Mostrando entradas con la etiqueta Virgen María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Virgen María. Mostrar todas las entradas

¡Tantas preguntas! (Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. Enero 1, 2020. Ciclo A)



Sin duda uno de los principios cardinales de la vida cristiana consiste en que Dios comienza siempre de nuevo. Con él nada hay definitivamente perdido. En él todo es comienzo y renovación. Por decirlo de manera sencilla, Dios no se deja desalentar por nuestra mediocridad. La fuerza renovadora de su perdón y de su gracia es más vigorosa que nuestros errores y nuestro pecado. Con él, todo puede comenzar de nuevo. He aquí que yo hago nuevas todas las cosas[1]. Por eso, es bueno comenzar el año con voluntad de renovación. Cada año que se nos ofrece de vida es un tiempo abierto a nuevas posibilidades, un tiempo de gracia y de salvación en el que se nos invita a vivir de manera nueva. Por ello, es importante escuchar las preguntas que pueden brotar de nuestro interior. ¿Qué espero yo del nuevo año? ¿Será un año dedicado a hacer cosas, resolver asuntos, acumular tensión, nerviosismo y malhumor o será un año en que aprenderé a vivir de manera mas humana? ¿Qué es lo que realmente quiero yo este año? ¿A qué dedicaré el tiempo más precioso e importante? ¿Será, una vez más, un año vacío, superficial y rutinario, o un año en que amare la vida con gozo y gratitud? ¿Qué tiempo reservaré para el descanso, el silencio, la música, la oración, el encuentro con Dios? ¿Alimentaré mi vida interior o viviré de manera agitada, en permanente actividad, corriendo de una ocupación a otra, sin saber exactamente qué quiero ni para qué vivo? ¿Qué tiempo dedicaré al disfrute íntimo con mi pareja y a la convivencia gozosa con los hijos? ¿Viviré fuera de mi hogar organizándome la vida a mi aire o sabré amar con más dedicación y ternura a los míos? ¿Con quiénes me encontraré este año? ¿A qué personas me acercaré? ¿Pondré en ellas alegría, vida, esperanza, o contagiaré desaliento, tristeza y muerte? Por donde yo pase, ¿será la vida más gozosa y llevadera o más dura y penosa? ¿Viviré este año preocupado sólo por mi pequeño bienestar o me interesaré también por hacer felices a los demás? ¿Me encerraré en mi viejo egoísmo de siempre o viviré de manera creativa, tratando de hacer a mí alrededor un mundo más humano y habitable? ¿Seguiré viviendo de espaldas a Dios o me atreverá a creer que es mi mejor Amigo? ¿Permaneceré mudo ante él, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin desde mi interior una invocación humilde pero sincera? Y María ¿esta y estará presente? Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesucristo. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes. Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos levantando la mirada hacia María Santísima. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año • AE


[1] Cfr. Is 43, 19; Apoc 21, 5.

Fiesta de la Sagrada Familia (Ciclo A)



Cada vez parece más normal terminar un matrimonio, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. ¿Se acabó el amor? Te largas, me largo. Sin embargo, detrás de cada ruptura hay casi siempre no poco sufrimiento y frustración. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable? Lo primero, tal vez, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir. Es importante también recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error avanzar en una relación de pareja de manera prematura, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un «te amo», que no era verdad. Tampoco hay que olvidar que amar es fundamentalmente dar, no recibir. Por eso sólo el amor incondicional es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede aportar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor se consolida cuando uno es feliz haciéndole feliz al otro. El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no poseerla. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando. El amor de la pareja es una flor frágil. Lo ha sido siempre. Probablemente es la experiencia más sublime del ser humano, pero también la más exigente. Sencillamente, porque, como dice Rilke, el amor consiste «en que dos soledades se protejan, se junten y se acojan mutuamente»[1]. El ideal no es separarse, sino llegar a ser una sola carne, como decía Jesús[2]. Contemplamos esta mañana de diciembre a la Sagrada Familia de Nazaret, en ellos tenemos un maravilloso ejemplo de amor entregado, generoso y fiel; de amor leal y llevado hasta sus últimas consecuencias. Hoy más que nunca debemos apostar por el amor estable, por el que no es caprichoso, por el que está dispuesto al sacrificio silencioso, como José, como María, como Jesús • AE


[1] Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) es considerado uno de los poetas más importantes en alemán y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo.
[2] Cfr Mc 10, 8-10.

