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Volver a empezar (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)


En una conversación entre Paul Ricoeur y Gabriel Marcel, decía el primero: «Me he encontrado durante años en la situación extremadamente singular de un hombre que cree profundamente en la fe de los demás y está perfectamente convencido de que esa fe no es ilusoria, pero que, sin embargo, no se siente con fuerzas o con derecho para hacerla propia»[1]. Hoy esta experiencia no es tan rara como pudiera parecer. Son bastantes los que aprecian la fe de sus amigos, incluso la envidian quizás, pero sienten que, honradamente, no pueden adherirse a esa misma fe. Sienten que su fe está bloqueada. Falta una comunicación real con Dios. No saben cómo encontrarse de nuevo con Él. Se hace imposible toda relación. Algo parece haber muerto en su corazón creyente. Durante muchos años han vivido la fe como un deber. Hoy la sienten, quizás, como un estorbo que les impide vivir intensamente la experiencia humana. ¿Es posible desbloquear esa fe amenazada de muerte? ¿Es posible descubrirla de nuevo en el fondo de nuestro ser como una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra existencia? ¿Creer de nuevo en «esa dulce y secreta intuición» -como decía Rilke- de un Dios que no está lejos de ningún viviente y cuya ternura salvadora puedo experimentar yo mismo? Sin duda, todo lo que es importante en nuestra existencia es siempre algo que va creciendo en nosotros de manera lenta y secreta, como fruto de una búsqueda paciente y como acogida de una gracia que se nos regala. En concreto: nuestra fe puede comenzar a despertarse de nuevo en nosotros, si le decimos al Señor las mismas palabras de los discípulos: “Auméntanos la fe”. Puede parecer una oración demasiado pobre, modesta y de poco prestigio. Una oración dirigida a Alguien demasiado ausente e incierto. Lo que importa es que sea humilde y sincera. Cuando uno lleva mucho tiempo decepcionado por la religión e incluso distanciado interiormente de la Iglesia, cuando uno no puede creer en Dios porque su silencio se le ha hecho muy grande, tal vez, sólo esta oración humilde puede devolvernos a la fe viva. En medio de muchas dudas, este grito, repetido sinceramente, puede hacernos dudar de nuestras propias dudas y puede ayudarnos a descubrir de nuevo al Señor como fuente de vida. Lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino la amistad con Aquel que está siempre en el corazón del hombre. Siempre[2]. En las palabras del Santo Padre Francisco resuena esta misma idea: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[3]• AE


[1] Paul Ricoeur (1913 - 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica. Su pensamiento se ubica en la misma tradición que otros notables pensadores como Edmund Husserl y Hans-Georg Gadamer. Gabriel Marcel (1889-1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.​
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 351 ss.
 [3] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 3; el texto completo de la exhortación puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html 


Bostezos y realidades (XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).



Revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la santidad de la verdad. Es el consejo de San Pablo a los cristianos de Éfeso[1]. Invertimos fortunas en operaciones estéticas y en tratamientos para eliminar arrugas, grasas y tratar de arreglar envejecimientos que vienen con el natural paso de los años y en vestir a la última moda y en viajar como si el mundo se fuese a acabar. En realidad, sí que se va a acabar, pero ¿vale la pena vivir así? Con todo, hay un modo, -que no moda, - de mantenerse en eterna juventud: vistiendo la nueva condición humana creada a imagen de Dios, el eternamente joven: la justicia y santidad verdaderas. Frente a lo mucho que gastamos para estar en forma, están el hambre y la necesidad de millones de personas, de esos que viven en lo que muchos llaman “tercer mundo”, (si bien en humanidad muchas veces supera al primero, tan injustamente insolidario). Y más grave aún es el hambre de vida autentica, de sentido de lo sagrado, de sentido lo trascendente. La respuesta a todas las insatisfacciones que los humanos llevamos por dentro nos la da el Señor en el evangelio de este domingo: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed[2]. Hoy por hoy buscamos a toda costa ser libres, pero nadie nos dice que la libertad -y la paz, y la alegría- no está en el consumismo, ni en el vivir sin compromisos. La paz está donde está el Espíritu del Señor[3]. El diagnostico que alguien podría hacer de nosotros los cristianos sería que no somos ni felices ni libres, que como los israelitas soñamos con las ollas de carne y el pan de Egipto[4], ¿cuándo será el momento de volver a Jesús y de encontrarnos con Él? ¡Cuánto bien nos hace volver a leer las palabras del santo Padre Francisco al comienzo de su Evangelii Gauidum! «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[5] • AE


