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Salir a comprender, a curar, a sanar (XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).


Desde el minuto cero del inicio de su pontificado el santo Padre Francisco sabe a dónde va, y desde ese día no ha dejado de llamarnos a todos en la Iglesia a salir de nosotros mismos, olvidando miedos e intereses propios, para ponernos en contacto con la vida real de las personas y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan. Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos ha ido abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”. La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”. El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere llevar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”. Pero Francisco no tiene miedo a la novedad de Dios. Hace poco, en la celebración del día de Pentecostés formuló una pregunta a la que tendremos que ir respondiendo: “¿Estamos decididos a recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta, o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad de respuesta?". El sucesor de Pedro nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida y a todos. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre. “Cuando entren en una casa, digan: Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Hemos de dejar a un lado las condenas, los vademecums de pecados y penitencias, haciendo hospitales de campaña donde podamos curar las heridas a los enfermos y aliviar los sufrimientos de todos aquellos que están al alcance de nuestras manos. Esta es la gran noticia del reino de Dios • AE

Nuestro Dios: el que enamora, encandila y seduce (XIII Domingo Ordinario. Ciclo C)



Qué aburridos resultan nuestros sermones cuando los predicadores nos desgañitamos invitando a la asamblea a vivir como cristianos.  Poco nos preguntamos por qué tanta desproporción entre el esfuerzo y los resultados. La tarea de anunciar el Reino no es fácil, cierto, el Maestro tuvo incluso dificultades: tenía un grupo reducido y éstos le abandonaron en los últimos momentos. El mensaje es exigente, y si escondemos o suavizamos esa exigencia, traicionamos el mensaje. Pero como el mensaje no es nuestro, sino que nos viene dado, no podemos alterarlo. Ahora bien, sí que podemos, en vez de intentar imponerlo, presentarlo, ofrecerlo; como hacía Jesús, cuyas exigencias hay que entenderlas más como una súplica que como una obligación: “Sigue siendo cristiano, no te desanimes, sigue en la lucha; yo estoy contigo”. Jesús conoce mejor que nadie los muchos enemigos que nos asaltan en el camino: el dinero, la fama, la seguridad, el prestigio, el deseo de pertenencia a cierta clase social. Por eso no impone: ruega y suplica, invita y ayuda, dejándonos siempre en completa libertad de elegir. Decía Pío XII que la buena voluntad no basta, que no suple la eficacia. Es verdad. Los cristianos hemos de tener buena voluntad, pero al mismo tiempo buscar medios adecuados para el Reino, preguntándonos constantemente qué vale la pena y qué no, y cómo interesar a quienes nos escuchan. Quizá el quid esté en recordar constantemente que nuestro Dios no obliga y ni exige, sino que nos ama y nos da su vida sin esperar a cambio otra cosa más que nuestra aceptación de su don. Que Él no nos mira vigilante y airado, ni nos pide cuentas malhumorado cuando caemos en el egoísmo, sino que, en el colmo de la delicadeza (de la que sólo son capaces quienes están locamente enamorados), nos pregunta: "Hijo, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme"[1]. Que Dios no nos destruye cuando nos apartamos de Él, sino que reitera su llamada para que sigamos su camino. En el evangelio de hoy escuchamos cómo Jesús reprende a quienes querían hacer bajar fuego del cielo para destruir aquella aldea samaritana poco hospitalaria[2]. Hoy podemos recordar que Dios no necesita nuestro cumplimiento cabal para sentirse "más Dios", y luego agradecernos nuestros buenos servicios. No. Él nos ha amado primero, nos ama desde siempre, nos amará por siempre, y no por nuestros méritos o por nuestras buenas obras, sino por puritito (sic) amor. Buena cosa es tener pues siempre presente que Dios no nos mira desde la lejanía y la distancia; si nosotros éramos indignos de su amor (¡y lo éramos!), envía a su propio Hijo para que se haga uno de nosotros y amarnos con el amor que ama a su Hijo[3]. Dios no nos propone un plan caprichoso y extraño para medir nuestra fidelidad: Él quiere que seamos personas que alcancemos el límite de nuestras posibilidades, pero respeta nuestra libertad para aceptarlo o no; y, aunque le demos la espalda, nos sigue queriendo y sale cada día a los caminos de la vida, con los brazos abiertos, por si nos ve en el horizonte y salir corriendo para tomarnos en sus brazos[4]. Este es el Dios que hemos de dar a conocer, el Dios en quien hemos puesto nuestra fe. Los sacerdotes somos los primeros que deberíamos predicar a este Dios que nos llama a caminar hacia la libertad; los primeros en invitar a descubrir en nuestro corazón el amor de Dios; los primeros en enamorarnos de Él, como Él está enamorado de nosotros. Todo lo demás vendrá solo. Por eso, más que atosigar a la asamblea con el mismo sermón, nuestra tarea es acompañar en el descubrimiento de ese Dios que enamora, encandila y seduce. Solamente por amor seremos capaces de movernos; sólo por amor seremos capaces de seguirle; sólo por amor seremos discípulos. Lo demás, todo lo demás, será un admirable y titánico esfuerzo; pero en realidad dará muy pocos resultados[5]. Estar enamorado de Dios ¡eso es otra cosa! Quien lo vive, lo sabe; quien no lo vive... que abra su corazón, y sabrá lo que es bueno • AE


