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¡Jesús Eucaristía!



Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Vea quién quisiere rosas y jazmines,
que si yo te viere, veré mil jardines,
flor de serafines; Jesús Nazareno,
véante mis ojos, muérame yo luego.

No quiero contento, mi Jesús ausente,
que todo es tormento a quien esto siente;
sólo me sustente su amor y deseo;
Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Siéntome cautiva sin tal compañía,
muerte es la que vivo sin Vos, Vida mía,
cuándo será el día que alcéis mi destierro,
veante mis ojos, muérame yo luego.

Dulce Jesús mío, aquí estáis presente,
las tinieblas huyen, Luz resplandeciente,
oh, Sol refulgente, Jesús Nazareno,
veante mis ojos, muérame yo luego.

¿Quién te habrá ocultado bajo pan y vino?
¿Quién te ha disfrazado, oh, Dueño divino ?
¡Ay que amor tan fino se encierra en mi pecho!
veante mis ojos, muérame yo luego.

Gloria, gloria al Padre, gloria, gloria al Hijo,
gloria para siempre igual al Espíritu.
Gloria de la tierra suba hasta los cielos.
Véante mis ojos, muérame yo luego. Amén.

(Tradicionalmente atribuida a Santa Teresa de Ávila)

Jueves Santo de la Cena del Señor (2018)



El Jueves Santo la liturgia de la Iglesia se detiene con especial cariño a contemplar el misterio de la Eucaristía y el del sacerdocio ministerial que, personalmente, también me parece muy muy (sic) misterioso. En estos dieciocho años que llevo caminando éstos caminos del Señor siempre me he sentido especialmente identificado con aquellos que tienen una fe diferente a la mía, y con aquellos que no tienen fe. Sobre todo con aquellos que dicen no creer en los sacerdotes, los mismos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote- tampoco creo en los sacerdotes. Al llegar ahi es cuando les pido que me dejen explicarme bien. Los sacerdotes no aparecemos por ningún lugar en la Profesión de Fe, ni siquiera en sus formas más antiguas[1]; además no hay texto alguno del Magisterio que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote en particular. En la Iglesia, los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero somos importantes porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil, se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros, los sacerdotes, sucede lo mismo. Lo importante –creo- es poner al Señor en el centro, y allá, en un lugar adecuado, los sacerdotes, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a la gente a llegar hasta el Señor.  ¿Estoy despreciando el sacerdocio ministerial? Idiota sería si lo hiciera, después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido. Me muy siento contento y muy agradecido por el don de mi sacerdocio, y al mismo tiempo avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial pero feliz de serlo pues no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado. Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los sacerdotes señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sí, sucede ¡cuántos pecados tenemos! Pero lo importante de la señal en una carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que marca. En el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de nosotros, sus sacerdotes su misericordia, de manera que cada día nos parezcamos un poquito más a su hijo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote •




[1] Símbolo de San Epifanio, Fórmula de “Clemente Trinidad”, Símbolo del Concilio de Toledo del año 400, Símbolo “quicumque”, etc. Cfr. Denzinger nn. 1-39.


Los letreros, el camino y los sacerdotes.


Con el amor que llevo en el corazón –el mismo corazón con el que amo a mis papás, a mis amigos, a mi comunidad- amo a mi madre la Iglesia, la católica. Nací en ella y en su seno quiero llegar al fin de mi camino. Eso no quita que tenga amor también a otros credos. Me siento identificado con quienes tienen otra fe que no es la mía, y, hombre de poca fe que soy a ratos, especialmente con aquellos que no tienen fe, sobre todo con los que dicen no creer más en los sacerdotes, los mismos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote desde hace dieciséis años- tampoco creo en los sacerdotes. Aún más: les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos en la Profesión de Fe, y que incluso no hay texto alguno del Magisterio de la Iglesia que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote concreto. No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- haya personas que nos quedamos muy lejos de lo que se espera de nosotros. Los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién lo nota? El tema va mucho más allá. Yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Personalmente pienso que sí. Los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero importantes somos porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar, no por lo que valemos por nosotros mismos. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros ocurre lo mismo. En el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De más termina en clericalismo, enfermedad terrible de los que creen que los sacerdotes somos todo y nos elevan a niveles insospechados de santidad y perfección. El clerical es el que en lugar de fiarse ante todo y sobre todo de Jesucristo, se fía ante todo y sobre todo del sacerdote. Y claro, luego vienen las desilusiones, porque los sacerdotes somos de carne y hueso. En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo, porque dicen que no les gustan los sacerdotes. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático. In medio, virtus. Jesucristo en el centro, y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a llegar a Jesús, los sacerdotes. ¿Estoy despreciando a los sacerdotes o el sacerdocio ministerial? ¡No! Idiota sería después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido. Me siento contento y agradecido con Dios por el don de mi sacerdocio. Me siento, sí, también, muy avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial, pero al final del día feliz de serlo. Pienso que no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado. Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los sacerdotes señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sin duda ¡Y cuántos pecados tenemos! Sin embargo lo importante de una señal de carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca. El Jueves Santo, el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias; suba nuestra oración como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de Sus sacerdotes su misericordia, para que cada día nos parezcamos más a su hijo, Sumo y Eterno Sacerdote • AE