[1] Efe 4, 17.20-24.  
[2] Jn 6, 24-35.
[3] 2 Cor 3, 17
[4] Cfr. Ex 16, 2-4. 12-15.
[5] Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 3. El texto completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html

El agua, el trigo y la alegría del Cristianismo


Le preguntan Jesús de manera insidiosa sobre el tema de los tributos y él lo resuelve rápidamente: si tienen en las manos una moneda que pertenece al César, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica. Sin embargo Jesús introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de original, de forma inesperada introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda pertenece al César, sí, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a Él. Ese es el punto central del evangelio de éste domingo[1]. Parece como si dijera: «Den, pues, al César lo que es del César, pero no olviden que ustedes mismos pertenecen a Dios». Para Jesús, el César y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier rey, y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios. En unos tiempos en que crece el poder del estado y resulta cada vez más difícil defender nuestra libertad en medio de una sociedad burocrática donde casi todo está dirigido y controlado, los cristianos hemos de luchar para que no nos roben nuestra conciencia y nuestra libertad. Ningún poder puede hacerlo. Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, sí, siempre, pero no podemos dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que cuestione las exigencias fundamentales de nuestra fe cristiana. El Santo Padre Francisco nos lo dijo con más claridad: «El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios»[2]. Darle al Cesar lo que le corresponde al César está muy bien, si antes hemos puesto a Dios en el lugar que le corresponde: el primero, y recordado que contamos con la fuerza y la alegría del Evangelio, algo que nada ni nadie nos podrá quitar[3]. Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia[4]. Nuestra fe, pues, hoy es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua, y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. Aunque nos duelan las miserias de nuestra época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad[5]. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios • AE


[1] Cfr. Mt 22, 15-21.
[2] Evangelii Gaudium, n. 64.
[3] Cfr. Jn 16,22
[4] Rm 5,20
[5] Evangelii Gaudium, n. 84. 

La luz de la alegría

Pieter Brueghel el Viejo, La boda campesina (en neerlandés, De Boerenbruiloft, 
Óleo sobre madera (114 cm × 164 cm), Museo de Historia del Artede Viena.

Isaías describe el banquete que Dios preparará para todos los pueblos: un momento con comida, alegría, vinos, destierro de todo dolor y tristeza, victoria de la vida; celebración gozosa de la presencia de Dios en medio de su pueblo[1]. El banquete ha sido y seguirá siendo una de las categorías que todos entendemos mejor para expresar todo lo que hay de bueno y de celebrativo, tanto en relación con Dios como con los demás hombres. Una comida es un signo muy claro de comunión entre quien asiste y quien invita. Hoy aquí el que invita es Dios, lleno de solidaridad y alianza, de alegría y felicidad. Nuestra fe cristiana es también como un banquete que Dios prepara. Durante mucho tiempo se nos ha insistido tanto en la ascesis, la perfección, en el deber -¡todo eso es verdad!- que quizá nos hemos olvidado que también nuestra fe cristiana es buena noticia, es evangelio, algo digno de celebrarse: un banquete festivo. Por las riquezas de su Palabra y de su verdad, por el don de su amor, por la gracia de su comunidad y sus sacramentos, por la dinámica de novedad y vida que Él ha instaurado en el mundo, el cristianismo es en verdad un banquete preparado por Dios para la humanidad. La imagen de la comida, y además de una comida de bodas nos habla este domingo de alegría y celebración. No está mal que se nos note. Y es que a veces da la impresión de que tenemos miedo a presentar nuestra fe como algo alegre. «La moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos»[2]. Aquellos que tenían su nombre cuidadosamente escrito en los platos de la mesa nupcial –el pueblo de Israel- rechazaron la invitación. A nosotros ¿no sucede lo mismo? En la celebración de cada domingo Dios prepara una mesa abundante: su Palabra salvadora, su don eucarístico del Cuerpo y Sangre de Cristo, su casa en la comunidad eclesial, la presencia viva de Cristo y de su Espíritu ¿se nos nota la alegría, o acudimos a Eucaristía con una pereza que parecen dos? Aceptar o no la invitación de Dios cada domingo es, al final, aceptar o rechazar el gran banquete que es la vida cristiana, la que dura las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana[3]. Vamos a hacerlo con alegría, como nos invita el Santo Padre Francisco: «Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo (…) prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»[4]


[1] Cfr. Is 22, 1-14.
[2] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 39. El texto completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
[3] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1981, p. 19
[4] Evangelii Gaudium, n. 49. 

