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Pacientemente; día con día (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C).



J.B. Gerloff, Los discupulos de Emaús, óleo sobre tela, 
Abadía de Kornelimünster (Aquisgrán, en Renania del Norte, Alemania.

...

El evangelio de éste domingo, el penúltimo del tiempo ordinario, recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación que habremos de enfrentar con paciencia[1]. Apenas se habla de la paciencia en nuestros días y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de crisis, de incertidumbre e incluso de frustración. Pero la paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia del hombre fuerte y aguerrido, como en Platón o Aristóteles, sino más bien, la actitud serena de quien tiene el corazón puesto en un Dios sabio y fuerte que permite que la historia camine -a veces tan incomprensible para nosotros- con ternura y amor compasivos. Cuando el cristiano está animado por esta paciencia no se deja perturbar por tribulaciones y crisis, sino que mantiene con ánimo sereno. Su secreto está en la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas[2]. Al impaciente ciertamente la espera se le hace larga y por eso se crispa y se vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera y termina en el desaliento, el cansancio y la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no espera en nadie. El hombre paciente no se deja llevar por la tristeza: contempla la vida con respeto y buen humor. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera ni separar violentamente el trigo de la cizaña[3]. El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza[4]. La paciencia del creyente tiene sus raíces –profundas, fuertes- en ese Dios cercano y compañero de camino. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra[5]. En Él ponemos hoy toda nuestra esperanza y nuestra fe, y a poco de terminar el ciclo litúrgico e iniciar uno nuevo volteamos la mirada a María Santísima, a quien llamamos también “vida, dulzura y esperanza nuestra” • AE


[1] Curiosamente el término empleado por el evangelista (hypomone) significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa.
[2] Cfr. Ne 9, 8.
[3] Cfr. Mt 13, 24-30.
[4] 1 Tim 4, 10.
[5] Cfr. J. A. Pagola, Sin perder la dirección. Escuchando a San Lucas. Comentario al Ciclo C, San  Sebastián, 1944, p. 123 ss.



¡Enciéndenos, Señor! (XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C)



El lenguaje de Jesús es duro. En ocasiones, durísimo. Si leemos detenidamente este pasaje, quedaremos desconcertados. No es el lenguaje que usamos nosotros. El, como verdadero profeta, no intenta contentar a nadie, ni despertar el interés de los entendidos. Siempre quiere dejar clara su misión, ahondar en los aspectos que tendemos a olvidar. "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!". Jesús con esta expresión quiere manifestarnos su actitud interior: la del hombre que vive su misión, su vocación, poniendo en ella el corazón y el espíritu. Aquí no se trata del pequeño y familiar fuego del hogar, tan necesario para cocinar o calentarnos, sino de ese otro fuego que se desata a impulsos del viento y arrasa en pocos minutos todo lo que encuentra a su paso. El fuego de Jesús es el mismo reino de Dios que conlleva en sí mismo un elemento destructor del pecado. Fuego que va quemando las impurezas de los hombres, destruyendo la altivez de los soberbios, acrisolando desde dentro. Este fuego del Espíritu destruye y purifica; es el fuego que, unido al agua, va engendrando una nueva raza de hombres, según el modelo del Padre. Jesús es el portador del fuego de Dios sobre la tierra. En este sentido su misión fundamental consiste en purificar, acrisolando lo que es bueno y destruyendo lo que se encuentra pervertido. En el evangelio de hoy vemos a un Jesús que se impacienta porque no ve el momento en que ese fuego, que vino a prender en el mundo, arda con intensidad. Desea que la voluntad del Padre se cumpla, que llegue a término su misión. Es conmovedor oírle expresar los sentimientos que nacían en su corazón ante la misión que había recibido: ¡es tan raro oír exponer a alguien sus ilusiones más íntimas! ¿Qué sucede si no se enciende este fuego? ¿Cuándo no está encendido? No está encendido cuando vivimos el cristianismo no como novedad original, sino como un agregado más de la sociedad, cuando convivimos sin oponernos a las estructuras que crean en la humanidad un estado de injusticia, de hambre, de violencia. No hay fuego cuando todo sigue igual; cuando los sacramentos no significan más que un acto social, un papel sellado, una fiesta mundana. No hay fuego cuando en la Iglesia repetimos mecánicamente gestos o ritos que no atraen ni interesan…. Jesús encendió un fuego y nos invita a mantenerlo encendido; un fuego que debiera quemar dentro de la Iglesia tantas cosas inútiles, tantos organismos estériles y paralizantes, tantas palabras vacías, tantos negocios sucios... No hay redención, ni liberación verdadera, ni sociedad nueva sin sangre, real o simbólica. Porque siempre tiene que morir algo para que surja lo nuevo. ¿No echado los cristianos, a lo largo de muchos siglos, cubos y cubos de agua sobre este fuego? • AE

