Quizá hemos ido olvidando poco a poco, con el paso de los años, los usos, las costumbres, la cotidianidad, que cuando nos reunimos para la celebrar la eucaristía lo principal, lo importante es sumergirnos (sic) en Jesús, en sus palabras, en su ejemplo de vida, en cómo reacciona a lo que se le presenta. En la Eucaristía encontramos el pan y del vino, que expresan para nuestra fe la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Pero no podemos quedarnos en los signos ni tan sólo en la realidad que expresan, si todo ello no lo referimos a la misma persona del Señor vivo y resucitado. La eucaristía no es el memorial de un predicador, o de un fundador de una religión, o de un hombre que hacía milagros. Ni tan sólo el de un hijo de Dios que se hubiese paseado por el mundo. La Eucaristía es el memorial del Hombre Dios que murió de manera violenta. Por eso hablamos de su carne colgada en una cruz (1), por eso hablamos de la sangre derramada hasta el fin (2). Y al mismo tiempo la Eucaristía es también un acto de fe en la resurrección, en la de Jesús y en la propia. Es lo que hemos leído en el evangelio de hoy: hay una carne y una sangre que son comida y bebida que dan vida, por eso utilizamos estos signos sencillos que expresan comunicación de vida: el pan que alimenta y el vino que alegra (3). Comulgamos en la vida del Señor, en una vida que creemos es una realidad, una fuerza. Creemos que él es la Vida, la Fuerza, el Camino ¿Realmente lo creemos? La Misa también es lucha y entrega: pedimos perdón en el acto penitencial, levantamos el corazón al inicio de la plegaria eucarística, recibimos en la Comunión y sobre todo -la parte difícil- estamos invitados a vivirlo en el día a día, en el camino cotidiano. Que el Espíritu de Dios nos ilumine esta mañana de verano y nos ayude a recordar lo esencial, lo importante; que su fuego encienda en nuestras mentes el deseo de no olvidar el precio de nuestra redención: la muerte del Señor en la cruz • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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Carne y Sangre: comida y bebida (XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)
Quizá hemos ido olvidando poco a poco, con el paso de los años, los usos, las costumbres, la cotidianidad, que cuando nos reunimos para la celebrar la eucaristía lo principal, lo importante es sumergirnos (sic) en Jesús, en sus palabras, en su ejemplo de vida, en cómo reacciona a lo que se le presenta. En la Eucaristía encontramos el pan y del vino, que expresan para nuestra fe la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Pero no podemos quedarnos en los signos ni tan sólo en la realidad que expresan, si todo ello no lo referimos a la misma persona del Señor vivo y resucitado. La eucaristía no es el memorial de un predicador, o de un fundador de una religión, o de un hombre que hacía milagros. Ni tan sólo el de un hijo de Dios que se hubiese paseado por el mundo. La Eucaristía es el memorial del Hombre Dios que murió de manera violenta. Por eso hablamos de su carne colgada en una cruz (1), por eso hablamos de la sangre derramada hasta el fin (2). Y al mismo tiempo la Eucaristía es también un acto de fe en la resurrección, en la de Jesús y en la propia. Es lo que hemos leído en el evangelio de hoy: hay una carne y una sangre que son comida y bebida que dan vida, por eso utilizamos estos signos sencillos que expresan comunicación de vida: el pan que alimenta y el vino que alegra (3). Comulgamos en la vida del Señor, en una vida que creemos es una realidad, una fuerza. Creemos que él es la Vida, la Fuerza, el Camino ¿Realmente lo creemos? La Misa también es lucha y entrega: pedimos perdón en el acto penitencial, levantamos el corazón al inicio de la plegaria eucarística, recibimos en la Comunión y sobre todo -la parte difícil- estamos invitados a vivirlo en el día a día, en el camino cotidiano. Que el Espíritu de Dios nos ilumine esta mañana de verano y nos ayude a recordar lo esencial, lo importante; que su fuego encienda en nuestras mentes el deseo de no olvidar el precio de nuestra redención: la muerte del Señor en la cruz • AE
Cansados del camino (XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).
Elías es uno de los grandes
profetas de Israel pero antes que eso es un hombre de carne y hueso que vive momentos difíciles, tantos y tan perturbadores que llega un momento en pide a Dios
la muerte, su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta que
escuchamos en la primera de las lecturas de este domingo bien podría describir situaciones por las
que a veces atravesamos los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces
insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos
conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia
atrás? En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede
escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y
beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas
con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recuerda el ánimo
tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda
la vida, hasta llegar al monte de Dios. Los creyentes tampoco podemos recorrer
toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en
ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida.
A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de
los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a
veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión
de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir
nuestra fe en circunstancias difíciles? Este episodio nos ayuda a entender el
mensaje del evangelio, que hemos proclamado y escuchado. Jesús es el pan que
baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho
más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las
fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que
procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así
podemos vencer el desaliento los creyentes. El pan que yo daré, dice Jesús, es
mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que hemos ido durante
varios domingos termina con éste anuncio de la eucaristía que resume el
misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la
muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la
eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento
de nuestra fe". Porque en la eucaristía expresamos y celebramos nuestra
fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la eucaristía deviene así
el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe • AE
Bostezos y realidades (XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).
Revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios en la
justicia y en la santidad de la verdad. Es
el consejo de San Pablo a los cristianos de Éfeso[1].
Invertimos fortunas en operaciones estéticas y en tratamientos para eliminar
arrugas, grasas y tratar de arreglar envejecimientos que vienen con el natural
paso de los años y en vestir a la última moda y en viajar como si el mundo se fuese
a acabar. En realidad, sí que se va a acabar, pero ¿vale la pena vivir así? Con
todo, hay un modo, -que no moda, - de mantenerse en eterna juventud: vistiendo
la nueva condición humana creada a imagen de Dios, el eternamente joven: la
justicia y santidad verdaderas. Frente a lo mucho que gastamos para estar en forma,
están el hambre y la necesidad de millones de personas, de esos que viven en lo
que muchos llaman “tercer mundo”, (si bien en humanidad muchas veces supera al
primero, tan injustamente insolidario). Y más grave aún es el hambre de vida
autentica, de sentido de lo sagrado, de sentido lo trascendente. La respuesta a
todas las insatisfacciones que los humanos llevamos por dentro nos la da el
Señor en el evangelio de este domingo: Yo
soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca
tendrá sed[2]. Hoy
por hoy buscamos a toda costa ser libres, pero nadie nos dice que la libertad -y
la paz, y la alegría- no está en el consumismo, ni en el vivir sin compromisos.
La paz está donde está el Espíritu del
Señor[3].
El diagnostico que alguien podría hacer de nosotros los cristianos sería que no
somos ni felices ni libres, que como los israelitas soñamos con las ollas de
carne y el pan de Egipto[4],
¿cuándo será el momento de volver a Jesús y de encontrarnos con Él? ¡Cuánto
bien nos hace volver a leer las palabras del santo Padre Francisco al comienzo
de su Evangelii Gauidum! «Invito a cada
cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora
mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de
dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón
para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda
excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo
defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya
esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a
Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor,
pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito.
Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores».
¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más:
Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de
acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete»
nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus
hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este
amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a
empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede
devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos
declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos
lanza hacia adelante!»[5] •
AE
[1] Efe 4, 17.20-24.
[2] Jn 6, 24-35.
[3] 2 Cor 3, 17
[4] Cfr. Ex 16, 2-4. 12-15.
[5] Papa Francisco, exhortación apostólica
Evangelii Gaudium, n. 3. El texto completo
puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
Dar, orar y recibir (XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).
Durante los próximos domingos vamos a escuchar en el evangelio el hermoso discurso del Pan de Vida recogido en el capítulo sexto del evangelio de san Juan. El primer momento de éste discurso es la entrañable escena de la multiplicación de los panes y los peces. La gente seguía a Jesús con hambre y él quería que todos comieran. “¿Con qué compraremos panes para todos?" se preguntan, y lo mismo nos decimos unos a otro cuando vemos a tantas personas –cerca y lejos- que pasan necesidad en el cuerpo y en el espíritu. Y de pronto, de entre aquella multitud, aparece un niño que tiene algo, poco, pero que lo pone al servicio de los demás. Para él tenía suficiente, pero lo entrega por si sirve de algo, ¡Y vaya que sirve! En la primera lectura, tomada del segundo libro de los Reyes, oímos la misma expresión de Jesús pero en boca de Eliseo: “Dáselos a la gente para que coman”. En el evangelio Jesús toma los panes en sus manos, dice la acción de gracias al Padre, y empieza a repartir. Entre nosotros sigue habiendo gente que reparte y también gente que ora. Ser cristiano es hacer ambas cosas a la vez: repartir y orar. Muchos que quieren ayudar a los demás pero sin hacer oración, terminan cansados, y aquellos que oran sin repartir se quedan en una oración vacía entre las manos… ¡Ay si el Espíritu de Dio nos ayudara a alcanzar el equilibrio entre la acción y la contemplación! #MartayMaría En el día a día, al ayudar a los demás, no se trata de hacerlo en medio de grandes banquetes, sino de crear encuentros y ambientes de paz y de serenidad donde la ayuda fraterna crezca poco a poco. La Eucaristía que estamos celebramos hoy, el domingo, es un adelanto de la cena de la Pascua definitiva del pan del cielo que es para todos y dura por siempre: O sacrum convivium in quo Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur (Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura), canta un antiguo himno eucarístico, y nosotros le pedimos al Señor que nos ayude a repartir su pan y, antes, que lo recibamos a él con amor y gratitud • AE
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