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Voz del que clama en el desierto.


Trae el desierto voces de un profeta
hasta el río fecundo del bautismo:
«¡Convertíos; volved de vuestras sendas,
miradlo ya venir, abrid camino!»

No doblegó su voz ante los reyes,
no pactó su mensaje con rabinos:
«¡Convertíos, decid vuestros pecados,
se acerca el Santo, convertíos!”

Cuando venga el Señor, la tierra nuestra
se llenará de paz y regocijo;
la gracia del Señor será el consuelo
y el desquite de todo lo sufrido.

Harán paces el lobo y el cordero,
los hombres poderosos con los niños;
se abrazarán las razas y familias,
porque viene a su casa el Compasivo.

Bautista, mensajero del Mesías,
Jerusalén te brinda su recinto,
dile la verdad, grita tu Noticia;
¡lo estamos esperando arrepentidos!

¡Honor a ti, Jesús, siempre esperado,
y más gozado cuanto más creído;
ven, Santo cual el Padre y el Espíritu,
ven por amor desde el hogar divino! Amén •


R. M. Grández  (letra) y F. Aizpurúa (música), capuchinos, 
Himnos para el Señor,  Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 21-24. 

En Adviento, en Pascua, en Martes, en todo momento.


Asomarnos a los periódicos o a los noticieros es como zambullirse en un estanque de inseguridad, incertidumbre y a veces incluso angustia. El optimismo ha ido desapareciendo y los líderes del mundo ofrecen una paz que no calma, que no sacia el corazón. No es la paz de Cristo[1]. Son muchos ¿millones? los que llegan a la conclusión de que no hay razón para la esperanza ¿o sí la hay? La historia contemporánea aparece atrapada en una especie de destino fatal. Queremos cambiar muchas cosas, pero crece el sentimiento de que en realidad apenas puede cambiarse nada. En este segundo domingo de Adviento, después de oír la voz de Isaías, del salmista, de Pedro y del Bautista[2], ¿es posible ser hombres y mujeres de esperanza en un mundo donde lo más normal empieza a ser la desesperanza y la resignación? La esperanza cristiana no es un optimismo barato, ni la búsqueda de un consuelo ingenuo, sino una actitud para enfrentarse a la vida desde la confianza radical en un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, entre todos y en todos[3]. En realidad no se trata de ser optimistas o pesimistas. La esperanza cristiana es otra cosa. Los creyentes en Cristo deberíamos ver la vida como un camino hacia la plenitud. En nuestro interior –y el de cada uno es distinto- debe crecer la esperanza como convicción de que Dios está viniendo. Siempre. Diario. En Adviento, en Pascua, en Martes, en todo momento. Y cuando todas las esperanzas humanas parecen apagarse, el creyente sabe que Dios ¡sigue viniendo en nuestros trabajos, sufrimientos, aspiraciones y luchas! Por eso no podemos refugiarnos cobardemente en los placeres que el mundo ofrece, ni buscar consuelo en lo artificial y engañoso, ni hundirnos en un pesimismo destructor. Hoy la liturgia nos invita a preparar el camino al Señor, es decir, a no marchar por caminos que no conducen a ninguna parte, a ayudar a que al menos los que nos rodean tengan una vida auténticamente humana. Cada día es una nueva ocasión y una nueva posibilidad para hacer crecer entre nosotros el reino de Dios.  Los cristianos deberíamos ser unos profesionales de la esperanza, hombres y mujeres que repetimos cada domingo palabras y ritos pero no de forma vacía, sino como alimento para no desalentarnos, para enraizar nuestra vida, aunque no sea brillante ni gloriosa, en ese Dios que sigue vivo, que llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres[4] • AE  





[1] Cfr Jn 14, 27.
[2] Cfr. Is 40, 1-5.9-11; Sal 84; 2 Pe 3, 8-14; Mc 1, 1-8.
[3] Ef 4, 6
[4] Cfr Is 40, 1-5. 9-11; J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 135 ss.

El tronco y la esperanza


José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela, 
Museo del Prado (Madrid)
...

Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente. Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables, los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombres. Brotará un renuevo del tronco de Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del profeta Juan el Bautista: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE