La pregunta sin anestesia ni nada: quienes vamos caminando el camino de
la vida en pleno año 2017 ¿acudimos con frecuencia al perdón de Dios, o ya no
necesitamos sentirnos perdonados ni por Él ni por nadie? ¡Gran pregunta! La
verdad es que atribuimos nuestros males a las deficiencias de una sociedad mal
organizada, a las actuaciones injustas que provienen de los otros –el gobierno,
la iglesia y su jerarquía, los vecinos- o hasta a la naturaleza, Pero ¿No
necesitaremos, en lo más hondo de nuestro, ser confesar nuestros propio pecados
y sentirnos comprendidos por Alguien? ¿No será muy saludable sabernos aceptados
con nuestros errores y miserias, acogidos y restituidos? La experiencia del
perdón es una experiencia tan fundamental que quien no conoce el gozo de ser
perdonado, corre el riesgo de no crecer como hombre, como mujer. La parábola del
evangelio de éste domingo y que es la respuesta que da el Señor a Pedro sobre cuántas veces ha
de perdonar nos recuerda lo esencial del perdón en nuestra vida[1]. Si
no nos sabemos comprendidos y entendidos y perdonados por Dios, difícilmente sabremos
comprender y entender y perdonar a los demás, viviendo sin entrañas, justo como
el siervo de la parábola, endureciendo cada vez más nuestras exigencias y
reivindicaciones y negando a todos la ternura y el perdón. Quizá los humanos
pensamos que todo se puede lograr endureciendo las luchas, despertando la
agresividad y enconando el resentimiento. En realidad lo que hemos logrado es un
espiral de violencia y de dolor. Pensémoslo éste fin semana. El perdón, hermano
mío, hermana mía, no es algo inútil, o propio de personas débiles y resignadas
¡Todo contrario! El perdón está en las almas fuertes, o al menos en las almas
que luchan por serlo. Si alguien de otro planeta nos observara vería que
vivimos estrangulándonos unos a otros y gritándonos constantemente: “págame lo
que me debes”[2].
Y esto, lo único que logra es separarnos más y endurecer más los corazones[3]. Perdonar
es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento
cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida. Santo Tomás de
Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre
otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir;
antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo[4].
En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor.
Necesitamos tranquilizarnos. Perdonar puede ser una labor interior auténtica y
dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la
gracia divina, es posible realizarla. Con
mi Dios, salto los muros, canta el salmista[5].
Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón. Si
conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo
habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad. Y felicidad. De la
auténtica. Como lo dije el viejo proverbio: "¿Quieres ser feliz un
momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona” •
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
¡Reevangelizarnos!
Ojalá escuchéis hoy su voz:
No endurezcáis vuestro corazón.
¿Cómo afinar la sensibilidad sobrenatural y la intuición evangélica para estar en condiciones de percibir las sugerencias de esa voz? Antes que nada, es necesario reevangelizarse constantemente acudiendo a la Palabra de Dios, leyendo, meditando, viviendo el Evangelio, para ir adquiriendo, cada vez más, una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida en que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre. Y esto se lo puede pedir con la oración. Luego deberemos dejar vivir al Resucitado en nosotros, renegando a nosotros mismos, haciéndole la guerra al egoísmo, al "hombre viejo" que está siempre al acecho. Esto requiere una gran inmediatez a decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y a decirle sí a todo lo que Él quiera; no a nosotros mismos en el momento de la tentación, cortando de inmediato con sus insinuaciones y sí a las tareas que Él nos ha confiado, sí al amor hacia todos los prójimos, sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos. Podemos, finalmente, identificar más fácilmente la voz de Dios si tenemos al Resucitado en medio de nosotros, es decir, si amamos hasta la reciprocidad, creando en todas partes oasis de comunión, de fraternidad. Jesús en medio de nosotros es como el altoparlante que amplifica la voz de Dios dentro de cada uno, haciéndola escuchar más claramente. También el apóstol Pablo enseña que el amor cristiano, vivido en la comunidad, se enriquece siempre más en conciencia y en todo tipo de discernimiento, ayudándonos a reconocer siempre lo mejor. Entonces nuestra vida estará como entre dos fuegos: Dios en nosotros y Dios en medio de nosotros. En este horno divino nos formamos y nos entrenamos a escuchar y seguir a Jesús. Una vida guiada en todo lo posible por el Espíritu Santo resulta hermosa: tiene sabor, tiene vigor, tiene mordiente, es auténtica y luminosa • Chiara Lubich.
Chiara Lubich (1920-2008) fue la fundadora y presidenta del Movimiento de los Focolares.
Conductas y conductos.
Es un hecho que el tema de la corrección fraterna –y paterna y materna y de donde venga- nos cae, en general, mal. Pocos soportamos que alguien nos advierta, aconseje o que nos llame la atención sobre algo. Huimos de la corrección fraterna en ambas direcciones: no queremos ser corregidos y mucho menos corregir. Y paradójicamente rechazamos esta corrección en una época en la que exigimos correcciones técnicas en todo: en la puerta de mi coche, que no cierra bien; en el televisor, que no da una imagen suficientemente nítida, en la hechura del traje que nos acabamos de comprar. Se diría que, en la medida en que hemos conseguido precisiones tecnológicas increíbles a base de corregir, en la misma medida hemos llegado a una irresponsable dejación de las conductas humanas, justamente por no corregir. El evangelio de este domingo es tan claro como el chorro de un surtidor: Si tu hermano peca, repréndele a solas[1]. Se trata de una corrección preocupada, insistente, progresiva: a solas..., ante dos..., ante la comunidad[2]. Y es que la mala conducta no puede dejar nunca indiferente al cristiano. El pecado no sólo repercute en quien lo comete, sino en la comunidad a la que pertenece. Cuando un miembro de nuestro cuerpo está herido, todo nuestro cuerpo siente malestar y dolor[3]. Hablamos constantemente de solidaridad, y usamos el término cuando los derechos humanos de alguien han sido quebrantados. Pero solidaridad es también velar para que los árboles –y todos lo somos- crezcan y mueran de pie. El jardinero corrige las guías torcidas de sus arbustos. Y los padres, los educadores, los sacerdotes, los cristianos en general, somos jardineros de la viña del Señor. Lo que pasa es que, para corregir, hacen falta dos cosas al menos. Una, mucha humildad. El que corrige no es infalible, sino un servidor dispuesto, a su vez, a ser corregido. Corregir, no es anatematizar, humillar, aplastar, sino valorar al corregido. Y, dos. La corrección ha de partir del amor y terminar en el amor, de otra forma se vuelve el más incomodo de los momentos. Mucho mejor lo decía Gabriela Mistral «Aligérame, Señor, la mano en el castigo, y suavízamela en la caricia. Y que reprenda con amor para saber que he corregido amando»[4] • AE
¡Mi alma está sedienta de Ti!
Oh Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca,
agostada, sin agua
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca,
agostada, sin agua
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
(Salmo 62)
Esa es la palabra, clara y
única, que define el estado de mi alma, Señor: sed. Sed física, casi animal,
que quema mis entrañas y apergamina mi garganta. La sed del desierto, de las
arenas secas y el sol ardiente, de dunas y espejismos, de yermos sin fin y cielos
sin misericordia. La sed que se impone a todos los demás deseos y se adelanta a
toda otra necesidad. La sed que necesita el trago de agua para vivir, para
subsistir, para devolver los sentidos al cuerpo y la paz al alma. La sed que
moviliza cada célula y cada miembro y cada pensamiento para buscar el próximo
oasis y llegar a él antes de que la vida misma se queme en el cuerpo. Tal es mi
deseo por ti, Señor. Sed en el cuerpo y en el alma. Sed de tu presencia, de tu
visión, de tu amor. Sed de ti. Sed de las aguas de la vida, que son las únicas
que pueden traer el descanso a mi alma reseca. Aguas saltarinas en medio del
desierto, milagro de luz y frescura, arroyos de alegría, juego transparente de
olas que cantan y corrientes que bailan sobre la tierra seca y las piedras
inertes. Resplandor en la noche y melodía en el silencio. Te deseo y te amo. En
ti espero y en ti descanso. Aumenta mi sed, Señor, para que yo intensifique mi
búsqueda de las fuentes de la vida • Carlos G. Vallés (Busco tu rostro. Orar los
Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander, 1989, p. 118)
Renuncias, fidelidades e imperfecciones
Nuestro querido Pedro que el
pasado domingo era la roca sobre la que el Señor edifica la Iglesia, recibe hoy
un duro reproche. Es la crisis de Pedro y también la de todo cristiano. También
la crisis de la Iglesia ante la dura realidad del camino Señor a veces tan
cuesta arriba. El domingo pasado Pedro entendía mucho y hoy no entiende nada[1].
