En vísperas de la Nochebuena la liturgia nos pone a la Santísima Virgen María
en el hermosísimo pasaje de su visita a Isabel, la madre de Juan, y en ese
pasaje encontramos la disponibilidad de María, su entrega por los demás. Llena
de la presencia de un mesías que viene a servir, corre a ayudar: encuentra tiempo,
sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses
con ella. No es egoísta. No se encierra
en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. ¿No es exactamente la actitud de
Cristo, que viene a entregarse por los demás? ¿No es también la actitud de un
cristiano y de la comunidad entera: que no sólo crezca en su fe cara a Cristo,
sino que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los más necesitados
de nuestra ayuda? Precisamente porque Ella ha experimentado la cercanía y el
favor de Dios, hemos de aprender de Ella a "visitar" a los demás. La Virgen
Santísima anuncia la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la
Iglesia y de cada cristiano: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante
-hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Si
nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para darlo también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad
que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos. María Santísima es símbolo
de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy.
Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que
nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás •
AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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El evangelio en mis manos (III Domingo de Adviento, Ciclo C)
Qué debemos hacer?" le pregunta la gente al
Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad
y están dispuestos a transformar sus vidas. A nuestro alrededor hoy también se
escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero la realidad es que seguimos
caminando tranquilos, sin siquiera cuestionarnos nuestra propia conducta. Naturalmente,
la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que en algún
momento nuestra fe católica se volvió una religión cultural, incapaz de
provocar una transformación y una orientación nueva de nuestra existencia, lo
digo al menos al ver el panorama a mi alrededor (los Estados
Unidos). Nos preocupan las «fórmulas
de fe» del catecismo pero nos distraemos ante las exigencias de conversión que nos
exige el evangelio. A mi personalmente me sorprende la capacidad que tenemos
para acomodarlo y sobre todo edulcorarlo. Hoy, el tercer domingo de Adviento, es un buen
momento para escuchar no solo la voz del Bautista, sino también la voz lúcida
de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen
conmover hoy a las multitudes pero sin lograr una conversión real a la solidaridad. Son voces incómodas, necesarios. Las grandes preguntas que
hoy podríamos hacernos son, por ejemplo: Cuando estoy solo ¿hablo con Dios?;
cuando nadie me está viendo, ¿Cargo la cruz con serenidad e incluso alegría? ¿Pienso
en los pobres, en los jodidos, en los que nadie quiere, o termino sacándoles la
vuelta? De otra forma ¿Qué sentido podría tener acudir domingo a domingo a la celebración
Eucaristía y no poner en práctica el evangelio? «Quien tenga dos túnicas, que
dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo
(…) No cobren más de lo establecido
(…) No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense
con su salario» • AE
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