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MIERCOLES DE CENIZA (Febrero 26, 2020)


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Con mucha sencillez la liturgia de hoy nos invita a reconocer nuestra debilidad. ¡Cuánta distancia hay entre nosotros y el Evangelio, entre nosotros y la vida de fidelidad del Señor! Hoy, si volvemos la mirada sobre nosotros mismos, sobre nuestra manera de vivir, de actuar, brotarán desde lo más hondo de nuestro corazón aquellas palabras que decíamos en el salmo: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. La invitación de hoy es a ser sinceros con nosotros mismos. Si nos ponemos ante Dios no podremos gloriamos de nada. ¡Cuánto nos dominan nuestros deseos y nuestros intereses! ¡Cuántas ganas tenemos de imponer nuestro criterio y nuestra voluntad! ¡Qué poca capacidad de renuncia (de dinero, de tiempo, de tranquilidad) para el servicio a los demás! ¡Qué poco nos esforzamos por comprender a los que no son o piensan como nosotros! ¡Cuán poco presente tenemos a Dios en nuestras vidas! Y además de reconocer la propia infidelidad también hoy es un buen momento para levantar los ojos a Dios con confianza, con fe: ¡Misericordia, Dios mío, ¡por tu bondad! En este inicio de la Cuaresma, tenemos que lanzarnos una mirada introspectiva y reconocer nuestro pecado. Y, al mismo tiempo, mirar hacia Dios, nuestro Padre, y reafirmar nuestra confianza en su amor. Hoy, la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza será esta señal de reconocimiento. Será como decir: somos débiles, somos pecadores, no acabamos de salir de esta situación, de este estado. Pero no será decírnoslo a nosotros mismos, no será decirnos que no hay nada que hacer, que no hay salida. Será decirlo ante Dios, reconocerlo ante Dios. Y decirlo y reconocerlo ante Dios es decir y reconocer que en él está el perdón, la vida, la salvación, el amor inagotable. Y todo eso se convierte entonces en un gran empuje para avanzar, para caminar. Jesús, en el evangelio, nos ha hablado de este camino. Nos ha dicho que tenemos que dar de lo nuestro a los que lo necesitan; nos ha dicho que tenemos que orar, que tenemos que acercarnos a Dios con todo nuestro ser; nos ha dicho que tenemos que ayunar, que tenemos que renunciar ¡a tantas cosas! Y nos ha dicho que todo eso lo tenemos que hacer no para que nos vean y nos feliciten, sino por fe, por amor, por deseo de fidelidad. En este tiempo de Cuaresma hemos de vivir intensamente este empuje para avanzar. Cada uno de nosotros tenemos que proponernos hacer de esta Cuaresma un verdadero paso adelante en la vida cristiana. Reconociendo el propio pecado, poniendo toda nuestra confianza en Dios, esforzándonos de verdad en el seguimiento de Jesucristo. Para llegar llenos de gozo a la noche de Pascua • AE

Pacientemente; día con día (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



J.B. Gerloff, Los discupulos de Emaús, óleo sobre tela, 
Abadía de Kornelimünster (Aquisgrán, en Renania del Norte, Alemania.

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El evangelio de éste domingo, el penúltimo del tiempo ordinario, recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación que habremos de enfrentar con paciencia[1]. Apenas se habla de la paciencia en nuestros días y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de crisis, de incertidumbre e incluso de frustración. Pero la paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia del hombre fuerte y aguerrido, como en Platón o Aristóteles, sino más bien, la actitud serena de quien tiene el corazón puesto en un Dios sabio y fuerte que permite que la historia camine -a veces tan incomprensible para nosotros- con ternura y amor compasivos. Cuando el cristiano está animado por esta paciencia no se deja perturbar por tribulaciones y crisis, sino que mantiene con ánimo sereno. Su secreto está en la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas[2]. Al impaciente ciertamente la espera se le hace larga y por eso se crispa y se vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera y termina en el desaliento, el cansancio y la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no espera en nadie. El hombre paciente no se deja llevar por la tristeza: contempla la vida con respeto y buen humor. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera ni separar violentamente el trigo de la cizaña[3]. El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza[4]. La paciencia del creyente tiene sus raíces –profundas, fuertes- en ese Dios cercano y compañero de camino. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra[5]. En Él ponemos hoy toda nuestra esperanza y nuestra fe, y a poco de terminar el ciclo litúrgico e iniciar uno nuevo volteamos la mirada a María Santísima, a quien llamamos también “vida, dulzura y esperanza nuestra” • AE


[1] Curiosamente el término empleado por el evangelista (hypomone) significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa.
[2] Cfr. Ne 9, 8.
[3] Cfr. Mt 13, 24-30.
[4] 1 Tim 4, 10.
[5] Cfr. J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a San Lucas. Comentario al Ciclo C, San  Sebastián, 1944, p. 123 ss.