Lo mismo nos pasa a nosotros: no comprendemos que el camino del amor es el
único camino para los que decimos seguir a Jesús; y que hemos de estar preparados para
dar hasta dar la vida, si es preciso. Qué duda cabe: la actitud de Pedro y la nuestra es
está hecha de aciertos y
desaciertos, de luz y de oscuridad, de aceptación dócil y alegre del misterio
que envuelve nuestra vida y la de los demás, pero también de rebelión ante a la
voluntad de Dios cuando sus caminos no coinciden del todo con los nuestros ¡Menos mal que lo que cuenta es saberlo reconocer y continuar con esperanza! Seguir a Jesús supone haber hecho una serie de opciones
y rupturas: haber escogido esto y haber renunciado a aquello, #lasdecalylasdearena. Por eso buena cosa es revisar la propia vida de vez en cuando para ver
si se va pareciendo a una alfombra o un tapiz tejidos de renuncias y fidelidades y también de
imperfecciones. Nuestra vida no está hecha para ser guardada sino para ser
entregada, de golpe o poco a poco. Seguir a Jesús es preguntarse muchas veces:
¿qué haría el Señor en mi lugar? ¿Cuál sería su respuesta ante este hecho o delante de esta
situación? Lo que salva o condena no es el hecho de pertenecer a un grupo, sino
la respuesta sincera y amorosa a la propia conciencia, que en nuestro caso está enriquecida
e iluminada por la fe cristiana[2].
Esta es la gran paradoja anunciada y vivida por Jesús: la Vida es fruto de la
muerte; no solamente en el último día, sino cada día. Por eso es preciso perderla
para encontrarla; es preciso que pase por Jesús y su Evangelio, para nos sea devuelta con olor de eternidad. Porque la
vida nos es dada y la merecemos dándola; porque perder es ganar, porque el
Señor, con su vida, con todos sus momentos pero sobre todo con su muerte en
la cruz, nos dice que amar es dejarse vencer por el amor[3] • AE
¡Simón iluminado!
Dichoso tú, Simón, iluminado,
que nadie
te lo dijo;
que solo
Dios, mi Padre, por amor,
te abrió mi
intimidad como Él lo quiso.
Que no es
Filosofía conocerme,
ni alto
raciocinio;
que no es
conquista, afán de pensadores,
ni creación
del fondo de mí mismo.
Que Dios es
gracia y toque de amadores
al corazón
de un niño;
que Dios es
humildad y encarnación,
y en ese
rumbo corre su camino.
Que Dios es
la inmanencia de quien ora
amante y
compungido;
mi Dios es
su visita, su caricia,
su ternura
en mi pecho, adormecido.
Que Dios es
su silencio rumoroso
al par de
mi latido,
el eco de si
mismo redoblado
que suena y
suena cuando yo me olvido.
Dichoso tú,
Simón, que me enalteces,
y me has
llamado el Hijo;
la Iglesia
se sustenta en esa fe
tan frágil
y tan fuerte por los siglos.
¡Jesús, el
encontrado y confesado,
que habitas
en lo íntimo,
impera y
resplandece, Dios excelso,
y abrásanos
en el candor divino! Amén •
P. Rufino
Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 18 agosto 2011.
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!
Fray Filippo Lippi, La vision de San Agustin (circa 1452) ,
tempera
sobre madera, colección de la princesa de Oldenburg, Petrogrado (Rusia).
...
Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi
interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me
socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima
de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz
inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y
clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz
completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre
el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que
ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella.
La conoce el que conoce la verdad.
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios,
por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú
quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no
era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con
fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran
distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo,
como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos:
crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede
con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».
Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de
gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y
los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios
bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la
verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar,
con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro
estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste
todas las cosas.
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú
estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como
era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo,
mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no
estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi
sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu
perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed
de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti[1].
Velando y desvelando.
Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Aquella pregunta recorre roda la historia
y se nos pone delante a los cristianos. Pregunta que no es sencillo responder
con sinceridad. ¿Quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de
veinte siglos de imágenes, fórmulas, experiencias, interpretaciones
culturales... ¡tantas cosas! que van al mismo tiempo velando y desvelando su
riqueza que no termina. Pero, además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a
Jesús de lo que nosotros somos y proyectamos en él nuestros deseos,
aspiraciones, intereses y limitaciones. Casi sin darnos cuenta empequeñecemos y
desfiguramos al Señor incluso cuando tratamos de exaltarlo. Pero Jesús sigue
vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. Y
tampoco permite que lo disfracemos. Ni se deja etiquetar ni reducir a unos
ritos, unas fórmulas, unas costumbres. Jesús está vivo; él siempre desconcierta
a quien se acerca a él con un corazón abierto y sincero y se nos muestra distinto
de lo que esperábamos. Siempre abre nuevos caminos en nuestra vida, rompe
nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva. Cuanto más intentamos
conocerlo más nos damos cuenta que apenas empezamos a descubrirlo. Seguir a
Jesús es avanzar siempre, no sentarnos en la salita de esta monísima a ver la
vida pasar; es crear, construir, crecer[1]. Percibimos
en él una entrega a los hombres que confronta
nuestro egoísmo. Una pasión por la
justicia que sacude todas nuestras seguridades, privilegios y comodidad. Una ternura y una búsqueda de
reconciliación y perdón que deja al descubierto nuestro corazón ¡ay a veces tan
duro! Una libertad que rasga
nuestras mil esclavitudes y servidumbres. A Jesús lo iremos conociendo en la
medida en que nos entreguemos a él. Diariamente. Sólo hay un camino para
ahondar en su misterio: leer el evangelio despacio, y seguirlo. Seguirlo
humildemente en sus pasos; con nuestro mejor esfuerzo, conscientes de que
llevamos éste tesoro en vasos de barro[2]. Seguir
a Jesús y saber decir quién es él para nosotros es abrirnos al Padre, mirar la
vida con los ojos del Señor, compartir su destino doloroso, esperar su
resurrección[3].
Seguir a Jesús es también y más, orar. Orar siempre. Orar muchas veces, siempre
desde el fondo de nuestro corazón, con las palabras del padre del muchacho
enfermo: Creo, Señor; ayuda mi
incredulidad[4],
o con las que el Espíritu, que sopla donde quiere y cuando quiere, ponga en
nuestro corazón[5]
• AE
¡Qué grande es tu fe, mujer!
¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!
Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.
Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.
¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.
Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 10 agosto 2011
Ente el ruido y el aturdimiento.
Difícil esto de entender la actitud del Señor con ésta mujer cananea.
Estamos acostumbrados a un Jesús tierno y cercano que casi siempre se adelanta
a las necesidades de los que se le cruzan por el camino. Hoy encontramos a una
mujer que pide a Jesús algo pero no para ella sino para alguien a quien quería
más que a ella misma: su hija. Jesús sin embargo se resiste, y se resiste
duramente, o al menos así parece, se resiste hasta arrancar del corazón de aquella
madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio[1].
Tan preciosa que venció totalmente el corazón del Señor. Fue así que llegó el
milagro. A lo largo de la vida hemos sentido eso que alguien llamo “el silencio
de Dios”: Situaciones inexplicables, incomprensibles, que aparentemente no tienen respuesta [mientras escribimos esto son ya trece las personas muertas por un atentado terrorista en las calles
de Barcelona, en España]. A veces nos sentimos como debió sentirse aquella cananea: rechazados,
excluidos. Pero hay que saber ir más allá, y perseverar en la oración ¡Qué
bueno es orar! Hoy también. En medio del trabajo, de la prisa; entre el ruido y
el aturdimiento, a pesar de las muchas cosas que hay que hacer, por encima de
los compromisos sociales y de las diversiones; en los días hábiles y en los de descanso,
en el campo y en la ciudad, en casa y en
la parroquia, ¡qué bueno encontrar sitio y un momento para hablar con Él!