LA VOZ DE LA TÓRTOLA SE HA ESCUCHADO EN NUESTRA TIERRA (Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, 2019)



Un sábado de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, un indio de nombre Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino y a escuchar los mandatos de Dios. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban de arriba del cerrillo: «Juanito, Juan Dieguito.» Él subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual, con palabra muy blanda y cortés, le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen. Ve al Obispo de México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo.» Cuando llegó Juan Diego a presencia del Obispo don fray Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco, éste pareció no darle crédito y le respondió: «Otra vez vendrás y te oiré más despacio.» Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del Cielo le estaba esperando, y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía, expuse tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy sólo un hombrecillo.» Ella le respondió: «Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo y le digas que yo en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, soy quien te envío.» Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco le dio crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Y le despidió. El lunes, Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan Bernardino se puso muy grave y, por la  noche, le rogó que fuera a Tlatelolco muy de madrugada a llamar un sacerdote que fuera a confesarle. Salió Juan Diego el martes, pero dio vuelta al cerrillo y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas ella le salió al encuentro a un lado del cerro y le dijo: «Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad de tu tío. Está seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la cumbre del cerrillo, donde hallarás diferentes flores; córtalas y tráelas a mi presencia.» Cuando Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró muchísimo de que hubiesen brotado tantas exquisitas rosas de Castilla, porque a la sazón encrudecía el hielo, y las llevó en los pliegues de su tilma a la Señora del Cielo. Ella le dijo: «Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al Obispo para que vea en ella mi voluntad. Tú eres mi embajador muy digno de confianza.» Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo: «Señor, hice lo que me ordenaste. La Señora del Cielo condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a la cumbre del cerrillo a que fuese a cortar varias rosas de Castilla, y me dijo que te las trajera y que a ti en persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Helas aquí, recíbelas.» Desenvolvió luego su blanca manta, y, así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac. La ciudad entera se conmovió, y venía a ver y a admirar su devota imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el mandato que la misma Señora del Cielo diera a Juan Bernardino cuando le devolvió la salud, se le nombró como bien había de nombrarse: «la siempre Virgen santa María de Guadalupe» • Tomado del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del siglo dieciséis don Antonio Valeriano («Nicán Mupohua», 12.a edición, Buena Prensa, México, D. F., 1971, pp. 3-19. 21). 

Pacientemente; día con día (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



J.B. Gerloff, Los discupulos de Emaús, óleo sobre tela, 
Abadía de Kornelimünster (Aquisgrán, en Renania del Norte, Alemania.

...

El evangelio de éste domingo, el penúltimo del tiempo ordinario, recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación que habremos de enfrentar con paciencia[1]. Apenas se habla de la paciencia en nuestros días y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de crisis, de incertidumbre e incluso de frustración. Pero la paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia del hombre fuerte y aguerrido, como en Platón o Aristóteles, sino más bien, la actitud serena de quien tiene el corazón puesto en un Dios sabio y fuerte que permite que la historia camine -a veces tan incomprensible para nosotros- con ternura y amor compasivos. Cuando el cristiano está animado por esta paciencia no se deja perturbar por tribulaciones y crisis, sino que mantiene con ánimo sereno. Su secreto está en la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas[2]. Al impaciente ciertamente la espera se le hace larga y por eso se crispa y se vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera y termina en el desaliento, el cansancio y la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no espera en nadie. El hombre paciente no se deja llevar por la tristeza: contempla la vida con respeto y buen humor. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera ni separar violentamente el trigo de la cizaña[3]. El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza[4]. La paciencia del creyente tiene sus raíces –profundas, fuertes- en ese Dios cercano y compañero de camino. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra[5]. En Él ponemos hoy toda nuestra esperanza y nuestra fe, y a poco de terminar el ciclo litúrgico e iniciar uno nuevo volteamos la mirada a María Santísima, a quien llamamos también “vida, dulzura y esperanza nuestra” • AE


[1] Curiosamente el término empleado por el evangelista (hypomone) significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa.
[2] Cfr. Ne 9, 8.
[3] Cfr. Mt 13, 24-30.
[4] 1 Tim 4, 10.
[5] Cfr. J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a San Lucas. Comentario al Ciclo C, San  Sebastián, 1944, p. 123 ss.



El inicio de la transformación (Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



Qué puede significar aquella frase de María: "No tienen vino?". En los evangelios hay expresiones paralelas a ésta: "Ya no nos queda aceite, y nuestras lámparas se apagan"[1], es la misma situación de apuro y de imprevisión, también en una fiesta de bodas; o la de los discípulos en el desierto: "No tienen suficiente pan[2]. En el evangelio de hoy, allí donde se esperaba que la plenitud del amor, de la fiesta nupcial con una felicidad plena, resulta que de golpe falla la previsión humana, se agotan los recursos, la prudencia escasea y se produce una situación embarazosa que funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapaces, sin saber qué hacer. Ese hombre y esa mujer, como todos, se sienten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no pueden prescindir y, sin embargo, experimentan límites, miserias, incapacidades. La vida es así. Nuestras reservas de amor, de paciencia, nuestras provisiones de vino, de aceite, de pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar toda una vida? Probablemente no. Cuántas veces se repite el grito: "¡Ya no tengo ganas, mi lámpara se apaga!" Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de unidad, de servicio prolongado y sacrificado. Y quizá tengamos cerca una persona como María, que lo dice porque ya se ha dado cuenta: "No tienen vino". No aguantamos más. Siempre hay una solución. La Eucaristía, el más grande de los sacramentos, porque es Jesús mismo, es la transformación del agua en vino, de la fragilidad del hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu, el único que nos da la certidumbre de ser capaces de amar. La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el amor que crea unidad en la vida matrimonial, el amor que crea unidad en la comunidad, en la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifestación de la potente gloria de Dios[3]. Los que nos encontramos en el camino de la vida sin vino, quizá sólo con una provisión de agua incolora, inodora e insípida, necesitamos frecuentemente de la plenitud del Espíritu que no transforme el corazón y la mente. Sólo así podremos vivir con un tipo de amor que no sea únicamente entusiasmo, primer proyecto, primeras experiencias, sino fuerza duradera para toda la vida. Este domingo, el segundo dentro del Tiempo Ordinario, la Eucaristía se nos presenta como la presencia de Aquel -Jesús- que atrayéndolo todo hacia sí desde la cruz, nos da un amor que perdura, que alimenta, que sacia, que no traiciona. Nunca • AE


[1] Mt 25, 8.
[2] Jn 6, 1 ss.
[3] Cfr. Cardenal Carlo Maria Martini, Se me dirigió la Palabra, Ed. Paulinas, 1990, p. 92 ss.

Nosotros con Dios y con los demás (IV Domingo de Adviento. Ciclo C).


En vísperas de la Nochebuena la liturgia nos pone a la Santísima Virgen María en el hermosísimo pasaje de su visita a Isabel, la madre de Juan, y en ese pasaje encontramos la disponibilidad de María, su entrega por los demás. Llena de la presencia de un mesías que viene a servir, corre a ayudar: encuentra tiempo, sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses con ella.  No es egoísta. No se encierra en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. ¿No es exactamente la actitud de Cristo, que viene a entregarse por los demás? ¿No es también la actitud de un cristiano y de la comunidad entera: que no sólo crezca en su fe cara a Cristo, sino que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los más necesitados de nuestra ayuda? Precisamente porque Ella ha experimentado la cercanía y el favor de Dios, hemos de aprender de Ella a "visitar" a los demás. La Virgen Santísima anuncia la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la Iglesia y de cada cristiano: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante -hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Si nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para darlo también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos. María Santísima es símbolo de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy. Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás • AE

En el camino con la Virgen (Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María 2018)


Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: "¿Dónde estás?" Éste le respondió: "Oí tus pasos en el jardín; tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí". Así comienza el relato del libro del Génesis en la primera de las lecturas en esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Dios aparece y el hombre no se deja encontrar y diera la impresión de que tampoco desea mucho el diálogo. El resto de la historia la conocemos muy bien, sin embargo y para nuestra fortuna, existe una criatura que se deja encontrar y que responde a aquella primera y comprometida pregunta que aún resuena en el aire. Esa  criatura es María, la Virgen madre de Dios.  "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mi lo que me has dicho"[1]. Dios encontró a alguien que dijo con todo su ser, una criatura dispuesta a recibir, antes incluso que a dar. Una criatura libre de preocupaciones egoístas, vaciada de sí misma, que ha desterrado el orgullo, repudiado el amor propio, y se ha convertido en pura acogida. No es una criatura vacía, sino una criatura que ha sabido hacer el vacío. María es aquella que ha permitido a Dios hacer. Muchas veces nos obsesionamos por saber lo que debemos hacer delante de Dios. La Virgen entendió que lo primero que debe hacer un creyente es dejar hacer a Dios; dejarse hacer por él, ser tomada por él, abandonarse al poder de su Espíritu. El final de la conversación entre la Virgen y el ángel no es un final, digamos, especialmente alegre. En todo caso es uno fatigoso y comprometido inicio. María queda sola. Ya no habrá ninguna comunicación extraordinaria. Ningún mensaje que le dé garantías y elimine las dudas. Debe hacer el camino con la ayuda de la propia fe, como nosotros, y no con la asistencia especial del ángel. Muchos por qué habrá en la vida de la Virgen. Y deberá llegar a la luz a través de las tinieblas más espesas, no a través de las respuestas más aseguradoras. El ángel cumplió su misión y terminó de hablar. De ahora en adelante la Virgen tendrá que preguntar a los aconteceres de cada día para saber algo. Como todos nosotros. El abandono confiado llega antes que el razonamiento. La acogida precede a la investigación. Se conoce el camino recorriéndolo. Se encuentra la verdad haciéndola. Que la Virgen María nos conceda ésta tarde responder con prontitud y con amor a las preguntas que nos hace Dios, a buscarlo con todo el corazón, y a ser obedientes, como lo fue ella • AE[2].


[1] Lc 1, 36.
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo B. Edit. Sígueme, Salamanca 1987, p. 274.


Memorial of the Queenship of the Blessed Virgin Mary (August 22)



En el cristianismo católico y ortodoxo la Coronación de la Virgen es una secuencia dentro del ciclo de la vida de la Virgen María. Esta devoción se extendió gracias a un relato atribuido a San Melitón, obispo de Sardes (ciudad de Asia Menor) en el siglo II, y que luego fue divulgado en el occidente cristiano el siglo VI por Gregorio de Tours y más tarde en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada. El relato supone que en Cuerpo y Alma, María sube a los cielos en su Asunción y allí es coronada por Cristo, Dios Padre o la Trinidad. Este tema aparece por primera vez en Francia en el siglo XII, en el tímpano de la puerta principal de la catedral de Notre Dame de Senlis (1190). La escena muestra a la Virgen sentada a la derecha de Cristo y coronada y bendecida por él. Esta misma escena aparece en las vidrieras de la catedral de Angers (Catedral San Mauricio de Angers). En Italia, se representa el tema en Santa María la Mayor de Roma, en un mosaico de Jacopo Torriti de 1295. En general, durante la Edad Media y primer Renacimiento, la Virgen es coronada por Cristo. Hay ejemplos en el siglo XV, como en Lorenzo Monaco (1414) o en Fra Angélico, que incluye la escena en el fresco de una de las celdas del Convento de San Marcos de Florencia, pintada entre 1437 y 1446. En el siglo XVI se comienza a añadir la representación de la reunión de los apóstoles en torno al sepulcro vacío de Jesús en la mitad terrenal, mientras la Coronación preside la zona dedicada al mundo celestial.


The Coronation of the Virgin or Coronation of Mary is a subject in Christian art, especially popular in Italy in the 13th to 15th centuries, but continuing in popularity until the 18th century and beyond. Christ, sometimes accompanied by God the Father and the Holy Spirit in the form of a dove, places a crown on the head of Mary as Queen of Heaven. In early versions the setting is a Heaven imagined as an earthly court, staffed by saints and angels; in later versions Heaven is more often seen as in the sky, with the figures seated on clouds. The subject is also notable as one where the whole Christian Trinity is often shown together, sometimes in unusual ways. Although crowned Virgins may be seen in Orthodox Christian icons, the coronation by the deity is not. Mary is sometimes shown, in both Eastern and Western Christian art, being crowned by one or two angels, but this is considered a different subject. The subject became common as part of a general increase in devotion to Mary in the Early Gothic period, and is one of the commonest subjects in surviving 14th-century Italian panel paintings, mostly made to go on a side-altar in a church. The great majority of Roman Catholic churches had (and have) a side-altar or "Lady chapel" dedicated to Mary. The subject is still often enacted in rituals or popular pageants called May crownings, although the crowning is performed by human figures • AE

En la Asunción de la Virgen María




Sube la que es de los cielos
honra, riqueza, corona,
luz, hermosura y nobleza,
cielo, perfección y gloria.

