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El evangelio en mis manos (III Domingo de Adviento, Ciclo C)


Qué debemos hacer?" le pregunta la gente al Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas. A nuestro alrededor hoy también se escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero la realidad es que seguimos caminando tranquilos, sin siquiera cuestionarnos nuestra propia conducta. Naturalmente, la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que en algún momento nuestra fe católica se volvió una religión cultural, incapaz de provocar una transformación y una orientación nueva de nuestra existencia, lo digo al menos al ver el panorama a mi alrededor (los Estados Unidos). Nos preocupan las «fórmulas de fe» del catecismo pero nos distraemos ante las exigencias de conversión que nos exige el evangelio. A mi personalmente me sorprende la capacidad que tenemos para acomodarlo y sobre todo edulcorarlo. Hoy, el tercer domingo de Adviento, es un buen momento para escuchar no solo la voz del Bautista, sino también la voz lúcida de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen conmover hoy a las multitudes pero sin lograr una conversión real a la solidaridad. Son voces incómodas, necesarios. Las grandes preguntas que hoy podríamos hacernos son, por ejemplo: Cuando estoy solo ¿hablo con Dios?; cuando nadie me está viendo, ¿Cargo la cruz con serenidad e incluso alegría? ¿Pienso en los pobres, en los jodidos, en los que nadie quiere, o termino sacándoles la vuelta? De otra forma ¿Qué sentido podría tener acudir domingo a domingo a la celebración Eucaristía y no poner en práctica el evangelio? «Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo (…)  No cobren más de lo establecido (…) No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario» • AE

Aguilas y conversiones y vuelos


El águila es el ave de mayor longevidad de su especie, llega a vivir unos setenta años, pero para llegar a esa edad a los cuarenta deberá tomar una decisión difícil. En ese momento sus uñas están apretadas y flexibles, con lo que no consigue atrapar a las presas de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra su pecho. Sus alas están viejas y pesadas y con unas plumas gruesas que le hace difícil volar. El águila solo tiene dos alternativas: morir, o enfrentar su doloroso proceso de renovación que consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga necesidad de volar por un buen tiempo. Después, ahí, el águila comienza a golpear con su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo, esperando a que crezca uno nuevo con el que desprenderá, una a una, sus uñas y talones. Cuando los nuevos talones comienzan a nacer, empezará a desplumar sus viejas plumas. Después de ese tiempo, largo, doloroso, se lanzará al célebre vuelo que le dará unos treinta años más de vida. Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos. Son las primeras palabras que recoge san Mateo al regreso de Jesús de sus días en el desierto. Conversión. Cambio. El tema no nos gusta. Le sacamos la vuelta; le huimos como a la peste. Pensamos en algo triste, penoso, unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que quizá ya no nos sentimos ni con humor y mucho menos con fuerzas. Sin embargo la conversión de la que habla Jesús –aunque el verbo en castellano sea un imperativo- no es algo forzado, sino una invitación. Una invitación que va creciendo por dentro en la medida en que vamos tomando conciencia de que Dios quiere hacer nuestra vida más humana y feliz. Asin. Tal cual. Y es que convertirse no es intentar hacer todo mejor, sino encontrarnos diariamente con ese Dios que nos quiere con locura. No se trata sólo de ser una buena persona sino de volver a Aquél que es bueno con nosotros. Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirnos más vivo que nunca, pensando hacia dónde debemos caminar. Convertirse pues es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestra vida diaria, es liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión, es dejar a un lado objetos que no necesitamos y apartarnos de personas que no nos necesitan. Empezamos a convertirnos cuando descubrimos que lo importante no es preguntaros: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?». Cuando nos vamos convirtiendo a ese Dios del que habla Jesús a lo largo y ancho de los cuatro evangelios poco a poco entenderemos que no debemos tener miedo de nosotros mismos, ni de nuestras zonas más oscuras. Ese Dios nos ama como somos. Quizá han pasado los años, y hemos logrado cierto prestigio, o una carrera profesional brillante, quizá cuenta de ahorros jugosa, o una casa grande y llena de cosas…. Pero si no nos hemos encontrado con este Dios lleno de amor que comprende nuestras miserias y caídas, habremos equivocado el camino, el sentido de nuestra vida[1]. Hoy, cuando escuchemos en la proclamación del evangelio ese Conviértanse porque ya está cerca el Reino de Dios, pensemos que nunca es tarde para convertirnos, porque, porque nunca es tarde para amar, nunca tarde para ser más feliz, nunca tarde para dejarnos perdonar y renovar por Dios, por dentro y por fuera. Igual que el águila, se trata de renovarnos, o morir• AE





[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 67 ss.