Mi Ego y mi perfección (XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Las lecturas de hoy nos hablan de cómo podemos orientar nuestra relación con Dios. El Señor dice ésta parábola por algunos que "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". La parábola habla por sí misma. La hemos escuchado muchas veces y es posible que al hacerlo hoy de nuevo, nos resbale un poco. Es como agua pasada. ¿A cuál de éstos dos personajes nos parecemos más? Hace muchos años que leo el evangelio y lo predico, sé que debo evitar la actitud de autosatisfacción y desprecio de los demás, e imitar la actitud humilde del publicano pero ¡ay cómo sale el fariseo que está escondido en mí! Siempre se me ocurre pensar que hay gente peor que yo (porque no hago lo que ellos hacen) y tiendo a sobrevalorar lo que yo hago (me siento satisfecho por esto o aquello). El fariseo es el personaje consciente de su buen comportamiento, que compara y enjuicia precisamente en base a su cumplimiento. Es perfecto. El publicano en cambio es consciente de su mal comportamiento. Por eso no compara, ni enjuicia; cree tener siempre obligaciones, nunca derechos sobre los demás; se da cuenta de que el mal no está solamente fuera, sino dentro de él, que no tiene las manos limpias, que no puede echar la culpa solo a los demás, sino que tiene que convertirse, cambiar personalmente. En realidad la única arma que tenemos contra nuestro ego y nuestro orgullo es una actitud como la del publicano: reconocer con sencillez que somos unos fariseos. Vistas así las cosas nuestra oración podría ser esa tan entrañable: “Señor, ten compasión de este fariseo que hay en mí” ¿A qué es debido que Jesús se ponga, digámoslo así, del lado del publicano? A que aquel hombre se presenta delante de Dios reconociendo que todo lo que hace no está bien y no puede atribuirse ningún mérito; todo debe esperarlo de la bondad del Padre. Por el contrario, el fariseo va por la vida como esperando que el propio Dios lo felicite por lo derechito que camina. Nuestra oración –nuestra relación con Dios- no puede ser la de un ser humano satisfecho con lo que hace, pagado y lleno de sí mismo y que al final se presentará delante de Dios para que mire sus libros de cuentas y los apruebe, sino más bien la del peregrino que sabe que le queda todavía mucho que andar, por desagraviar y por sembrar, esperando siempre más de Dios que de sí mismo. El fariseo se presentó delante de su Dios para gracias por el hecho de ser justo, por cumplir estrictamente y con creces la Ley de Dios. El publicano para suplicar el perdón por su pecado. Gran diferencia • AE

Con temor y temblor (Solemnidad de San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María)



Pensó dejarla en secreto”, dice el evangelista para explicar la reacción de José cuando se da cuenta el embarazo de su prometida. San Bernardo lo explica de manera maravillosa: «¿Por qué quiso José despedir a María? Escuchad acerca de este punto no mi propio pensamiento, sino el de lo Padres; si quiso despedir a María fue en medio del mismo sentimiento que hacía decir a san Pedro, cuando apartaba al Señor lejos de sí: "Apártate de mí, que soy pecador"[1]; y al centurión, cuando disuadía al Salvador de ir a su casa: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa"[2]. También dentro de este pensamiento es como José, considerándose indigno y pecador, se decía a sí mismo que no debía vivir por más tiempo en la familiaridad de una mujer tan perfecta y tan santa, cuya admirable grandeza la sobrepasaba de tal modo y le inspiraba temor. El veía con una especie de estupor, por indicios ciertos, que ella estaba embarazada de la presencia de su Dios, y, como él no podía penetrar este misterio, concibió el proyecto de despedirla. La grandeza del poder de Jesús inspiraba una especie de pavor a Pedro, lo mismo que el pensamiento de su presencia majestuosa desconcertaba al centurión. Del mismo modo José, no siendo más que un simple mortal, se sentía igualmente desconcertado por la novedad de tan gran maravilla y por la profundidad de un misterio semejante; he ahí por qué pensó en dejar secretamente a María. ¿Habéis de extrañaros, cuando es sabido que Isabel no pudo soportar la presencia de la Virgen sin una especie de temor mezclado de respeto? En efecto, “¿de dónde a mí la dicha de que la madre de mi Señor venga a mí?”[3]»[4]. Que el santo Patriarca interceda por nosotros y que nos ayude a acercarnos con reverencia y amor al misterio de Dios, y a confiar en Su providencia cuando nuestro entendimiento no alcance a comprender toda la profundidad de la Providencia divina • AE


[1] Lc 5, 8.
[2] Mt 8, 8.
[3] Lc 1, 43.
[4] San Bernardo, Homilía sobre el Missus est, PL 183, p. 68.


