Cuántos de nosotros llevamos en el fondo de nuestra alma [por muchos
años] la caricatura de un Dios desfigurado que nada tenía que ver con el
verdadero rostro de un Dios lleno de amor y revelado en Jesús. El tiempo ha
pasado. Para muchos, desafortunadamente, Dios sigue siendo el tirano que impone
su voluntad caprichosa, que nos complica la vida con toda clase de
prohibiciones y que impide ser todo lo felices que nuestro corazón desea.
Muchos aún no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la
felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino más bien
es una mano tendida con ternura, empeñada en quitar el pecado del mundo, como nos dice el Bautista en el evangelio de
hoy[1].
Hemos de detenernos un momento y pensar. Y darnos cuenta que las cosas no son
malas porque Dios haya decidido que
lo son. Es al revés: justamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad,
son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo. A los hombres se nos
olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también
víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos
una trampa trágica, pues aumentamos la tristeza de nuestra vida, cuando,
precisamente, creíamos que la íbamos a hacer más feliz. Debemos tener siempre presente
la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, es dar la
espalda a la verdad, es llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la
esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es
aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la
comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano,
destruir la fiesta y la fraternidad. Pecar es, como sugiere el mismo término
hebrero, errar el camino. Cuando de pequeños nos decían “pecando lastimas a
Dios” no nos lo explicaron bien, ni ayudaron a nuestra espiritualidad. Dios no puede
lastimarse porque es Dios, y Dios no sufre, al menos no como nosotros entendemos
el término sufrir. Este domingo, cuando Juan nos presenta a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo, no está
pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las
costumbres, o en un Dios sediento de venganza, sino que nos anuncia –oh maravillosa
noticia!- que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la
posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia[2].
Que, en Jesucristo, su Hijo, nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría y su
perdón llenos de ternura y misericordia. Viviremos mucho mejor nuestra fe
cristiana cuando experimentemos al Señor a nuestro lado, y con Él una liberación
gozosa que cambia nuestra existencia, un perdón que nos purifica de nuestro
pecado, y un respiro ancho que renueva nuestro vivir diario ¿será este domingo
el momento perfecto para empezar a intentarlo? • AE
(The name of this blgs is "The Wife's Meditation", the Wife is the Church, who silently meditates on the Word of Christ, her Husband)
El camino hacia la Belleza
H. Bosco, La adoración de los Magos (1490-1500), óleo sobre madera,
Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
...
Los magos del evangelio son únicamente el comienzo de una inmensa
peregrinación, en la que la magnificencia y la hermosura de esta tierra se
ponen a los pies de Cristo: el oro de los mosaicos del antIguo cristianismo, la
luz policromada de las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la alabanza de
las piedras, el canto navideño de los árboles del bosque son para él, y los
instrumentos músicos hallaron sus modos más hermosos cuando se postraron a sus
pies. También el sufrimiento del mundo, sus penas y trabajos vienen a él para
encontrar, al menos durante unos instantes, ante el Dios que se ha hecho pobre,
el alivio y la comprensión. Todos nosotros nos hemos hecho hoy un poco
puritanos: ¿no hubiera sido mejor entregar todos esos tesoros a los pobres?
Pero nos olvidamos, al hacer esa pregunta, de que la hermosura y la
magnificencia que se regaló al Señor es la única propiedad común del mundo. ¡Qué
contraste entre las residencias y las iglesias, entre los museos y las
catedrales! ¡Qué diferencia se observa si se trabaja en el Louvre, en los Ufficci, en el Museo Británico o si se
coincide rezando en una iglesia viva en la alabanza de las piedras! La riqueza
que se ha regalado al Niño de Belén se adecúa a todos y todos la necesitamos
como el pan. El que quita lo hermoso a un niño, para convertirlo en algo útil,
no le ayuda, sino que le causa daño: le quita la luz sin la cual todos los
cálculos son fríos y se convierten en nada. Ciertamente, si nosotros empalmamos
con esta peregrinación de los siglos, que pretende derrochar lo más hermoso de
este mundo para el Rey recién nacido, no deberemos por ello olvidar que él
siempre sigue viviendo en el establo, en la cárcel, en las favelas y que
nosotros no le alabaremos si no somos capaces de encontrarle allí. Pero el
conocimiento de ese hecho no debe impulsarnos a una dictadura de lo útil que
proscriba la alegría y que dogmatice una austera seriedad[1]. La preocupación por la belleza de la casa de Dios y la preocupación por los
pobres de Dios son algo inseparable: no sólo necesita el hombre de lo útil,
sino también de lo bello; no sólo de una casa propia, sino de la proximidad de
Dios y de sus signos. Donde él es glorificado y exaltado se hace la luz a
nuestro corazón. Donde no se le da nada a él se esfuma también lo otro; pero
donde son excluidos sus pobres tampoco se hace caso de él •
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Abiertos y universales
Y… ¿Para quién nació Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Así nos
lo dice la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Epifanía. El Mesías
nace no sólo para Israel sino también para los paganos, por más malos que estos sean. Nace no sólo para
los cristianos sino para todos los demás pueblos. Para los hombres de toda raza y condición. Buenos,
malos, puros, impuros, etc. Para todos.
La Iglesia celebra hoy la manifestación de Jesus a todos. En los magos estamos bien
representados los que naceríamos después de Jesus. Con un lenguaje poético y
entusiasta lo había anunciado ya Isaías: levántate,
Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos caminarán a tu luz: todos esos se han reunido
y vienen a ti[1].
Esto es lo que hoy nos alegra el corazón: que Cristo se ha manifestado como
salvador de todos. No somos universales de corazón porque estamos encerrados en
nuestro grupo, porque apenas nos damos
cuenta de que Dios ha llamado a la fe a hombres de todos los colores, pertenecientes
a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas o
incluso sospechosas. Jesus no es patrimonio de ninguna cultura, ni siquiera de
la Iglesia Católica. Nadie tiene la exclusiva, o el monopolio. No somos
pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a
los que no coinciden con ellos los excluimos e ignoramos. Las cosas como son. Nos
mostramos distantes tal vez no por el color de la piel pero discriminamos
basados en posiciones políticas, ideologías, espiritualidades, el grado de
simpatía ¡hasta la situación económica! No somos universales en nuestro corazón
y hoy, en la Epifanía, nos encontramos con un Dios que se ha muestra radicalmente universal, abierto. Un Dios que envía a su
Hijo para todos, sobre todo para los que en nuestra estrechez de miras nos
sentimos en posesión de la verdad. Dice el proverbio chino (ése tan
maravilloso) que "si quieres amar a otro, has de comenzar por perdonarle que sea otro". Quien
mejor nos ha dado una lección soberana de apertura al otro es Jesús. Hoy, en el
silencio de la oración y la eucaristía le pedimos que haga de nosotros personas
abiertas, universales[2]. Que
sepamos convivir con todos y encontrar en todos a ese Cristo que nos salva y
nos convoca en la alegría y en la paz • AE
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El Rey y el valle de lágrimas
Te diré mi
amor, Rey mío,
en la
quietud de la tarde,
cuando se
cierran los ojos
y los
corazones se abren.
Te diré mi
amor, Rey mío,
con una
mirada suave,
te lo diré
contemplando
tu cuerpo
que en pajas yace.
Te diré mi
amor, Rey mío,
adorándote
en la carne,
te lo diré
con mis besos,
quizás con
gotas de sangre.
Te diré mi
amor, Rey mío,
con los
hombres y los ángeles,
con el
aliento del cielo
que espiran
los animales.
Te diré mi
amor, Rey mío,
con el amor
de tu Madre,
con los
labios de tu Esposa
y con la fe
de tus mártires.
Te diré mi
amor, Rey mío,
¡oh Dios
del amor más grande!
