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El lomo del borriquillo (Domingo de Ramos 2018)




El lomo del borriquillo
es el trono del Mesías,
los mantos de los discípulos
y las ramas extendidas
son tapizado de amor
para dar la bienvenida.
Acoge a tu Rey, Sión,
que llega tu bella dicha.

No gritéis las mudas piedras,
oíd, que los niños gritan;
un coro de primavera,
alza canciones y vivas;
son por Jesús bondadoso,
sanador de toda herida,
aquel que del Padre llega
con la Palabra divina.

Avanza, oh Paz del Oriente,
y entra en la Ciudad querida,
Jerusalén te recibe,
el Templo espera tu cita,
el pueblo de los patriarcas
ve las promesas cumplidas,
¡que entre el Hijo de David,
Dios le dé soberanía!.

Salve, Jesús Nazareno,
montado en humilde silla;
oh Rey de los corazones,
que miras y pacificas,
hoy es día de homenaje,
la Iglesia en amor respira:
¡Salve, enviado del Padre,
salve Jesús, paz y vida!

¡Honor a la cruz gloriosa
de verdes palmas vestida;
a Jesús, Hijo de Dios,
clavado con cinco heridas;
gloria al Cordero inmolado,
en la hora vespertina,
al que en la cruz da el Espíritu
y en el huerto resucita! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap.
Cuautitlán Izcalli, 13 abril 2003

Silencio


Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas;
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas,
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén


• Himno del Oficio de Laudes 
de la Liturgia de las Horas para el Sábado Santo

El Rey está durmiendo


Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y -una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos. En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él. El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo. Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: "Levantaos." Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa. Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muer tos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto. Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido. Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti. Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios. Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos». • Oficio de Lectura para el Sábado Santo. De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado.

Dos entregas. Dos amores.


En la noche del Jueves hay dos entregas. La de Judas, que tiene detrás unas pocas monedas. Y la entrega de Jesús. Él no vende a nadie, se da él mismo; él no busca el interés, ni el dinero, ni la ganancia, sino la vida para sus amigos, el testimonio que les dará fuerza y ánimo para seguir sus pasos, la ratificación, con su carne y su sangre, de que sus palabras no son sólo palabras, ni utopías, ni ilusiones, sino realidades tan auténticas y tan serias que, por ellas, se puede pagar un precio tan caro como el dar la propia vida. Y así, en ese gesto de amor sobre el pan y el vino Jesús se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida. Frente a uno que vende, que le vende a él por unas monedas, Jesús se da, se ofrece gratuitamente; se quiere quedar para siempre con los suyos, y de hecho se queda. Vender o darse; interés u ofrecimiento: esta es la disyuntiva de nuestra vida. Día a día se repite el drama de la última cena ¿cuál es el papel que tomamos, el de Judas o el Jesús? Dede la comodidad del desktop y con una humeante taza de café es fácil afirmar que nunca nos pondríamos en lugar de Judas pero ¿en realidad es así? ¿A favor de quién estamos ? ¿De aquellos a quienes la sociedad desprecia y no toma en cuenta? ¿A favor del anciano al que despacharon al asilo para que no moleste en casa; a favor del que no tiene dónde comer ni dormir? ¿A favor del que está en la cárcel –justa o injustamente- del drogadicto, de la madre soltera, del homosexual, de la prostituta? ¿Estamos a favor del inmigrante salvadoreño? El hacer algo por los demás es en realidad la única manera de saber en lugar de quién nos ponemos, y e que en las palabras del Señor no hay grises, o es blanco o es negro: porque tuve hambre y me diste de comer... cada vez que lo hacías a uno de los más pequeños, me lo hacías a mí [1]. Si ante la imagen del Señor dándose a los hombres -primero lavándoles los pies, luego quedándose para siempre en el Pan- no nos tomamos en serio nuestra conversión, si ante este Jesús que se entrega, nosotros somos incapaces de ponernos en su lugar, habría que empezarnos a preguntar cómo fue que el corazón se nos puso distante y frío. El evangelio de eta tarde de Jueves Santo no es una parábola más o un milagro más, o una reflexión más, es Jesús mismo dándose a los hombres, e inaugurando una nueva era: la de los hijos de Dios, hermanos de los hombres, de buenos y malos, de puros e impuros, de justos e injutos, de todos aquellos sobre los que Dios hace salir su sol y bajar su lluvia • AE



[1] Cfr. Mt 25, 31-46

La Pasión y la eutanasia


Cuando llegamos a la Semana Santa y nos detenemos aunque sea un momento en la Pasión del Señor, viene pronto a la mente el sufrimiento físico que padeció Jesús en la noche del jueves y la mañana del viernes, antes de morir en la cruz. Debemos un poco más allá. El término pasión viene del latín passio, que hace referencia a pasividad, es decir, a aquello que se realiza sin la actividad directa del sujeto. Es así cómo los relatos de la Pasión describen entonces lo que Jesús hizo a través de su pasividad, o mejor dicho, de su sufrimiento pasivo, de la misma forma que, antes, los evangelios nos contaron lo que Jesús hizo durante los su vida publica de manera, digámoslo así, activa. Cuando Jesús es apresado en el huerto en la noche del Juves Santo, él empieza a vivir de forma, de una manera muy similar a  muchas personas que hoy están en camas de hospitales, o en casa, esperando a ser visitados por la muerte. En esa pasividad de la noche del jueves y en el camino de la cruz en la mañana del viernes el Señor nos regala una serie de cosas que no nos había dado antes durante su vida publica: paciencia, serenidad, mansedumbre. Es este sin duda un misterio al que debemos de acercarnos con cuidado, con atención y con temor. Todo lo que contemplamos en el Triduo Pascual es un regalo que nace de la pasividad del Señor, se su pasión, y es muy parecido a la paciencia y al amor que florecen en los lechos de los enfermos y las sillas en las que descansan nuestros ancianos. Hoy, en una sociedad que tiende a identificar valor con utilidad, acción, y trabajo, no sorprende el hecho de que cada vez se hable más de la eutanasia como "muerte con dignidad". “¿De qué sirve un viejo o un enfermo que ya no se van a recuperar y que por lo tanto ya no aportan nada útil o nada valioso?”, se pregunta la gente. La respuesta hay que buscarla esa pasividad con la que el Señor vivió sus últimos dos días. Con su pasión y muerte nos alcanzó algo muchísimo más profundo que lo que nos dió durante su vida publica –también valioso, dede luego-, nos alcanzo la redención y el perdón de todos nuestros pecados. Su muerte pues, no fue sólo digna, sino también y para siempre profundamente útil para todos los que formamo parte de la familia humana • AE

