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Atentos y sin sueño (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



El evangelio de éste domingo es una breve y muy sencilla introducción a una de las ideas más originales y geniales de la fe y el pensamiento judeo-cristianos: su concepción de la historia. El pensamiento griego presentaba la historia como un círculo cerrado –una especie de espiral- que se repetía sin cesar una y otra vez y que hacía de la vida del hombre un simple vivir, dejando simplemente pasar el tiempo. El cristianismo en cambio presenta la historia como una línea que siempre va hacia el futuro, y que debe alcanzar una meta. Así, desde la concepción cristiana, el ser humano es alguien que ha de responsabilizarse personalmente de su presencia en el mundo, y de tomar en serio la marcha de los acontecimientos. Nuestra fe cristiana no es ni el opio del pueblo (K. Marx) ni un sinsentido, ni tampoco una mera contemplación estética, sino la fuerza interior que nos lleva comprometernos en la marcha de las cosas que hacen posible que la vida del hombre en esta tierra vaya acercándose a esa situación ideal que Jesús presentó como el Reino de Dios, ese lugar donde hay justicia, fraternidad, libertad, etc. La parábola de la higuera que el Señor menciona como de pasada, como sin detenerse mucho, es n realidad una maravillosa y muy pedagógica invitación a estar atentos, sin sueño, a observar con cuidado, a estar preparados, a interpretar los signos de los tiempos. Cuando las ramas de la higuera se ponen tiernas y brotan las yemas, se sabe que la primavera está cerca, pero que aún no ha comenzado. La palabra cerca es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin para cualquier generación de ayer, de hoy y de mañana [1]. Nos vamos acercando poco a poco al final del año litúrgico, y el evangelio de éste domingo no puede ser –no es, de hecho- una palabra de amenaza, de temor o de miedo; ni un momento de tremendismos ni catastrofismos; se trata de una palabra de esperanza, de  ilusión, de alegría ¡de motivación para trabajar por el Reino de Dios que el propio Jesús nos asegura que no pasará! Jesús triunfará, sí, pero nada dice de ahorrarnos la lucha para conquistar ese triunfo. Al final, lo conseguiremos. ¿Cuándo sucederá?  Cuando nosotros queramos, cuando vivamos al estilo de Jesús, según las bienaventuranzas. Ese día se demostrará que sus palabras no han pasado; mientras tanto no podemos olvidar que el calendario está en nuestras manos, que el tiempo va pasando y que aún tenemos mucho  por hacer • AE

[1] A. Luis Martínez,  Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España), n. 230, Año V, 16 de noviembre de 1997.

También ustedes prearados



Un día la historia –apasionante- de la humanidad se va a acabar, como acabará inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Este domingo, el primero de Adviento, el evangelio ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: vigilad, estad alerta… Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día dormidos. Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?, ¿seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias y accidentales? ¿Le seguimos a él, o hemos aprendido a vivir al estilo de todos? Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de aquellos que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Vivimos a veces ¡ay! Totalmente inmunizados a los gritos del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba; tenemos ojos, pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas como él las miraba ¿Y cómo despertar? Al Señor le preocupaba –digámoslo así- que el fuego inicial de los discípulos se apagara y se durmieran. Es el gran riesgo que corremos los cristianos hoy: instalarnos cómodamente en nuestras creencias, acostumbrarnos al evangelio y vivir adormecidos en la observancia tranquila de una religión apagada: misa del domingo, una nieve a la salida –o guasanas en Aguascalientes- y a casa a ver la tele. Y ya.   No hay más. ¿Cómo despertar? Lo primero es volver a Jesús. No basta instalarnos «correctamente» en la tradición. Hemos de arraigar nuestra fe en la persona de Señor, volver a nacer de su espíritu. Nada hay más importante que esto en la Iglesia. Solo Jesús nos puede conducir de nuevo a lo esencial. Necesitamos, además, reavivar la experiencia de Dios. Lo esencial del evangelio no se aprende desde fuera. Lo descubre cada uno en su interior. Hemos de aprender y enseñar caminos para encontrarnos con Dios. De poco –o nada- sirven las largas y aburridas catequesis o las acaloradas discusiones sobre moral sexual si no despertamos en nadie el gusto por un Dios amigo, cercano, compañero de camino, fuente de vida digna y dichosa. Hay algo más. La clave desde la que Jesús vivía a Dios y miraba la vida entera no era el pecado, la moral o la ley, sino el sufrimiento de las personas. El Santo Padre Francisco no se cansa de repetírnoslo. Jesús no solo amaba a los desgraciados, sino que nada amaba más o por encima de ellos. No estamos siguiendo bien los pasos de Jesús si vivimos más preocupados por la religión que por el sufrimiento de las personas. #Loquetechocatecheca Nada despertará a la Iglesia de su rutina, inmovilismo o mediocridad si no nos conmueve más el hambre, la humillación y el sufrimiento de los demás.  Empezamos pues el tiempo de Adviento. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir vigilantes, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más responsable. Hoy lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación. ¿Por qué no nos detenemos a oír esa llamada urgente de Jesús a despertar? ¿No necesitamos escuchar sus palabras? Todos hemos de preguntarnos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, qué es lo que hemos de cambiar y a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo[1]. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno: Vigilad. Hemos de reaccionar. Si lo hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos» desde lo más hondo de nuestro ser • AE



[1] Pagola, José Antonio, El camino abierto por Jesús. Mateo (eBook-ePub) (Educar Practico) (Spanish Edition) (Kindle Locations 5008-5053). Grupo SM. Kindle Edition.