Sin duda uno de los principios
cardinales de la vida cristiana consiste en que Dios comienza siempre de nuevo.
Con él nada hay definitivamente perdido. En él todo es comienzo y renovación.
Por decirlo de manera sencilla, Dios no se deja desalentar por nuestra
mediocridad. La fuerza renovadora de su perdón y de su gracia es más vigorosa
que nuestros errores y nuestro pecado. Con él, todo puede comenzar de nuevo. He
aquí que yo hago nuevas todas las cosas[1].
Por eso, es bueno comenzar el año con voluntad de renovación. Cada año que se
nos ofrece de vida es un tiempo abierto a nuevas posibilidades, un tiempo de
gracia y de salvación en el que se nos invita a vivir de manera nueva. Por
ello, es importante escuchar las preguntas que pueden brotar de nuestro interior.
¿Qué espero yo del nuevo año? ¿Será un año dedicado a hacer cosas, resolver
asuntos, acumular tensión, nerviosismo y malhumor o será un año en que
aprenderé a vivir de manera mas humana? ¿Qué es lo que realmente quiero yo este
año? ¿A qué dedicaré el tiempo más precioso e importante? ¿Será, una vez más,
un año vacío, superficial y rutinario, o un año en que amare la vida con gozo y
gratitud? ¿Qué tiempo reservaré para el descanso, el silencio, la música, la
oración, el encuentro con Dios? ¿Alimentaré mi vida interior o viviré de manera
agitada, en permanente actividad, corriendo de una ocupación a otra, sin saber
exactamente qué quiero ni para qué vivo? ¿Qué tiempo dedicaré al disfrute
íntimo con mi pareja y a la convivencia gozosa con los hijos? ¿Viviré fuera de
mi hogar organizándome la vida a mi aire o sabré amar con más dedicación y
ternura a los míos? ¿Con quiénes me encontraré este año? ¿A qué personas me
acercaré? ¿Pondré en ellas alegría, vida, esperanza, o contagiaré desaliento,
tristeza y muerte? Por donde yo pase, ¿será la vida más gozosa y llevadera o
más dura y penosa? ¿Viviré este año preocupado sólo por mi pequeño bienestar o
me interesaré también por hacer felices a los demás? ¿Me encerraré en mi viejo
egoísmo de siempre o viviré de manera creativa, tratando de hacer a mí
alrededor un mundo más humano y habitable? ¿Seguiré viviendo de espaldas a Dios
o me atreverá a creer que es mi mejor Amigo? ¿Permaneceré mudo ante él, sin
abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin desde mi interior una
invocación humilde pero sincera? Y María ¿esta y estará presente? Un abandono
de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en
nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la
empobrecerá. María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su
seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y
mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo
Madre de Jesucristo. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los
creyentes. Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos levantando la
mirada hacia María Santísima. Ella nos acompañará a lo largo de los días con
cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la
olvidemos a lo largo del año • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
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Fiesta de la Sagrada Familia (Ciclo A)
Cada vez parece más normal terminar un matrimonio,
buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y
llevadero. ¿Se acabó el amor? Te largas, me largo. Sin embargo, detrás de cada
ruptura hay casi siempre no poco sufrimiento y frustración. Hay a veces
humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable? Lo primero,
tal vez, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por
lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se
mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la
atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada
comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir. Es importante también recordar
que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay
todavía amor. Por eso, es un error avanzar en una relación de pareja de manera
prematura, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que
mentirse ni mentir. Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera
pronunciado nunca un «te amo», que no era verdad. Tampoco hay que olvidar que amar
es fundamentalmente dar, no recibir. Por eso sólo el amor incondicional es
duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede aportar, el
futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde
perfectamente a lo que desearíamos. El amor se consolida cuando uno es feliz
haciéndole feliz al otro. El mayor error es ignorar que amar significa respetar
a la persona amada, no poseerla. Cuando no se respeta la manera de pensar, de
sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto
se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario,
cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya
separando. El amor de la pareja es una flor frágil. Lo ha sido siempre.
