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En tu parcela y en la mía (III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Curiosamente para demostrar que él era el Mesías, Jesús  no quiso deslumbrar a los de su pueblo con el brillo de sus milagros: no hizo ante ellos una maravillosa multiplicación de pan y peces, ni curó a enfermos, ni convirtió el agua en vino. Su afirmación clara y terminante acerca de su propia persona se basa en que él, entonces, "evangelizaba a los pobres, pregonaba a los cautivos la remisión y a los ciegos la vista; enviaba con libertad a los oprimidos y pregonaba un año de gracia del Señor". Asín (sic), sin más brillos ni sonido de trompetas. Cada vez que un hombre trabaja para que los demás conozcan de verdad el Evangelio, para que sepan que son hijos de Dios y hermanos de los otros, que hay algo más allá de su mirada otros horizontes y otras dimensiones, cada vez que esto ocurre se "está cumpliendo esta escritura". Cada vez que alguien se esfuerza por conseguir la remisión de los cautivos; por intentar un orden social más justo en el que hombres y mujeres no seas cosas ni objetos sino parte de un orden en el que se oigan las voces y se valoren las ideas por encima de los intereses de clase (de cualquier clase), cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que alguien intenta que los demás vean por encima de la miopía del dinero, del poder, de la comodidad, del orgullo, del placer de ese "yo" tan hinchado; cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que nos repetimos que queremos el amor y no la guerra, cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Desde Isaías hasta Jesús, al programa le quedaba todavía mucho por cumplir. Desde Jesús hasta nosotros millares de hombres y mujeres en la tierra nos hemos esforzado por realizarlo, y muchos más lo intentarán cumplir. Hoy podríamos detenernos un momento, guardar silencio, y pensar si con nuestra vida y testimonio y en nuestra pequeña o gran parcela, puede, o no, cumplirse esta escritura • AE

El oro y el oropel, la verdad y la mentira (La Natividad de San Juan Bautista, 2018)



Pietre de Grebber, Juan el Bautista delante de Herodes
óleo sobre tela, colección permamente del Palais des Beaux-Arts de Lille (Francia)
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El nacimiento de Juan el Bautista está rodeado de luz y de alegría, incluso de algunos hechos singulares y hasta insólitos. Zacarías e Isabel, sin ponerse de acuerdo y por separado, presintieron que su nombre era Juan. A Zacarías le volvió el habla cuando lo escribió en aquellas tablillas y el niño saltó de gozo y estuvo santificado desde el mismísimo seno de Isabel. Por si todo lo anterior suena a poco, ambos reciben la visita de la madre del Señor. Este domingo celebramos la Natividad de Juan, el bautista, el precursor, el pariente del Señor. Celebramos a un hombre que fue tan fiel a su vocación que, por realizarla, dio la vida. Por eso dedicamos otro día a celebrar su martirio. Juan no fue un niño mimado sino que se despojó –como el Señor- de su rango, y vivió en la austera soledad del desierto, dedicando su vida a la predicación y a enseñar a distinguir el oro del oropel, la verdad de la mentira, a señalar el camino de Jesús, el Cordero de Dios. Isaías lo había predicho: A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo. Juan lo hizo muy bien. Lo hizo tan bien, que le cortaron la cabeza y se la entregaron a una bailarina en una bandeja. Y es que a los hombres nos desconcierta la verdad cuando llega de frente y sin filtros, antes de que nos deslumbre, somos capaces de cortarle la cabeza. Cuando Juan fue decapitado en realidad fue libre ¡Libérrimo! La verdad os hará libres, había dicho Jesús. El nacimiento de Juan fue regalo y su vida un gran esfuerzo personal. Las dos caras de una misma vocación. También nosotros hemos sido muy privilegiados: recibimos el don de la fe cristiana por el Bautismo y podernos acercar cuantas veces queramos a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero debemos ir más allá. Como el bautista, hemos de allanar caminos, de enderezar sendas, de ser profetas del Altísimo, de ser una voz que clame en el desierto de nuestras ciudades, tan ruidosas y ajetreadas. No nos basta con saltar de gozo en el seno de la Iglesia. Tenemos que salir. A extender nuestro dedo y señalar los caminos por los que pasa el Señor. La Natividad de Juan nos recuerda que también nosotros somos unos bien nacidos • AE

El poder frente a la Verdad


En la mañana del viernes tiene lugar el encuentro entre Jesús y Pilatos; allí, en el pretorio se encuentran frente a frente el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios, atado de manos. A Pilatos le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: ¿Con que tú eres rey?, le pregunta, y Jesús responde con claridad: Mi reino no es de este mundo. Jesús no busca la gloria, ni el aplauso, ni el reconocimiento, mucho menos un trono. Pero no oculta la verdad: Soy Rey. El suyo no es un reino como los demás ni sus seguidores somos sus legionarios: somos sus discípulos, hombres y mujeres que, llenos de fragilidad, escuchamos su mensaje y dedicamos nuestro mejor esfuerzo a dejar un mundo más lleno de verdad, justicia y de amor. El reino de Jesús no es el reino de Pilatos. El prefecto vive para extraer las riquezas y conducirlas a Roma. Jesús vive para servir, para ser testigo de la verdad, ¿lo somos también sus discípulos? ¿Nos conducimos así? Al seguir a Jesús no hemos de ser guardianes de la verdad, sino testigos; no hemos de andar buscando las disputas, los combates y derrotar gloriosamente a nuestros adversarios, sino mas bien vivir la verdad del evangelio y sobre todo comunicar ¡contagiar! la experiencia de Jesús que nos está cambiando la vida. Y es que no somos propietario de la verdad, sino testigos. ¿Vamos por la vida con la espada desenvainada imponiendo la doctrina, controlando la fe de los demás, buscando tener la razón en todo? Mejor vivir convirtiéndonos a Jesús, poniendo a los demás delante evangelio. Tengo para mí –que ya me dirás quién me pregunto pero yo aquí lo dejo por si a alguien sirve, a mí el primero- que en la Iglesia ¡Ay la Iglesia!- lograremos cambiar las cosas y atraer a las personas cuando ellos vean que nuestro rostro, el de cada uno, sobre todo el de los ministros se parece al rostro de Jesús, y que nuestra vida, aun con miseria y fragilidad, recuerda a la vida de Jesús • AE