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Luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel (en la fiesta de la Presentación del Señor)


Qué alegría celebrar en domingo la fiesta de la Presentación del Señor en el templo de Jerusalén y la purificación de la Santísima Virgen María! Fiesta antiquísima que la Iglesia de Jerusalén celebraba ya en el siglo IV, la fiesta del Encuentro ¡Vaya nombre más significativo y expresivo! ¡Nos recuerda el encuentro del Ungido de Dios, Jesús, con su pueblo! [1] En el evangelio de hoy escuchamos el Nunc Dimittis, el Cántico de Simeón, y ahí Cristo es presentado como "luz para iluminar a las naciones"[2], por eso este día es llamado también día de la Candelaria. Los dos viejos, maravillosos y llenos de amor y ternura, Ana y Simeón, son representantes dignos de la raza elegida, pero simbolizan también los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres de la antigua alianza, y también la esperanza y el anhelo de la raza humana. Al revivir este misterio, la liturgia de Iglesia da de nuevo la bienvenida a Cristo ¡Este es el verdadero sentido de la fiesta: es la fiesta del Encuentro, el encuentro de Cristo y su Iglesia! Así lo canta ese precioso himno, el Adorna thalamum:

Oh Sión, adorna tu cámara nupcial
y da la bienvenida a Cristo el Rey; 
abraza a María, porque ella es 
la verdadera puerta del cielo,
y te trae al glorioso Rey de la luz nueva[3].

Contemplamos también cómo la Virgen pone a su hijo en los brazos de Simeón, y al hacerlo, no solo lo ofrece al Padre, sino también al mundo, representado por aquel anciano. De esa manera, ella representa su papel de madre de la humanidad, y se nos recuerda que el don de la vida nos vino a través de María: Salve, radix, salve, porta Ex qua mundo lux est orta[4] ¡Qué profunda conexión entre este ofrecimiento y lo que sucederá en el Gólgota! Todo comenzó con el fiat María. Esta celebración, en fin, prefigura muchísimas cosas, pero quizá la más importante sea la invitación a detenernos un momento y a pensar en encuentro final con Cristo, en su segunda venida[6]. San Sofronio, lo decía estupendamente: "Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios"[7] • AE


[1] En griego la fiesta es conocida como el Hypapante
[2] Cfr. Lc 2,22-40.
[3] Este himno -Adorna thalamum- es habitualmente cantado en la procesión de las velas. Cfr. también el responsorio de después de la primera lectura en la Liturgia de las horas.
[4] Salve raíz, salve puerta,
que dió paso a nuestra luz 
(Himno Ave María caelorum
[5] Cfr. Lc 2,34-35. 
[6] Cfr. V. Ryan, Adviento-Epifanía, Ed. Paulinas, Madrid, 1986, pp. 119-125.
[7] Patriarca de Jerusalén desde el 634 hasta su muerte en el año 638.

El brote y el Espíritu (II Domingo del Tiempo de Adviento. Ciclo A).




Maestro medieval anónimo, Arbol de Jesé: detalle de la vidriera del Rey David, Metropolitan Museum of Art (New York)


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La primera de las lecturas de éste segundo domingo del tiempo de Adviento es de una belleza extraordinaria. Está tomada del libro del profeta Isaías que canta la preciosa historia de aquella rama que saldrá del tronco de Jesé, el retoño que brotará de sus raíces; una imagen muy popular y muy querida en la espiritualidad del pueblo de Israel. Cuando se habla de felicidad, se hace referencia a un árbol floreciente, y cuando habla de desgracia a un árbol seco reducido al tronco ¿No sucede lo mismo en el jardín de nuestra alma? De ese tronco casi muerto sale una pequeña yema, un brotecillo endeble, una ramita frágil. El Mesías que viene, como «resto de Israel» escapado de la prueba, ha de surgir de la pobreza y del sufrimiento y es ese pequeño brote. Jesús será perseguido desde su nacimiento y morirá mártir. También la Iglesia vive constantemente en la prueba. ¿Creo yo en el poder de Dios, capaz de hacer surgir la vida desde lo profundo de las situaciones más desesperadas? ¿Cómo es mi esperanza? Más adelante el texto dice que reposará sobre él el Espíritu Santo del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor . Nosotros... los que tenemos que ser prolongación de Cristo ¿Es éste nuestro espíritu? ¿Qué voy a hacer, hoy, para dejarme conducir por el Espíritu? También del Mesías se dice que “no juzgará por las apariencias, sino que juzgará con justicia a los débiles, y dictará sentencia con rectitud a los pobres del país”. Yo ¿les ayudo, les defiendo? Vino Jesús, y vino sin armas, servidor sin corona. Hoy viene al corazón de aquellos que lo esperan. El lobo habitará con el cordero; ¿y el hombre con el hombre? ¿El hermano con su hermano? ¡Hay tanto por perdonar, por acercarnos, por unir! ¿Por qué no empezar hoy animados por el Espíritu del Mesías? • AE


Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Univderso (C)



La liturgia de la Palabra de este domingo, el último del tiempo ordinario, nos ayudan a poner la mirada en Jesús. La primera lectura y el salmo nos recuerdan el anhelo del pueblo de Israel de tener a alguien que condujera al pueblo y le diera alegría y seguridad y el rey David y la ciudad de Jerusalén estarán por siempre en el recuerdo del pueblo como el momento en que este anhelo se realizó de una manera más plena. Pero ciertamente, aquella realización era insuficiente. La segunda lectura, con palabras gozosas y entusiastas, proclama que Jesús es quien realmente nos guía y conduce hacia los deseos más plenos, él es el punto de referencia de toda la humanidad liberada. Pero es en el evangelio donde mejor podemos ver quién es realmente este Jesús en quien hemos de poner nuestros ojos: aquel que tiene como única arma y escudo el amor, aquel que muere en la cruz por amor, aquel que en la cruz se preocupa personalmente de aquel que está muriendo con él a su lado. El prefacio, esa oración llena de poesía que precede la plegaria eucarística, nos invita este domingo a reflexionar sobre el objetivo final de todo: que la humanidad se convierta en Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz.... ¡Cuánta fuerza hay detrás de cada una de estas palabras! Y qué claro queda que no hay otra manera de llegar a él que la manera de Jesús, que es la de vivir teniendo como única arma y escudo el amor. Uno de los detalles que hacen del evangelio de hoy una auténtica joya, es observar con cuidado que todos reclaman a Jesús se salve a sí mismo, considerando que el hecho de no hacerlo lo convierte en un farsante y un perdedor. Se lo dicen las autoridades, se lo dicen los soldados, se lo dice el otro de los dos condenados. Es la consigna. Y, efectivamente, esta es la consigna del mundo: la medida del valor de una persona es su capacidad de ser poderoso y prestigioso, de evitar todo tipo de fracasos. Y Jesus guarda silencio. Al final, las únicas palabras que dice son las únicas que le interesan: el consuelo definitivo para el ladrón arrepentido, para aquel hombre que no espera milagros sino sólo un poco de comprensión y ternura. Esta fiesta tan entrañable y tan bonita puede y debe conducirnos a amar más a Jesús, porque vemos que él es amor para con los débiles de toda clase, y debe llevarnos a un buen examen de concencia, a preguntarnos valientemente cuántos esfuerzos dedicamos a salvarnos a nosotros mismos y cuántos a los demás. El Señor no hizo valer nunca ningún derecho, no quiso ahorrarse ninguna dificultad, no pretendió imponer ninguna ley. Jesús se limitó a amar infinitamente, y a amar más a los desgraciados de cualquier tipo ¿podríamos hacer tú y yo lo mismo? • AE

¿De dónde me vendrá el auxilio? (XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



El pasaje que escuchamos en la primera de las lecturas de éste domingo es precioso, y elocuente. En la batalla contra los enemigos, Moisés oraba a Dios pidiéndole su ayuda. Mientras él mantenía los brazos elevados, los israelitas llevaban las de ganar. Si él aflojaba en su oración, sucedía al revés. No es un gesto mágico. Es un símbolo de que la historia de este pueblo no se puede entender sin la ayuda de Dios[1]. Quizá hoy no nos resulta muy espontánea esta convicción, porque valoramos más la eficacia, los medios técnicos, el ingenio y el trabajo humano; en otras palabras: pareciera que no necesitamos a Dios para ir construyendo el mundo, sin embargo no podemos olvidar las palabras del Señor: "sin mi no podéis hacer nada"[2]. El salmo de la liturgia de éste domingo hoy nos invita a poner un poco de orden en medio de todas nuestras seguridades: "Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde me vendrá el auxilio? ¡El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra!"[3]. Orar es reconocer la grandeza de Dios y al mismo tiempo nuestra debilidad, y orientar la vida y el trabajo según Dios. En el evangelio el Señor habla de la importancia de la oración en nuestra vida. En su parábola -¡tan simpática!- el juez no tiene más remedio que conceder a la buena mujer la justicia que reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, con una oración también de petición y perseverante, una oración confiada, una conversación en la que no se trata convencer a Dios más bien de encontrar motivos nuevos en nuestra visión de la historia –la historia personal- y entrar en comunión con Dios, porque Él quiere nuestro bien, más que nosotros mismos. La oración nos ayuda a sintonizar con Él, a confiar en Él ¡A aguantar el chaparrón! ¡Cuánto bien nos hace hablar con Dios sobre todo lo que pasa alrededor, reconociendo nuestra debilidad y esperanzo todo de su grandeza y de su providencia! • AE




