Mostrando entradas con la etiqueta Mesías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mesías. Mostrar todas las entradas

En tu parcela y en la mía (III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Curiosamente para demostrar que él era el Mesías, Jesús  no quiso deslumbrar a los de su pueblo con el brillo de sus milagros: no hizo ante ellos una maravillosa multiplicación de pan y peces, ni curó a enfermos, ni convirtió el agua en vino. Su afirmación clara y terminante acerca de su propia persona se basa en que él, entonces, "evangelizaba a los pobres, pregonaba a los cautivos la remisión y a los ciegos la vista; enviaba con libertad a los oprimidos y pregonaba un año de gracia del Señor". Asín (sic), sin más brillos ni sonido de trompetas. Cada vez que un hombre trabaja para que los demás conozcan de verdad el Evangelio, para que sepan que son hijos de Dios y hermanos de los otros, que hay algo más allá de su mirada otros horizontes y otras dimensiones, cada vez que esto ocurre se "está cumpliendo esta escritura". Cada vez que alguien se esfuerza por conseguir la remisión de los cautivos; por intentar un orden social más justo en el que hombres y mujeres no seas cosas ni objetos sino parte de un orden en el que se oigan las voces y se valoren las ideas por encima de los intereses de clase (de cualquier clase), cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que alguien intenta que los demás vean por encima de la miopía del dinero, del poder, de la comodidad, del orgullo, del placer de ese "yo" tan hinchado; cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que nos repetimos que queremos el amor y no la guerra, cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Desde Isaías hasta Jesús, al programa le quedaba todavía mucho por cumplir. Desde Jesús hasta nosotros millares de hombres y mujeres en la tierra nos hemos esforzado por realizarlo, y muchos más lo intentarán cumplir. Hoy podríamos detenernos un momento, guardar silencio, y pensar si con nuestra vida y testimonio y en nuestra pequeña o gran parcela, puede, o no, cumplirse esta escritura • AE

La oscura infinitud de Dios (XIV Domingo del Tiempo Ordinario)


Me da la sisca, que dicen mis amigos de Musquis (Coahuila) que a aquellos que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Nazaret y a nosotros, cristianos del siglo XXI, nos pasa exactamente lo mismo: Jesús y su doctrina y sus cosas están bien, para un rato, pero… ¿cómo aceptarlo como el Mesías si era un hombre como los demás? ¿Qué títulos tenía? ¿Qué escuela de rabinos había frecuentado? ¡Escandaliza que Dios se encarne en Jesús, un hombre de pueblo! De la misma forma que escandaliza que Jesús se haga presente en una Iglesia que, por estar formada por hombres, ha de ser pecadora. Y es que Dios esconde su infinitud y oscurece su divinidad y nosotros, en lugar de cantar de alegría, arqueamos la ceja porque resulta demasiado ordinario. La falta de fe de aquellos hombres hizo que en Nazaret no ocurrieran maravillas. "Sólo curó a algunos enfermos" dice el evangelista como resignado, como triste. ¿Qué tesoros hubiera Jesús aportado a aquellas personas si su orgullo no hubiera cerrado sus corazones? ¿Cómo podrían descubrir al Jesús el Mesías y Señor si no aceptaban al Dios-Siervo? Aquellos hombres y mujeres de Nazaret, que creían en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob necesitaban ver la humanidad de Jesús no como el obstáculo que oculta la divinidad, sino como el sustento que Dios elegía para su manifestación, para ser el Emmanuel ¡el Dios-con-nosotros! Los creyentes de hoy, lo mismo: necesitamos ver más allá, asumir con valentía los errores de la Iglesia y trabajar sin descanso para  superarlos (1) Gran regalo de Dios es que tengamos un corazón iluminado y abierto para descubrir en ella, poblada de pecadores como está, a la dispensadora de los tesoros de Cristo • AE


(1) M. A. Flamarique, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Ed. Desclee de Brouwer Bilbao 1990, p. 112.