Los cristianos no podemos existir sin esos momentos de intimidad sincera,
calmada y reconfortante, igual que cualquier ser humano apenas puede entenderse
sin esos momentos de conversación sincera, pausada y reconfortante con los otros hombres y, sobre
todo, con aquéllos con los que comparte
ilusiones y proyectos. ¿Es posible imaginar a unos novios que no
hablasen nunca, o matrimonios que no tengan nada que decirse? ¿Hay amigos que
no tengan frecuentes y largas conversaciones? Si el hombre no habla con aquéllos
que le rodean y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte su vida, es que está
perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo
de soledad y de angustia. Los cristianos
tenemos un Dios personal con el que compartimos la vida, con todas sus
ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que hablamos, con el que contamos, a
quien pedimos, como la cananea. Dios y el cristiano son dos amigos que
entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto no
puede hacerse sin orar. Hoy más que nunca debemos reconquistar en nuestra vida
el tiempo y el espacio para la oración, para un encuentro amoroso con Dios; un
momento en el que repasemos con Él nuestro modo de entender la vida, nuestro
modo de realizarla; nuestras opiniones…nuestro ¡todo! La oración es el momento
de acercarnos a su fuerza, a su bondad, a su misericordia, para hacernos poco a
poco semejantes a Él. En este vértigo que nos rodea a todos, en la época del ruido
y la velocidad, triste cosa es la pérdida del sentido de lo sagrado, el espacio
de oración. Pidamos este domingo que Él nos regale el deseo de ponernos en contacto
con Él para encontrar la respuesta a lo que pedimos y a lo que necesitamos en cada momento de esta vida
• AE
La dormición de la Virgen María
Sólo la
Niña aquella, la Niña inmaculada,
la Madre
que del hijo recibió su hermosura,
la Virgen
que le dice a su Creador criatura,
sólo esa
Niña bella al cielo fue elevada.
Los luceros
formaron innumerables filas,
tapizaron
las nubes el cielo en su grandeza;
y aquella
Niña dulce de sin igual belleza
llenaba
todo el cielo con sus claras pupilas.
Nuestro
barro pequeño, de nostalgia extasiado,
ardientemente
quiere subir un día cualquiera
al cielo,
donde el barro de nuestra Niña espera
purificar
en gracia nuestro barro manchado. Amén •
Himno del
Oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas
Promesa y esperanza nuestra.
Miguel
Cabrera, Virgen del Apocalipsis (1750), óleo sobre tela,
Museo Nacional de
Arte, Ciudad de México
...
Apareció
entonces en el cielo una figura prodigiosa… ¿Por qué la liturgia nos pone
delante un texto de Apocalipsis para celebrar la Asunción de la Virgen? Quizá
porque el último libro de la Sagrada Escritura tiene más que ver con la
esperanza que con la desesperación. En medio de los rayos y truenos y tormentas
formidables de los que habla san Juan, aparece en el cielo una señal
prodigiosa, un rayo de esperanza. Y es que la palabra de Dios, desde el libro
del Génesis hasta el Apocalipsis, es promesa y es esperanza. El final es luz y
claridad, victoria y, por tanto, esperanza para sostener la paciencia. El libro
del Apocalipsis descubre en el fin de los tiempos lo que ya estaba anunciado
desde el principio del tiempo, desde el capítulo primero del Génesis, que la
lucha entre la mujer y la serpiente, entre el bien y el mal, entre el hijo de
la mujer y los seguidores del demonio, no es una batalla perdida sino ganada ya
de antemano . Esa misteriosa mujer que enfrenta al terrible monstruo de siete
cabezas y diez cuernos y que se muestra
especialmente débil por estar a punto de dar a luz, representa también el
momento más difícil de la existencia humana: la lucha de los pobres por
liberarse y recuperar su condición de persona, de los oprimidos, de los
esclavizados, de los que no tienen más que su esperanza. La mujer del
Apocalipsis es también el pueblo de Israel sometido a esclavitud, y es la
Iglesia perseguida y apedreada, y es el pueblo de Dios que trabaja con
esperanza y con paciencia. Y sobre todo es María, aquella en la que se han
hecho carne todas las esperanzas de los hijos de Dios, pues de ella nació
Jesús, el Salvador y Redentor. Jesús no sólo fue venciendo durante su vida
todos los enemigos del hombre, sino que muriendo y resucitando, venció al
último de ellos, la muerte. La resurrección de Jesús, lo que celebramos siempre
en la eucaristía, es el triunfo y la victoria que se anuncia para todos los
creyentes. Hoy, como otra primicia más de esa conquista de Jesús Resucitado,
celebramos la Asunción de María. Desde muy temprano los cristianos colocaron
junto a la resurrección de Jesús la dormición y Asunción de la Virgen para que
no olvidemos que ella, María, es figura y primicia de la Iglesia que un día
será glorificada; y sobre todo que ella es el gran consuelo y la esperanza de
nosotros, el pueblo todavía peregrino en la tierra • AE
___
[1]
Cfr. Gen 3,15.
[1]
Cfr. Apoc 11, 19; 12, 1-6.10.
[1] Cfr. Misal Romano, Prefacio: La
gloria de la Asunción de María.
Mis manos y las Tuyas.
Entre tus manos está mi vida, Señor.
Entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir, para vivir.
Entre tus manos confío mi ser.
Si el grano de trigo no muere,
si no muere solo quedará,
pero si muere en abundancia dará
un fruto eterno que no morirá.
Es mi anhelo mi anhelo creciente,
en el surco contigo morir,
y fecunda será la simiente, Señor,
revestida de eterno vivir.
Y si vivimos, para Él vivimos;
y si morimos, para Él morimos;
Sea que vivamos o que muramos,
somos del Señor, somos del Señor.
Cuando diere por fruto una espiga,
a los rayos de ardiente calor,
tu reinado tendrá nueva vida de amor,
en una Hostia de eterno esplendor.
Entre tus manos está mi vida, Señor.
Entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir, para vivir.
Entre tus manos confío mi ser.
La duda y el Amor.
Por qué dudaste? La misma pregunta que el Señor hace a Pedro atraviesa toda la historia
como fuera una línea de pólvora y viene y se pone delante de ti y de mí ¿Por qué dudaste? No es fácil responder.
Primero hay que guardar un respetuoso silencio. Y es que a veces las más hondas
convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos hacen turbios sin
saber exactamente por qué. Cosas que antes aceptábamos con valentía empiezan a
debilitarse y hay dentro de nosotros una pequeña gran tentación de abandonarlo
todo, de empezar a no creer. Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador.
Y es que difícil cosa es abandonarnos al misterio. La razón sigue buscando una
luz clara que dirija el camino, y si a esto le sumamos la superficialidad y
ligereza con la que vivimos y el culto que le damos a ¡tantos ídolos! No es extraño
que a ratos tengamos la sensación de haber perdido realmente a Dios. Si somos
sinceros hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que decimos
ser y el realmente somos. ¿Qué hacer entonces cuando descubrimos en nuestro
interior una fe frágil y vacilante, una llama que casi se apaga? Lo primero es
no desesperarnos, ni asustarnos al descubrir dudas y momentos obscuridad. La
búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el
riesgo. A Dios, a ratos, lo buscamos a tientas, a tropezones; al final la fe brilla
cuando hemos atravesado, a pie, el desierto de la duda y la oscuridad #lavidamisma
Poco a poco, día a día, hemos de aceptar el misterio de Dios con un corazón
abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con el Señor, con
la alegría de que podemos vivir y relacionarnos con Él y amarlo y sentirnos
amados por Él sin que nuestros
interrogantes y dudas se encuentren resueltos por completo. Sí, leíste bien: es
posible vivir con Dios y en su presencia y caminando en terreno resbaloso. Aquí
lo que importa es saber gritar como Pedro una y otra vez: Sálvame, Señor[1].
Saber levantar hacia Él nuestras manos vacías, no sólo como gesto de súplica
sino también y sobre todo como un gesto de entrega confiada de quien se sabe
pequeño, ignorante y necesitado de salvación[2]. Lo
de la canción ésa tan bonita y tan popular, tan de parroquia: entre tus manos está mi vida Señor /entre
tus manos pongo mi existir… La fe es caminar sobre agua, con todo el miedo
y la inseguridad que eso conlleva, sí, pero con la esperanza cierta de
encontrar esa mano que nos salva del hundirnos por completo • AE
¡Aqui, Contigo!
G. David (1460–1523),
La transfiguración de Cristo (1523), óleo sobre tela,
Iglesia de nuestra Señora, Brujas
(Bélgica).
...
Llega el Reino de
Dios en ese rostro
que es imagen
impalpable de la Esencia,
y de la ruta humana
fatigosa
el remate feliz, la
paz perfecta.
Viene la Parusía
cuando brillas
y el más allá se
alcanza en tu presencia,
que al tiempo eres
origen y principio,
Dios de Dios, Luz
de Luz, Alfa y Omega.
¡Qué bien aquí,
eternamente aquí,
contigo que eres
Dios y tienes tienda
que hemos de hacer
nosotros para ti,
aquí para gozar tu
gloria eterna!
¡Oh Luz anunciadora
del secreto,
oh Viviente
inmortal que te revelas,
oh deseado cuerpo
de mi Dios!,
Pedro, Santiago y
Juan de ti destellan.
