Curiosamente para demostrar que él era el Mesías,
Jesús no quiso deslumbrar a los de
su pueblo con el brillo de sus milagros: no hizo ante ellos una maravillosa
multiplicación de pan y peces, ni curó a enfermos, ni convirtió el agua en
vino. Su afirmación clara y terminante acerca de su propia persona se basa en
que él, entonces, "evangelizaba a los pobres, pregonaba a los cautivos la
remisión y a los ciegos la vista; enviaba con libertad a los oprimidos y
pregonaba un año de gracia del Señor". Asín (sic), sin más brillos ni sonido de trompetas. Cada vez que un hombre trabaja para
que los demás conozcan de verdad el Evangelio, para que sepan que son hijos
de Dios y hermanos de los otros, que hay algo más allá de su mirada otros horizontes
y otras dimensiones, cada vez que esto ocurre se "está cumpliendo esta
escritura". Cada vez que alguien se esfuerza por conseguir la remisión
de los cautivos; por intentar un orden social más justo en el que hombres y mujeres no seas cosas ni objetos sino parte de un orden en el que se oigan las voces y
se valoren las ideas por encima de los intereses de clase (de cualquier clase),
cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada
vez que alguien intenta que los demás vean por encima de la miopía del
dinero, del poder, de la comodidad, del orgullo, del placer de ese
"yo" tan hinchado; cada vez que esto sucede,
"se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que nos repetimos que queremos el amor y no la
guerra, cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta
escritura". Desde Isaías hasta Jesús, al programa le quedaba todavía mucho
por cumplir. Desde Jesús hasta nosotros millares de hombres y mujeres en la tierra nos hemos esforzado por realizarlo, y muchos más lo intentarán cumplir. Hoy podríamos detenernos un momento, guardar silencio, y pensar si con nuestra vida y testimonio y en nuestra pequeña o gran parcela, puede, o no, cumplirse esta escritura • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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La oscura infinitud de Dios (XIV Domingo del Tiempo Ordinario)
Me da la sisca, que dicen mis amigos de Musquis (Coahuila) que a aquellos que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Nazaret y a nosotros, cristianos del siglo XXI, nos pasa exactamente lo mismo: Jesús y su doctrina y sus cosas están bien, para un rato, pero… ¿cómo aceptarlo como el Mesías si era un hombre como los demás? ¿Qué títulos tenía? ¿Qué escuela de rabinos había frecuentado? ¡Escandaliza que Dios se encarne en Jesús, un hombre de pueblo! De la misma forma que escandaliza que Jesús se haga presente en una Iglesia que, por estar formada por hombres, ha de ser pecadora. Y es que Dios esconde su infinitud y oscurece su divinidad y nosotros, en lugar de cantar de alegría, arqueamos la ceja porque resulta demasiado ordinario. La falta de fe de aquellos hombres hizo que en Nazaret no ocurrieran maravillas. "Sólo curó a algunos enfermos" dice el evangelista como resignado, como triste. ¿Qué tesoros hubiera Jesús aportado a aquellas personas si su orgullo no hubiera cerrado sus corazones? ¿Cómo podrían descubrir al Jesús el Mesías y Señor si no aceptaban al Dios-Siervo? Aquellos hombres y mujeres de Nazaret, que creían en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob necesitaban ver la humanidad de Jesús no como el obstáculo que oculta la divinidad, sino como el sustento que Dios elegía para su manifestación, para ser el Emmanuel ¡el Dios-con-nosotros! Los creyentes de hoy, lo mismo: necesitamos ver más allá, asumir con valentía los errores de la Iglesia y trabajar sin descanso para superarlos (1) Gran regalo de Dios es que tengamos un corazón iluminado y abierto para descubrir en ella, poblada de pecadores como está, a la dispensadora de los tesoros de Cristo • AE
(1) M. A. Flamarique, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Ed. Desclee de Brouwer Bilbao 1990, p. 112.
En la Misa y en la mesa (III Domingo de Pascua, 2018)
La reunión no podía ser mejor: los dos que regresan de Emaús cuentan y
cuentan y cuentan y no acaban: aquel caminante, después de explicarles lo del
Mesías (tema que emocionaba a cualquier judío) había partido el pan con ellos ¡y
entonces lo habían reconocido! ¡Era Jesús!... Bueno, pues a pesar del relato
optimista y lleno de detalles, los demás discípulos siguen sin creer, se
presenta en medio de ellos Jesús una vez más, y aquella presencia no les da
seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de
ellos mismos, aunque el evangelista tiene buen cuidado en anotar que no acababan
de creer por la alegría[1]… En
el evangelio de este domingo, el tercero dentro del tiempo de Pascua, vemos la
importancia que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad,
como expresión de amistad y ocasión para comunicar su mensaje. Comiendo con
publicanos y pecadores Jesús revela para quién ha venido[2];
en una comida acoge aquella mujer, al parecer pecadora, y la defiende[3]; será
en otra comida, a la que él se invita, cuando dice que con él entra la salvación
en los hogares[4],
y en una cena, la cena más entrañable de la historia, adelantará su entrega, la
perpetuará en un sacramento, y tendrá para con los suyos las más hondas
expansiones, dejando aspectos fundamentales de su mensaje[5]. Y
será en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará
partícipes de su Resurrección, de manera que el mismo Pedro lo recordará, años
más tarde: Nosotros, que comimos y
bebimos con él después que resucitó de entre los muertos[6].
Jesús les pide de comer a los apóstoles, y lo hace delante de ellos para fortalecer
su fe, para quitar sus miedos, para hacerles partícipes de su paz. La
sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, ¡y una buena comida! son en
Jesús signos de una vida nueva •AE
[1]Lc 24, 41.
[2] Cfr. Id 5, 32.
[3]Cfr. Mt, 26, 7-10;
Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8.
[4] Cfr. Lc 19, 1-10.
[5] Mt, 26, 26-29; Mc
14, 22-25; LC 22, 22-23.
[6] Hech 10, 41.
Abiertos y universales
Y… ¿Para quién nació Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Así nos
lo dice la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Epifanía. El Mesías
nace no sólo para Israel sino también para los paganos, por más malos que estos sean. Nace no sólo para
los cristianos sino para todos los demás pueblos. Para los hombres de toda raza y condición. Buenos,
malos, puros, impuros, etc. Para todos.
La Iglesia celebra hoy la manifestación de Jesus a todos. En los magos estamos bien
representados los que naceríamos después de Jesus. Con un lenguaje poético y
entusiasta lo había anunciado ya Isaías: levántate,
Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos caminarán a tu luz: todos esos se han reunido
y vienen a ti[1].
Esto es lo que hoy nos alegra el corazón: que Cristo se ha manifestado como
salvador de todos. No somos universales de corazón porque estamos encerrados en
nuestro grupo, porque apenas nos damos
cuenta de que Dios ha llamado a la fe a hombres de todos los colores, pertenecientes
a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas o
incluso sospechosas. Jesus no es patrimonio de ninguna cultura, ni siquiera de
la Iglesia Católica. Nadie tiene la exclusiva, o el monopolio. No somos
pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a
los que no coinciden con ellos los excluimos e ignoramos. Las cosas como son. Nos
mostramos distantes tal vez no por el color de la piel pero discriminamos
basados en posiciones políticas, ideologías, espiritualidades, el grado de
simpatía ¡hasta la situación económica! No somos universales en nuestro corazón
y hoy, en la Epifanía, nos encontramos con un Dios que se ha muestra radicalmente universal, abierto. Un Dios que envía a su
Hijo para todos, sobre todo para los que en nuestra estrechez de miras nos
sentimos en posesión de la verdad. Dice el proverbio chino (ése tan
maravilloso) que "si quieres amar a otro, has de comenzar por perdonarle que sea otro". Quien
mejor nos ha dado una lección soberana de apertura al otro es Jesús. Hoy, en el
silencio de la oración y la eucaristía le pedimos que haga de nosotros personas
abiertas, universales[2]. Que
sepamos convivir con todos y encontrar en todos a ese Cristo que nos salva y
nos convoca en la alegría y en la paz • AE
Etiquetas:
Cristo Jesús,
Epifanía,
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monopolio de la salvación,
Reyes Magos,
Solemnidad de la Epifania
Ubicación: San Antonio, Texas, USA
San Antonio, Texas, EE. UU.
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