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En todo amar y servir (XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Las tres lecturas de este domingo convergen en un mismo interrogante: el centro de la vida humana, ¿está en la tierra?, ¿se limita al tiempo presente? Hace pocos días celebramos a un personaje que nació hace unos quinientos años y respondió a estas preguntas fundamentales. Iñigo de Loyola. Nació en el seno de una familia acomodada. De pequeño no le faltó de nada. Se sentía hijo de una estirpe noble, orgullosa de su pasado, en el que se había distinguido por su espíritu combativo y su fidelidad al rey. Educado en la corte, conocía bien el uso de las armas. Llevaba, así lo reconoció él mismo, "una vida muy mundana". Su juventud fue la de un cortesano galante, amigo de los juegos de azar, de las riñas y de las mujeres. Aspiraba a hacer una buena carrera militar. Por eso se alistó a las órdenes del virrey de Navarra para defender la ciudad de Pamplona contra los franceses. Allí el 20 de mayo de 1521 resultó gravemente herido: una bala de cañón le destrozó la pierna derecha. Si mucho le dolía la herida, más le dolió el orgullo herido. Los franceses vencedores le dispensaron los primeros cuidados. Después fue trasladado a su casa de Loyola, donde se constató que los huesos de su pierna no habían soldado correctamente. El enfermo, llevado por su orgullo, exigió ser operado de nuevo pues no se conformaba con quedar cojo para toda la vida. Sufrió terribles dolores, estando varias veces a las puertas de la muerte. La convalecencia se alargaba y pidió a su hermana que le cuidaba le proporcionara libros para distraerse. Esta no tenía otros que vidas de santos. Le impresionaron, sobre todo, la de san Francisco y la de santo Domingo. Leyéndolas se preguntaba: ¿De qué me sirve sufrir por mantener una belleza corporal, que tarde o temprano perderé? ¿Qué sentido tiene servir a un señor, que tarde o temprano morirá? Como el autor del libro del Eclesiastés que hoy hemos escuchado en la primera lectura, se decía: "¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol?". Y concluía: "Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad". En su imaginación las proezas militares empezaban a dejarle vacío por dentro, mientras que las obras de los santos lo animaban. Por eso decidió hacer lo que ellos. Pensó dedicarse a la penitencia y peregrinar a Tierra Santa para llevar una vida lo más parecida a la de Jesús. Así fue que empezó a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Se propuso despojarse de las obras de la vieja condición humana, para revestirse de la nueva condición del que vive con Cristo. Este fue el inicio de su conversión. Y lleno de buenos propósitos, partió Ignacio hacia Palestina, pasando por Aránzazu, Manresa y Barcelona. Ignacio, como san Francisco y santo Domingo a los que tanto admiraba, como todos los santos, se tomó al pie de la letra las palabras de Jesús que recordábamos en el evangelio de hoy: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?". Y se propuso desde entonces no amasar riquezas para si, sino hacerse rico para Dios. Así Ignacio, un hombre como nosotros, quiso plasmar en su vida el mensaje que la palabra de Dios hoy nos ha transmitido. Hoy es un buen día para recordar aquella escrita en su libro de los Ejercicios Espirituales. Ayuda a meditar en el tema del desprendimiento. Hagámosla nuestra, cada uno en su situación concreta. Dice así:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, y mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;
vos me los disteis, a Vos, Señor, lo torno;
todo es vuestro,
disponed de todo a vuestra voluntad,
dadme vuestro amor y gracia,
que ésta me basta.

Sea esta nuestra disponibilidad ahora y siempre • AE

El tamaño de la mota, el tamaño del corazón (VIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Las palabras del Señor éste domingo, el último antes de iniciar el tiempo de Cuaresma, nos ponen delante de un asunto cotidiano y que requiere atención: vemos fácilmente los defectos ajenos y por el contrario somos miopes para ver los propios. Aun más. Podríamos decir que a Jesús no le interesa tanto la ponderación de si lo que yo tengo en mi ojo es una viga o una mota, mayor o menor que la que hay existe en el ojo del hermano, Jesús afirma que en realidad lo que hay que hacer es sacar primero la viga del propio ojo, porque «entonces verás claro y podrás sacar la mota del ajeno». Inútiles son pues las comparaciones entre vigas y motas, lo que importa es entender cómo nos podemos ayudar los unos a los otros para que nuestros ojos y nuestro corazón sean más claros, más bondadosos y estén más en la verdad. De alguna manera llegamos a la bienaventuranza de los limpios de corazón, la que habla de los que saben ver la verdad y la autenticidad que existen en los demás y en uno mismo. Es por eso que el Señor habla de la bondad que se almacena en el corazón. Para Jesús el problema no está en la vista, ni en la boca que expresa lo que ven los ojos; sino en el corazón. En la primera de las lecturas de hoy se habla de lo importante que es en el hombre razonar y hablar; para Jesús lo esencial es el buen sentir, el buen amar. Este es el gran reto que nos plantea el evangelio de hoy, y la invitación es a imitar a un Dios que ama al hombre siempre, por encima y más allá de sus méritos y de sus estrepitosas caídas; a reparar nuestro corazón a veces tan marcado por los complejos, las envidias y ese profundo deseo de autoafirmación. Karl Rahner, en uno de sus mejores textos, dice algo así como: «Mira, Señor, ahí está el otro, con el que no me entiendo. Él te pertenece; tú le has creado. Si tú no le has querido así, al menos le has dejado ser como es. Mira, Dios mío, si tú le soportas, le quiero yo aguantar y soportar, como tú me soportas y aguantas»[1]. Hoy podríamos pedir al Señor que nos vaya cambiando el corazón, que nos lo vaya haciendo «bueno del todo», justo como el suyo[2]. Quizá entonces y solo entonces podríamos ver con amor la mota o la viga, la verdad del hermano • AE