¡Bendito en
la Trinidad,
que has
venido a nuestro Valle! Amén.
...
Este poema,
compuesto en Burlada (Navarra) en diciembre de 1978, ha tenido la fortuna de
pasar al libro de la Liturgia de las Horas como himno cotidiano de Vísperas en
tiempo de Navidad, tanto en España como en América. Pocos días después le puso música
Fidel en Miranda de Arga (ermita de la Virgen del Castillo), en una convivencia
espiritual, el 4 de enero de 1979. Está publicado en R. M. Grández, capuchino
(letra) – F. Aizpurúa, capuchino (música), Himnos
para el Señor, Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 53-56.
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AKATHISTOS
Salve, por ti resplandece la dicha;
Salve, por ti se eclipsa la pena.
Salve, levantas a Adán, el caído;
Salve, rescatas el llanto de Eva.
Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre;
Salve, abismo insondable a los ojos del ángel.
Salve, tú eres de veras el trono del Rey;
Salve, tú llevas en ti al que todo sostiene.
Salve, lucero que el Sol nos anuncia;
Salve, regazo del Dios que se encarna.
Salve, por ti la creación se renueva;
Salve, por ti el Creador nace niño.
Salve, ¡Virgen y Esposa!
Salve, ¡Virgen y Esposa!
Salve, tú guía al eterno consejo;
Salve, tú prenda de arcano misterio.
Salve, milagro primero de Cristo;
Salve, compendio de todos los dogmas •
(El Akáthistos –algunas veces en español "acátisto")
es el gran himno de la liturgia oriental griega
que medita sobre el misterio de la
Maternidad Divina.
El texto completo puede leerse en:
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Ciclos y luces y Navidad. Junto a la Santísima Virgen.
Sin la luz de la fe, nuestro calendario no es otra cosa que la suma o el
poner por orden las rotaciones de la tierra. En
veinticuatro la tierra gira en torno a sí misma y en trescientos sesenta
y cinco días, en torno al sol. El día y
el año no son entonces más que medidas puramente mecánicas. Así, el tiempo es
como un círculo. Una marcha circular que se repite siempre de nuevo. La tierra va realizando su carrera,
prescindiendo de los sufrimientos y las esperanzas de los hombres y mujeres que viven sobre ella. Sólo
la fe transforma el tiempo y le da sentido. A lo largo del año celebramos
ciertos momentos -los creyentes les
llamamos fiestas- que nos recuerdan las acciones de Dios sobre nosotros, o
entre nosotros, desde el nacimiento de Jesús hasta su resurrección. La
celebración de estas fiestas es algo distinto al discurrir de los días. Es la
celebración del amor inagotable de Dios que nos va acompañando en el camino
hacia la eternidad. Así, el comienzo cristiano del año litúrgico con la
celebración de la Navidad, es algo totalmente
distinto del inicio de un año civil. Es comenzar un nuevo paso hacia la
eternidad de Dios apoyados en la fe en ese mismo Dios encarnado entre los
hombres. Por eso, año con año, en el umbral del nuevo año (civil), la liturgia
de la Iglesia nos presenta la Carta a
los gálatas que nos invita gritar: Abba, Padre y que se despierte en nosotros
una confianza que nos ayude a caminar
hacia el nuevo año, consolados y animosos. El punto está en que no nos
resulta fácil. Nos falta la ingenuidad y
la confianza. Nos resistimos a
presentarnos ante Dios como niños débiles, acostumbrados como estamos a
defender nuestra posición de adultos
ante todos. Pero tenemos la experiencia amarga del pasado. Cuando queremos
caminar solos por la vida, terminamos encontrándonos con nuestra propia
impotencia[1]. ¿No haremos tampoco este
año la experiencia nueva de vivir con más confianza en el Padre? ¿Por qué
no va a ser posible en estos tiempos
modernos vivir con esa confianza profunda en Dios? No sabemos lo que nos espera en el nuevo año,
pero sabemos que nos espera Dios. No
conocemos los problemas, conflictos, sufrimientos y soledades que
sacudirán nuestro corazón, pero siempre
podremos invocar a Dios. No sabemos qué pecados cometeremos y en qué errores caeremos, pero siempre podremos
contar con su perdón. A lo largo de todos estos días, desde que comenzamos el
Adviento hasta hoy, la figura de María acompaña a Jesus, que es el personaje
central. Al verla ahí, tan cerca de Él, es sencillo llegar a una clara
conclusión: “Si este niño recién nacido es el
Hijo de Dios y esta mujer lo ha dado a la luz, no cabe duda: Ella es la
Madre de Dios”. Pero la Iglesia no se detiene ahí, con su liturgia nos pone a la Virgen Santísima en primer plano para que comprendamos, una vez más, un año más, que gracias a ella la Navidad ha sido posible • AE
[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias 1985, Navarra, p. 263 s.