Probablemente es la experiencia más sublime del ser humano, pero también la más
exigente. Sencillamente, porque, como dice Rilke, el amor consiste «en que dos
soledades se protejan, se junten y se acojan mutuamente»[1].
El ideal no es separarse, sino llegar a ser una sola carne, como decía Jesús[2].
Contemplamos esta mañana de diciembre a la Sagrada Familia de Nazaret, en ellos
tenemos un maravilloso ejemplo de amor entregado, generoso y fiel; de amor leal
y llevado hasta sus últimas consecuencias. Hoy más que nunca debemos apostar
por el amor estable, por el que no es caprichoso, por el que está dispuesto al
sacrificio silencioso, como José, como María, como Jesús • AE
[1]
Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) es considerado uno de los poetas más
importantes en alemán y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son
las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo.
[2]
Cfr Mc 10, 8-10.
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LA VOZ DE LA TÓRTOLA SE HA ESCUCHADO EN NUESTRA TIERRA (Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, 2019)
Un sábado de mil quinientos treinta
y uno, a pocos días del mes de diciembre, un indio de nombre Juan Diego iba
muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar parte en el
culto divino y a escuchar los mandatos de Dios. Al llegar junto al cerrillo
llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban de arriba del cerrillo: «Juanito,
Juan Dieguito.» Él subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana
grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual, con palabra muy
blanda y cortés, le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten
entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por
quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él
mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los
moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí
confíen. Ve al Obispo de México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon
en ello todo tu esfuerzo.» Cuando llegó Juan Diego a
presencia del Obispo don fray Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco,
éste pareció no darle crédito y le respondió: «Otra vez vendrás y te oiré más
despacio.» Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del
Cielo le estaba esperando, y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas,
niña mía, expuse tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto.
Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu
mensaje para que le crean, porque yo soy sólo un hombrecillo.» Ella le respondió:
«Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo
y le digas que yo en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, soy
quien te envío.» Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco le dio
crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera
creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Y le despidió. El lunes, Juan
Diego ya no volvió. Su tío Juan Bernardino se puso muy grave y, por la noche, le rogó que fuera a Tlatelolco
muy de madrugada a llamar un sacerdote que fuera a confesarle. Salió Juan Diego
el martes, pero dio vuelta al cerrillo y pasó al otro lado, hacia el oriente,
para llegar pronto a México y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas ella
le salió al encuentro a un lado del cerro y le dijo: «Oye y ten entendido, hijo
mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu
corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No
estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad
de tu tío. Está seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la cumbre del cerrillo,
donde hallarás diferentes flores; córtalas y tráelas a mi presencia.» Cuando
Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró muchísimo de que hubiesen brotado
tantas exquisitas rosas de Castilla, porque a la sazón encrudecía el hielo, y
las llevó en los pliegues de su tilma a la Señora del Cielo. Ella le dijo: «Hijo
mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al Obispo para que vea en ella mi voluntad.
Tú eres mi embajador muy digno de confianza.» Juan Diego se puso en camino, ya
contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo: «Señor, hice lo que me ordenaste.
La Señora del Cielo condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a la cumbre
del cerrillo a que fuese a cortar varias rosas de Castilla, y me dijo que te
las trajera y que a ti en persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas
veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Helas aquí, recíbelas.» Desenvolvió
luego su blanca manta, y, así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes
rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen
de la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se
guarda hoy en su templo del Tepeyac. La ciudad entera se conmovió, y venía a
ver y a admirar su devota imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el mandato
que la misma Señora del Cielo diera a Juan Bernardino cuando le devolvió la
salud, se le nombró como bien había de nombrarse: «la siempre Virgen santa
María de Guadalupe» • Tomado del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del
siglo dieciséis don Antonio Valeriano («Nicán Mupohua», 12.a edición, Buena
Prensa, México, D. F., 1971, pp. 3-19. 21).
Pacientemente; día con día (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).
J.B. Gerloff, Los discupulos de Emaús, óleo sobre tela,
Abadía de Kornelimünster (Aquisgrán, en
Renania del Norte, Alemania.