[1] Cfr. Ex 17, 12.
[2] Jn 15, 5.
[3] Salmo 121.

Volver a empezar (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)


En una conversación entre Paul Ricoeur y Gabriel Marcel, decía el primero: «Me he encontrado durante años en la situación extremadamente singular de un hombre que cree profundamente en la fe de los demás y está perfectamente convencido de que esa fe no es ilusoria, pero que, sin embargo, no se siente con fuerzas o con derecho para hacerla propia»[1]. Hoy esta experiencia no es tan rara como pudiera parecer. Son bastantes los que aprecian la fe de sus amigos, incluso la envidian quizás, pero sienten que, honradamente, no pueden adherirse a esa misma fe. Sienten que su fe está bloqueada. Falta una comunicación real con Dios. No saben cómo encontrarse de nuevo con Él. Se hace imposible toda relación. Algo parece haber muerto en su corazón creyente. Durante muchos años han vivido la fe como un deber. Hoy la sienten, quizás, como un estorbo que les impide vivir intensamente la experiencia humana. ¿Es posible desbloquear esa fe amenazada de muerte? ¿Es posible descubrirla de nuevo en el fondo de nuestro ser como una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra existencia? ¿Creer de nuevo en «esa dulce y secreta intuición» -como decía Rilke- de un Dios que no está lejos de ningún viviente y cuya ternura salvadora puedo experimentar yo mismo? Sin duda, todo lo que es importante en nuestra existencia es siempre algo que va creciendo en nosotros de manera lenta y secreta, como fruto de una búsqueda paciente y como acogida de una gracia que se nos regala. En concreto: nuestra fe puede comenzar a despertarse de nuevo en nosotros, si le decimos al Señor las mismas palabras de los discípulos: “Auméntanos la fe”. Puede parecer una oración demasiado pobre, modesta y de poco prestigio. Una oración dirigida a Alguien demasiado ausente e incierto. Lo que importa es que sea humilde y sincera. Cuando uno lleva mucho tiempo decepcionado por la religión e incluso distanciado interiormente de la Iglesia, cuando uno no puede creer en Dios porque su silencio se le ha hecho muy grande, tal vez, sólo esta oración humilde puede devolvernos a la fe viva. En medio de muchas dudas, este grito, repetido sinceramente, puede hacernos dudar de nuestras propias dudas y puede ayudarnos a descubrir de nuevo al Señor como fuente de vida. Lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino la amistad con Aquel que está siempre en el corazón del hombre. Siempre[2]. En las palabras del Santo Padre Francisco resuena esta misma idea: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[3]• AE


[1] Paul Ricoeur (1913 - 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica. Su pensamiento se ubica en la misma tradición que otros notables pensadores como Edmund Husserl y Hans-Georg Gadamer. Gabriel Marcel (1889-1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.​
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 351 ss.
 [3] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 3; el texto completo de la exhortación puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html 


Nuestro Dios: el que enamora, encandila y seduce (XIII Domingo Ordinario. Ciclo C)



