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Vivientes, alegres y enamorados del evangelio (V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A)



Qué bueno sería que lográramos transmitir nuestra fe a los hombres como buena noticia! Con frecuencia, entendemos la evangelización como una tarea casi exclusivamente doctrinal. Evangelizar sería llevar la doctrina de Jesucristo a aquellos que todavía no la conocen o la conocen insuficientemente. Entonces nos preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y la propagación del cristianismo frente a otras ideologías y corrientes de opinión. Buscamos hombres y mujeres bien formados, que conozcan perfectamente el mensaje cristiano y lo transmitan de manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras técnicas y organización pastoral. Todo esto está muy bien pues la evangelización implica el anunciar el mensaje de Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más decisivo. Evangelizar no significa solamente anunciar verbalmente una doctrina, sino hacer presente en la vida de un pueblo, la fuerza humanizadora, liberadora y salvadora que se encierra en el acontecimiento y la persona de Jesucristo. Entendida así la evangelización, lo más importante no es contar con medios poderosos y eficaces de propaganda religiosa sino saber actuar con el estilo liberador de Jesús y poner una energía salvadora entre los hombres. Lo decisivo no es tener únicamente hombres y mujeres bien formados doctrinalmente sino poder ofrecer testigos vivientes y alegres y enamorados del evangelio. Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es acogido con convicción y de manera responsable. Los cristianos hemos confundido demasiado ligeramente la evangelización con el hecho de querer que se acepte socialmente «nuestro cristianismo». Por eso, las palabras de Jesús que nos urgen a ser sal de la tierra» y luz del mundo al mismo tiempo nos animan a hacernos preguntas muy graves. ¿Somos los creyentes una buena noticia para alguien? Lo que se vive en nuestras comunidades cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es realmente una buena noticia para la gente de hoy? ¿Para quiénes? ¿Ponemos los cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere a los hombres de la descomposición espiritual, de la violencia enquistada en nuestro pueblo, del egoísmo brutal e insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a quienes están a nuestro alrededor en estos tiempos de incertidumbre? ¿Podemos ofrecer una esperanza y un horizonte nuevo a quienes andan en busca de la salvación?[1] Sí ¡hay tanto qué hacer! El punto de partida es uno: Jesucristo. Con él nos encontramos en esta Eucaristía • AE


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 71 ss.

Y...¿dónde está tu tesoro? (XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



En diciembre de 1943 Teilhard de Chardin pronuncio una conferencia en Pekín sobre la felicidad[1] en la que habló sobre tres posturas diferentes ante la vida. Están -decía- en primer lugar, los pesimistas. Para este grupo de personas, la vida es algo peligroso y malo. Lo importante es huir de los problemas, saber defenderse lo mejor posible. Esta actitud llevada al extremo, conduce al escepticismo oriental o al pesimismo existencialista. Pero de forma atenuada aparece en muchas personas: ¿Para qué vivir? Todo da lo mismo; ¿para qué buscar? #Relativismo. Están, luego, los vividores, los que se preocupan de disfrutar de cada momento y de cada experiencia. Su ideal consiste en organizarse la vida de la forma más placentera posible. Esta actitud conduce al hedonismo. La vida es placer, y si no, no es vida. Y luego están los ardientes -les ardents- Son las personas que entienden la vida como crecimiento constante. Siempre buscan algo más, algo mejor. Para ellos, la vida es inagotable. Un descubrimiento en el que siempre se puede avanzar. Y a estas tres actitudes diferentes ante la vida corresponden, según el padre de Chardin, tres formas diferentes de entender y buscar la felicidad. Los pesimistas entienden la felicidad como tranquilidad. Es lo único que buscan. Huir de los problemas, los conflictos y compromisos. La felicidad se encuentra, según ellos, huyendo hacia la tranquilidad. Los vividores entienden la felicidad como placer. Lo importante de la vida es saborearla. La meta de la existencia no puede ser otra que el disfrutar de todo placer. Ahí se encuentra la verdadera felicidad. Los ardientes, por su parte, entienden la felicidad como crecimiento. En realidad, no buscan la felicidad como algo que hay que conquistar. La felicidad se experimenta cuando la persona vive creciendo y desplegando con acierto su propio ser. Según Teilhard de Chardin, «hombre feliz es aquél que, sin buscar directamente la felicidad, encuentra inevitablemente la alegría, como añadidura, en el hecho mismo de ir caminando hacia su plenitud, hacia su realización, hacia adelante». Quizá estas palabras de este hijo de San Ignacio puedan ayudarnos a descubrir mejor a qué estamos dando importancia en la vida y qué es lo que estamos buscando en medio de la existencia, sin que olvidemos nunca las palabras del Señor: Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón • AE