[1] Mi 6,3. Este es uno de los célebres improperios (en latín Improperia), es decir, los versículos que se cantan en el oficio de la tarde del Viernes Santo en la Iglesia católica, durante la ceremonia llamada "Adoración de la Cruz". La palabra latina improperium significa «reproche». ​ Los Improperios son, de hecho, los reproches de Cristo a su pueblo que lo ha rechazado. Puesto que a cambio de todos los favores concedidas por Dios, y en particular de haberlo librado de la servidumbre en Egipto y haberlo conducido sano y salvo a la Tierra Prometida, le ha infligido las ignominias de la Pasión. Es durante La Adoración de la cruz, después de las diecisiete oraciones, que estos improperios se decían por el coro. A cada favor de Dios en el libro del Éxodo se oponía un episodio de la Pasión de Cristo. El coro repetía como estribillo la aclamación griega "Hagios o Theós" (Ἅγιος ὁ Θεός), de forma más precisa alternando el griego y el latín, en doble coro.
[2] Cfr. Lc 9, 51-62.
[3] Cfr. Jn 3, 15.
[4] Lc 15, 11-31.
[5] L. Gracieta, Dabar, 1989, p. 35.

Manos que siembran y manos que aplauden.


Con esta parábola del sembrador que hemos escuchado ¡tantas veces! Jesús explica el significado auténtico de la propia misión, y además es como si nos dijera: “sí, soy el Mesías, pero no lo soy de la manera o el estilo que ustedes se imaginan. No he venido a juzgar, sino a salvar. No he sido invitado a poner en su sitio las cosas, sino a iniciar algo. Vengo a dar la señal de partida. Inauguro no el tiempo del juicio, sino el de la paciencia. Mi misión está bajo el signo de la siembra, no de la cosecha”. Y justo por eso es que resalta la figura del sembrador (que es el Señor mismo). La parábola no nos proyecta hacia el futuro, sino hacia el presente. El Reino de Dios está aquí, por lo tanto se trata de comprender el presente en su aparente falta de significado; en no buscar signos de la gloria futura. El Reino de Dios llega, digamos, a escondidas, e incluso a pesar del fracaso[1]. Alguien ha dicho que esta es la parábola de la confianza en el éxito final. No. En realidad es la parábola de la confianza en los comienzos. Lo importante es la siembra, no la cosecha. Jesús nos dice que el Reino es una siembra (no lo que esperan los oyentes: algo terminado, decidido), y que él es el sembrador, que él ha salido para esto, no para otra cosa. Su tarea específica es el sembrar. Ni siquiera es importante saber lo que siembra (no lo menciona). Lo significativo es el acto de sembrar. Con frecuencia nos sentimos angustiados: ¿por qué tanta fatiga desperdiciada? ¿por qué se obtienen unos resultados tan modestos? ¿vale la pena insistir? ¿qué se consigue? ¿para qué tantos esfuerzos, tantos sacrificios, tantas esperanzas vanas? Sí, es la preocupación que todos tenemos por los resultados, por sacar las cuentas. Esta parábola nos ayuda a no quedarnos en las apariencias, en el cascaron de las cosas, a entender que el éxito ya está presente en los fracasos, que la cosecha ya está presente en la siembra. Además, el sembrador no elige el terreno. No decide cuál es el terreno bueno y cuál es el desfavorable, cuál apto y cuál menos apto, cuál del que se puede esperar algo, y cuál por el que no vale la pena esforzarse. El sembrador no separa el terreno en bueno o malo. El terreno se revela en lo que es, después de la siembra, no antes ¡Ay si todos los cristianos recordásemos esto! Nuestro quehacer no consiste en clasificar la tierra ni en trazar el mapa de las posibilidades (¡Ay esos planes de pastoral a veces tan llenos de nada y tan faltos de amor!). Los cristianos hemos de probar todos los terrenos y regar la Palabra por todas partes, debemos aprender a malgastar la semilla, a hacer numerosos gestos inútiles. Y desde luego a no olvidar que la semilla, que es la Palabra, tiene el poder de transformar el terreno: puede romper las rocas y abrirse un paso en el camino difícil. La parábola no nos cuenta que la semilla se resigne a las condiciones que encuentra. La palabra es creadora. También del terreno. Basta dejarla obrar. Es la Palabra la que puede transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne[2]. La semilla se pierde sólo cuando se queda en las manos cerradas de un sembrador cobarde que no sale para no poner en peligro la palabra[3]. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien»[4]. ¿estamos abiertos a ser sembradores y a esparcir la Palabra –o el bien que esté en nuestras manos hacer- sin esperar aplausos y trofeos? • AE



[1] Cfr. G. Bornkamm, El Nuevo Testamento y la historia del cristianismo primitivo, 1975; Estudios sobre el Nuevo Testamento, 1983; Pablo de Tarso, 2002 (6a. ed.)
[2] Cfr. Ez 36, 26.
[3] Cfr. A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A. Edit. Sígueme, Salamanca 1986, p. 167 y ss.
[4] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 2.