Vivir, amar y creer (XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



Al final de una crisis en la vida de fe hay una encrucijada de donde salen dos  caminos. El primero lleva a un embarcadero donde hay un velero en el que se puede viajar y, mas adentro, arrojar por la borda como algo inútil, un fantasma de Dios que se habían formado desde niños. El segundo es uno más largo. Es un camino en el que vamos buscando, a veces con dolor, el verdadero rostro de Dios. Es un camino en el que a los caminantes se les han roto en mil pedazos las imágenes falsas de la divinidad pero han seguido a Dios. Al final de ese camino hay una especie de jardín sereno y no demasiado Rococó ni Barroco en el que, a pesar de todas sus limitaciones y las vacilaciones que hubo en el camino, viven  la experiencia nueva de creer en un Dios cercano que los despierta cada mañana a la vida  y llena de alegría y de paz su lucha diaria. Quizás, el verdadero secreto para creer en Dios sea saber decir desde el fondo del  corazón, de verdad y con sencillez total, aquella plegaria del ciego de Jericó: “Maestro, que  vea". Sólo entonces estamos caminando hacia Dios[1]. En realidad el pecado mas grande con el que vivimos los cristianos es no abrir los ojos. Dice un proverbio judío que «lo último que  ve el pez es el agua». Así somos nosotros. Como peces que no ven el agua en que nadan.  Como pájaros que no ven el aire en que vuelan. Nos movemos y vivimos en Dios, pero no lo  vemos[2]. Dios es simple y lo hemos hecho complicado. Es cercano a cada uno de nosotros, y lo imaginamos en un mundo extraño y lejano. Queremos comprobar su existencia con  argumentos y no saboreamos su gracia. Nos alegra saber que Einstein y otros científicos han defendido que existe, pero no sabemos disfrutar de su presencia silenciosa en nuestras vidas. No se trata de hacer gala de una fe grande y profunda. Lo importante es abrirse con sencillez a la vida y acercarse con confianza al misterio que nos envuelve. Escuchar toda llamada que nos invita a vivir, amar y crear. No vivir tan esclavos de las cosas #Detachment Detenernos por fin un día, bajar en silencio a lo más íntimo de nosotros mismos y atrevernos a decir con  sinceridad: "Señor, que vea". El hombre o la mujer que, después de haber abandonado tantas prácticas y creencias, se atreve a hacer esta oración en su corazón es ya un  verdadero creyente. Y es que querer creer es ya empezar a creer • AE


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 239 ss.
[2] Cfr. Hech 17, 28.

Y Tú ¿quién eres? (XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B)



