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¿Un mundo realmente feliz? (II Domingo de Cuaresma. Ciclo A)

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El Bosco, El Jardín de las delicias (1500), óleo sobre madera, 
Museo del Prado (Madrid).
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Cuando Pedro contempló la Transfiguración del Señor no pudo contener su entusiasmo y exclamó: «¡Qué bien  estamos aquí!». Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI hemos asistido a las grandes  transfiguraciones del mundo: la de la ciencia, con sus adelantos increíbles; la de la  cultura, que va llegando a estratos y ambientes a los que antes no llegaba; la de la invasión  del confort que, en nuestra área occidental ofrece todas las  posibilidades de una dolce vita, la de los  medios de comunicación, la de las diversiones. Ante estas "transfiguraciones" de nuestro modo de vivir, ¿podemos decir, como Pedro, "Qué bien estamos aquí!"? Tengo la impresión de que deberíamos afirmar lo contrario: "¡Qué mal estamos aquí!" El hastío, el descontento, la tristeza, la  incomunicación, la angustiosa soledad son enfermedades que aquejan a muchas personas. A mayor escala de confort y de adelantos, una mayor carga de desilusiones. Es así ¿Qué es lo que está pasando? ¿Dónde está el fallo? El plan “ideal” es embellecer las fachadas, crear casas confortables, parques, instalaciones deportivas.  Incrementar el turismo y el intercambio cultural y que vivamos abiertos a un libertinaje sexual y abiertos a todo tipo de placeres. Hemos ido implantando la filosofía del tener con la ilusión de llegar a un mundo feliz mucho más grande que aquel que pintaba Aldous Huxley. Con la Transfiguración del Señor sucedió al revés: todo fue de dentro hacia fuera. Aquel momento no fue una demostración de lo que Jesús tenía, sino en realidad de lo que Jesús era: el Hijo amado del Padre. Esa es la transfiguración a la que estamos llamados: a transformar nuestro yo, a vivir más en el mundo del ser que del tener, a luchar por una transformación interior, una auténtica conversión. Y ya metidos en gastos y en estas alquimias interiores (¡cómo me gusta ésta frase!) hoy podríamos pedir el regalo de saber acercarnos con fe y sencillez al manantial de la gracia, que son los sacramentos. Es ahí y desde dentro hacia fuera -como el fruto sale de la flor, como el racimo de la  vid- como surgirá una sociedad también transfigurada. La invitación es pues que desde nuestro Tabor, llenos de la luz del Señor, hagamos un esfuerzo personal, constante, por transfigurarnos y transfigurar nuestro alrededor • AE

MIERCOLES DE CENIZA (Febrero 26, 2020)


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Con mucha sencillez la liturgia de hoy nos invita a reconocer nuestra debilidad. ¡Cuánta distancia hay entre nosotros y el Evangelio, entre nosotros y la vida de fidelidad del Señor! Hoy, si volvemos la mirada sobre nosotros mismos, sobre nuestra manera de vivir, de actuar, brotarán desde lo más hondo de nuestro corazón aquellas palabras que decíamos en el salmo: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. La invitación de hoy es a ser sinceros con nosotros mismos. Si nos ponemos ante Dios no podremos gloriamos de nada. ¡Cuánto nos dominan nuestros deseos y nuestros intereses! ¡Cuántas ganas tenemos de imponer nuestro criterio y nuestra voluntad! ¡Qué poca capacidad de renuncia (de dinero, de tiempo, de tranquilidad) para el servicio a los demás! ¡Qué poco nos esforzamos por comprender a los que no son o piensan como nosotros! ¡Cuán poco presente tenemos a Dios en nuestras vidas! Y además de reconocer la propia infidelidad también hoy es un buen momento para levantar los ojos a Dios con confianza, con fe: ¡Misericordia, Dios mío, ¡por tu bondad! En este inicio de la Cuaresma, tenemos que lanzarnos una mirada introspectiva y reconocer nuestro pecado. Y, al mismo tiempo, mirar hacia Dios, nuestro Padre, y reafirmar nuestra confianza en su amor. Hoy, la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza será esta señal de reconocimiento. Será como decir: somos débiles, somos pecadores, no acabamos de salir de esta situación, de este estado. Pero no será decírnoslo a nosotros mismos, no será decirnos que no hay nada que hacer, que no hay salida. Será decirlo ante Dios, reconocerlo ante Dios. Y decirlo y reconocerlo ante Dios es decir y reconocer que en él está el perdón, la vida, la salvación, el amor inagotable. Y todo eso se convierte entonces en un gran empuje para avanzar, para caminar. Jesús, en el evangelio, nos ha hablado de este camino. Nos ha dicho que tenemos que dar de lo nuestro a los que lo necesitan; nos ha dicho que tenemos que orar, que tenemos que acercarnos a Dios con todo nuestro ser; nos ha dicho que tenemos que ayunar, que tenemos que renunciar ¡a tantas cosas! Y nos ha dicho que todo eso lo tenemos que hacer no para que nos vean y nos feliciten, sino por fe, por amor, por deseo de fidelidad. En este tiempo de Cuaresma hemos de vivir intensamente este empuje para avanzar. Cada uno de nosotros tenemos que proponernos hacer de esta Cuaresma un verdadero paso adelante en la vida cristiana. Reconociendo el propio pecado, poniendo toda nuestra confianza en Dios, esforzándonos de verdad en el seguimiento de Jesucristo. Para llegar llenos de gozo a la noche de Pascua • AE

