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¡Qué grande es tu fe, mujer!


¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!

Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.

Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.

¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.

Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 10 agosto 2011

Ente el ruido y el aturdimiento.


Difícil esto de entender la actitud del Señor con ésta mujer cananea. Estamos acostumbrados a un Jesús tierno y cercano que casi siempre se adelanta a las necesidades de los que se le cruzan por el camino. Hoy encontramos a una mujer que pide a Jesús algo pero no para ella sino para alguien a quien quería más que a ella misma: su hija. Jesús sin embargo se resiste, y se resiste duramente, o al menos así parece, se resiste hasta arrancar del corazón de aquella madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio[1]. Tan preciosa que venció totalmente el corazón del Señor. Fue así que llegó el milagro. A lo largo de la vida hemos sentido eso que alguien llamo “el silencio de Dios”: Situaciones inexplicables, incomprensibles, que aparentemente no tienen respuesta [mientras escribimos esto son ya trece las personas muertas por un atentado terrorista en las calles de Barcelona, en España]. A veces nos sentimos como  debió sentirse aquella cananea: rechazados, excluidos. Pero hay que saber ir más allá, y perseverar en la oración ¡Qué bueno es orar! Hoy también. En medio del trabajo, de la prisa; entre el ruido y el aturdimiento, a pesar de las muchas cosas que hay que hacer, por encima de los compromisos sociales y de las diversiones; en los días hábiles y en los de descanso, en el campo y en la ciudad, en casa y en  la parroquia, ¡qué bueno encontrar sitio y un momento para hablar con Él! Los cristianos no podemos existir sin esos momentos de intimidad sincera, calmada y reconfortante, igual que cualquier ser humano apenas puede entenderse sin esos momentos de conversación sincera, pausada y  reconfortante con los otros hombres y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte  ilusiones y proyectos. ¿Es posible imaginar a unos novios que no hablasen nunca, o matrimonios que no tengan nada que decirse? ¿Hay amigos que no tengan frecuentes y largas conversaciones? Si el hombre no habla con aquéllos que le rodean y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de  soledad y de angustia. Los cristianos tenemos un Dios personal con el que compartimos la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que hablamos, con el que contamos, a quien pedimos, como la cananea. Dios y el cristiano son dos amigos que entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto no puede hacerse sin orar. Hoy más que nunca debemos reconquistar en nuestra vida el tiempo y el espacio para la oración, para un encuentro amoroso con Dios; un momento en el que repasemos con Él nuestro modo de entender la vida, nuestro modo de realizarla; nuestras opiniones…nuestro ¡todo! La oración es el momento de acercarnos a su fuerza, a su bondad, a su misericordia, para hacernos poco a poco semejantes a Él. En este vértigo que nos rodea a todos, en la época del ruido y la velocidad, triste cosa es la pérdida del sentido de lo sagrado, el espacio de oración. Pidamos este domingo que Él nos regale el deseo de ponernos en contacto con Él para encontrar la respuesta a lo que pedimos y a  lo que necesitamos en cada momento de esta vida • AE





[1] Cfr. Mt 15, 21-28. 

Confianza, y además infinita



Padre mío,
me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre

La Oración de abandono, (en francés, Prière d'abandon) se originó a partir de los escritos de Carlos de Foucauld (1858-1916), militar y explorador de Marruecos, que se convirtió al cristianismo hacia 1886. Luego de seguir el camino trapense, y anticipando la etapa final de su vida como sacerdote en el desierto de Argelia, redactó un comentario al Evangelio de Lucas que dio posteriormente origen a esta plegaria, síntesis y ejemplo del retorno a la espiritualidad del desierto en el siglo XX. Carlos de Foucauld, murió asesinado en Tamanrasset, en el Sahara argelino. La Oración de abandono no fue redactada originalmente como oración sino como una meditación escrita por su autor. Existen dos manuscritos autógrafos que la contienen. El segundo, una copia en limpio, data del 23 de enero de 1897 en Roma. Por lo tanto, la primera es anterior y probablemente fue escrita en 1896, al final de su estancia en la Trapa de Cheikhlé, un monasterio situado cerca de Akbès en territorio del Imperio Otomano, hoy Siria. Carlos de Foucauld realizó esa reflexión como parte de sus Meditaciones sobre el Evangelio a propósito de las principales virtudes (Méditations sur l'Évangile au sujet des principales vertus), probablemente escrito en 1896, y con seguridad antes del 23 de enero de 1897. Carlos compuso la meditación a partir de un pasaje del capítulo 23 del Evangelio de Lucas, que se inicia con el versículo 34 («Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen») y finaliza en el versículo 46 («Padre, en tus manos pongo mi espíritu»). Es este último versículo, que señala en el Evangelio de Lucas las palabras finales de Jesús antes de su muerte, el objeto principal de su reflexión. La meditación original es la siguiente: «Padre mío, me pongo en vuestras manos; Padre mío, me confío a vos; Padre mío, me abandono a vos; Padre mío, haced de mí lo que os plazca; sea lo que sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco; gracias por todo; estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; os doy gracias por todo, con tal que vuestra voluntad se haga en mí, Dios mío; con tal que vuestra voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos, en todos aquellos a los que ama vuestro corazón, no deseo nada más, Dios mío; pongo mi alma en vuestras manos; os la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque os amo, y para mí es una necesidad de amor el darme, ponerme en vuestras manos sin medida; yo me pongo en vuestras manos con infinita confianza, porque vos sois mi Padre». 

Mon Père,
Je m'abandonne à toi,
Fais de moi ce qu'il te plaira.
Quoi que tu fasses de moi,
Je te remercie.
Je suis prêt à tout, j'accepte tout,
Pourvu que ta volonté
Se fasse en moi,
En toutes tes créatures,
Je ne désire rien d'autre, mon Dieu.
Je remets mon âme entre tes mains.
Je te la donne, mon Dieu,
Avec tout l'amour de mon cœur,
Parce que je t'aime,
Et que ce m'est un besoin d'amour
De me donner,
De me remettre entre tes mains sans mesure,
Avec une infinie confiance
Car tu es mon Père •