Qué aburridos resultan nuestros sermones cuando los predicadores nos desgañitamos invitando a la asamblea a vivir como cristianos.  Poco nos preguntamos por qué tanta desproporción entre el esfuerzo y los resultados. La tarea de anunciar el Reino no es fácil, cierto, el Maestro tuvo incluso dificultades: tenía un grupo reducido y éstos le abandonaron en los últimos momentos. El mensaje es exigente, y si escondemos o suavizamos esa exigencia, traicionamos el mensaje. Pero como el mensaje no es nuestro, sino que nos viene dado, no podemos alterarlo. Ahora bien, sí que podemos, en vez de intentar imponerlo, presentarlo, ofrecerlo; como hacía Jesús, cuyas exigencias hay que entenderlas más como una súplica que como una obligación: “Sigue siendo cristiano, no te desanimes, sigue en la lucha; yo estoy contigo”. Jesús conoce mejor que nadie los muchos enemigos que nos asaltan en el camino: el dinero, la fama, la seguridad, el prestigio, el deseo de pertenencia a cierta clase social. Por eso no impone: ruega y suplica, invita y ayuda, dejándonos siempre en completa libertad de elegir. Decía Pío XII que la buena voluntad no basta, que no suple la eficacia. Es verdad. Los cristianos hemos de tener buena voluntad, pero al mismo tiempo buscar medios adecuados para el Reino, preguntándonos constantemente qué vale la pena y qué no, y cómo interesar a quienes nos escuchan. Quizá el quid esté en recordar constantemente que nuestro Dios no obliga y ni exige, sino que nos ama y nos da su vida sin esperar a cambio otra cosa más que nuestra aceptación de su don. Que Él no nos mira vigilante y airado, ni nos pide cuentas malhumorado cuando caemos en el egoísmo, sino que, en el colmo de la delicadeza (de la que sólo son capaces quienes están locamente enamorados), nos pregunta: "Hijo, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme"[1]. Que Dios no nos destruye cuando nos apartamos de Él, sino que reitera su llamada para que sigamos su camino. En el evangelio de hoy escuchamos cómo Jesús reprende a quienes querían hacer bajar fuego del cielo para destruir aquella aldea samaritana poco hospitalaria[2]. Hoy podemos recordar que Dios no necesita nuestro cumplimiento cabal para sentirse "más Dios", y luego agradecernos nuestros buenos servicios. No. Él nos ha amado primero, nos ama desde siempre, nos amará por siempre, y no por nuestros méritos o por nuestras buenas obras, sino por puritito (sic) amor. Buena cosa es tener pues siempre presente que Dios no nos mira desde la lejanía y la distancia; si nosotros éramos indignos de su amor (¡y lo éramos!), envía a su propio Hijo para que se haga uno de nosotros y amarnos con el amor que ama a su Hijo[3]. Dios no nos propone un plan caprichoso y extraño para medir nuestra fidelidad: Él quiere que seamos personas que alcancemos el límite de nuestras posibilidades, pero respeta nuestra libertad para aceptarlo o no; y, aunque le demos la espalda, nos sigue queriendo y sale cada día a los caminos de la vida, con los brazos abiertos, por si nos ve en el horizonte y salir corriendo para tomarnos en sus brazos[4]. Este es el Dios que hemos de dar a conocer, el Dios en quien hemos puesto nuestra fe. Los sacerdotes somos los primeros que deberíamos predicar a este Dios que nos llama a caminar hacia la libertad; los primeros en invitar a descubrir en nuestro corazón el amor de Dios; los primeros en enamorarnos de Él, como Él está enamorado de nosotros. Todo lo demás vendrá solo. Por eso, más que atosigar a la asamblea con el mismo sermón, nuestra tarea es acompañar en el descubrimiento de ese Dios que enamora, encandila y seduce. Solamente por amor seremos capaces de movernos; sólo por amor seremos capaces de seguirle; sólo por amor seremos discípulos. Lo demás, todo lo demás, será un admirable y titánico esfuerzo; pero en realidad dará muy pocos resultados[5]. Estar enamorado de Dios ¡eso es otra cosa! Quien lo vive, lo sabe; quien no lo vive... que abra su corazón, y sabrá lo que es bueno • AE


[1] Mi 6,3. Este es uno de los célebres improperios (en latín Improperia), es decir, los versículos que se cantan en el oficio de la tarde del Viernes Santo en la Iglesia católica, durante la ceremonia llamada "Adoración de la Cruz". La palabra latina improperium significa «reproche». ​ Los Improperios son, de hecho, los reproches de Cristo a su pueblo que lo ha rechazado. Puesto que a cambio de todos los favores concedidas por Dios, y en particular de haberlo librado de la servidumbre en Egipto y haberlo conducido sano y salvo a la Tierra Prometida, le ha infligido las ignominias de la Pasión. Es durante La Adoración de la cruz, después de las diecisiete oraciones, que estos improperios se decían por el coro. A cada favor de Dios en el libro del Éxodo se oponía un episodio de la Pasión de Cristo. El coro repetía como estribillo la aclamación griega "Hagios o Theós" (Ἅγιος ὁ Θεός), de forma más precisa alternando el griego y el latín, en doble coro.
[2] Cfr. Lc 9, 51-62.
[3] Cfr. Jn 3, 15.
[4] Lc 15, 11-31.
[5] L. Gracieta, Dabar, 1989, p. 35.