Flamante ropa la viste,
a quien las estrellas bordan,
en cuya labor el sol
a ningún rayo perdona.

La luna a sus pies mendiga
todo el candor que atesora,
y ya, sin temer menguantes,
plenitud de luces goza.

A recibirla salieron
las tres divinas personas
con los aplausos de quien
es Hija, Madre y Esposa. Amén •

Liturgia de las horas, Oficio de Lectura  
en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! (IV Domingo de Adviento)



Cuarto domingo de Adviento y cuarta vela encendida en la Corona ¡Despierta Iglesia del Señor, que llega el Esposo! ¡Aviva tus lámparas y sal a su encuentro! Descubrirás a María de Nazaret, estrella hermosa que anuncia el día, aurora luciente del amanecer de Cristo. Hoy entra María por la puerta grande en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas, cronista de la Infancia que nos ayuda a acercarnos al Misterio para mostrarnos el retablo viviente de Nazaret: la anunciación de Gabriel, el consentimiento de María, la venida del Espíritu y la concepción virginal del Verbo. Y en medio  el anuncio y el nacimiento de Juan el Bautista, con el himno mesiánico de su padre Zacarías y el hermosísimo encuentro entre María y su prima Isabel, con el asombroso Magnificat. En este ultimo domingo de Adviento tres palabras se cruzan en el corazón humano, la espera, la esperanza y la expectación, esa tensión alegre del espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; como la que sintieron el anciano Simeón y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al Salvador; la que vivieron José y María, buscando un lugar en Belén y la que sienten quienes buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par: ¡Ven, Señor Jesús! La expectación está muy cerca del asombro, que es precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, y abre el canto gozoso de las antífonas del Oficio de Vísperas de la Liturgia de las Horas en los siete días anteriores a la Navidad: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!» Y por supuesto María de la O, María del asombro, del estupor sagrado y de la contemplación del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! • AE

Magnificat anima mea!


Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor. (v. 46)

Las cosas buenas deben empezarse por las mujeres; así, no parece ocioso que Isabel vaticine antes que Juan, y María antes del nacimiento del Señor. Además, siendo María más excelsa, su profecía es más plena • Ambrosio, obispo de Milán hasta el 397.


El corazón de un niño


María conservaba todo esto en su corazón, nos cuenta el evangelio. Y nosotros terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Péguy que «hay algo peor que  tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada». Por eso no nos extrañe que la celebración de la Navidad, tan envuelta en superficialidad y consumismo, apenas nos diga algo nuevo o gozoso a los hombres y mujeres de hoy así como estamos con un «alma acostumbrada». Acostumbrados a escuchar que Dios se hizo hombre y se nos ofrece como niño. Lo dice Saint-Exupery en el prólogo de su Principito: «Todas las  personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una  mirada de niño. Esta es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo misterio. Pero  ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos  ofrece cercano, indefenso, entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño. Y éste es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que  cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón,  abrirse confiados a la gracia y el perdón. A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de adultos, siempre hay en  nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños. Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco  de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos la televisión y el WiFi; olvidemos nuestras prisas,  nerviosismos, compras y compromisos. Escuchemos dentro de nosotros ese corazón de niño que no se ha cerrado todavía a la  posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. Es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que se rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama • AE

La Imaculada Concepción de la Santísima Virgen María


Tu eres toda hermosa
oh madre del Señor
Tu eres de Dios gloria
la obra de su amor

Oh rosa sin espinas
oh vaso de elección
de ti nació la vida 
por ti nos vino Dios

Sellada fuente pura 
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna 
sin culpa original

Pureza inmaculada
espejo del Señor
oh fuente de la gracia
unida al redentor

Belleza sin mancilla
encanto virginal
tu eres la alegría
la gloria del mortal

Sellada fuente pura 
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna 
sin culpa original

Oh vara florecida 
del tronco de Jessed
en gracia consebida
oh gloria de Israel

Dichosa cual ningúna
los pueblos te dirán
tu fuiste del Dios vivo
la aurora celestial