El inicio de la transformación (Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Qué puede significar aquella frase de María: "No tienen vino?". En los evangelios hay expresiones paralelas a ésta: "Ya no nos queda aceite, y nuestras lámparas se apagan"[1], es la misma situación de apuro y de imprevisión, también en una fiesta de bodas; o la de los discípulos en el desierto: "No tienen suficiente pan[2]. En el evangelio de hoy, allí donde se esperaba que la plenitud del amor, de la fiesta nupcial con una felicidad plena, resulta que de golpe falla la previsión humana, se agotan los recursos, la prudencia escasea y se produce una situación embarazosa que funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapaces, sin saber qué hacer. Ese hombre y esa mujer, como todos, se sienten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no pueden prescindir y, sin embargo, experimentan límites, miserias, incapacidades. La vida es así. Nuestras reservas de amor, de paciencia, nuestras provisiones de vino, de aceite, de pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar toda una vida? Probablemente no. Cuántas veces se repite el grito: "¡Ya no tengo ganas, mi lámpara se apaga!" Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de unidad, de servicio prolongado y sacrificado. Y quizá tengamos cerca una persona como María, que lo dice porque ya se ha dado cuenta: "No tienen vino". No aguantamos más. Siempre hay una solución. La Eucaristía, el más grande de los sacramentos, porque es Jesús mismo, es la transformación del agua en vino, de la fragilidad del hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu, el único que nos da la certidumbre de ser capaces de amar. La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el amor que crea unidad en la vida matrimonial, el amor que crea unidad en la comunidad, en la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifestación de la potente gloria de Dios[3]. Los que nos encontramos en el camino de la vida sin vino, quizá sólo con una provisión de agua incolora, inodora e insípida, necesitamos frecuentemente de la plenitud del Espíritu que no transforme el corazón y la mente. Sólo así podremos vivir con un tipo de amor que no sea únicamente entusiasmo, primer proyecto, primeras experiencias, sino fuerza duradera para toda la vida. Este domingo, el segundo dentro del Tiempo Ordinario, la Eucaristía se nos presenta como la presencia de Aquel -Jesús- que atrayéndolo todo hacia sí desde la cruz, nos da un amor que perdura, que alimenta, que sacia, que no traiciona. Nunca • AE


[1] Mt 25, 8.
[2] Jn 6, 1 ss.
[3] Cfr. Cardenal Carlo Maria Martini, Se me dirigió la Palabra, Ed. Paulinas, 1990, p. 92 ss.

Con una conversación silenciosa (XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)


"

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico". Así termina el relato del [breve] encuentro entre el Señor y el joven al que el evangelista llama “muy rico”[1]. A aquel muchacho –no sabemos su nombre- le parece excesivo el precio que tiene que pagar para pertenecer a los seguidores de Jesús. Esperaba del Maestro otra cosa: que le hubiera mandado hacer más obras buenas, dar una limosna mucho más generosa, y no fue así. Lo que el Señor quería era su corazón, y éste completo. La molestia le vino al joven porque quizá quedó al descubierto su verdadera situación interior., y a quién le gusta que los demás conozcan lo que pasa por dentro… No cabe duda ¡Qué peligroso es dialogar  tan abiertamente con Jesús! Pero ¿de qué sirve hacerlo de otra manera? Aquel muchacho tenía muchos  bienes, y su corazón estaba anclado en ellos, vivía dividido entre su deseo de ser fiel a Dios y su amor por las cosas materiales. Al final, por conservar la propia fortuna, dejó ir la oportunidad de seguir al Señor. Atención: no es que haya dejado de cumplir algún mandamiento, pero la carga le impidió volar alto. Veinte siglos después los cristianos no somos tan diferentes de aquel muchacho: queremos ser buenos,  echar una mano de vez en cuando, dar de lo que nos sobra, y desde luego participar del Reino, pero también nos gusta disfrutar y sobre todo poseer. Decimos que seguimos al Maestro, y lo seguimos, pero a ratos de lejos, a veces de oídas, sin terminar de entender que la alegría de nuestro corazón está no en el tener, sino en el ser, y que más que una vida rica, el Señor propone una vida plena. San Agustín lo decía estupendamente bien: "Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te"[2].  Y Bach hizo de ésta idea una de sus mejores composiciones: "Jesús sigue siendo mi alegría /consuelo y bálsamo de mi corazón / Jesús me defiende de toda pena /Él es la fuerza de mi vida, el gozo y el sol de mis ojos /el tesoro y la delicia de mi alma / por eso no quiero dejar ir a Jesús fuera de mi corazón y de mi vista"[3]. Seguiremos enamorados de los bienes materiales mientras no descubramos al Señor, mientras pensemos en Él como en una pieza de museo o un juez implacable. ¿Y si este fin de semana intentamos hablar con él al calor de la liturgia y en el silencio de nuestro corazón? • AE


[1] Cfr. Mc 10,17-30.
[2] Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti. San Agustin, Confesiones, I, I. 
[3] Jesús, alegría de los hombres (título original en alemán: Jesus bleibet meine Freude, Jesús sigue siendo mi alegría) es el décimo movimiento de la cantata Herz und Mund und Tat und Leben, BWV 147 del compositor alemán Johann Sebastian Bach, escrita durante su primer año en Leipzig, Alemania. Estrictamente, se trata de un coral protestante. Está escrito para coro de cuatro voces (tenor, soprano, contralto y bajo) y orquesta, que interpreta la melodía principal.

La miel y la hien en el día a día (XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



La enseñanza de Jesús sobre la humillación y la cruz es quizá a la que nos resistimos con mayor obstinación. Mientras Jesús camina pensando en los sufrimientos que le esperan, los discípulos van detrás discutiendo sobre quién de ellos era el más importante. Jesús mismo había hecho sus distinciones entre ellos: primacía a Pedro en Cesárea, subida al monte de la transfiguración e ida a la casa de Jairo con Pedro, Santiago y Juan pero luego pondrá las cosas en su sitio: llamará a un niño y lo colocará en medio de los discípulos, en un gesto, como solían hacer los antiguos profetas, para hacerlo centro de atención y modelo para los apóstoles. Y nos pasa lo mismo que a los apóstoles, nos repugna el fracaso, la humillación, la cruz. No acabamos de entender el simbolismo del grano de trigo que tiene que morir para que haya espiga; una espiga que el grano nunca verá[1]. La resurrección tiene una dificultad muy seria para creer en ella: que viene siempre después de la muerte (como la espiga del grano), y nos resistimos a morir a nosotros mismos. Los cristianos de hoy no admitimos ni a un Dios sin gloria ni a un jefe sin prestigio. Nos las hemos ingeniado para camuflar la realidad de Jesús crucificado y hasta inventándonos un Dios que compense nuestras limitaciones: como somos míseros, nos imaginamos un Dios rico; como somos débiles y sufrimos, necesitamos un Dios fuerte e impasible. Olvidamos que Jesús desacralizó el poder, la autoridad, el dominio, el prestigio, el dinero y nos enseñó que para llegar a Dios es imprescindible rechazar todas esas cosas, que basta con amar y servir cada día un poco más, que podemos imitar al Padre, parecernos cada vez más a él, sin salirnos de las ocupaciones diarias, sin cambiar de lugar. Que la omnipotencia de Dios, en fin, es de amor, no de fuerza y de autoridad, que podemos lograr más unas gotas de miel que con un barril de hiel • AE


[1] Cfr. Jn 12, 20-33.

Estanques y manantiales donde podamos beber (XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



Necesitamos que el Señor, igual que como hizo con el sordo del pasaje del evangelio que escuchamos éste domingo, nos lleve a un lugar apartado y metiendo sus dedos en nuestros oídos pronuncie esa palabra tan hebrea, tan profunda y tan util: Efetá ¡Ábrete! Llevamos años escuchando domingo a domingo el evangelio sin lograr que penetre en nosotros y nos empape con su vigor. Algún que otro tapón debe hacer que nuestros oídos no quieran oír. Tenemos el tapón de la soberbia, que nos imposibilita ser sencillos como niños. El (tapón) de la vanidad, que nos impide reconocer lo inútil de dividir a los hombres en importantes y magníficos -a los que veneramos- y en insignificantes, a los que despreciamos. Tenemos también el tapón del egoísmo, que nos impide oír lo que el Señor nos dice sobre el amor al prójimo y el espíritu de servicio que debe caracterizar a los que nos decimos cristianos. Tenemos el tapón de la violencia: constantemente sacamos la espada de la vaina y arremetemos sin pensarlo contra quien consideramos  nuestro enemigo. Tenemos el tapón de la avaricia, por el cual cerramos a cal y canto lo que consideramos nuestro y no lo compartimos con nadie. Y, por este tapón, junto a la hartura y el esplendor de muchos, aparece la miseria y el hambre. ¡Tenemos tantos y tantos tapones que impiden que escuchemos la voz del Señor! Cuando abrimos nuestros sentidos al viento de Dios, las cosas cambian; el profeta lo describe maravillosamente en la primera de las lecturas: “Cuando la lengua del mudo cante, y el oído del sordo oiga, y el cojo salte, cuando el hombre se deje manejar por Dios sin poner obstáculos insalvables al soplo de su espíritu, brotarán las aguas en el desierto y torrentes en la estepa, el páramo será un estanque; lo reseco, un manantial”[1]. Necesitamos que nuestro páramo se convierta en estanque y lo reseco en manantial; pareciera que hombres y mujeres ignoramos todo aquello que no esté relacionado con nuestras ambiciones. Hoy podríamos pedir una cosa muy particular al Señor en ésta eucaristía: que repita su milagro, que toque los oídos y las lenguas de nuestras almas, que realice el prodigio de cambiar nuestros corazones y de superar nuestros egoísmos, y que nos lleve a escucharle a Él para vivir nuestra vocación de profetas y anunciar al mundo que tenemos un Dio de amor y de misericordia • AE


