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Palabras añejas con sabor nuevo.


vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa

(Salmo 79)

Siento alegría, Señor, al ver que puedo dirigirme a ti hoy con las mismas palabras que tú inspiraste en otras edades; que puedo rezar por tu Iglesia la oración que el salmista rezó por tu pueblo cuando tu palabra se hacía Escritura y cada poeta era un profeta. Conozco la imagen de la vid y los sarmientos y el muro alrededor y la destrucción del muro y su restauración a cuenta tuya para protegerla. Me veo a mí mismo en cada palabra, en cada sentimiento, y rezo hoy por tu vid con palabras que han sonado en tus oídos desde el día en que tu pueblo comenzó a llamarse tu pueblo. La vid, los pámpanos, las montañas, la cerca. Destrucción y ruina; y el hombre a quien escogiste y fortaleciste. Términos de ayer para realidades de hoy. Tú inspiraste esa oración, Señor, y tú la preservaste en la Escritura para que yo pudiera presentártela hoy con nuevo fervor en palabras añejas. Te complaces en oír esas palabras, tuyas por su edad y mías en su urgencia; y si te complaces en oírlas, es porque quieres hacer lo que en ellas dices y quieres que yo te vuelva a decir. Con esa confianza rezo, y disfruto al rezar en unión de siglos con palabras de otro tiempo y vivencias del mío. Bendita continuidad del pueblo de Dios que sigue en peregrinación por el desierto del mundo[1].





[1] C. García Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander, 1989, p. 154.

Manjar y vino


Jesús, manjar y vino de alegría
Jesús Resucitado,
amor viviente y santa Eucaristía.

Y fuera de la viña lo mataron,
¡Jesús, perdón por ellos!
malvados viñadores que eso hicieron,
y de sangre sus túnicas tiñeron.

El canto del amor cantar yo quiero,
Jesús, si me permites,
decirte que tú tienes una viña,
por ti plantada, Iglesia bendecida.

Y en esta viña tienes un lagar,
Jesús, de sangre tuya,
divina Eucaristía que nos sacia
pues llena el corazón de toda gracia.

Por eso entre los hijos de los hombres,
Jesús, ninguno nunca,
ha sido ni será el más amado,
amor del Padre, ahora comulgado.

Recibe este homenaje, amado mío,
Jesús, mi don entero,
y a estos viñadores de tu herencia
regálales la paz de tu presencia.

¡Cantar de mis cantares, Jesucristo,
a ti, cantar purísimo,
cantar que el santo Espíritu alimenta,
todo su amor la Iglesia te presenta! •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla de los Ángeles, 28 septiembre 2011.

Gratitud


Pieter Brueghel El Jóven, Primavera, (1620) 
óleo sobre madera, colección de  Sotheby's (New York)

Tanto la hermosísima Canción de la viña del libro de Isaías que escuchamos en la primera de las lecturas como la parábola del evangelio [tradicionalmente llamada de los viñadores homicidas] [!][1] nos ayudan a comprender que, al final, todo lo que tenemos lo hemos recibido, que hemos sido amorosamente creados y cuidados por Dios y que se nos han dado talentos y posibilidades que debemos usar alegre y con generosidad. Y la verdad es que a veces nuestra respuesta a esos regalos ha sido deficiente, desagradecida e incluso rebelde. La parábola nos ayuda a profundizar aún más en el regalo que es la vida. Más que nunca estamos muy necesitados de captar con el corazón que todo lo debemos a la generosidad de Dios, que no somos ni independientes ni autónomos, que todo hemos de valorarlo primero para después saberlo usar generosamente. Hoy podríamos revisar un poco nuestras actitudes con respecto a Dios, con respecto a la Iglesia, con respecto a nuestra vocación. La respuesta a esa revisión no será sencilla; requiere un buen examen de conciencia y sobre todo confianza en el amor infinito que Él nos muestra a cada momento ¿dónde estaríamos sin su amor y sin su misericordia? El Señor nos dice que el Padre es el dueño de la vid que la cuida y la poda para que dé más fruto. El Padre se preocupa constantemente de nuestra relación con Jesús, para ver si estamos verdaderamente unidos a él. Nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad nuestro futuro, con la certeza de que la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús[2] AE



[1] Is 5, 1-7; Mt 21, 33-43.
[2] Cfr. Fil 4, 6-9.