativa
en donde quiero vivir,
y de la mesa festiva
todo el amor recibir.

Iglesia, tú eres la herencia,
de Jesús, Dios encarnado,
vocación y convivencia,
banquete del mundo amado.

¡Jesús, el don los dones
gratitud y adoración,
a ti nuestros corazones
con toda la creación! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap.
(Puebla, 30 mayo 2009)

Un fuego y un viento que remueve (Solemnidad de Pentecostés 2018)


El tiempo ha ido pasando y llegó el calor. Vivimos con más sol, con el verano que está a la vuelta de la esquina, con los campos que tienen un color distinto, el del momento de la cosecha, como para hacernos comprender mejor que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto. Y justo esto es lo que celebramos hoy: el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es ese grano, esa semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. Y aquella semilla enterrada dió un gran fruto: la Pascua, lo que hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy terminan. Jesús vive y vive para siempre. Y vive en cada uno de nosotros, y vive en cada comunidad que cree en él; vive en todos los hombres, en cada fruto nuevo de amor que cualquier hombre haga florecer en este mundo, y en cada nuevo progreso solidario que los hombres seamos capaces de levantar. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen: en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado. El fruto que ha dado la muerte de Jesús es -¡debería ser!- como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve, una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo escuchamos en la primera de las lecturas: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Hoy por hoy, en algunos momentos de la vida de la Iglesia hemos perdido el impulso que Juan XXIII y el Concilio nos contagiaron, y tenemos una tendencia a encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús. Hoy que celebramos Pentecostés (y los dieciocho años de sacerdocio de quien ésto escribe) abramonos al Espíritu de Jesucristo, y que Él nos renueve. Que en esta Iglesia y en este mundo a veces tristes, seamos -queramos ser- testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía que vamos a celebrar nos una, una vez más, con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña, para que el grano de trigo dé todo su fruto • AE

El gemelo que no creía (II Domingo de Pascua 2018)




El evangelio llama a Tomás dídimo –el gemelo- nosotros lo conocemos como el incrédulo[1]. Aquel hombre tiene dificultad para creer que Jesús ha resucitado, es una verdad de tal magnitud y de tantas implicaciones, que él no alcanza a aceptarla. Bien por temor o bien por la inmensa alegría que le producía, no cree, y así lo dice. Sin embargo, al regresar el Señor y presentarse nuevamente delante de sus amigos Tomás comprende que aquel que esta frente a Él no es un simple hombre sino el Mesías mismo, el Cristo resucitado que no muere más. Y esa experiencia de Tomás que nosotros podemos vivir, si queremos, todos los domingos en la Eucaristía, es como la gasolina que necesitamos –pa entendernos- para asumir nuestro compromiso cristiano de todos los días, porque quien no comprende quién es Cristo y qué ha hecho por él, no puede comprometerse realmente, y la fe se vuelve entonces una cuestión prescindible. Sin embargo quien se sabe salvado de la muerte eterna no se puede sino cantar las misericordias de Dios, que nos ama desde que éramos pecadores y nos envía a su Hijo para perdonar nuestros pecados[2]. Es así que Tomás cambió, no fue el mismo después de encontrarse cara a cara con el Señor. Tomás se volvió un apóstol convencido y salió del cenáculo para anunciar a Cristo a todo el que quería escucharle… ¡Qué grande necesidad tenemos de hacer esta experiencia de Tomás! Cuando Maximiliano Kolbe se encontraba de pie ante los oficiales nazis y veía cómo condenaban a muerte a un padre de familia a morir, su corazón no se paralizó sino entendió que debía dar su vida como Cristo la había dado por él[3]. Hoy, segundo domingo de Pascua, domingo de la divina misericordia podríamos preguntarnos hasta dónde llega nuestra fe y nuestro compromiso, y qué estamos haciendo por poner a los demás delante del Señor resucitado • AE



[1]Cfr. Jn 20, 24.
[2]Cfr. Sal 88.
[3] El Padre Maximiliano María Kolbe (1894 - 1941) fue un sacerdote franciscano conventual polaco asesinado por los nazis en el campo de concentración Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran propagador de la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Nuestro Dios siempre sorprendente y siempre inesperado (Domingo de Pascua 2018)