¡Ay si el borrico lo supiera...!



Este borrico no sabe
el Borriquero que lleva:
¡oh divino Caballero,
que en un borrico te asientas...!
¡Si el borrico lo supiera...!

Nunca tuvo a un hombre encima,
porque ésta es la vez primera,
y le ha tocado ser silla
del Hombre-Dios en la tierra.
¡Si el borrico lo supiera...!

Con su pelito mullido
a una cuna se asemeja;
ya Jesús huele a pesebre,
que Encarnación le recuerda.
¡Si el borrico lo supiera...!

Camina con alegría
el borrico que se estrena,
y con ojos infantiles
mira a derecha e izquierda.
¡Si el borrico lo supiera...!

Sus pezuñas marcan paso,
pero no tocan la tierra,
que va pisando los mantos
que los discípulos echan
¡Si el borrico lo supiera...!

Va pisando corazones,
mientras cabalga y alienta:
el mío también lo pisa,
mi sangre que a Cristo besa.
¡Si el borrico lo supiera...!

Y Jesús, alma de niño,
fuego de Dios y profeta,
envuelto en adoraciones
a su pueblo se presenta
¡Si el borrico lo supiera...!

¿Por qué eres así, Jesús,
con alma tan fuerte y tierna?
¿Por qué tuviste al final
esa divina ocurrencia?
¡Si el borrico lo supiera...!

¿Por qué eres de enamorar
en borrico de faena?
¿Por qué eres un Dios humano
tan cerca, tan cerca-cerca...?
¡Si el borrico lo supiera...!

Una caricia le hiciste
con tu mano a su cabeza,
y con cariño aldeano
le miraste las orejas.
¡Si el borrico lo supiera...!

¡Ya viene el Rey anunciado,
Mesías de las promesas!
Miradle glorioso y bello,
que en un pollino se acerca.
¡Si el borrico lo supiera...!

Jesús de mis labios y ojos,
Jesús de la tumba nueva:
beso tus pies adorables
y la bestia que te lleva.
¡Si el borrico lo supiera...!
...

Este poemita, dedicado al borrico (o la borrica) que llevó a Jesús, no es, evidentemente un himno litúrgico. Es un romancillo festivo con el sonsonete “¡Si el borrico lo supiera…!” para manifestar, de esta manera, a través de un animalito nuestro cariño a Jesús. No es para la liturgia; acaso sí para la catequesis. Es simplemente una poesía (P. Rufino María Grández, ofmcap. Cuautitlán Izcalli, México, Noviembre 2004) 


El tejido de contrastes, luces, e incoherencias.


Ramos y Pasión. Así es nuestra vida humana, llena de contrastes. La celebración de éste domingo tiene palabras, sentimientos y tonalidades muy diferentes, casi contradictorias: triunfo, pero con nubes de traición y de muerte en el horizonte; procesión festiva de ramos y a la vez el relato de la Pasión del Señor; gritos de alabanza y subida al Calvario. En menos palabras: gozo y tristeza, vida y muerte, como nuestra vida que está tejida de contrastes, luces, contradicciones e incoherencias. Cada uno vamos caminando con ramos de la bondad pero también cargando la cruz del pecado y la desgracia. La celebración de este domingo nos regala una luz y una fuerza diferentes. Si el júbilo de la entrada en Jerusalén se puede ver oscurecida por las negras nubes de la Pasión y de la Cruz, hemos de ver más allá: a Dios que resucita a Jesús, que enaltece al hombre humillado, al hombre anonadado. Los días de la Semana Santa pueden ser una buena oportunidad para contemplar al Señor que ha asumido la vida humana plenamente, enteramente, completamente, con dolor y muerte incluidos. Y nuestra contemplación de Cristo sólo será auténtica –no sólo un sueño piadoso- si nos hace más humanos, si nos ayuda a asumir y cargar los dolores de la vida, a luchar por para disminuir el sufrimiento de  los demás; a vivir nuestra vida, a veces marcada por las nubes y la tempestad,  con esperanza en el corazón, una esperanza que no es solo un estado psicológico #wishfulthinking sino la fuerza diaria para ver la vida con los ojos de Cristo, para amar a todos con su corazón, dejándonos arrastrar por la fuerza de su Espíritu. Estemos donde estemos los próximos días es posible celebrar la Semana Santa, es posible contemplar a Cristo[1]. Quizá no podamos asistir a las celebraciones litúrgicas pero no habrá ninguna situación que nos impida revivir a Cristo, renovando dentro de nosotros sus sentimientos y actitudes. Los ramos nos llevarán al aleluya de la Pascua • AE



[1] J. Rambla, Misa Dominical, 1986, n. 7.