A los cristianos se nos olvida cada tercer diario que decía mi mamá, que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. La fe, nuestra fe, no es agarrarnos con uñas y dientes a un credo o aceptar ciegamente un conjunto de doctrinas, por más sólidas que puedan parecer. Ser cristiano es en realidad encontrarnos con Alguien vivo -Jesucristo- que da sentido radical a nuestra existencia, que responde a las preguntas más apremiantes, a las que tienen que ver con el amor, la muerte, la soledad, el dolor, la sexualidad, la felicidad, el fracaso. Lo decisivo es encontrarnos con el Señor y descubrir, por experiencia personal, que Él es el único que puede responder a todo lo anterior, a nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas. Hoy por hoy se hace cada vez más difícil creer en algo, sean instituciones o personas. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y deficiencias. No sabemos voltear hacia la cruz del Señor para pedirle que sea Él quien renueve todas las cosas[1]. El gran reto que tenemos por delante los cristianos hoy por hoy es el de reavivar nuestra adhesión, sincera, profunda, a la persona de Jesús, y es que sólo cuando vivamos seducidos por él podremos contagiar su espíritu y manera de entender la vida, de lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, pero viviendo una fe gris, legalista, mediocre, de oropel y albas de encaje; una fe que apesta a viejo y que ya no convence a nadie. Hoy por hoy ¿Sabemos responder a la pregunta que el Señor hace a los suyos? ¿Quién es Jesucristo para ti, para mí? Ponen en boca de Arabi la frase esa tan entrañable: «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse»[2] ¿Queremos depender de Jesús y que él sea quien dirija nuestra vida? ¿Pensamos en él todos los días y orientamos hacia él nuestras decisiones? “¿Qué quiere Jesús de nosotros?” Le preguntaron al santo Padre Benedicto. “Quiere de nosotros que creamos en Él. Que nos dejemos conducir por Él. Que vivamos con Él. Y que así lleguemos a ser cada vez más semejantes a Él y, de este modo, lleguemos a ser de la forma correcta”[3]• AE [4]


[1] Cfr. Apoc 21, 5.
[2] Ben Arabi, fue un místico sufí, filósofo y poeta musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de “Vivificador de la Religión”.
[3] Benedicto XVI, Luz del Mundo. El Papa, la Iglesia y los Signos de los tiempos. Una conversación con Peter Swweald, Herder, México, 2010, p. 278.
[4] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 227 ss.


Cansados del camino (XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B).



Elías es uno de los grandes profetas de Israel pero antes que eso es un hombre de carne y hueso que vive momentos difíciles, tantos y tan perturbadores que llega un momento en pide a Dios la muerte, su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta que escuchamos en la primera de las lecturas de este domingo bien podría describir situaciones por las que a veces atravesamos los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recuerda el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios. Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles? Este episodio nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos proclamado y escuchado. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que hemos ido durante varios domingos termina con éste anuncio de la eucaristía que resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe". Porque en la eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe • AE

Tocar y creer



Dijo para sí: «Tocaré su orla». La tocó y quedó curada. Investiguemos qué es la orla del vestido. Esté atento nuestro corazón. La tocó y quedó sana. Toquemos también nosotros, es decir, creamos para poder ser sanados • San Agustín, obispo de Hipona (norte de Africa), Sermón 63 A, 2-3.



El gemelo que no creía (II Domingo de Pascua 2018)




El evangelio llama a Tomás dídimo –el gemelo- nosotros lo conocemos como el incrédulo[1]. Aquel hombre tiene dificultad para creer que Jesús ha resucitado, es una verdad de tal magnitud y de tantas implicaciones, que él no alcanza a aceptarla. Bien por temor o bien por la inmensa alegría que le producía, no cree, y así lo dice. Sin embargo, al regresar el Señor y presentarse nuevamente delante de sus amigos Tomás comprende que aquel que esta frente a Él no es un simple hombre sino el Mesías mismo, el Cristo resucitado que no muere más. Y esa experiencia de Tomás que nosotros podemos vivir, si queremos, todos los domingos en la Eucaristía, es como la gasolina que necesitamos –pa entendernos- para asumir nuestro compromiso cristiano de todos los días, porque quien no comprende quién es Cristo y qué ha hecho por él, no puede comprometerse realmente, y la fe se vuelve entonces una cuestión prescindible. Sin embargo quien se sabe salvado de la muerte eterna no se puede sino cantar las misericordias de Dios, que nos ama desde que éramos pecadores y nos envía a su Hijo para perdonar nuestros pecados[2]. Es así que Tomás cambió, no fue el mismo después de encontrarse cara a cara con el Señor. Tomás se volvió un apóstol convencido y salió del cenáculo para anunciar a Cristo a todo el que quería escucharle… ¡Qué grande necesidad tenemos de hacer esta experiencia de Tomás! Cuando Maximiliano Kolbe se encontraba de pie ante los oficiales nazis y veía cómo condenaban a muerte a un padre de familia a morir, su corazón no se paralizó sino entendió que debía dar su vida como Cristo la había dado por él[3]. Hoy, segundo domingo de Pascua, domingo de la divina misericordia podríamos preguntarnos hasta dónde llega nuestra fe y nuestro compromiso, y qué estamos haciendo por poner a los demás delante del Señor resucitado • AE



[1]Cfr. Jn 20, 24.
[2]Cfr. Sal 88.
[3] El Padre Maximiliano María Kolbe (1894 - 1941) fue un sacerdote franciscano conventual polaco asesinado por los nazis en el campo de concentración Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran propagador de la devoción al Inmaculado Corazón de María.

El agua, el trigo y la alegría del Cristianismo


Le preguntan Jesús de manera insidiosa sobre el tema de los tributos y él lo resuelve rápidamente: si tienen en las manos una moneda que pertenece al César, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica. Sin embargo Jesús introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de original, de forma inesperada introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda pertenece al César, sí, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a Él. Ese es el punto central del evangelio de éste domingo[1]. Parece como si dijera: «Den, pues, al César lo que es del César, pero no olviden que ustedes mismos pertenecen a Dios». Para Jesús, el César y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier rey, y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios. En unos tiempos en que crece el poder del estado y resulta cada vez más difícil defender nuestra libertad en medio de una sociedad burocrática donde casi todo está dirigido y controlado, los cristianos hemos de luchar para que no nos roben nuestra conciencia y nuestra libertad. Ningún poder puede hacerlo. Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, sí, siempre, pero no podemos dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que cuestione las exigencias fundamentales de nuestra fe cristiana. El Santo Padre Francisco nos lo dijo con más claridad: «El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios»[2]. Darle al Cesar lo que le corresponde al César está muy bien, si antes hemos puesto a Dios en el lugar que le corresponde: el primero, y recordado que contamos con la fuerza y la alegría del Evangelio, algo que nada ni nadie nos podrá quitar[3]. Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia[4]. Nuestra fe, pues, hoy es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua, y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. Aunque nos duelan las miserias de nuestra época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad[5]. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios • AE


[1] Cfr. Mt 22, 15-21.
[2] Evangelii Gaudium, n. 64.
[3] Cfr. Jn 16,22
[4] Rm 5,20
[5] Evangelii Gaudium, n. 84. 

¡Tu Calendario y el mio!


En ti confío; no sea yo confundido.


Ya sé que mis pecados se meten de por medio y lo estropean todo. Por eso ruego: No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas. No te fijes en mis maldades, sino en la confianza que siento en ti. Sobre esa confianza he basado toda mi vida. Por esa confianza puedo hablar y obrar y vivir. La confianza de que tú nunca me has de fallar. Esa es mi fe. Tú no le fallas a nadie. Tú no permitirás que yo quede avergonzado. Tú no me decepcionarás. Se me hace difícil decir eso a veces, cuando las cosas me salen mal y pierdo la luz y no veo salida. Se me hace difícil decir entonces que tú nunca fallas. Ya sé que tus miras son de largo alcance, pero las mías son cortas, Señor, y mi medida paciencia exige una rápida solución cuando tú estás trazando tranquilamente un plan muy a la larga. Tenemos horarios distintos, Señor, y mi calendario no encaja en tu eternidad. Estoy dispuesto a esperar, a acomodarme a tus horas y seguir tus pasos. Pero no olvides que mis días son limitados, y mis horas breves. Responde a mi confianza y redime mi fe. Dame signos de tu presencia para que mi fe se fortalezca y mis palabras resulten verdaderas. Muestra en mi vida que tú nunca fallas a quienes se entregan a ti, para que pueda yo vivir en plenitud esa confianza y la proclame con convicción. Dios nunca le falla a su Pueblo • C. G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander, p. 50 s.

Velando y desvelando.


Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Aquella pregunta recorre roda la historia y se nos pone delante a los cristianos. Pregunta que no es sencillo responder con sinceridad. ¿Quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, experiencias, interpretaciones culturales... ¡tantas cosas! que van al mismo tiempo velando y desvelando su riqueza que no termina. Pero, además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos y proyectamos en él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Casi sin darnos cuenta empequeñecemos y desfiguramos al Señor incluso cuando tratamos de exaltarlo. Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. Y tampoco permite que lo disfracemos. Ni se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres. Jesús está vivo; él siempre desconcierta a quien se acerca a él con un corazón abierto y sincero y se nos muestra distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevos caminos en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva. Cuanto más intentamos conocerlo más nos damos cuenta que apenas empezamos a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no sentarnos en la salita de esta monísima a ver la vida pasar; es crear, construir, crecer[1]. Percibimos en él una entrega a los hombres que confronta nuestro egoísmo. Una pasión por la justicia que sacude todas nuestras seguridades, privilegios y comodidad. Una ternura y una búsqueda de reconciliación y perdón que deja al descubierto nuestro corazón ¡ay a veces tan duro! Una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres. A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Diariamente. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: leer el evangelio despacio, y seguirlo. Seguirlo humildemente en sus pasos; con nuestro mejor esfuerzo, conscientes de que llevamos éste tesoro en vasos de barro[2]. Seguir a Jesús y saber decir quién es él para nosotros es abrirnos al Padre, mirar la vida con los ojos del Señor, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección[3]. Seguir a Jesús es también y más, orar. Orar siempre. Orar muchas veces, siempre desde el fondo de nuestro corazón, con las palabras del padre del muchacho enfermo: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad[4], o con las que el Espíritu, que sopla donde quiere y cuando quiere, ponga en nuestro corazón[5] • AE


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 103 ss.
[2] Cfr. 2 Cor, 4,7.
[3] Cfr. Fil 2, 5.
[4] Mc 9, 24
[5] Cfr. Jn 3,8. 

¡Qué grande es tu fe, mujer!


¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!

Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.

Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.

¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.

Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 10 agosto 2011

Camino del Tabor


Autor anónimo, icono con la Transfiguración del Señor, (s. xviii), 
tempera sobre madrera (124x91x1,5), Iglesia de San Paraskieva, Sofía (Bulgaria)
...
Para llegar al Monte Santo, hemos de poner atención a unas palabras. Pocas. Sal. Dispuesto siempre a cortar ataduras, sordo a los cantos de la sirena, sin pactar con el cansancio ni volver la vista atrás, fijos los ojos en Jesús[1], verdadero Monte Santo y meta de nuestra peregrinación. Por tanto sacudamos todo lastre y corramos con fortaleza[2]. Sal de tu tierra y de tu casa, de todo aquello que te es tan conocido y tan querido. Sal también de tu templo, de tus costumbres religiosas, de tus seguridades ideológicas, de tus relaciones mágicas. Sal, porque la fe es un éxodo permanente. Sube. Siempre puedes superarte. ¡Qué satisfacción escalar esa dificultad montañosa que se resiste a tu conquista!: ese servicio, ese compromiso, esa verdad, esa libertad, esa obediencia, esa oración, ese perdón, esa enfermedad, ese desprendimiento... Pero puedes. ¡Cuánto se puede cuando no se puede más! ¡Sube a la verdad más plena, a la fe más pura, al amor más grande, al desprendimiento más radical! Escucha. Pedro hablaba demasiado, sin saber lo que decía. Como nosotros, casi siempre. Hay que hacer silencio. Y después escuchar las señales de la historia, o los gritos de los hermanos, o la palabra de Dios. Baja. Porque no se puede estar siempre en la cumbre[3]. Debes volver a los hermanos que caminan y que sufren, y compartir el pan, la luz y la sal con ellos • AE

[1] Cfr Hb. 12, 2
[2] Cfr. Idem, v. 1
[3] Caritas, La  más urgente reconverión, Cuaresma, 1984, p. 28