¡Este es el día en que actuó el Señor! (Domingo de Pascua 2019)



Taller de Rogier van der Weyden, Cristo se aparece a su Madre, (s. XV), 
óleo sobre madera, National Gallery (Londres).
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Este es el día que hizo el Señor! Así canta llena de gozo la liturgia de la Iglesia en la mañana de Pascua[1]. Este es el día de triunfo, de gloria, de promesas cumplidas. Es Domingo de Pascua, es el día que hizo el Señor, es el día de los cristianos. Este día irrumpe sin que nada ni nadie pueda detenerlo para que, como decía San Pablo, no seamos los más miserables de los hombres ni sea vana nuestra fe[2]. El sepulcro vacío, sin cadáver, es una llamada a la esperanza, porque el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos[3], es un Dios que nos quiere felices que quiere que los hombres seamos hombres de verdad, capaces de comprender a los demás, de compartir con todos la alegría y el dolor, la escasez y la abundancia, los proyectos y las decepciones; un Dios que quiere que vivamos en una libertad porque Él murió y vivió precisamente para que seamos libres, con una libertad como nada ni nadie puede darnos, fundamentada en la verdad[4]. Triste es el espectáculo de un cristianismo duro, aburrido, intolerante y hasta cruel que tanta veces hemos dado. Hoy es un día de buenas y alegres noticias, de esas que tanto necesita el mundo; hoy es el día para recordar que Él camina con nosotros en el día a día. ¡Este es el día que hizo el Señor! Un día que no se termina cuando terminamos de cantar el Gloria y el Aleluya en la liturgia, un día que se repite domingo tras domingo, un día que nos llama a ser testigos. Sí: testigos. La resurrección necesitó de ellos en su momento; los necesita hoy también: los cristianos. Cristianos alegres y entusiasmados que dan su mejor esfuerzo y su mejor testimonio. Y no olvidemos a María. Si el mundo tiene esperanza, es porque una mujer dijo sí. El fiat de María nos trajo la redención, la esperanza gozosa de que nada está perdido, que Jesucristo vive para siempre[5] • AE


[1] Cfr. Salmo 117.
[2] Cfr. 1 Cor 15, 14.
[3] Cfr. Lc 20, 38.
[4] Cfr. Jn 10, 10.
[5] Ana M. Cortés, Dabar 1993, n. 24.


¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! (IV Domingo de Adviento)



Cuarto domingo de Adviento y cuarta vela encendida en la Corona ¡Despierta Iglesia del Señor, que llega el Esposo! ¡Aviva tus lámparas y sal a su encuentro! Descubrirás a María de Nazaret, estrella hermosa que anuncia el día, aurora luciente del amanecer de Cristo. Hoy entra María por la puerta grande en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas, cronista de la Infancia que nos ayuda a acercarnos al Misterio para mostrarnos el retablo viviente de Nazaret: la anunciación de Gabriel, el consentimiento de María, la venida del Espíritu y la concepción virginal del Verbo. Y en medio  el anuncio y el nacimiento de Juan el Bautista, con el himno mesiánico de su padre Zacarías y el hermosísimo encuentro entre María y su prima Isabel, con el asombroso Magnificat. En este ultimo domingo de Adviento tres palabras se cruzan en el corazón humano, la espera, la esperanza y la expectación, esa tensión alegre del espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; como la que sintieron el anciano Simeón y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al Salvador; la que vivieron José y María, buscando un lugar en Belén y la que sienten quienes buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par: ¡Ven, Señor Jesús! La expectación está muy cerca del asombro, que es precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, y abre el canto gozoso de las antífonas del Oficio de Vísperas de la Liturgia de las Horas en los siete días anteriores a la Navidad: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!» Y por supuesto María de la O, María del asombro, del estupor sagrado y de la contemplación del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! • AE

Las Antífonas de la O.