La Resurrección no es un mito para cantar romanticonamente el eterno ciclo de la naturaleza que va del invierno a otro invierno pasando por la primavera y el otoño. Tampoco es una fabula nacida de la credulidad y de la frustración de unos pescadores que no entendían nada de nada, ni es un hecho histórico hundido en el pasado. La Resurrección de Jesús es un acontecimiento que sucedió una sola vez: aquel que murió bajo el poder de Poncio Pilato –él y no otro- es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesús vive ya para siempre y no vuelve a morir. La resurrección ciertamente no es un hecho documentado históricamente ni tan siquiera documentable: la tumba vacía de la que nos hablan los evangelistas[1] no es una prueba histórica irrefutable, los incrédulos pueden hallar otras hipótesis más razonables y plausibles. La resurrección no se puede someter a la investigación histórica como las campañas de Julio César o el incendio de Roma. Pero aun cuando no puede ser registrado por una cámara fotográfica, es un acontecimiento real y verdadero para nosotros los creyentes y para aquellos que se dejan sorprender por las maravillas de Dios. [¡Atención!] no estamos diciendo que la resurrección –como afirman muchos autores- sucedió solamente en el interior de un grupo de discípulos, como un acontecimiento puramente subjetivo. No. La resurrección fue justamente lo que hizo posible la fe de aquellos hombres y mujeres y hoy la fe en cada uno de nosotros. En otras palabras: la Resurrección es acción de Dios en Jesucristo que sale al encuentro de la incredulidad y pobreza de sus discípulos: nosotros esperábamos...[2], Si no veo en sus manos la señal de los clavos no creeré[3]. Así,  aunque el relato de las apariciones exprese ya la fe de la comunidad cristiana, esa fe se presenta como una fe fundada en la Resurrección y aunque hay contradicciones y oscuridades en estos relatos (¡Así de maravillosa es la Palabra de Dios!) una cosa resulta clara como el agua: Jesús vive, y vivo y se presenta a sus discípulos. La Resurrección es pues un hecho improbable desde cualquier punto de vista meramente humano, pues está en contra de lo que parece absolutamente cierto, que la muerte acaba con la vida, pero he aquí que cuando las posibilidades humanas se han agotado y todo parece estar oscuro y sin sentido, aparece Dios, siempre sorprendentemente. Y es que si solamente sucediera lo que es siempre es posible, no habría salvación, pero ahora es distinto: ¡Ha sucedido lo imposible! ¡La muerte ha sido vencida! Jesús vive eternamente y  esta novedad supera todas las revoluciones anteriores, y actúa en el mundo para recrearlo desde un nuevo principio. El Apocalipsis pone en boca de aquel que está sentado en el trono una de las frases más esperanzadoras y entrañables de toda la Escritura: Mira que hago un mundo nuevo[4]. Jesús, a quien celebramos hoy en su resurrección, pone delante de nosotros eso: la posibilidad de un mundo nuevo y la esperanza invencible de que la muerte no tiene la última palabra, en realidad la tiene Él, y esto nunca nadie ni nada lo podrá cambiar • AE


[1] Mt 28, 1; Mc 16, 1-4; Lc 24, 1-3, Jn 20,1.
[2] Cfr Lc 24, 13-35.
[3] Cfr. Jn 20, 26-29.
[4] 5, 1.

El grano de trigo y la tierra buena


San Juan pone en boca de Jesús, poco antes de su muerte aquellas palabras tan misteriosas: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace bajo tierra, da mucho fruto[1]. A poco de entrar en el verano, con los campos que tienen ya el aspecto distinto, el de la cosecha es bueno volver a acercarnos a esas palabras del Señor para entender que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto. Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. El que había convertido su vida en una obra constante de amor. Pero, verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto. Es la Pascua. Lo que hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy cumplimos. Jesús vive y vive para siempre. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado. Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto abierto de la Pascua de JC: que él vive para siempre, y que la vida nueva que él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu. Como una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Papa Francisco nos habla de una Iglesia en salida, nos invita constantemente a no encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús[2]. Hoy podríamos pedir al Espíritu una sola cosa: que nos renueve[3]. Que en esta Iglesia y en este mundo más bien tristes en los que vivimos, nos convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía a la que iremos este domingo de Pentecostés nos una con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña • AE


[1] Jn 12, 24.
[2] Cfr. Evangelii Gaudium n. 20, 21; 49.
[3] J. Lligadas, Misa Dominical 1981, 12.

¡Eres Tú!


Como una promesa, eres Tú, eres Tú
Como una mañana de verano
Como una sonrisa, eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú.

Toda mi esperanza, eres Tú, eres Tú
Como lluvia fresca en mis manos
Como fuerte brisa, eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú

Eres Tú como el agua de mi fuente
Eres Tú el fuego de mi hogar
Eres Tú como el fuego de mi hoguera
Eres Tú el trigo de mi pan

Como mi poema, eres Tú, eres Tú
Como una guitarra en la noche
Todo mi horizonte eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú

Eres tu como el agua de mi fuente
(Algo asi eres Tú)
Eres Tú el fuego de mi hogar
Eres Tú como el fuego de mi hoguera
Eres Tú el trigo de mi pan • 

Juan Carlos Calderon y Mocedades