Desde el minuto cero del inicio
de su pontificado el santo Padre Francisco sabe a dónde va, y desde ese día no
ha dejado de llamarnos a todos en la Iglesia a salir de nosotros mismos, olvidando miedos e
intereses propios, para ponernos en contacto con la vida real de las personas y
hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y
gozan, luchan y trabajan. Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y
concretas, nos ha ido abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una
Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se
encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que
esté enferma por encerrarse en sí misma”. La consigna de Francisco es clara:
“La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del
Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos
teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para
encontrarnos con la pobreza”. El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere llevar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La
novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si
tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y
planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”. Pero
Francisco no tiene miedo a la novedad de Dios. Hace poco, en la celebración del día de Pentecostés formuló
una pregunta a la que tendremos que ir respondiendo:
“¿Estamos decididos a recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos
presenta, o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la
capacidad de respuesta?". El sucesor de Pedro nos llama a reavivar en la Iglesia
el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores.
No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras
parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida y a todos. Hay que salir a la
vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El
Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la
confianza en el Padre. “Cuando entren en una casa, digan: Paz a esta casa”.
Esto es lo primero. Hemos de dejar a un lado las condenas, los vademecums de pecados y penitencias, haciendo hospitales de campaña donde podamos curar las heridas a los
enfermos y aliviar los sufrimientos de todos aquellos que están al alcance de nuestras manos. Esta es la gran noticia del reino de Dios • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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Nosotros con Dios y con los demás (IV Domingo de Adviento. Ciclo C).
En vísperas de la Nochebuena la liturgia nos pone a la Santísima Virgen María
en el hermosísimo pasaje de su visita a Isabel, la madre de Juan, y en ese
pasaje encontramos la disponibilidad de María, su entrega por los demás. Llena
de la presencia de un mesías que viene a servir, corre a ayudar: encuentra tiempo,
sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses
con ella. No es egoísta. No se encierra
en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. ¿No es exactamente la actitud de
Cristo, que viene a entregarse por los demás? ¿No es también la actitud de un
cristiano y de la comunidad entera: que no sólo crezca en su fe cara a Cristo,
sino que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los más necesitados
de nuestra ayuda? Precisamente porque Ella ha experimentado la cercanía y el
favor de Dios, hemos de aprender de Ella a "visitar" a los demás. La Virgen
Santísima anuncia la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la
Iglesia y de cada cristiano: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante
-hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Si
nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para darlo también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad
que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos. María Santísima es símbolo
de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy.
Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que
nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás •
AE
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La alegría del amor en el Amor (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)
Cuál
es nuestra actitud frente a los amigos y familiares a quienes se les rompió en
mil pedazos su primera unión matrimonial y hoy viven en una nueva
relación a la que llamamos irregular? ¡Pocos
temas tan escabrosos y tan difíciles de tratar; tanto como caminar sobre un alambre delgadísimo y con montón de distracciones! #pájarosenelalambre Son muchos los cristianos que por una parte creen en lo que la
Iglesia enseña sobre la indisolubilidad del matrimonio pero, por otra, intuyen
que al mismo tiempo el evangelio les pide adoptar ante estas parejas una
actitud que no se puede reducir a una condena fácil. Quizá el primer paso sea entender con más serenidad la posición
de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina
eclesiástica sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de
comprensión, acogida y ayuda. Las tres cosas. Cuando la Iglesia defiende la
indisolubilidad del matrimonio fundamentalmente quiere
decir que, aunque unos esposos hayan encontrado en una segunda unión un amor
estable, fiel y fecundo, este nuevo amor no puede ser aceptado en la comunidad
cristiana como signo y sacramento del amor indefectible de Cristo a los
hombres. Pero esto no significa que necesariamente hayamos de considerar como
negativo todo lo que los divorciados viven en esa unión no sacramental, sin que
podamos encontrar nada positivo o evangélico en sus vidas. Los cristianos no
podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de
situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las
experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que
realmente existió. ¿Quiénes somos nosotros para considerarlos indignos de
nuestra acogida y nuestra comprensión? ¿Podemos adoptar una postura de rechazo
sobre todo hacia aquellos que, después de una trayectoria difícil y compleja,
se encuentran hoy en una situación de la que difícilmente pueden salir sin
grave daño para otra persona y para unos hijos? Las palabras de Jesús: Lo que
Dios ha unido, no lo separe el hombre nos invitan a defender sin ambigüedad la
exigencia de fidelidad que se encierra en el matrimonio. Pero esas mismas
palabras, ¿no nos invitan también de alguna manera a no introducir una
separación y una marginación de esos hermanos y hermanas que sufren las
consecuencias de un primer fracaso matrimonial?[1] El Santo Padre Francisco en la exhortación apostólica postsinodal Amoirs Laetitia, nos recuerda: «la Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar,
integrar, evitando imponerles una serie de normas como si fueran una roca, con
lo cual se consigue el efecto de hacer que se sientan juzgadas y abandonadas
precisamente por esa Madre que está llamada a acercarles la misericordia de
Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz
del Evangelio, algunos quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas
para lanzarlas contra los demás»[2]. Vamos a pensarlo hoy en algun momento del día, en la presencia del Señor, e
invocando con sencillez la luz del Espíritu de Dios • AE
El pozo de mi alegría
El pozo de mi alegría,
manantial que siempre mana,
eres tú, oh Madre mía,
Iglesia amante guardiana.
