Mostrando entradas con la etiqueta Ascención de Jesus. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ascención de Jesus. Mostrar todas las entradas

Ni ausencias ni despedidas ni álbumes ni nada (Solemnidad de la Ascención del Señor, 2018)



Poco a poco va terminando el tiempo gozoso de la Pascua. Este domingo celebramos la Ascensión del Señor; queda una semana de oración para preparar e invocar al Espíritu Santo a quien celebraremos en próximo domingo, en Pentecostés. San Marcos, que es siempre muy sobrio, narra la Ascensión de Jesús de manera muy sencilla: “ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. No dice más. No hay drama, no hay pasión, nada emoción; se trata de una frase desnuda y fáctica. En realidad la poesía y la belleza de la Ascensión la encontramos más y mejor en el arte que en la vida cotidiana en la que, al mismo tiempo, experimentamos una doble tensión: por una parte está la ley de la gravedad que nos mantiene clavados en la tierra y por el otro tenemos el deseo de eternidad, el de unirnos con ese Dios que nos creó y nos llama a estar con él. Dicho de otra forma: no fuimos creados para hundirnos en la nada sino para ascender, descansar y ser plenamente felices en Dios. No sé si a su derecha o a su izquierda, pero sí con Él y en Él. Celebrar la Ascensión de Jesús no es celebrar una despedida, una ausencia. Jesús no tiene que volver, siempre está presente, presente en la Palabra, presente en los sacramentos, presente en la asamblea que formamos y presente en cualquier gesto de amor. Celebrar la Ascensión no es inaugurar un nuevo local, en un lugar imaginario, en una galaxia aún no descubierta. La Ascensión es una nueva manera de existir, es vivir una nueva relación. La vida aquí y la vida después de este aquí, para Jesús y para nosotros, es más rica y más valiosa por la nueva relación que estrenamos con Dios. Mientras vivimos tenemos la sensación de vivir unas relaciones virtuales con Dios que parecen no llenarnos del todo. En la Ascensión termina lo virtual y comienza lo verdadero, lo real. Celebrar la Ascensión es celebrar la Resurrección de Cristo que es victoria sobre la muerte, muerte compartida ya desde nuestro bautismo. Los discípulos se despidieron de Jesús, pero no se olvidaron de su Maestro, no guardaron en un álbum sus recuerdos, no se encerraron a llorar su ausencia, sino que, guiados por el Espíritu, proclamaron el Evangelio por todas partes. Como más tarde dirá Pablo: Todo lo he llenado del Evangelio de Cristo. La Iglesia entera, los seguidores de Jesús, los que celebramos su Ascensión a la derecha de Dios, somos como embajadores: hemos recibido la misión de continuar su tarea, somos portadores de la Buena Noticia, sobre todo del perdón y del amor. Yo no sé cómo se asciende, pero sí sé cómo se desciende, cómo perdemos de vista la meta y cómo cortamos esa relación con Dios nuestro Padre: a través del pecado y del egoísmo. Buena cosa es pues no mirar al cielo, sino mirar hacia adentro, hacia nuestro corazón donde esta ese deseo de estar unidos siempre con Dios • AE

En la solemnidad de la Ascensión del Señor


¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay! Nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!

Tú llevas el tesoro
que sólo a nuestra vida enriquecía,
que desterraba el lloro,
que nos resplandecía
mil veces más que el puro y claro día.

¿Qué lazo de diamante,
¡ay, alma!, te detiene y encadena
a no seguir tu amante?
¡Ay! Rompe y sal de pena,
colócate ya libre en luz serena.

¿Que temes la salida?
¿Podrá el terreno amor más que la ausencia
de tu querer y vida?
Sin cuerpo no es violencia
vivir; más es sin Cristo y su presencia.

Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso 


Fray Luis de León, O.S.A., (1527-1591) fue un poeta, humanista y religioso agustino español de la escuela salmantina y uno de los poetas más importantes de la segunda fase del Renacimiento español junto con Francisco de Aldana, Alonso de Ercilla, Fernando de Herrera y San Juan de la Cruz. Su obra forma parte de la literatura ascética de la segunda mitad del siglo XVI y está inspirada por el deseo del alma de alejarse de todo lo terrenal para poder alcanzar lo prometido por Dios, identificado con la paz y el conocimiento. Los temas morales y ascéticos dominan toda su obra.




Junto a Aquel que acompaña y consuela


Jesús no es un difunto. Es alguien vivo que ahora mismo está presente en el corazón de la historia, de la Iglesia y en nuestras propias vidas. Con frecuencia nos sucede que ser cristiano no es solamente admirar a un personaje del pasado que con su doctrina puede aportarnos todavía alguna luz sobre el momento presente, o darnos unos pocos de ánimos para el camino a veces tan cuesta arriba. Ser cristiano es más, es encontrarnos diariamente en el silencio de la oración y en el ruido del tren o del coche que nos lleva a casa con un Cristo lleno de vida cuyo Espíritu nos hace vivir. ¿Sabemos ver a Cristo detrás de los acontecimientos, de las personas, de los tropezones, del dolor? Este domingo en el que celebramos la Ascensión del Señor escuchamos el relato de Mateo, en el que justamente nada se dice sobre la Ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en el corazón de los creyentes estas últimas palabras del resucitado: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo[1]. Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el resucitado como compañero único de existencia. Día a día, él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a cada uno de nosotros. El está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. El infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor lo que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. El nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad que nos ofrece los prodigios de la tecnología pero, al final, no nos explica para qué hemos de vivir. El Señor, con su diaria compañía, nos ayuda a descubrir la verdadera alegría, la que se queda en el corazón cuando ayudamos, cuando perdonamos, cuando nos preocupamos y ocupamos de los demás. En el Señor tenemos la gran seguridad de que, al final de todo, el amor triunfará. Junto a Jesús no hay lugar para el desaliento, para la desesperanza[2]. Desde luego nuestra fe no es un analgésico poderoso que nos libra del dolor, ni hace que todo sea fácil y color de rosa. Jesús es el gran secreto, la perla preciosa, que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza, aun en medio del sufrimiento. Jesús resucitado está con nosotros. Para siempre • AE



[1] Conclusión del evangelio según san Mateo (28,16-20).
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 59 ss.