El grano de trigo y la tierra buena


San Juan pone en boca de Jesús, poco antes de su muerte aquellas palabras tan misteriosas: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace bajo tierra, da mucho fruto[1]. A poco de entrar en el verano, con los campos que tienen ya el aspecto distinto, el de la cosecha es bueno volver a acercarnos a esas palabras del Señor para entender que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto. Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. El que había convertido su vida en una obra constante de amor. Pero, verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto. Es la Pascua. Lo que hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy cumplimos. Jesús vive y vive para siempre. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado. Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto abierto de la Pascua de JC: que él vive para siempre, y que la vida nueva que él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu. Como una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Papa Francisco nos habla de una Iglesia en salida, nos invita constantemente a no encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús[2]. Hoy podríamos pedir al Espíritu una sola cosa: que nos renueve[3]. Que en esta Iglesia y en este mundo más bien tristes en los que vivimos, nos convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía a la que iremos este domingo de Pentecostés nos una con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña • AE


[1] Jn 12, 24.
[2] Cfr. Evangelii Gaudium n. 20, 21; 49.
[3] J. Lligadas, Misa Dominical 1981, 12.

Sal y luz, bálsamo y calor


El Señor habla de sal y luz en el evangelio[1], y lo hace teniendo delante a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que querían escucharlo, que no eran aún cristianos –no se había consumado la redención, probablemente aún no se empezaban los bautizos en su nombre- pero que lo seguían en aquel pequeño rincón del gran Imperio de Roma. Con una comparación muy sencilla les dice que han de ser la sal que necesita la tierra y la luz que le hace falta al mundo. Ustedes son la sal de la tierra. Aquella gente sencilla de Galilea capta el mensaje, y es que era por todos bien conocido que la sal sirve para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Aquellos discípulos –y con el paso de los siglos todos los cristianos hasta llegar nuestro tiempo- han de contribuir a que la gente saboree la vida sin caer en la corrupción. Ustedes son la luz del mundo. Sin la luz del sol, el mundo se queda en tinieblas: ya no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de la oscuridad. Los discípulos de Jesús podemos aportar luz, ayudar a los demás ahondar en el sentido último de la existencia y a caminar con esperanza. Las dos metáforas coinciden en algo muy importante: si la sal permanece aislada en un recipiente, no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve en la comida puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz. Papa Francisco nos ha advertido varias veces que la Iglesia vive encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos; en algunas situaciones no da –no damos- sabor a la vida moderna ni ofrece la luz genuina del Evangelio. Su invitación es clara: «Hemos de salir hacia las periferias existenciales». ¿Y cuáles son esas periferias existenciales? Las personas de comunidades indígenas en México, Sudamérica y África, mujeres excluidas por ser mujeres, jóvenes que reciben educación de baja calidad y que no tienen oportunidades, pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra y personas con empleos informales. También niños sometidos a la prostitución infantil, familias que viven en miseria y pasan hambre, personas adictas a las drogas o al alcohol, personas con capacidades diferentes, portadores y víctimas de enfermedades de transmisión sexual, secuestrados, víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados, ancianos excluidos, indigentes y presos que viven en situaciones inhumanas[2]. Sí: la lista es vasta y tal vez desalentadora, sin embargo existe la esperanza y el esfuerzo conjunto que, con la gracia de Dios, cambia realidades. El Papa insiste una y otra vez: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos»[3]. Si los cristianos nos volemos sal y luz del ambiente en el que vivimos, de la pequeña parcela que aramos todos los días, construimos entonces la cultura del encuentro, no sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino parándonos con ellas, no sólo diciendo “¡Qué pena! ¡Pobre gente!”, dejándonos llevar por la compasión; acercándonos a decir: “no llores” y dando al menos una gota afectiva y efectiva de vida. Sal y luz que curan, que calientan corazones. Esa es la llamada de hoy. La invitación abierta • AE



[1] V Tiempo ordinario Ciclo A (Mateo 5,13-16), 5 de febrero 2017.
[2] Cfr. Documento Aparecida n. 65, 402
[3] Exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, n. 49.  El texto completo puede leerse en: https://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf