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Solemnidad de la Natividad del Señor (2018)



Quién es Dios? De las muchas imágenes de Dios que a lo Largo de la historia del hombre se han propuesto como auténticas, ¿cuál es la que corresponde al ser de Dios? ¿Cómo es Dios realmente? ¿Amable, severo, comprensivo, implacable, amo, justiciero, cercano, lejano, misericordioso, cruel, liberador...? A lo largo de la historia muchos han sido los que han hablado de Dios; muchos los dioses de los que han hablado. Pero la pregunta continúa exigiendo una respuesta clara, convincente, definitiva. ¿Dónde te podrá encontrar esa respuesta? No. "A Dios nadie lo ha visto jamás". Ni Moisés, ni los profetas, ni los sabios de Israel. Tampoco los filósofos, ni los sacerdotes de ninguna de las religiones de la tierra. Por eso las imágenes de Dios que esos hombres presentan son incompletas y, por tanto, parcialmente falsas. Entonces... ¿cómo encontrar a Dios? ¿Cómo reconocer al Dios verdadero? Por supuesto, Dios no juega con nosotros al escondite ni a las adivinanzas. Dios se manifiesta siempre tal cual es; pero el hombre es tan pequeño que nunca podrá comprenderlo del todo. Y cuando habla de Dios, siempre habla del pedazo de Dios que él ha podido conocer. O -y esto ya es peor- del dios que a él le interesa. Y eso que quien debía haber hecho presente a Dios en el mundo era el hombre mismo, creado a imagen y semejanza de Dios[1]. Pero el ser humano quiso ir por otro camino: quiso ser como Dios, y entonces se construyó la imagen de Dios que a él más le convenía. Y así, desde el principio han sido impuestas a la humanidad imágenes de Dios que favorecían los intereses de quienes se habían endiosado. ¿interesaba justificar el poder? Pues un Dios a imagen y semejanza de los poderosos y, además, justificador de su poder. ¿Había que justificar la pena de muerte? Pues un Dios que aniquila a sus adversarios. ¿Era necesario justificar la propiedad privada? Pues un Dios que hace ricos a unos y pobres a otros, según le parece oportuno. ¿Resultaba necesario mantener tranquilo al pueblo? Pues un Dios caprichoso que manda más males que bienes, y ante el que hay que estar agradecido, a veces, resignado casi siempre, esperando que no se acuerde demasiado de nosotros. Esta es la tiniebla que quiso, y no pudo, apagar la luz. Pero la luz brilló en medio de la tiniebla para que los hombres pudieran, finalmente, ver claro. Y fue así que la Palabra se hizo hombre: Jesús de Nazaret. El, que hablaba de un Dios que no convenía a los poderosos de su tiempo, que sufrió por eso el rechazo del sistema, que fue considerado hereje; pero en su amor, fiel hasta la muerte, brilló la gloria de Dios. El, con su vida y con su muerte, nos ha mostrado el verdadero ser de Dios: amor leal[2], ¿seremos capaces de caminar por el mismo camino y de interesarnos unos por otros y de ser leales unos con otros? Que esa luz que hoy celebramos y recibimos nos ayude y sostenga • AE


[1] Cfr. Gn 1,26-28; Sal 8.
[2] R. García Avilés, Llamados a ser libres. Ciclo A. Ediciones Almendro, Córdoba, 1989, p. 35 ss.


Y Tú ¿quién eres? (XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



A los cristianos se nos olvida cada tercer diario que decía mi mamá, que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. La fe, nuestra fe, no es agarrarnos con uñas y dientes a un credo o aceptar ciegamente un conjunto de doctrinas, por más sólidas que puedan parecer. Ser cristiano es en realidad encontrarnos con Alguien vivo -Jesucristo- que da sentido radical a nuestra existencia, que responde a las preguntas más apremiantes, a las que tienen que ver con el amor, la muerte, la soledad, el dolor, la sexualidad, la felicidad, el fracaso. Lo decisivo es encontrarnos con el Señor y descubrir, por experiencia personal, que Él es el único que puede responder a todo lo anterior, a nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas. Hoy por hoy se hace cada vez más difícil creer en algo, sean instituciones o personas. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y deficiencias. No sabemos voltear hacia la cruz del Señor para pedirle que sea Él quien renueve todas las cosas[1]. El gran reto que tenemos por delante los cristianos hoy por hoy es el de reavivar nuestra adhesión, sincera, profunda, a la persona de Jesús, y es que sólo cuando vivamos seducidos por él podremos contagiar su espíritu y manera de entender la vida, de lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, pero viviendo una fe gris, legalista, mediocre, de oropel y albas de encaje; una fe que apesta a viejo y que ya no convence a nadie. Hoy por hoy ¿Sabemos responder a la pregunta que el Señor hace a los suyos? ¿Quién es Jesucristo para ti, para mí? Ponen en boca de Arabi la frase esa tan entrañable: «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse»[2] ¿Queremos depender de Jesús y que él sea quien dirija nuestra vida? ¿Pensamos en él todos los días y orientamos hacia él nuestras decisiones? “¿Qué quiere Jesús de nosotros?” Le preguntaron al santo Padre Benedicto. “Quiere de nosotros que creamos en Él. Que nos dejemos conducir por Él. Que vivamos con Él. Y que así lleguemos a ser cada vez más semejantes a Él y, de este modo, lleguemos a ser de la forma correcta”[3]• AE [4]


[1] Cfr. Apoc 21, 5.
[2] Ben Arabi, fue un místico sufí, filósofo y poeta musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de “Vivificador de la Religión”.
[3] Benedicto XVI, Luz del Mundo. El Papa, la Iglesia y los Signos de los tiempos. Una conversación con Peter Swweald, Herder, México, 2010, p. 278.
[4] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 227 ss.