...
El evangelio de éste domingo, el penúltimo del
tiempo ordinario, recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la
tribulación que habremos de enfrentar con paciencia[1]. Apenas se habla de la paciencia en
nuestros días y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en
estos momentos de crisis, de incertidumbre e incluso de frustración. Pero la
paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia del hombre
fuerte y aguerrido, como en Platón o Aristóteles, sino más bien, la actitud
serena de quien tiene el corazón puesto en un Dios sabio y fuerte que permite
que la historia camine -a veces tan incomprensible para nosotros- con
ternura y amor compasivos. Cuando el cristiano está animado por esta paciencia
no se deja perturbar por tribulaciones y crisis, sino que mantiene con ánimo sereno.
Su secreto está en la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta
injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus
promesas[2].
Al impaciente ciertamente la espera se le hace larga y por eso se crispa y se
vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad
es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica
constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera y termina en
el desaliento, el cansancio y la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no
espera en nadie. El hombre paciente no se deja llevar por la tristeza: contempla
la vida con respeto y buen humor. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio
de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera ni separar
violentamente el trigo de la cizaña[3].
El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado
por una esperanza[4]. La paciencia
del creyente tiene sus raíces –profundas, fuertes- en ese Dios cercano y
compañero de camino. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro
camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o
inútil, Dios sigue su obra[5].
En Él ponemos hoy toda nuestra esperanza y nuestra fe, y a poco de terminar el
ciclo litúrgico e iniciar uno nuevo volteamos la mirada a María Santísima, a
quien llamamos también “vida, dulzura y esperanza nuestra” • AE
[1]
Curiosamente el término empleado por el evangelista (hypomone) significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de
mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa.
[2] Cfr. Ne 9, 8.
[3] Cfr. Mt 13, 24-30.
[4]
1 Tim 4, 10.
[5] Cfr. J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a San
Lucas. Comentario al Ciclo C, San
Sebastián, 1944, p. 123 ss.
El inicio de la transformación (Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)
Qué
puede significar aquella frase de María: "No tienen vino?". En los
evangelios hay expresiones paralelas a ésta: "Ya no nos queda aceite, y
nuestras lámparas se apagan"[1],
es la misma situación de apuro y de imprevisión, también en una fiesta de
bodas; o la de los discípulos en el desierto: "No tienen suficiente pan[2].
En el evangelio de hoy, allí donde se esperaba que la plenitud del amor, de la
fiesta nupcial con una felicidad
plena, resulta que de golpe falla la previsión humana, se agotan los
recursos, la prudencia escasea y se produce una situación embarazosa que
funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapaces, sin saber qué
hacer. Ese hombre y esa mujer, como todos, se sienten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no
pueden prescindir y, sin embargo, experimentan límites, miserias, incapacidades. La vida es así. Nuestras
reservas de amor, de paciencia, nuestras provisiones de vino, de aceite, de
pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar toda una vida? Probablemente no. Cuántas
veces se repite el grito: "¡Ya no tengo ganas, mi lámpara se apaga!"
Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de unidad, de servicio
prolongado y sacrificado. Y quizá tengamos cerca una persona como María, que lo
dice porque ya se ha dado cuenta: "No tienen vino". No aguantamos
más. Siempre hay una solución. La Eucaristía, el más grande de los sacramentos, porque es Jesús mismo, es la transformación del agua en vino, de la fragilidad del
hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu, el único que nos da la
certidumbre de ser capaces de amar. La Eucaristía es la fuerza que alimenta
toda forma de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el
amor que crea unidad en la vida matrimonial, el amor que crea unidad en la
comunidad, en la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifestación de
la potente gloria de Dios[3]. Los que nos encontramos en el camino de la vida sin vino, quizá sólo con una provisión de agua
incolora, inodora e insípida, necesitamos frecuentemente de la plenitud del Espíritu que no transforme el corazón y la mente. Sólo así podremos vivir con un tipo de amor que
no sea únicamente entusiasmo, primer proyecto, primeras experiencias, sino
fuerza duradera para toda la vida. Este domingo, el segundo dentro del Tiempo Ordinario, la Eucaristía se nos presenta como la presencia de Aquel -Jesús- que atrayéndolo todo hacia sí desde la cruz, nos da un amor que perdura, que alimenta, que sacia, que no traiciona. Nunca • AE
[1] Mt 25, 8.
