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La (alegre) puerta que se abre siempre (VI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Este domingo escuchamos de nuevo palabras desconcertantes de Jesús. Las bienaventuranzas no son una invitación al optimismo ingenuo o a la felicidad fácil, sino una llamada a vivir el sufrimiento, el mal o la persecución en la paciencia y el gozo de  la esperanza. Esa paciencia no es fruto de un ejercicio ascético que nos enseña a vivir las pruebas sin derrumbarnos. Es una paciencia que descansa en la paciencia misma de Dios que nos  acompaña en el dolor o la impotencia de manera silenciosa y discreta, pero buscando  siempre nuestro bien. Dios no se impacienta ante los brotes del mal o de la injusticia, porque para él no hay  prisa ni miedo al fracaso final. Dios sabe esperar. Y es esa mirada paciente de Dios,  cargada de ternura infinita hacia todos los hombres, los que sufren y los que hacen sufrir, la  que pone consuelo y estímulo en el creyente enfrentado a la realidad del mal. Lo mismo que en la paciencia de Dios, también en la paciencia del creyente hay siempre  amor. Un amor al ser humano, que es más fuerte que cualquier presencia del mal o de las  tinieblas. En realidad, ningún mal por cruel y poderoso que sea, puede impedirnos seguir  abiertos al amor. Y el amor -no lo olvidemos- es la única promesa y garantía de felicidad  final. Esta paciencia cristiana no es una actitud pasiva o resignada. Es fuerza para no dejarnos  vencer por la desesperanza, y estímulo para cumplir nuestra misión con entereza y  fidelidad. Esa es la recomendación bíblica: "Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la  voluntad de Dios y conseguir así lo prometido"[1]. Esa paciencia del creyente se alimenta de la confianza en Dios y del abandono confiado en sus manos. Dios, deseado y amado por encima de todo, es el que renueva las fuerzas del hombre aplastado y pone en su corazón una paz que el mundo entero no puede dar[2]. En su carta, Santiago les llama felices a aquellos que sufrieron con paciencia»[3] Esta felicidad no proviene del bienestar o del éxito, sino de la fe en el Crucificado que desde la resurrección nos dice así a todos los que hemos sido probados por el mal: "He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra[4] . AE




[1] Hb 10, 36
[2] J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a S.Lucas. Ciclo C, San Sebastián, 1999, p. 69 ss.
[3] St 5, 11
[4] Ap  3, 8.


La miel y la hien en el día a día (XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



La enseñanza de Jesús sobre la humillación y la cruz es quizá a la que nos resistimos con mayor obstinación. Mientras Jesús camina pensando en los sufrimientos que le esperan, los discípulos van detrás discutiendo sobre quién de ellos era el más importante. Jesús mismo había hecho sus distinciones entre ellos: primacía a Pedro en Cesárea, subida al monte de la transfiguración e ida a la casa de Jairo con Pedro, Santiago y Juan pero luego pondrá las cosas en su sitio: llamará a un niño y lo colocará en medio de los discípulos, en un gesto, como solían hacer los antiguos profetas, para hacerlo centro de atención y modelo para los apóstoles. Y nos pasa lo mismo que a los apóstoles, nos repugna el fracaso, la humillación, la cruz. No acabamos de entender el simbolismo del grano de trigo que tiene que morir para que haya espiga; una espiga que el grano nunca verá[1]. La resurrección tiene una dificultad muy seria para creer en ella: que viene siempre después de la muerte (como la espiga del grano), y nos resistimos a morir a nosotros mismos. Los cristianos de hoy no admitimos ni a un Dios sin gloria ni a un jefe sin prestigio. Nos las hemos ingeniado para camuflar la realidad de Jesús crucificado y hasta inventándonos un Dios que compense nuestras limitaciones: como somos míseros, nos imaginamos un Dios rico; como somos débiles y sufrimos, necesitamos un Dios fuerte e impasible. Olvidamos que Jesús desacralizó el poder, la autoridad, el dominio, el prestigio, el dinero y nos enseñó que para llegar a Dios es imprescindible rechazar todas esas cosas, que basta con amar y servir cada día un poco más, que podemos imitar al Padre, parecernos cada vez más a él, sin salirnos de las ocupaciones diarias, sin cambiar de lugar. Que la omnipotencia de Dios, en fin, es de amor, no de fuerza y de autoridad, que podemos lograr más unas gotas de miel que con un barril de hiel • AE


[1] Cfr. Jn 12, 20-33.