El yugo que no esclaviza y la carga que no destroza.



E. Hopper, People in the sun (1960), óleo sobre tela,
Smithsonian American Art Museum (Washington)
...
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera[1]. El yugo del Señor no es como el que soportaron los judíos, un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar[2]. La carga de Jesús no es como la de los fariseos que atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas[3]. Tampoco es como la carga que nos echan encima nuestros vicios y pecados: «Contempla a un hombre cargado con el peso de la avaricia; mira a otro que suda, respira con dificultad y sufre sed bajo el mismo peso y que con su fatiga añade peso al peso... ¿No es pesada la avaricia? ¿Por qué te despierta del sueño la misma que en ocasiones no te deja dormir? (…) La pereza te dice: «duerme"; la avaricia: «levántate". La pereza: «no sufras el frío del día"; la avaricia: «soporta incluso las tempestades del mar...»[4]. El yugo del Señor no esclaviza y la carga del Señor no destroza. Mi yugo es suave y mi carga ligera. ¿Dónde ponemos el acento, en el sustantivo o en el adjetivo? ¿Lo importante es que es yugo, aunque suave; que es carga, aunque ligera? ¿O al revés: que es suave, aunque yugo; que es ligera, aunque carga? El Señor nos ofrece alivio y descanso. Quiere quitarnos fatigas y agobios y ofrecernos liberación, suavidad y ligereza. Y es que Dios no ha venido a derrumbarnos, sino a levantarnos; no quiere que perezcamos como esclavos, sino que vivamos libres y en plenitud. Lo nuevo, pues, de Cristo no es el yugo, sino la libertad; no es la carga, sino el alivio. Cada domingo, con la Eucaristía, Jesús convoca a los cansados y agobiados y ahí, en el altar, nos promete un alivio eficaz, un alivio que no es una medicina o un alimento o una droga, en realidad se trata de un alivio que es otro yugo y otra carga, y es que el Señor pone en la misma línea la carga, el yugo y el aprended de mí. Son conceptos unidos, que mutuamente se explican y se integran. Es como si dijera: mi carga y mi yugo es precisamente que aprendas de mí, que escuches mi palabra y aprendas a descansar. Y es que somos algo mucho más importante que nuestro trabajo, oficio, o profesión. Somos seres humanos hechos para vivir, amar, reír, y relacionarnos con Dios. Descansar es también reconciliarnos con Él y con la vida,  es disfrutar de manera sencilla y entrañable del regalo de la existencia. Hacer la paz en nuestro corazón. Limpiar nuestra alma. Reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos • AE





[1] Mt 11,30.
[2] Hch 15,10.
[3] Mt 23,4.
[4] Lucio Anneo Séneca, Tratados morales, libro IV.

Hacia una religión del bienestar


Quiza hemos ido pasando poco a poco de la «religión de la cruz» a una «religión del bienestar». Hace unos años tomé nota de unas palabras de Reinhold Niebuhr, que me hicieron pensar mucho. Él hablaba del peligro de una «religión sin aguijón» que terminara predicando «un Dios sin cólera que conduce a unos hombres sin pecado hacia un reino sin juicio por medio de un Cristo sin cruz»[1]. La radiografía es tremenda pero es muy cierta, y el peligro es real. Insistir en el amor incondicional de un Dios Amigo no ha de significar nunca fabricarnos un Dios a nuestra conveniencia, el Dios permisivo que legitime una «religión burguesa» (la idea es de Johann-Baptist Metz[2]). Ser cristiano no es buscar el Dios que me conviene y me dice que sí a lo puro que tengo ganas, sino encontrarme con el Dios que, precisamente por ser Amigo, despierta mi responsabilidad y, por eso mismo, más de una vez me invita –que no oblifa- a renunciar a mi propia voluntad. Descubrir el evangelio como fuente de vida y estímulo para crecer no significa vivir inmunizado frente al sufrimiento. El evangelio no es un analgésico que nos permite vivir una vida tranquila de placer y bienestar. Cristo hace gozar y hace sufrir, consuela e inquieta, apoya y contradice. Solo así es camino, verdad y vida. Creer en un Dios Salvador que, ya desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberarnos de lo que nos hace daño termina llevándonos a entender nuestra fe cristiana como una religión de uso privado al servicio exclusivo de nuestros problemas y sufrimientos. Jesucristo nos pone siempre mirando al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento, sino en el de los otros. Solo así nustra fe  se vuelve una auténtica experiencia de salvación. En la fe como en el amor todo suele andar muy mezclado: la entrega confiada y el deseo de posesión, la generosidad y el egoísmo: el trigo y la cizaña. Por eso no hemos de borrar del evangelio esas palabras de Jesús que, por duras que parezcan, nos ponen ante la verdad de nuestra fe: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará[3] • AE



[1] Karl Paul Reinhold Niebuhr (1892-1971) fue un teólogo y politólogo estadounidense, considerado uno de los principales representantes teóricos del llamado realismo político americano junto con Hans Morgenthau. A él se le atribuye la célebre plegaria de la Serenidad.
[2] Metz es un teólogo alemán nacido en Welluck, ciudad de la región de Baviera. Fue profesor de teología fundamental de la Universidad de Münster hasta 1963 y  Cofundador de la revista Concilium. Desde 1969 es asesor del pontificio Secretariado para los No Creyentes y sacerdote desde 1954.
[3] Cfr. Mateo 10, 37-42.