A nadie lo digáis
hasta el momento,
dejad que el Hijo
como siervo muera,
y aguardad que ya
llega, ya ha estallado
la gloria que desea
quien espera.
Jesús transfigurado
y verdadero,
saciado de dolor y
de belleza,
¡te bendecimos,
santo, santo, santo,
y te cantamos, Dios
de nuestra tierra! Amén •
P. Rufino María
Grández, ofmcap,
6 marzo 1982
El Tabor y el Calvario.
Cuentan que cuando Jeffrey
Alan Hoffman terminaba su primera misión espacial en abril de 1985 leyó desde
el espacio este pasaje de René Daumal, escrito unos sesenta años antes: «No se
puede permanecer en la cumbre eternamente, hay que descender de nuevo. Por eso
¿qué sentido tiene preocuparse por el primer puesto? Precisamente por eso. Lo
que está arriba no sabe lo que está abajo, pero lo que está abajo no sabe lo
que está arriba. Uno escala, ve, desciende. Luego ya no ve nada más. Pero ha
visto. Hay un arte de conducirse a sí mismo en las regiones bajas por el
recuerdo de lo que uno ha visto en las regiones altas. Cuando no se puede ver
ya, se puede seguir sabiendo, por lo menos, que existen las cosas de arriba»[1].
¡Exactísimo! (sic) Es importante
haber visto, saber que existen las cosas de arriba. Aunque luego ya no se vean.
Pedro, Santiago y Juan cuando bajaban del Tabor, seguramente lo hacían tristes
y abatidos. Después de haber visto a su maestro en un momento de gloria, esplendor
y luz ahora deben volver a la vida diaria; ven a Jesús descender de la montaña,
solitario, lento y cotidiano. Tal vez cansado. Es el mismo de siempre y, como
siempre, comienza a hablarles de su próxima muerte. ¡Cuánto les cuesta
descender del monte! Aun así han visto
¿Quién podrá arrebatarles esa certeza? Pasarán los años, el escándalo de la
Cruz pasará por sus ojos y sus almas, pero allá muy adentro, brillando, quedará
un resplandor: el recuerdo de la Transfiguración[2].
Gracias a aquel momento podrán vivir la vida normal con el recuerdo de lo que
han visto en la cima: la luz de Dios y su gloria. Lo han visto, lo saben. Eso
es todo. Sí: qué difícil, bajar de las alturas. Bajar de las certezas, de las
seguridades. El que ha estado en la montaña, el que ha admirado panoramas
espléndidos luego sufre en la oscuridad del valle. No puede conciliarse con el
tráfico, con el asfalto, con el rumor de la vida ordinaria. El corazón se le
estrecha y acongoja. Tendemos a quejarnos constantemente de lo mal que está el
mundo y buscamos en nuestro corazón fotografías de la altura, bellas
instantáneas que han quedado allí fijas para siempre. Y tratamos de vivir allá arriba,
más que en el asfalto, más que en este valle de lágrimas, como decimos en la Salve ¿Es momento de volver a la cima y
hacer ahí tres tiendas para siempre? No. Es urgente bajar, reconciliarse con
los hombres, aprender a hablar con el triste, con el solo, con el que tiene las
manos manchadas. Vencer esa repulsión natural hacia lo feo y lo vulgar.
Aprender a transitar los caminos de la tierra con amor, como el bendito San
Francisco. Hacer lo imposible para que el Tabor baje al valle, para que hunda
en el valle sus raíces. Sin apagar nunca, eso sí, el recuerdo de aquella luz de
arriba, reconfortante y segura. Convencidos de que la vida cristiana no es
comodidad, sino tensión; no es seguridad, sino riesgo; no es evasión, sino
cruz. El Evangelio del Tabor es una invitación a la esperanza, pero también a
la realidad de una existencia consagrada al cambio, al crecimiento. Al
crecimiento y a la transformación del hombre, de la comunidad y de la Historia •
AE
[1] R. Daumal, El Monte análogo. Novela de aventuras
alpinas no euclidianas y simbólicamente verdadera, Trad. W. Romero, Buenos Aires, Augural.
Edición independiente. 2005; Daumal (1908 –1944) fue un escritor, ensayista,
traductor y poeta francés que estuvo relacionado movimientos como el dadaísmo, el
futurismo y, desde luego, el surrealismo.
[2] Cfr. 2 Pe, 1, 16-19.
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