Volver a empezar (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)


En una conversación entre Paul Ricoeur y Gabriel Marcel, decía el primero: «Me he encontrado durante años en la situación extremadamente singular de un hombre que cree profundamente en la fe de los demás y está perfectamente convencido de que esa fe no es ilusoria, pero que, sin embargo, no se siente con fuerzas o con derecho para hacerla propia»[1]. Hoy esta experiencia no es tan rara como pudiera parecer. Son bastantes los que aprecian la fe de sus amigos, incluso la envidian quizás, pero sienten que, honradamente, no pueden adherirse a esa misma fe. Sienten que su fe está bloqueada. Falta una comunicación real con Dios. No saben cómo encontrarse de nuevo con Él. Se hace imposible toda relación. Algo parece haber muerto en su corazón creyente. Durante muchos años han vivido la fe como un deber. Hoy la sienten, quizás, como un estorbo que les impide vivir intensamente la experiencia humana. ¿Es posible desbloquear esa fe amenazada de muerte? ¿Es posible descubrirla de nuevo en el fondo de nuestro ser como una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra existencia? ¿Creer de nuevo en «esa dulce y secreta intuición» -como decía Rilke- de un Dios que no está lejos de ningún viviente y cuya ternura salvadora puedo experimentar yo mismo? Sin duda, todo lo que es importante en nuestra existencia es siempre algo que va creciendo en nosotros de manera lenta y secreta, como fruto de una búsqueda paciente y como acogida de una gracia que se nos regala. En concreto: nuestra fe puede comenzar a despertarse de nuevo en nosotros, si le decimos al Señor las mismas palabras de los discípulos: “Auméntanos la fe”. Puede parecer una oración demasiado pobre, modesta y de poco prestigio. Una oración dirigida a Alguien demasiado ausente e incierto. Lo que importa es que sea humilde y sincera. Cuando uno lleva mucho tiempo decepcionado por la religión e incluso distanciado interiormente de la Iglesia, cuando uno no puede creer en Dios porque su silencio se le ha hecho muy grande, tal vez, sólo esta oración humilde puede devolvernos a la fe viva. En medio de muchas dudas, este grito, repetido sinceramente, puede hacernos dudar de nuestras propias dudas y puede ayudarnos a descubrir de nuevo al Señor como fuente de vida. Lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino la amistad con Aquel que está siempre en el corazón del hombre. Siempre[2]. En las palabras del Santo Padre Francisco resuena esta misma idea: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[3]• AE


[1] Paul Ricoeur (1913 - 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica. Su pensamiento se ubica en la misma tradición que otros notables pensadores como Edmund Husserl y Hans-Georg Gadamer. Gabriel Marcel (1889-1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.​
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 351 ss.
 [3] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 3; el texto completo de la exhortación puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html 


El evangelio en mis manos (III Domingo de Adviento, Ciclo C)


