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Back in the Ordinary Time. Sacrament of Confession (updated 6.2.2020)

Confession is the sacrament of the tenderness of God, his way of embracing us. 

Pope Francis.  

Dear parishioners and fellow friends who follow this blog: little by little we have been returning to normality in our parish communities; We observe all the indications of the city and of the Archdiocese of San Antonio and the celebration of the sacraments takes place in our three communities. The Sacrament of Confession is usually celebrated on Saturdays one hour before the vigil mass, but not limited to this schedule. I am available to celebrate the Confession at any time that is opportune and prudent at any of our three parish communities: Our Lady of Grace, St. Peter Prince of the Apostles and Our Lady of Sorrows. The best way to organize the day and time that is most convenient for both parties is through an e-mail. So, please feel free to send one to agusestrada@gmail.com and for sure we will set up the best time for both of us • AE

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Queridos feligreses y amigos que siguen este blog:  poco a poco hemos ido volviendo a la normalidad en nuestras comunidades parroquiales; nosotros observamos todas las indicaciones de la ciudad y de la Arquidiócesis de San Antonio y la celebración de los sacramentos se lleva a cabo en nuestras tres comunidades. El Sacramento de la Confesión se celebra habitualmente los sábados una hora antes de la misa de la vigilia, pero no limitado a este horario, yo estoy disponible para celebrar la Confesión en cualquier momento que sea oportuno y prudente en cualquiera de las tres comunidades parroquiales de las que soy vicario: Our Lady of Grace, St. Peter Prince of the Apostles y Our Lady of Sorrows. La mejor manera para encontrar un día y una hora que resulte más conveniente para ambas partes, es a través del correo electrónico. Por favor envíame un e-mail a agusestrada@gmail.com; así podremos organizar un breve encuentro • AE

Volver a empezar (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)


En una conversación entre Paul Ricoeur y Gabriel Marcel, decía el primero: «Me he encontrado durante años en la situación extremadamente singular de un hombre que cree profundamente en la fe de los demás y está perfectamente convencido de que esa fe no es ilusoria, pero que, sin embargo, no se siente con fuerzas o con derecho para hacerla propia»[1]. Hoy esta experiencia no es tan rara como pudiera parecer. Son bastantes los que aprecian la fe de sus amigos, incluso la envidian quizás, pero sienten que, honradamente, no pueden adherirse a esa misma fe. Sienten que su fe está bloqueada. Falta una comunicación real con Dios. No saben cómo encontrarse de nuevo con Él. Se hace imposible toda relación. Algo parece haber muerto en su corazón creyente. Durante muchos años han vivido la fe como un deber. Hoy la sienten, quizás, como un estorbo que les impide vivir intensamente la experiencia humana. ¿Es posible desbloquear esa fe amenazada de muerte? ¿Es posible descubrirla de nuevo en el fondo de nuestro ser como una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra existencia? ¿Creer de nuevo en «esa dulce y secreta intuición» -como decía Rilke- de un Dios que no está lejos de ningún viviente y cuya ternura salvadora puedo experimentar yo mismo? Sin duda, todo lo que es importante en nuestra existencia es siempre algo que va creciendo en nosotros de manera lenta y secreta, como fruto de una búsqueda paciente y como acogida de una gracia que se nos regala. En concreto: nuestra fe puede comenzar a despertarse de nuevo en nosotros, si le decimos al Señor las mismas palabras de los discípulos: “Auméntanos la fe”. Puede parecer una oración demasiado pobre, modesta y de poco prestigio. Una oración dirigida a Alguien demasiado ausente e incierto. Lo que importa es que sea humilde y sincera. Cuando uno lleva mucho tiempo decepcionado por la religión e incluso distanciado interiormente de la Iglesia, cuando uno no puede creer en Dios porque su silencio se le ha hecho muy grande, tal vez, sólo esta oración humilde puede devolvernos a la fe viva. En medio de muchas dudas, este grito, repetido sinceramente, puede hacernos dudar de nuestras propias dudas y puede ayudarnos a descubrir de nuevo al Señor como fuente de vida. Lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino la amistad con Aquel que está siempre en el corazón del hombre. Siempre[2]. En las palabras del Santo Padre Francisco resuena esta misma idea: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[3]• AE


[1] Paul Ricoeur (1913 - 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica. Su pensamiento se ubica en la misma tradición que otros notables pensadores como Edmund Husserl y Hans-Georg Gadamer. Gabriel Marcel (1889-1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.​
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 351 ss.
 [3] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 3; el texto completo de la exhortación puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html 


Venganza y Perdón.


La pregunta sin anestesia ni nada: quienes vamos caminando el camino de la vida en pleno año 2017 ¿acudimos con frecuencia al perdón de Dios, o ya no necesitamos sentirnos perdonados ni por Él ni por nadie? ¡Gran pregunta! La verdad es que atribuimos nuestros males a las deficiencias de una sociedad mal organizada, a las actuaciones injustas que provienen de los otros –el gobierno, la iglesia y su jerarquía, los vecinos- o hasta a la naturaleza, Pero ¿No necesitaremos, en lo más hondo de nuestro, ser confesar nuestros propio pecados y sentirnos comprendidos por Alguien? ¿No será muy saludable sabernos aceptados con nuestros errores y miserias, acogidos y restituidos? La experiencia del perdón es una experiencia tan fundamental que quien no conoce el gozo de ser perdonado, corre el riesgo de no crecer como hombre, como mujer. La parábola del evangelio de éste domingo y que es la respuesta  que da el Señor a Pedro sobre cuántas veces ha de perdonar nos recuerda lo esencial del perdón en nuestra vida[1]. Si no nos sabemos comprendidos y entendidos y perdonados por Dios, difícilmente sabremos comprender y entender y perdonar a los demás, viviendo sin entrañas, justo como el siervo de la parábola, endureciendo cada vez más nuestras exigencias y reivindicaciones y negando a todos la ternura y el perdón. Quizá los humanos pensamos que todo se puede lograr endureciendo las luchas, despertando la agresividad y enconando el resentimiento. En realidad lo que hemos logrado es un espiral de violencia y de dolor. Pensémoslo éste fin semana. El perdón, hermano mío, hermana mía, no es algo inútil, o propio de personas débiles y resignadas ¡Todo contrario! El perdón está en las almas fuertes, o al menos en las almas que luchan por serlo. Si alguien de otro planeta nos observara vería que vivimos estrangulándonos unos a otros y gritándonos constantemente: “págame lo que me debes”[2]. Y esto, lo único que logra es separarnos más y endurecer más los corazones[3]. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo[4]. En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos. Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. Con mi Dios, salto los muros, canta el salmista[5]. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón. Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad. Y felicidad. De la auténtica. Como lo dije el viejo proverbio: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona” •


[1] Cfr. Mt 18, 15-20.
[2] Ídem, v. 28.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 109 ss.
[4] Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-II, q.22.
[5] Cfr. Sal 18.