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Del grito a la risa (II Domingo de Pascua 2018)



Inclinó al fin su cabeza,
rota en grito la Palabra;
hubo llantos y lamentos
de la tarde a la mañana.
¡Qué silencio y qué vacío
por la Palabra enterrada!
Todo aquel día de sábado
fue silencio y esperanza.

Y a la mañana siguiente,
primera de la semana,
la Palabra se convierte
en risa resucitada.
Es risa de primavera,
es risa que se regala,
Es risa que no termina,
es risa que vive y habla.
Todo se llena de risa,
todo se estremece y canta;
aquel grito del Calvario
es ya risa prolongada.

Se acabaron las tristezas,
las tristes muertes del alma;
hay un rostro que sonríe
y va sembrando esperanzas.
No llores ya, Magdalena,
buscando lo que más amas:
es hortelano que ríe:
una risa que no acaba.

No llores más, Pedro amigo,
recordando las tres faltas
ahora está junto a ti
el que es risa soberana,
y tan sólo te pregunta
si le quieres, si le amas,
y solamente te pide
reír con todas tus ganas.

No estéis tristes peregrinos
de Emaús o de cualquier patria:
Alguien sale a vuestro encuentro
y su risa es una llama;
siempre se deja invitar
cuando la tarde se acaba
y cuando parte su pan
de risa a todos contagia.

Parte tu pan conmigo,
Amigo mío del alma,
colorea con tu risa
los rincones de mi casa;
y que la risa florezca
y que fluya como el agua;
y los grupos resuciten
en risas multiplicadas •

El gemelo que no creía (II Domingo de Pascua 2018)




El evangelio llama a Tomás dídimo –el gemelo- nosotros lo conocemos como el incrédulo[1]. Aquel hombre tiene dificultad para creer que Jesús ha resucitado, es una verdad de tal magnitud y de tantas implicaciones, que él no alcanza a aceptarla. Bien por temor o bien por la inmensa alegría que le producía, no cree, y así lo dice. Sin embargo, al regresar el Señor y presentarse nuevamente delante de sus amigos Tomás comprende que aquel que esta frente a Él no es un simple hombre sino el Mesías mismo, el Cristo resucitado que no muere más. Y esa experiencia de Tomás que nosotros podemos vivir, si queremos, todos los domingos en la Eucaristía, es como la gasolina que necesitamos –pa entendernos- para asumir nuestro compromiso cristiano de todos los días, porque quien no comprende quién es Cristo y qué ha hecho por él, no puede comprometerse realmente, y la fe se vuelve entonces una cuestión prescindible. Sin embargo quien se sabe salvado de la muerte eterna no se puede sino cantar las misericordias de Dios, que nos ama desde que éramos pecadores y nos envía a su Hijo para perdonar nuestros pecados[2]. Es así que Tomás cambió, no fue el mismo después de encontrarse cara a cara con el Señor. Tomás se volvió un apóstol convencido y salió del cenáculo para anunciar a Cristo a todo el que quería escucharle… ¡Qué grande necesidad tenemos de hacer esta experiencia de Tomás! Cuando Maximiliano Kolbe se encontraba de pie ante los oficiales nazis y veía cómo condenaban a muerte a un padre de familia a morir, su corazón no se paralizó sino entendió que debía dar su vida como Cristo la había dado por él[3]. Hoy, segundo domingo de Pascua, domingo de la divina misericordia podríamos preguntarnos hasta dónde llega nuestra fe y nuestro compromiso, y qué estamos haciendo por poner a los demás delante del Señor resucitado • AE



[1]Cfr. Jn 20, 24.
[2]Cfr. Sal 88.
[3] El Padre Maximiliano María Kolbe (1894 - 1941) fue un sacerdote franciscano conventual polaco asesinado por los nazis en el campo de concentración Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran propagador de la devoción al Inmaculado Corazón de María.