Qué debemos hacer?" le pregunta la gente al Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas. A nuestro alrededor hoy también se escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero la realidad es que seguimos caminando tranquilos, sin siquiera cuestionarnos nuestra propia conducta. Naturalmente, la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que en algún momento nuestra fe católica se volvió una religión cultural, incapaz de provocar una transformación y una orientación nueva de nuestra existencia, lo digo al menos al ver el panorama a mi alrededor (los Estados Unidos). Nos preocupan las «fórmulas de fe» del catecismo pero nos distraemos ante las exigencias de conversión que nos exige el evangelio. A mi personalmente me sorprende la capacidad que tenemos para acomodarlo y sobre todo edulcorarlo. Hoy, el tercer domingo de Adviento, es un buen momento para escuchar no solo la voz del Bautista, sino también la voz lúcida de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen conmover hoy a las multitudes pero sin lograr una conversión real a la solidaridad. Son voces incómodas, necesarios. Las grandes preguntas que hoy podríamos hacernos son, por ejemplo: Cuando estoy solo ¿hablo con Dios?; cuando nadie me está viendo, ¿Cargo la cruz con serenidad e incluso alegría? ¿Pienso en los pobres, en los jodidos, en los que nadie quiere, o termino sacándoles la vuelta? De otra forma ¿Qué sentido podría tener acudir domingo a domingo a la celebración Eucaristía y no poner en práctica el evangelio? «Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo (…)  No cobren más de lo establecido (…) No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario» • AE

Descalzos en el mundo interior (II Domingo de Adviento. Ciclo C)


Dentro de cada uno de nosotros hay un mundo casi inexplorado que muchos hombres y mujeres no llegan siquiera a sospechar. Muchos hermanos nuestros viven sólo desde fuera. Ignoran lo que se oculta en el fondo de su ser. No es el mundo de los sentimientos o los afectos. Es un país más profundo y misterioso. Se llama interioridad. Justo ahí nacen las preguntas más simples y elementales del ser humano: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy vivo? ¿Para qué? ¿En qué terminará todo esto? Preguntas que nos ponen delante del misterio de  la vida. Muchos incluso no tienen tiempo –ni ganas- para hacerse estas preguntas. Y para adentrarnos en ese mundo de «las preguntas últimas» de la vida, se necesita una cierta calma y silencio. La agitación, las prisas o el exceso de actividad impiden escuchar el interior. Nos hace falta todos los días, como dice P. Loidi, «un buen rato de inactividad para adentrarnos descalzos en nuestro mundo interior». Muchos nos preguntamos qué podemos hacer de manera habitual para encontrarnos con Dios. Sin duda todo puede ayuda, pero no perdamos de vista que el viaje comienza desde dentro, no desde fuera. Tal vez, la mejor manera de escuchar la palabras del Bautista y preparar los caminos del Señor sea hacer silencio en nosotros, escuchar esas preguntas sencillas pero profundas que brotan desde nuestro interior, y estar más atentos al misterio que nos envuelve y penetra por todas partes[1]. Decía san Anselmo: «Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales, entra un instante en ti mismo, lejos de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia». Esto es justo lo que le pedimos al Espíritu en ésta tarde, cuando la Iglesia enciende sus lámparas para celebrar el segundo Domingo del tiempo de Adviento • AE




[1] J. A. Pagola, Sin Perder la Dirección. Escuchando a San Lucas. Ciclo C. San Sebastián, 1994, p. 11 y ss.


Estanques y manantiales donde podamos beber (XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