[1] Cfr. Is 35, 4-7a.

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (Ciclo B).




El Domingo de Ramos del año 2006, la primera Semana Santa dentro de su pontificado, lo presidia el Papa Benedicto XVI, y en su homilía de aquel día mencionó algo que pienso es bueno volver a leer. Jesús, dijo, «entra en la ciudad santa montado en un asno, es decir, en el animal de la gente sencilla y común del campo, y además un asno que no le pertenece, sino que pide prestado para esta ocasión. No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo, como los grandes del mundo, sino en un asno prestado[1]. Para comprender el significado de la profecía y, en consecuencia, de la misma actuación de Jesús, debemos escuchar todo el texto de Zacarías, que dice así: El destruirá los carros de Efraím  y  los caballos de Jerusalén; romperá el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra[2]. Así entendemos que el Mesías será rey de los pobres, pobre entre los pobres y para los pobres, es decir, de las almas creyentes y humildes que encontramos en torno a Jesús. Uno puede ser materialmente pobre, pero ¡ay! tener el corazón lleno de afán de riqueza material y del poder que deriva de la riqueza. La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas y desde luego de las Bienaventuranzas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual reconocemos la posesión como responsabilidad y como origen de ayuda a los demás, poniéndonos bajo la mirada de Dios y dejándonos guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros[3]. La libertad interior es el mejor camino para superar la corrupción y la avidez que arruinan al mundo; esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias, en las que se desarrolla como libertad verdadera»[4]. Hasta aquí las palabras del Papa. Hoy celebramos el Domingo de Ramos, entrada triunfal del Señor en Jerusalén. Hoy vemos a un rey pobre, a un rey que no sigue los criterios del mundo. Hoy podríamos pedirle en el silencio de la oración, en el silencio del corazón, que nos lleve por su camino y que pongamos en Él nuestro corazón, que esperemos en Él, que nos sintamos muy orgullosos al reconocerlo a Él como nuestra única y absoluta riqueza • AE


[1] San Juan nos relata que, en un primer momento, los discípulos no lo entendieron. Sólo después de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los profetas, que su actuación derivaba de la palabra de Dios y la realizaba. Recordaron -dice san Juan- que en el profeta Zacarías se lee: No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna (Jn 12, 15; cf. Za 9, 9).
[2] Za 9, 10
[3]  Cfr. 2 Co 8, 9. 
[4] Papa Benedicto XVI, Homilía en la celebración del Domingo de Ramos, Plaza de San Pedro, XXI Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 9 de abril de 2006.

Ilustración: La pintura, datada entre 1550–1600 y que se encuentra en el Museo de Arte de Glasgow (Reino Unido) es una de las así llamadas "pinturas de propaganda" tan populares en período de la Reforma; el mensaje de la obra es claramente antipapal; la oración final, traducida al castellano, dice algo así como: "... el sirviente actúa en oposición al señor". La realidad es que atrás quedaron los tiempos en los que los romanos pontífices actuaban como reyes temporales. El Papa Juan Pablo I fue el último papa que usó el trono ceremonial (o silla gestatoria) llevado en hombros en 1978. El Papa Juan Pablo II abandonó el uso de la silla gestatoria completamente, también lo hizo Benedicto XVI y desde luego su sucesor el Papa Francisco. Lo mismo sucedió con la tiara papal: Pablo VI abandonó su uso en el Concilio Vaticano II, colocándola de forma simbólica sobre el altar de la Basílica de San Pedro, y donando su valor a los pobres.