Las célebres antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta junto con el Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador. Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores». Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de la Iglesia del Nuevo. En realidad son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven» Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento pero entendido con la plenitud del Nuevo. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

O Sapientia = sabiduría, Palabra

O Adonai = Señor poderoso

O Radix = raíz, renuevo de Jesé (padre de David)

O Clavis = llave de David, que abre y cierra

O Oriens = oriente, sol, luz

O Rex = rey de paz

O Emmanuel = Dios-con-nosotros.


Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles • J. Aldazabal, Enséñame tus caminos. 1. Adviento y Navidad día tras día,  Barcelona, 1995, p. 70 ss.

¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!


Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven, ven, que te esperamos.
Ven, ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche,
el mundo, sin paz, no ve;
buscando va una esperanza,
buscando, Señor, su fe.

Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta cielo,
al mundo le faltas tú. Amén.

Del Oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas 
para el tiempo de Adviento.


¿Y la verdadera alegría?


Francisco de Goya, El entierro de la sardina (1812-1819), óleo sobre tela,
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, (Madrid)
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Chesterton pone en boca de su personaje más famoso, el Padre Brown, una frase que siempre me ha gustado mucho: “La alegría es el gigantesco secreto del cristiano"[1]. Sí: nuestra fe cristiana es una gran fuente  de alegría. Verdad vieja. Tan vieja como las cartas de S. Ignacio de Antioquia, que incluso cuando ya se sabía trigo de Cristo, se dirigía a sus fieles deseándoles "muchísima alegría”[2]. En el mundo también hay alegría, es cierto; pero una alegría que dura poco. Alegría del tipo que pone al mundo ante las diversiones más estúpidas o menos dignas. La fuente de nuestra perenne alegría debe brotar más hondo: la alegría viene de un fondo de serenidad que hay en el alma. El motivo de nuestra alegría es porque Dios está cerca y porque viene a nosotros como Salvador, como Libertador. Aquí está la raíz de nuestra alegría: en que hemos sido rescatados del poder del pecado e invitados al recibir constantemente la gracia. En que Dios se ha hecho de nuestra carne y de nuestra sangre. En que su madre es nuestra madre y su vida es nuestra vida. En que somos pequeños y miserables, y llenos de defectos, para que en nosotros resplandezca el poder y la misericordia de Dios. Este domingo, el tercero de Adviento al que la Iglesia lo llama Gaudete[3], volvemos a ir la voz del Bautista, de ese hombre cuy vida –áspera y dura- está comprendida humanamente por dos soledades: la soledad del desierto y la soledad de la prisión, pero al mismo tiempo se apoya en momentos de júbilo y de alegría. Dice su madre Isabel: Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno[4]. Estamos en el corazón del Adviento. El mensaje de la Palabra es optimista. El Señor nos invita a estar alegres. Él quiere cambiar nuestro corazón. Él nos anima a trabajar para transformar nuestra vida y nuestra sociedad. En efecto, el Señor está cerca, el Señor está entre nosotros. No podemos aceptar las cosas tal como son. Debemos ser portadores de la Buena Noticia. Debemos restaurar la dignidad humana • AE



[1] Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), más conocido como G. K. Chesterton, fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. Se han referido a él como el «príncipe de las paradojas».
[2] Ignacio de Antioquía es uno de los padres de la Iglesia y, más concretamente, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles. Es autor de siete cartas que redactó en el transcurso de unas pocas semanas, mientras era conducido desde Siria a Roma para ser ejecutado. El descubrimiento y la identificación de las cartas de Ignacio se produjeron a lo largo de los siglos XVI y XVII, tras un arduo y polémico proceso. La temática «procatólica» de las cartas soliviantó los ánimos de teólogos protestantes como Juan Calvino, que las impugnaron enérgicamente. La polémica entre católicos y protestantes continuó hasta el siglo XIX, en que se alcanzó un consenso sobre cuántas cartas, cuáles y en qué medida fueron escritas realmente por Ignacio. Desde entonces, la opinión mayoritaria, pero no indiscutida, es que Ignacio escribió cartas a las comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia del Meandro, Trales, Roma, Filadelfia y Esmirna, además de una carta personal al obispo Policarpo de Esmirna.
[3] En latín Gaudete quiere decir «regocijaos», «alégrense», «estad alegres». Se define así a este día por ser Gaudete la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica, específicamente en el introito. El uso del término deriva de un pasaje de la Epístola a los filipenses.
[4]Lc 1, 44.