Necesitamos que el Señor, igual que como hizo con el sordo del pasaje del evangelio que escuchamos éste domingo, nos lleve a un lugar apartado y metiendo sus dedos en nuestros oídos pronuncie esa palabra tan hebrea, tan profunda y tan util: Efetá ¡Ábrete! Llevamos años escuchando domingo a domingo el evangelio sin lograr que penetre en nosotros y nos empape con su vigor. Algún que otro tapón debe hacer que nuestros oídos no quieran oír. Tenemos el tapón de la soberbia, que nos imposibilita ser sencillos como niños. El (tapón) de la vanidad, que nos impide reconocer lo inútil de dividir a los hombres en importantes y magníficos -a los que veneramos- y en insignificantes, a los que despreciamos. Tenemos también el tapón del egoísmo, que nos impide oír lo que el Señor nos dice sobre el amor al prójimo y el espíritu de servicio que debe caracterizar a los que nos decimos cristianos. Tenemos el tapón de la violencia: constantemente sacamos la espada de la vaina y arremetemos sin pensarlo contra quien consideramos  nuestro enemigo. Tenemos el tapón de la avaricia, por el cual cerramos a cal y canto lo que consideramos nuestro y no lo compartimos con nadie. Y, por este tapón, junto a la hartura y el esplendor de muchos, aparece la miseria y el hambre. ¡Tenemos tantos y tantos tapones que impiden que escuchemos la voz del Señor! Cuando abrimos nuestros sentidos al viento de Dios, las cosas cambian; el profeta lo describe maravillosamente en la primera de las lecturas: “Cuando la lengua del mudo cante, y el oído del sordo oiga, y el cojo salte, cuando el hombre se deje manejar por Dios sin poner obstáculos insalvables al soplo de su espíritu, brotarán las aguas en el desierto y torrentes en la estepa, el páramo será un estanque; lo reseco, un manantial”[1]. Necesitamos que nuestro páramo se convierta en estanque y lo reseco en manantial; pareciera que hombres y mujeres ignoramos todo aquello que no esté relacionado con nuestras ambiciones. Hoy podríamos pedir una cosa muy particular al Señor en ésta eucaristía: que repita su milagro, que toque los oídos y las lenguas de nuestras almas, que realice el prodigio de cambiar nuestros corazones y de superar nuestros egoísmos, y que nos lleve a escucharle a Él para vivir nuestra vocación de profetas y anunciar al mundo que tenemos un Dio de amor y de misericordia • AE


[1] Cfr. Is 35, 4-7a.

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)


Caravaggio, La vocación de San Mateo, óleo sobre lienzo (1599), 
la obra fue encargada para decorar la Capilla Contarelli 
en la iglesia romana de San Luis de los Franceses, donde aún se conserva.

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas. También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte. El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero 

(extracto del Mensaje para la Cuaresma del Santo Padre Francisco; el texto completo puede leerse aquí). 

Miércoles de Ceniza del 2018


Georges de La Tour, 1642-1644, Magdalena penitente
Óleo sobre lienzo (128 x 94 cm), Museo del Louvre (París). 

Cuando al comienzo de la Cuaresma pensamos que es buen momento para cambiar el corazón, quizá nos sirva aquello que decía Fray Luis de Granada y entonces matemos tres pájaros de un tiro en los 40 días que tenemos por delante. Decía el dominico que habríamos tener un corazón de hijo para con Dios, un corazón de madre para con los demás y un corazón de juez para consigo mismo. La realidad es que lo tenemos todo reborujado #alrevésvolteado, como decimos en Aguascalientes: tenemos un corazón de siervo para con Dios, uno de juez para con los demás y uno de madre para con nosotros mismos. Por mucho que le llamemos Padre, la verdad es que acudimos a Dios con desconfianza, con temor y  con muchas exigencias. Hoy podríamos pedir al Señor que nos cambie, que nos haga sentirnos gozosos y confiados en su presencia, que seamos capaces de ponernos en sus manos incondicionalmente. Que tengamos un corazón de niño ante su Padre, que no le exige nada, que no le regatea nada. Un corazón que se siente inundado en cada  momento por un amor poderoso y gratuito. En cuanto a nuestro corazón de juez ¡Cuánto nos complace ver el lado negativo de los  demás! Los miramos fríamente y desde lejos, todo con lupa. Decimos que lo mejor es pensar mal. Repartimos premios y castigos y lejos estamos de tener un corazón de madre. Ellas lo comprenden todo, porque aman. Tienen una paciencia  infinita, porque esperan. Es sin duda el corazón que más se parece al de Dios. Si tuviéramos un corazón de madre para los demás, las relaciones humanas serían comprensivas y cálidas, nos sentiríamos más seguros los unos de los otros y no habría necesidad de  mentir. Si por último nos exigimos un poco más a nosotros mismos y al mismo tiempo aprendemos a comprendernos, a valorarnos y perdonarnos como el Señor lo hace quizá no estemos tan lejos de esa conversión del corazón a la que sin duda tanto nos sentimos llamados • AE 

Razonar, creer, comprender y seguir caminando.