[1] Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) fue un religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés que aportó una muy personal y original visión de la evolución. Su concepción de la evolución, considerada ortogenista y finalista, equidistante en la pugna entre la ortodoxia religiosa y científica, propició que fuese atacado por la una e ignorado por la otra. Suyos son los conceptos Noosfera (que toma prestado de Vernadski) y Punto Omega. Ya en 1987 el teólogo y cardenal Ratzinger, luego papa Benedicto XVI, en sus Principios de teología católica admitió que uno de los principales documentos del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, fue permeado por el pensamiento del jesuita francés. Benedicto XVI afirmó también que Teilhard tuvo una gran visión, que culmina en una verdadera liturgia cósmica, en la cual el cosmos se convertirá en una hostia viviente. 

La (alegre) puerta que se abre siempre (VI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Este domingo escuchamos de nuevo palabras desconcertantes de Jesús. Las bienaventuranzas no son una invitación al optimismo ingenuo o a la felicidad fácil, sino una llamada a vivir el sufrimiento, el mal o la persecución en la paciencia y el gozo de  la esperanza. Esa paciencia no es fruto de un ejercicio ascético que nos enseña a vivir las pruebas sin derrumbarnos. Es una paciencia que descansa en la paciencia misma de Dios que nos  acompaña en el dolor o la impotencia de manera silenciosa y discreta, pero buscando  siempre nuestro bien. Dios no se impacienta ante los brotes del mal o de la injusticia, porque para él no hay  prisa ni miedo al fracaso final. Dios sabe esperar. Y es esa mirada paciente de Dios,  cargada de ternura infinita hacia todos los hombres, los que sufren y los que hacen sufrir, la  que pone consuelo y estímulo en el creyente enfrentado a la realidad del mal. Lo mismo que en la paciencia de Dios, también en la paciencia del creyente hay siempre  amor. Un amor al ser humano, que es más fuerte que cualquier presencia del mal o de las  tinieblas. En realidad, ningún mal por cruel y poderoso que sea, puede impedirnos seguir  abiertos al amor. Y el amor -no lo olvidemos- es la única promesa y garantía de felicidad  final. Esta paciencia cristiana no es una actitud pasiva o resignada. Es fuerza para no dejarnos  vencer por la desesperanza, y estímulo para cumplir nuestra misión con entereza y  fidelidad. Esa es la recomendación bíblica: "Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la  voluntad de Dios y conseguir así lo prometido"[1]. Esa paciencia del creyente se alimenta de la confianza en Dios y del abandono confiado en sus manos. Dios, deseado y amado por encima de todo, es el que renueva las fuerzas del hombre aplastado y pone en su corazón una paz que el mundo entero no puede dar[2]. En su carta, Santiago les llama felices a aquellos que sufrieron con paciencia»[3] Esta felicidad no proviene del bienestar o del éxito, sino de la fe en el Crucificado que desde la resurrección nos dice así a todos los que hemos sido probados por el mal: "He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra[4] . AE




[1] Hb 10, 36
[2] J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a S.Lucas. Ciclo C, San Sebastián, 1999, p. 69 ss.
[3] St 5, 11
[4] Ap  3, 8.