En la Misa y en la mesa (III Domingo de Pascua, 2018)



La reunión no podía ser mejor: los dos que regresan de Emaús cuentan y cuentan y cuentan y no acaban: aquel caminante, después de explicarles lo del Mesías (tema que emocionaba a cualquier judío) había partido el pan con ellos ¡y entonces lo habían reconocido! ¡Era Jesús!... Bueno, pues a pesar del relato optimista y lleno de detalles, los demás discípulos siguen sin creer, se presenta en medio de ellos Jesús una vez más, y aquella presencia no les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos, aunque el evangelista tiene buen cuidado en anotar que no acababan de creer por la alegría[1]… En el evangelio de este domingo, el tercero dentro del tiempo de Pascua, vemos la importancia que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, como expresión de amistad y ocasión para comunicar su mensaje. Comiendo con publicanos y pecadores Jesús revela para quién ha venido[2]; en una comida acoge aquella mujer, al parecer pecadora, y la defiende[3]; será en otra comida, a la que él se invita, cuando dice que con él entra la salvación en los hogares[4], y en una cena, la cena más entrañable de la historia, adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, y tendrá para con los suyos las más hondas expansiones, dejando aspectos fundamentales de su mensaje[5]. Y será en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el mismo Pedro lo recordará, años más tarde: Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos[6]. Jesús les pide de comer a los apóstoles, y lo hace delante de ellos para fortalecer su fe, para quitar sus miedos, para hacerles partícipes de su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, ¡y una buena comida! son en Jesús signos de una vida nueva •AE


[1]Lc 24, 41.
[2] Cfr. Id 5, 32.
[3]Cfr. Mt, 26, 7-10; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8.
[4] Cfr. Lc 19, 1-10.  
[5] Mt, 26, 26-29; Mc 14, 22-25; LC 22, 22-23.
[6] Hech 10, 41.

Abiertos y universales


Y… ¿Para quién nació Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Así nos lo dice la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Epifanía. El Mesías nace no sólo para Israel sino también para los paganos, por más malos que estos sean. Nace no sólo para los cristianos sino para todos los demás pueblos. Para los  hombres de toda raza y condición. Buenos, malos, puros, impuros, etc. Para todos. La Iglesia celebra hoy la manifestación de Jesus a todos. En los magos estamos bien representados los que naceríamos después de Jesus. Con un lenguaje poético y entusiasta lo había anunciado ya Isaías: levántate, Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos  caminarán a tu luz: todos esos se han reunido y vienen a ti[1]. Esto es lo que hoy nos alegra el corazón: que Cristo se ha manifestado como salvador de todos. No somos universales de corazón porque estamos encerrados en nuestro grupo, porque apenas nos damos  cuenta de que Dios ha llamado a la fe a hombres de todos los colores, pertenecientes a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas o incluso sospechosas. Jesus no es patrimonio de ninguna cultura, ni siquiera de la Iglesia Católica. Nadie tiene la exclusiva, o el monopolio. No somos pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a los que no coinciden con ellos los excluimos e ignoramos. Las cosas como son. Nos mostramos distantes tal vez no por el color de la piel pero discriminamos basados en posiciones políticas, ideologías, espiritualidades, el grado de simpatía ¡hasta la situación económica! No somos universales en nuestro corazón y hoy, en la Epifanía, nos encontramos con un Dios que se ha muestra radicalmente  universal, abierto. Un Dios que envía a su Hijo para todos, sobre todo para los que en nuestra estrechez de miras nos sentimos en posesión de la verdad. Dice el proverbio chino (ése tan maravilloso) que "si quieres amar a otro, has de  comenzar por perdonarle que sea otro". Quien mejor nos ha dado una lección soberana de apertura al otro es Jesús. Hoy, en el silencio de la oración y la eucaristía le pedimos que haga de nosotros personas abiertas, universales[2]. Que sepamos convivir con todos y encontrar en todos a ese Cristo que nos salva y nos convoca en la alegría y en la paz • AE



[1] Is 60,1-6
[2] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1986.