[2] Jn 6, 1 ss.
[3]
Cfr. Cardenal Carlo Maria Martini, Se me dirigió la
Palabra, Ed. Paulinas, 1990, p. 92 ss.
Nosotros con Dios y con los demás (IV Domingo de Adviento. Ciclo C).
En vísperas de la Nochebuena la liturgia nos pone a la Santísima Virgen María
en el hermosísimo pasaje de su visita a Isabel, la madre de Juan, y en ese
pasaje encontramos la disponibilidad de María, su entrega por los demás. Llena
de la presencia de un mesías que viene a servir, corre a ayudar: encuentra tiempo,
sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses
con ella. No es egoísta. No se encierra
en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. ¿No es exactamente la actitud de
Cristo, que viene a entregarse por los demás? ¿No es también la actitud de un
cristiano y de la comunidad entera: que no sólo crezca en su fe cara a Cristo,
sino que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los más necesitados
de nuestra ayuda? Precisamente porque Ella ha experimentado la cercanía y el
favor de Dios, hemos de aprender de Ella a "visitar" a los demás. La Virgen
Santísima anuncia la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la
Iglesia y de cada cristiano: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante
-hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Si
nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para darlo también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad
que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos. María Santísima es símbolo
de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy.
Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que
nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás •
AE
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En el camino con la Virgen (Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María 2018)
Después de que el hombre y la mujer comieron del
fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó:
"¿Dónde estás?" Éste le respondió: "Oí tus pasos en el jardín;
tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí". Así comienza el relato
del libro del Génesis en la primera de las lecturas en esta solemnidad de la
Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Dios aparece y el hombre no
se deja encontrar y diera la impresión de que tampoco desea mucho el diálogo.
El resto de la historia la conocemos muy bien, sin embargo y para nuestra
fortuna, existe una criatura que se deja encontrar y que responde a aquella
primera y comprometida pregunta que aún resuena en el aire. Esa criatura es María, la Virgen madre de
Dios. "Yo soy la esclava del
Señor; cúmplase en mi lo que me has dicho"[1].
Dios encontró a alguien que dijo sí con todo su ser, una criatura dispuesta a
recibir, antes incluso que a dar. Una criatura libre de preocupaciones
egoístas, vaciada de sí misma, que ha desterrado el orgullo, repudiado el amor
propio, y se ha convertido en pura acogida. No es una criatura vacía, sino una
criatura que ha sabido hacer el vacío. María es aquella que ha permitido a Dios
hacer. Muchas veces nos obsesionamos por saber lo que debemos hacer delante de
Dios. La Virgen entendió que lo primero que debe hacer un creyente es dejar
hacer a Dios; dejarse hacer por él, ser tomada por él, abandonarse al poder de
su Espíritu. El final de la conversación entre la Virgen y el ángel no es un
final, digamos, especialmente alegre. En todo caso es uno fatigoso y
comprometido inicio. María queda sola. Ya no habrá ninguna comunicación
extraordinaria. Ningún mensaje que le dé garantías y elimine las dudas. Debe
hacer el camino con la ayuda de la propia fe, como nosotros, y no con la
asistencia especial del ángel. Muchos por
qué habrá en la vida de la Virgen. Y deberá llegar a la luz a través de las
tinieblas más espesas, no a través de las respuestas más aseguradoras. El ángel
cumplió su misión y terminó de hablar. De ahora en adelante la Virgen tendrá
que preguntar a los aconteceres de cada día para saber algo. Como todos nosotros.
El abandono confiado llega antes que el razonamiento. La acogida precede a la
investigación. Se conoce el camino recorriéndolo. Se encuentra la verdad haciéndola.