En el evangelio de hoy el Señor distingue entre las buenas obras y las buenas palabras, y nos ayuda a entender que no siempre se corresponden[1]. Y es que creer no es únicamente saber más que los demás, o saber descifrar la voluntad de Dios, o tener como ciertas las verdades que la Iglesia nos propone. Creer, con cuerpo y alma y todos los dientes es hacer un esfuerzo diario por vivir una vida coherente con el evangelio. Hoy el Señor se dirige al pueblo de Israel, y en él a nosotros. Israel es el pueblo que oficialmente había dicho a Dios, pero después no acepta el mensaje propuesto por Jesús, a pesar de haber visto sus signos y milagros[2]. Israel no entiende que trabajar en la viña significa tener como criterio el amor y el servicio a todos,  especialmente a los más desprotegidos. El Señor se enfrenta con unas conductas muy religiosas y observantes de todos y cada uno los preceptos de la ley ¡pero impenetrables al mensaje de amor y cercanía que él viene a traer! Y así es que presenta como ejemplares otras conductas que pueden ser inmorales e incluso escandalosas de personas que se dejan transformar por la luz y la fuerza del Evangelio. Hoy, en algún momento del día, podríamos preguntarnos cómo nos relacionamos con la voluntad de Dios, si nos identificamos en las palabras –la parte fácil- y en las obras. La gran tentación que algunos tenemos es que, por andar en estos caminos de Dios, ya no vemos la necesidad convertirnos constantemente, y al mismo tiempo salta la pregunta desde la radicalidad: ¿Es entonces necesario volvernos publicanos o prostitutas? No. El quid está descubrir que de hecho somos publicanos y prostitutas, pecadores de una forma o de otra, pero que cuando tomamos conciencia de ello es cuando se abre para nosotros la oportunidad de ser como el segundo de los hijos, el que dice que no, pero luego se detiene un momento, razona, comprende, cree, y se pone en camino a cumplir, lo mejor que le sale de las ganas y las manos, la voluntad del Padre. Es ahí cuando hacemos esa Iglesia de la que nos habla con tanta frecuencia el Santo Padre Francisco: «Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino”»[3] • AE



[1] Mt 21,28-32.
[2] Cfr. Jn 2, 11; 11, 38-44.
[3] Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, n.  308. El documento completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!


Fray Filippo Lippi, La vision de San Agustin (circa 1452) , 
tempera sobre madera, colección de la princesa de Oldenburg, Petrogrado (Rusia). 
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Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti[1].



[1] San Agustin, las Confesiones, Libro 7, 10. 18, 27.

El poder frente a la Verdad


En la mañana del viernes tiene lugar el encuentro entre Jesús y Pilatos; allí, en el pretorio se encuentran frente a frente el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios, atado de manos. A Pilatos le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: ¿Con que tú eres rey?, le pregunta, y Jesús responde con claridad: Mi reino no es de este mundo. Jesús no busca la gloria, ni el aplauso, ni el reconocimiento, mucho menos un trono. Pero no oculta la verdad: Soy Rey. El suyo no es un reino como los demás ni sus seguidores somos sus legionarios: somos sus discípulos, hombres y mujeres que, llenos de fragilidad, escuchamos su mensaje y dedicamos nuestro mejor esfuerzo a dejar un mundo más lleno de verdad, justicia y de amor. El reino de Jesús no es el reino de Pilatos. El prefecto vive para extraer las riquezas y conducirlas a Roma. Jesús vive para servir, para ser testigo de la verdad, ¿lo somos también sus discípulos? ¿Nos conducimos así? Al seguir a Jesús no hemos de ser guardianes de la verdad, sino testigos; no hemos de andar buscando las disputas, los combates y derrotar gloriosamente a nuestros adversarios, sino mas bien vivir la verdad del evangelio y sobre todo comunicar ¡contagiar! la experiencia de Jesús que nos está cambiando la vida. Y es que no somos propietario de la verdad, sino testigos. ¿Vamos por la vida con la espada desenvainada imponiendo la doctrina, controlando la fe de los demás, buscando tener la razón en todo? Mejor vivir convirtiéndonos a Jesús, poniendo a los demás delante evangelio. Tengo para mí –que ya me dirás quién me pregunto pero yo aquí lo dejo por si a alguien sirve, a mí el primero- que en la Iglesia ¡Ay la Iglesia!- lograremos cambiar las cosas y atraer a las personas cuando ellos vean que nuestro rostro, el de cada uno, sobre todo el de los ministros se parece al rostro de Jesús, y que nuestra vida, aun con miseria y fragilidad, recuerda a la vida de Jesús • AE 

