Curiosamente para demostrar que él era el Mesías,
Jesús no quiso deslumbrar a los de
su pueblo con el brillo de sus milagros: no hizo ante ellos una maravillosa
multiplicación de pan y peces, ni curó a enfermos, ni convirtió el agua en
vino. Su afirmación clara y terminante acerca de su propia persona se basa en
que él, entonces, "evangelizaba a los pobres, pregonaba a los cautivos la
remisión y a los ciegos la vista; enviaba con libertad a los oprimidos y
pregonaba un año de gracia del Señor". Asín (sic), sin más brillos ni sonido de trompetas. Cada vez que un hombre trabaja para
que los demás conozcan de verdad el Evangelio, para que sepan que son hijos
de Dios y hermanos de los otros, que hay algo más allá de su mirada otros horizontes
y otras dimensiones, cada vez que esto ocurre se "está cumpliendo esta
escritura". Cada vez que alguien se esfuerza por conseguir la remisión
de los cautivos; por intentar un orden social más justo en el que hombres y mujeres no seas cosas ni objetos sino parte de un orden en el que se oigan las voces y
se valoren las ideas por encima de los intereses de clase (de cualquier clase),
cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta escritura". Cada
vez que alguien intenta que los demás vean por encima de la miopía del
dinero, del poder, de la comodidad, del orgullo, del placer de ese
"yo" tan hinchado; cada vez que esto sucede,
"se está cumpliendo esta escritura". Cada vez que nos repetimos que queremos el amor y no la
guerra, cada vez que esto sucede, "se está cumpliendo esta
escritura". Desde Isaías hasta Jesús, al programa le quedaba todavía mucho
por cumplir. Desde Jesús hasta nosotros millares de hombres y mujeres en la tierra nos hemos esforzado por realizarlo, y muchos más lo intentarán cumplir. Hoy podríamos detenernos un momento, guardar silencio, y pensar si con nuestra vida y testimonio y en nuestra pequeña o gran parcela, puede, o no, cumplirse esta escritura • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
Mostrando entradas con la etiqueta Testigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Testigos. Mostrar todas las entradas
El oro y el oropel, la verdad y la mentira (La Natividad de San Juan Bautista, 2018)
Pietre de Grebber, Juan el Bautista delante de Herodes,
óleo sobre tela,
colección permamente del Palais des Beaux-Arts de Lille (Francia)
...
El nacimiento de Juan el Bautista está rodeado de luz y de alegría,
incluso de algunos hechos singulares y hasta insólitos. Zacarías e Isabel, sin
ponerse de acuerdo y por separado, presintieron que su nombre era Juan. A
Zacarías le volvió el habla cuando lo escribió en aquellas tablillas y el niño saltó de gozo y estuvo santificado desde
el mismísimo seno de Isabel. Por si todo lo anterior suena a poco, ambos reciben
la visita de la madre del Señor. Este domingo celebramos la Natividad de Juan,
el bautista, el precursor, el pariente del Señor. Celebramos a un hombre que fue
tan fiel a su vocación que, por realizarla, dio la vida. Por eso dedicamos otro
día a celebrar su martirio. Juan no fue un niño mimado sino que se despojó –como
el Señor- de su rango, y vivió en la austera soledad del desierto, dedicando su
vida a la predicación y a enseñar a distinguir el oro del oropel, la verdad de
la mentira, a señalar el camino de Jesús, el Cordero de Dios. Isaías lo había predicho:
A ti, niño, te llamarán profeta del
Altísimo. Juan lo hizo muy bien. Lo hizo tan bien, que le cortaron la
cabeza y se la entregaron a una bailarina en una bandeja. Y es que a los
hombres nos desconcierta la verdad cuando llega de frente y sin filtros, antes
de que nos deslumbre, somos capaces de cortarle la cabeza. Cuando Juan fue
decapitado en realidad fue libre ¡Libérrimo! La verdad os hará libres, había dicho Jesús. El nacimiento de Juan
fue regalo y su vida un gran esfuerzo personal. Las dos caras de una misma vocación.
También nosotros hemos sido muy privilegiados: recibimos el don de la fe
cristiana por el Bautismo y podernos acercar cuantas veces queramos a recibir el
Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero debemos ir más allá. Como el bautista, hemos
de allanar caminos, de enderezar sendas, de ser profetas del Altísimo, de ser
una voz que clame en el desierto de nuestras ciudades, tan ruidosas y
ajetreadas. No nos basta con saltar de gozo en el seno de la Iglesia. Tenemos
que salir. A extender nuestro dedo y señalar los caminos por los que pasa el
Señor. La Natividad de Juan nos recuerda que también nosotros somos unos bien
nacidos • AE
El poder frente a la Verdad
En la mañana del viernes tiene lugar el encuentro entre Jesús y Pilatos;
allí, en el pretorio se encuentran frente a frente el representante del imperio
más poderoso y el profeta del reino de Dios, atado de manos. A Pilatos le
resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: ¿Con que tú eres rey?, le pregunta, y Jesús
responde con claridad: Mi reino no es de
este mundo. Jesús no busca la gloria, ni el aplauso, ni el reconocimiento, mucho
menos un trono. Pero no oculta la verdad: Soy
Rey. El suyo no es un reino como los demás ni sus seguidores somos sus legionarios:
somos sus discípulos, hombres y mujeres que, llenos de fragilidad, escuchamos su
mensaje y dedicamos nuestro mejor esfuerzo a dejar un mundo más lleno de verdad,
justicia y de amor. El reino de Jesús no es el reino de Pilatos. El prefecto vive
para extraer las riquezas y conducirlas a Roma. Jesús vive para servir, para ser
testigo de la verdad, ¿lo somos también sus discípulos? ¿Nos conducimos así? Al
seguir a Jesús no hemos de ser guardianes de la verdad, sino testigos; no hemos
de andar buscando las disputas, los combates y derrotar gloriosamente a
nuestros adversarios, sino mas bien vivir la verdad del evangelio y sobre todo comunicar
¡contagiar! la experiencia de Jesús
que nos está cambiando la vida. Y es que no somos propietario de la verdad,
sino testigos. ¿Vamos por la vida con la espada desenvainada imponiendo la doctrina,
controlando la fe de los demás, buscando tener la razón en todo? Mejor vivir
convirtiéndonos a Jesús, poniendo a los demás delante evangelio. Tengo para mí –que
ya me dirás quién me pregunto pero yo aquí lo dejo por si a alguien sirve, a mí
el primero- que en la Iglesia ¡Ay la Iglesia!- lograremos cambiar las cosas y
atraer a las personas cuando ellos vean que nuestro rostro, el de cada uno,
sobre todo el de los ministros se parece al rostro de Jesús, y que nuestra
vida, aun con miseria y fragilidad, recuerda a la vida de Jesús • AE
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