[1] Karl Rahner S.J. (1904 –1984) fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX. Su teología influyó al Segundo Concilio Vaticano. Su obra Fundamentos de la fe cristiana (Grundkurs des Glaubens), escrita hacia el final de su vida, es su trabajo más desarrollado y sistemático, la mayor parte del cual fue publicado en forma de ensayos teológicos. Rahner había trabajado junto a Yves Congar, Henri de Lubac y Marie-Dominique Chenu, teólogos asociados a una escuela de pensamiento emergente denominada Nouvelle Théologie.
[2] J. Gafo, Dios a la vista. Homilías ciclo C, Madrid, 1994, p. 227 ss.



Con una conversación silenciosa (XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)


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A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico". Así termina el relato del [breve] encuentro entre el Señor y el joven al que el evangelista llama “muy rico”[1]. A aquel muchacho –no sabemos su nombre- le parece excesivo el precio que tiene que pagar para pertenecer a los seguidores de Jesús. Esperaba del Maestro otra cosa: que le hubiera mandado hacer más obras buenas, dar una limosna mucho más generosa, y no fue así. Lo que el Señor quería era su corazón, y éste completo. La molestia le vino al joven porque quizá quedó al descubierto su verdadera situación interior., y a quién le gusta que los demás conozcan lo que pasa por dentro… No cabe duda ¡Qué peligroso es dialogar  tan abiertamente con Jesús! Pero ¿de qué sirve hacerlo de otra manera? Aquel muchacho tenía muchos  bienes, y su corazón estaba anclado en ellos, vivía dividido entre su deseo de ser fiel a Dios y su amor por las cosas materiales. Al final, por conservar la propia fortuna, dejó ir la oportunidad de seguir al Señor. Atención: no es que haya dejado de cumplir algún mandamiento, pero la carga le impidió volar alto. Veinte siglos después los cristianos no somos tan diferentes de aquel muchacho: queremos ser buenos,  echar una mano de vez en cuando, dar de lo que nos sobra, y desde luego participar del Reino, pero también nos gusta disfrutar y sobre todo poseer. Decimos que seguimos al Maestro, y lo seguimos, pero a ratos de lejos, a veces de oídas, sin terminar de entender que la alegría de nuestro corazón está no en el tener, sino en el ser, y que más que una vida rica, el Señor propone una vida plena. San Agustín lo decía estupendamente bien: "Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te"[2].  Y Bach hizo de ésta idea una de sus mejores composiciones: "Jesús sigue siendo mi alegría /consuelo y bálsamo de mi corazón / Jesús me defiende de toda pena /Él es la fuerza de mi vida, el gozo y el sol de mis ojos /el tesoro y la delicia de mi alma / por eso no quiero dejar ir a Jesús fuera de mi corazón y de mi vista"[3]. Seguiremos enamorados de los bienes materiales mientras no descubramos al Señor, mientras pensemos en Él como en una pieza de museo o un juez implacable. ¿Y si este fin de semana intentamos hablar con él al calor de la liturgia y en el silencio de nuestro corazón? • AE


[1] Cfr. Mc 10,17-30.
[2] Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti. San Agustin, Confesiones, I, I. 
[3] Jesús, alegría de los hombres (título original en alemán: Jesus bleibet meine Freude, Jesús sigue siendo mi alegría) es el décimo movimiento de la cantata Herz und Mund und Tat und Leben, BWV 147 del compositor alemán Johann Sebastian Bach, escrita durante su primer año en Leipzig, Alemania. Estrictamente, se trata de un coral protestante. Está escrito para coro de cuatro voces (tenor, soprano, contralto y bajo) y orquesta, que interpreta la melodía principal.