Siervos, jueces y madres al inicio (y al final) de la Cuaresma


Exvotos mexicanos, colección de L'Otel, San Miguel de Allende  (México)
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La liturgia del Miércoles de ceniza con su invitación a cambiar el corazón....¿a dónde nos lleva? Quizá nos venga bien recordar aquello que decía Fray Luis de Granada: el hombre debiera tener un corazón de hijo para con  Dios, un corazón de madre para con los demás, un corazón de juez para consigo mismo.  Esta puede ser una buena idea para el camino de la cuaresma. ¿cuál es la realidad de nuestro corazón? ¡La realidad es que lo tenemos todo  cambiado! Tenemos un corazón de siervo para con Dios, de juez para con los  demás, de madre para con nosotros mismos.  Siervos. Por mucho que le digamos Padre, acudimos a Dios con desconfianza, con cierto  o con mucho temor, con ciertas o muchas exigencias, De siervos a hijos. Que el Señor nos cambie ese atemorizado corazón y que nos haga  sentirnos gozosos y confiados en su presencia, que seamos capaces de ponernos en sus manos incondicionalmente. Juez. Nos encanta juzgar a los otros. Juzgamos hasta lo que piensan, que no siempre responde a lo que dicen. Y nuestros juicios son hirientes, tajantes, condenatorios. Nos complace ver el lado negativo de los  demás. Los miramos fríamente y desde lejos, todo con lupa. Decimos que lo mejor es pensar mal. Repartimos premios y castigos; los primeros, pocos, a contrapelo; los segundos, en abundancia. De juez a madre. Esto sí que sería un cambio de corazón. Las madres no juzgan a sus  hijos, porque los miran entrañablemente, porque los conocen profundamente, porque los  miran con el corazón. Ellas lo comprenden todo, porque aman. Tienen una paciencia  infinita, porque esperan. Es el corazón que más se parece al de Dios. Si tuviéramos un  corazón de madre para los demás, las relaciones humanas serían comprensivas y cordiales, nos sentiríamos seguros los unos de los otros, no tendríamos necesidad de mentir y ser hipócritas. Si tuviéramos corazón de madre, nuestras relaciones se llenarían de  luz. Madre. Para con nosotros mismos somos muy complacientes y benévolos. Nos parece que no hacemos nada malo, y si tenemos algún fallo es más bien sin querer. Nos perdonamos enseguida. Algunas cosas que nos echan en cara, es porque no  nos conocen bien; en el fondo somos buenos. Lo que pasa es que yo soy así, es mi  temperamento y mi manera de ser. También hay que tener en cuenta el ambiente, la falta  de medios, miles de circunstancias. Yo no tengo pecado. De madre a juez. Nos convendría un poco más de rigor y de exigencia para con nosotros  mismos. Nos convendría escuchar más a los demás y aceptar sus juicios. Juez, pero sin exagerar. Tampoco debemos ser excesivamente duros con nosotros mismos. También tenemos que saber comprendernos, valorarnos y perdonarnos. En una (maravillosa) conversación entre Antonio Spadaro, jesuita y director de revista la Civiltà Catolica, con Martín Scorsese, éste último le confía: "«Dios no es un torturador. Solo quiere que tengamos piedad de nosotros mismos». Esto para mí constituyó una suerte de revelación. Era la clave. Porque, incluso mientras nosotros sentimos que Dios nos está castigando y torturando, si logramos darnos a nosotros mismos el tiempo y el espacio para reflexionar sobre eso, nos damos cuenta de que los únicos torturadores somos nosotros, y que es hacia nosotros hacia quienes debemos ser piadosos" • AE