Iglesia de Jesucristo,
de fuego en Pentecostés,
en ti está el Verbo que ha visto
en el monte Moisés.
Iglesia, tú eres mi paz,
el perdón de mis pecados;
del Invisible la faz,
hogar de santificados.
Eres mi Pascua florida,
discípula y misionera,
pobre, humilde, agradecida,
de Dios Padre mensajera.
Eres mi casa nativa
en donde quiero vivir,
y de la mesa festiva
todo el amor recibir.
Iglesia, tú eres la herencia,
de Jesús, Dios encarnado,
vocación y convivencia,
banquete del mundo amado.
¡Jesús, el don los dones
gratitud y adoración,
a ti nuestros corazones
con toda la creación! Amén •
P. Rufino María Grández, ofmcap.
(Puebla, 30 mayo 2009)
(Habemos) De todo, como en botica.
En la vida diaria hemos de
enfrentar muchas incomprensiones y rivalidades y si además nos sentimos –como
de hecho sucede entre muchos de nosotros- poseedores de la verdad y excluimos a
los demás de la mínima parte de ella, ¡vaya situación más difícil! Poco a poco
hemos ido desconociendo la grandeza de lo esencial para centrarnos en la
pequeñez de lo opinable e intrascendente. Así es que nos hemos ido convirtiendo
en comunidades de fe que a veces no tienen el testimonio del amor; en
cristianos que recibimos a Jesús en la comunión pero con recelos y
enfrentamientos constantes, en seres humanos llenos de exclusiones y excomuniones
¡Qué fácil es ser hijo de Dios sin consecuencias humanas, y qué fácil ser
hermano de unos hombres lejanos y desconocidos! ¿Qué Iglesia quiere el Señor?
¿Qué Reino quiere que construyamos? El Reino de Jesús se nos presenta en el
Evangelio de este domingo, a través de la parábola, como una comunidad de
justos y pecadores, como una gran familia de buenos y malos, como un gran campo
de trigo y de cizaña[1]. Si esa
comunidad la hacemos nosotros, ¿por qué no nos damos cuenta de esa realidad que
llevamos dentro?, ¿por qué no comprendemos que, al incorporarnos a esa
comunidad lo hacemos con nuestras obras buenas y malas, con nuestros pecados y
virtudes, con nuestra buena semilla y nuestra parte de cizaña? Pertenecemos a
una Iglesia de pecadores, de gente que necesita la medicina del Médico y el Pan
para el camino. Esto debería alegrarnos. Formamos parte de una Iglesia a la que
Dios ama por santa y por necesitada de perdón. El mensaje del Jesús es claro:
no somos nosotros quiénes para juzgar, ni quién para arrancar[2].
Sólo el Señor, dueño del campo, distingue entre nosotros la cizaña y el trigo.
Y Él siempre espera. No quiere la expulsión del malo o equivocado antes del
juicio final. Su opción es por la convivencia, por la comunidad, por el amor
mutuo que lleva a la superación de criterios distintos, de actitudes y opciones
diversas, esperando el juicio tan sólo de un Dios que es Amor. ¿No cuestiona nuestras
vidas esta parábola? ¿No cuestiona también en quienes formamos parte de la jerarquía
de la Iglesia los sermones atronadores y las condenas que por siglos hemos predicado? ¿No sugiere
actitudes de comprensión y de misericordia? Todos tenemos experiencia de lo
mucho que cuesta convivir, del esfuerzo que supone la aceptación del otro y del
sacrificio que implica la comunión eclesial. Buena cosa sería invocar todos
juntos a Espíritu del que nos dice
san Pablo que viene en ayuda de nuestra debilidad y que intercede por nosotros
con gemidos inefables. De Él esperamos la fuerza necesaria para vivir
comunitariamente esa vida nueva de miembros de un solo cuerpo, el de Cristo
resucitado • AE
[1] Cfr. Mt 13,24-43.
[2] Es el mismo mensaje que
concretará san Pablo en su primera carta a los Corintios: "No juzguéis
nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor. Él sacará a la luz lo que
esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los motivos del corazón.
Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios" (4,5).
El grano de trigo y la tierra buena
San Juan pone en boca de Jesús, poco antes de su muerte aquellas
palabras tan misteriosas: Si el grano de
trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace
bajo tierra, da mucho fruto[1].
A poco de entrar en el verano, con los campos que tienen ya el aspecto
distinto, el de la cosecha es bueno volver a acercarnos a esas palabras del
Señor para entender que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho
fruto. Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha
producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que
aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la
muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de
todos. El que había convertido su vida en una obra constante de amor. Pero,
verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto. Es la Pascua. Lo que
hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy cumplimos. Jesús vive y vive
para siempre. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto.
Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la
buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del
agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la
Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la
creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros,
en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como
el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es
mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha
cambiado. Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha
dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como
un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto
abierto de la Pascua de JC: que él vive para siempre, y que la vida nueva que
él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu. Como
una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener
firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él
nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el
Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Papa Francisco nos habla de una
Iglesia en salida, nos invita constantemente a no encerrarnos en lo que vamos
haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos
de la Buena Noticia de Jesús[2]. Hoy
podríamos pedir al Espíritu una sola cosa: que nos renueve[3].
Que en esta Iglesia y en este mundo más bien tristes en los que vivimos, nos
convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía a la que iremos este
domingo de Pentecostés nos una con Jesucristo muerto y resucitado que nos
alimenta y acompaña • AE
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