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En la Misa y en la mesa (III Domingo de Pascua, 2018)



La reunión no podía ser mejor: los dos que regresan de Emaús cuentan y cuentan y cuentan y no acaban: aquel caminante, después de explicarles lo del Mesías (tema que emocionaba a cualquier judío) había partido el pan con ellos ¡y entonces lo habían reconocido! ¡Era Jesús!... Bueno, pues a pesar del relato optimista y lleno de detalles, los demás discípulos siguen sin creer, se presenta en medio de ellos Jesús una vez más, y aquella presencia no les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos, aunque el evangelista tiene buen cuidado en anotar que no acababan de creer por la alegría[1]… En el evangelio de este domingo, el tercero dentro del tiempo de Pascua, vemos la importancia que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, como expresión de amistad y ocasión para comunicar su mensaje. Comiendo con publicanos y pecadores Jesús revela para quién ha venido[2]; en una comida acoge aquella mujer, al parecer pecadora, y la defiende[3]; será en otra comida, a la que él se invita, cuando dice que con él entra la salvación en los hogares[4], y en una cena, la cena más entrañable de la historia, adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, y tendrá para con los suyos las más hondas expansiones, dejando aspectos fundamentales de su mensaje[5]. Y será en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el mismo Pedro lo recordará, años más tarde: Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos[6]. Jesús les pide de comer a los apóstoles, y lo hace delante de ellos para fortalecer su fe, para quitar sus miedos, para hacerles partícipes de su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, ¡y una buena comida! son en Jesús signos de una vida nueva •AE


[1]Lc 24, 41.
[2] Cfr. Id 5, 32.
[3]Cfr. Mt, 26, 7-10; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8.
[4] Cfr. Lc 19, 1-10.  
[5] Mt, 26, 26-29; Mc 14, 22-25; LC 22, 22-23.
[6] Hech 10, 41.

El desengaño y el desencanto y la alegre esperanza


La de Emaus es la ruta del desengaño y el desencanto. Aquellos hombres habían dejado todo para seguir a Jesús y ahora abandonan la esperanza y regresan a su pueblo con el alma llena de recuerdos y desengaños #lavidamisma El que tenía palabras de vida eterna ha muerto, y con él aparentemente se fueron todas sus palabras y sus obras, es decir, se acabó la esperanza! Nosotros esperábamos..., dicen con tristeza, con la murte de Jesús ha muerto también su esperanza. A nosotros nos sucede lo mismo sin embargo esperar es siempre esperar contra toda esperanza, que nos dice san Pablo, es saber que los hombres somos injustos pero que seguimos luchando por la justicia, que somos egoístas pero seguimos luchando por el amor. ¡También en el fracaso está Jesús como compañero de camino! Ahí también lo podemos encontrar como entrañable compañero y hablar con él. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Jesús está presente y no disfrazado. Son los ojos de los discípulos los que antes no eran capaces, estaban impedidos para ver a Jesús, y después se abren y lo reconocen. El itinerario de la fe entonces no consiste en la ausencia o presencia de Jesús, cuya iniciativa y compañía están aseguradas en nuestro camino, sino en ese deseo interior de verlo, de esta con él, de interactuar con él diariamente. Las consecuencias del encuentro con Jesús son el encontrarse a sí mismo -gozo, esperanza, paz-, el reencuentro con la comunidad y al final el deseo sincero de salir a servir a los demás.  Al final de aquel camino –ya en Emaus- los dos discípulos están renovados por completo. Su comprensión de la vida es otra; hasta entonces veían en la muerte el fracaso último de la Humanidad. ¿No ardía nuestro corazón...? Se preguntan ahora, y ahí está la señal de la presencia del Señor, la prueba de que él siempre nos toca –si nos dejamos- con su Palabra; nunca como entonces nos sentimos tan indignos, y al mismo tiempo tan felices. El camino a Emaus se repite pues allí donde existe un corazón que ha conocido alguna vez al Señor • AE 

¡Quédate con nosotros!


Arnaud de Moles, La Cena de Emaús, 
vitral de la Catedral basílica de Nuestra Señora Auch (Francia)
...

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo.
Quédate.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día
si tu camino no es nuestro camino?.
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres
si no compartes nuestra mesa humilde?.
Repártenos tu cuerpo
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu.
Y limpia en lo más hondo
del corazón del hombre
tu imagen empañada por la culpa.

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo.
Quédate •

J. L. Blanco Vega y J.A.  Espinosa