Aguilas y conversiones y vuelos


El águila es el ave de mayor longevidad de su especie, llega a vivir unos setenta años, pero para llegar a esa edad a los cuarenta deberá tomar una decisión difícil. En ese momento sus uñas están apretadas y flexibles, con lo que no consigue atrapar a las presas de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra su pecho. Sus alas están viejas y pesadas y con unas plumas gruesas que le hace difícil volar. El águila solo tiene dos alternativas: morir, o enfrentar su doloroso proceso de renovación que consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga necesidad de volar por un buen tiempo. Después, ahí, el águila comienza a golpear con su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo, esperando a que crezca uno nuevo con el que desprenderá, una a una, sus uñas y talones. Cuando los nuevos talones comienzan a nacer, empezará a desplumar sus viejas plumas. Después de ese tiempo, largo, doloroso, se lanzará al célebre vuelo que le dará unos treinta años más de vida. Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos. Son las primeras palabras que recoge san Mateo al regreso de Jesús de sus días en el desierto. Conversión. Cambio. El tema no nos gusta. Le sacamos la vuelta; le huimos como a la peste. Pensamos en algo triste, penoso, unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que quizá ya no nos sentimos ni con humor y mucho menos con fuerzas. Sin embargo la conversión de la que habla Jesús –aunque el verbo en castellano sea un imperativo- no es algo forzado, sino una invitación. Una invitación que va creciendo por dentro en la medida en que vamos tomando conciencia de que Dios quiere hacer nuestra vida más humana y feliz. Asin. Tal cual. Y es que convertirse no es intentar hacer todo mejor, sino encontrarnos diariamente con ese Dios que nos quiere con locura. No se trata sólo de ser una buena persona sino de volver a Aquél que es bueno con nosotros. Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirnos más vivo que nunca, pensando hacia dónde debemos caminar. Convertirse pues es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestra vida diaria, es liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión, es dejar a un lado objetos que no necesitamos y apartarnos de personas que no nos necesitan. Empezamos a convertirnos cuando descubrimos que lo importante no es preguntaros: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?». Cuando nos vamos convirtiendo a ese Dios del que habla Jesús a lo largo y ancho de los cuatro evangelios poco a poco entenderemos que no debemos tener miedo de nosotros mismos, ni de nuestras zonas más oscuras. Ese Dios nos ama como somos. Quizá han pasado los años, y hemos logrado cierto prestigio, o una carrera profesional brillante, quizá cuenta de ahorros jugosa, o una casa grande y llena de cosas…. Pero si no nos hemos encontrado con este Dios lleno de amor que comprende nuestras miserias y caídas, habremos equivocado el camino, el sentido de nuestra vida[1]. Hoy, cuando escuchemos en la proclamación del evangelio ese Conviértanse porque ya está cerca el Reino de Dios, pensemos que nunca es tarde para convertirnos, porque, porque nunca es tarde para amar, nunca tarde para ser más feliz, nunca tarde para dejarnos perdonar y renovar por Dios, por dentro y por fuera. Igual que el águila, se trata de renovarnos, o morir• AE





[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 67 ss.

El tronco y la esperanza


José de Ribera, El Sueño de Jacob (1639), óleo sobre tela, 
Museo del Prado (Madrid)
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Los sueños algunas veces nos hablan del pasado y, en ellos, algunas veces nos asomarnos al brocal del pozo del subconsciente. Pero hay también otros sueños –los sueños del día- que nos hablan del futuro. En esos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables, los anhelos y las esperanzas del espíritu. Cuando soñamos así, vemos -aunque no sea con mucha claridad- lo que ha de venir: el Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor. La liturgia de la Palabra nos presenta este fin de semana a Isaías, uno de esos hombres benditos que sueñan de día. Isaías es un profeta, y como buen profeta resulta incómodo ¡qué pena da cuando los hombres no hacemos caso a los profetas! Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombres. Brotará un renuevo del tronco de Jesé, escuchamos en la primera de las lecturas y así nos llegamos a la gran promesa y a hacer un esfuerzos por renovarnos, por vivir una auténtica conversión. Y me dirás "pero mis esfuerzos son muy limitados". Y tienes razón. ¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse la envidia o el egoísmo del corazón? Nuevamente hemos de poner atención a la promesa: De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en el universo de lo gratuito. De lo caduco y viejo y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham y Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel, estéril, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud ¡Estamos tocando el misterio! Y es que cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que nos sintamos, tenemos la promesa de un bautismo de Espíritu y fuego. Estas semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo domingo de Adviento, recordamos como dichas a cada uno de nosotros, las palabras del profeta Juan el Bautista: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Quien se deja empapar de este Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva • AE