Que la Virgen María nos conceda ésta tarde responder con prontitud y con amor a
las preguntas que nos hace Dios, a buscarlo con todo el corazón, y a ser
obedientes, como lo fue ella • AE[2].
Memorial of the Queenship of the Blessed Virgin Mary (August 22)
En
el cristianismo católico y ortodoxo la Coronación de la Virgen es una secuencia
dentro del ciclo de la vida de la Virgen María. Esta devoción se extendió
gracias a un relato atribuido a San Melitón, obispo de Sardes (ciudad de Asia
Menor) en el siglo II, y que luego fue divulgado en el occidente cristiano el
siglo VI por Gregorio de Tours y más tarde en el siglo XIII por Santiago de la
Vorágine en su Leyenda dorada. El relato supone que en Cuerpo y Alma, María
sube a los cielos en su Asunción y allí es coronada por Cristo, Dios Padre o la
Trinidad. Este tema aparece por primera vez en Francia en el siglo XII, en el
tímpano de la puerta principal de la catedral de Notre Dame de Senlis (1190).
La escena muestra a la Virgen sentada a la derecha de Cristo y coronada y
bendecida por él. Esta misma escena aparece en las vidrieras de la catedral de
Angers (Catedral San Mauricio de Angers). En Italia, se representa el tema en
Santa María la Mayor de Roma, en un mosaico de Jacopo Torriti de 1295. En
general, durante la Edad Media y primer Renacimiento, la Virgen es coronada por
Cristo. Hay ejemplos en el siglo XV, como en Lorenzo Monaco (1414) o en Fra
Angélico, que incluye la escena en el fresco de una de las celdas del Convento
de San Marcos de Florencia, pintada entre 1437 y 1446. En el siglo XVI se
comienza a añadir la representación de la reunión de los apóstoles en torno al
sepulcro vacío de Jesús en la mitad terrenal, mientras la Coronación preside la
zona dedicada al mundo celestial.
The
Coronation of the Virgin or Coronation of Mary is a subject in Christian art,
especially popular in Italy in the 13th to 15th centuries, but continuing in
popularity until the 18th century and beyond. Christ, sometimes accompanied by
God the Father and the Holy Spirit in the form of a dove, places a crown on the
head of Mary as Queen of Heaven. In early versions the setting is a Heaven
imagined as an earthly court, staffed by saints and angels; in later versions
Heaven is more often seen as in the sky, with the figures seated on clouds. The
subject is also notable as one where the whole Christian Trinity is often shown
together, sometimes in unusual ways. Although crowned Virgins may be seen in
Orthodox Christian icons, the coronation by the deity is not. Mary is sometimes
shown, in both Eastern and Western Christian art, being crowned by one or two
angels, but this is considered a different subject. The subject became common
as part of a general increase in devotion to Mary in the Early Gothic period,
and is one of the commonest subjects in surviving 14th-century Italian panel
paintings, mostly made to go on a side-altar in a church. The great majority of
Roman Catholic churches had (and have) a side-altar or "Lady chapel"
dedicated to Mary. The subject is still often enacted in rituals or popular
pageants called May crownings, although the crowning is performed by human
figures • AE
En la Asunción de la Virgen María
Sube la
que es de los cielos
honra,
riqueza, corona,
luz,
hermosura y nobleza,
cielo,
perfección y gloria.
Flamante
ropa la viste,
a quien
las estrellas bordan,
en cuya
labor el sol
a ningún
rayo perdona.
La luna a
sus pies mendiga
todo el
candor que atesora,
y ya, sin
temer menguantes,
plenitud
de luces goza.
A
recibirla salieron
las tres divinas personas
con los aplausos de quien
es Hija,
Madre y Esposa. Amén •
Liturgia
de las horas, Oficio de Lectura
en la Solemnidad
de la Asunción de la Virgen María
¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María! (IV Domingo de Adviento)
Cuarto domingo de Adviento y cuarta vela encendida en
la Corona ¡Despierta Iglesia del Señor, que llega el Esposo! ¡Aviva tus
lámparas y sal a su encuentro! Descubrirás a María de Nazaret, estrella hermosa
que anuncia el día, aurora luciente del amanecer de Cristo. Hoy entra María por
la puerta grande en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas,
cronista de la Infancia que nos ayuda a acercarnos al Misterio para mostrarnos
el retablo viviente de Nazaret: la anunciación de Gabriel, el consentimiento de
María, la venida del Espíritu y la concepción virginal del Verbo. Y en medio el anuncio y el nacimiento de Juan el
Bautista, con el himno mesiánico de su padre Zacarías y el hermosísimo
encuentro entre María y su prima Isabel, con el asombroso Magnificat. En este ultimo domingo de Adviento tres palabras se
cruzan en el corazón humano, la espera, la esperanza y la expectación, esa tensión
alegre del espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; como la que
sintieron el anciano Simeón y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al
Salvador; la que vivieron José y María, buscando un lugar en Belén y la que
sienten quienes buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par:
¡Ven, Señor Jesús! La expectación está muy cerca del asombro, que es
precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, y abre el canto gozoso de las
antífonas del Oficio de Vísperas de la Liturgia de las Horas en los siete días
anteriores a la Navidad: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz
eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en
sombra de muerte!» Y por supuesto María de la O, María del asombro, del estupor
sagrado y de la contemplación del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh, piadosa;
oh, dulce Virgen María! • AE
Magnificat anima mea!
Y dijo María: Mi alma
engrandece al Señor. (v. 46)
Las cosas buenas deben empezarse por las mujeres;
así, no parece ocioso que Isabel vaticine antes que Juan, y María antes del nacimiento
del Señor. Además, siendo María más excelsa, su profecía es más plena • Ambrosio,
obispo de Milán hasta el 397.
El corazón de un niño
María conservaba todo esto en su corazón, nos cuenta el evangelio. Y
nosotros terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia la costumbre
y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Péguy que «hay algo
peor que tener un alma perversa, y es
tener un alma acostumbrada». Por eso no nos extrañe que la celebración de la
Navidad, tan envuelta en superficialidad y consumismo, apenas nos diga algo nuevo
o gozoso a los hombres y mujeres de hoy así como estamos con un «alma
acostumbrada». Acostumbrados a escuchar que Dios se hizo hombre y se nos ofrece
como niño. Lo dice Saint-Exupery en el prólogo de su Principito: «Todas las
personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos
olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al
acercarse al mundo ha sido una mirada de
niño. Esta es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo
misterio. Pero ahora sabemos que no es
un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable desde
la ternura y la transparencia de un niño. Y éste es el mensaje de la Navidad.
Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que
cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la
transparencia del corazón, abrirse
confiados a la gracia y el perdón. A pesar de nuestra aterradora
superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro
inconfesable egoísmo y mezquindad de adultos, siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que
todavía no hemos dejado de ser niños. Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos
con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco
de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos la televisión y el WiFi; olvidemos
nuestras prisas, nerviosismos, compras y
compromisos. Escuchemos dentro de nosotros ese corazón de niño que no se ha
cerrado todavía a la posibilidad de una
vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver
nuestra vida de otra manera. Es posible que escuchemos una llamada a renacer a
una fe nueva. Una fe que se rejuvenece;
que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no
entristece sino ilumina; que no teme
sino que ama • AE
La Imaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Tu eres toda hermosa
oh madre del Señor
Tu eres de Dios gloria
la obra de su amor
Oh rosa sin espinas
oh vaso de elección
de ti nació la vida
por ti nos vino Dios
Sellada fuente pura
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna
sin culpa original
Pureza inmaculada
espejo del Señor
oh fuente de la gracia
unida al redentor
Belleza sin mancilla
encanto virginal
tu eres la alegría
la gloria del mortal
Sellada fuente pura
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna
sin culpa original
Oh vara florecida
del tronco de Jessed
en gracia consebida
oh gloria de Israel
Dichosa cual ningúna
los pueblos te dirán
tu fuiste del Dios vivo
la aurora celestial •
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