La Sagrada Familia de Nazareth
B.E. Murillo, La Sagrada Familia del pajarito (1650),
óleo sobre tela, Museo del Prado (Madrid)
...
De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Nació de una Virgen Madre
una noche iluminada
por ángeles y luceros
en una pobre cabaña;
tuvo un padre carpintero
que todo el día trabajaba
para darle de comer
al hijo de la esperanza,
que un día edificó los mundos
por ser la eterna Palabra.
De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Eterno Amor allá arriba;
acá abajo amor sin mancha.
Arriba, el Fuego inefable;
acá, el calor de una casa.
Allá, en el seno infinito,
la canción nunca acabada;
acá, la canción de cuna
y la canción de una lanza.
De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Vivió humilde en la obediencia
su humildad humillada;
pobre vivió en Nazaret
quien rico en su Padre estaba,
y siendo todo en la altura
en el suelo se hizo nada.
¡Oh Jesús de Nazaret,
hijo de Familia humana,
por tu Familia divina,
santifica nuestras casas! Amén •
Himno del Oficio de Laudes
de la Liturgia de las Horas
El corazón de un niño
María conservaba todo esto en su corazón, nos cuenta el evangelio. Y
nosotros terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia la costumbre
y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Péguy que «hay algo
peor que tener un alma perversa, y es
tener un alma acostumbrada». Por eso no nos extrañe que la celebración de la
Navidad, tan envuelta en superficialidad y consumismo, apenas nos diga algo nuevo
o gozoso a los hombres y mujeres de hoy así como estamos con un «alma
acostumbrada». Acostumbrados a escuchar que Dios se hizo hombre y se nos ofrece
como niño. Lo dice Saint-Exupery en el prólogo de su Principito: «Todas las
personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos
olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al
acercarse al mundo ha sido una mirada de
niño. Esta es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo
misterio. Pero ahora sabemos que no es
un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable desde
la ternura y la transparencia de un niño. Y éste es el mensaje de la Navidad.
Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que
cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la
transparencia del corazón, abrirse
confiados a la gracia y el perdón. A pesar de nuestra aterradora
superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro
inconfesable egoísmo y mezquindad de adultos, siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que
todavía no hemos dejado de ser niños. Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos
con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco
de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos la televisión y el WiFi; olvidemos
nuestras prisas, nerviosismos, compras y
compromisos. Escuchemos dentro de nosotros ese corazón de niño que no se ha
cerrado todavía a la posibilidad de una
vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver
nuestra vida de otra manera. Es posible que escuchemos una llamada a renacer a
una fe nueva. Una fe que se rejuvenece;
que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no
entristece sino ilumina; que no teme
sino que ama • AE
¡Es Nochebuena!
Autor anónimo, frontal altar de Santa María de Cardet,
España.
...
Hoy nace el sol divinal
de la Virgen sin mancilla;
hoy el eterno se humilla
y se hace hombre mortal.
Hoy la reina celestial
pare al rey del firmamento,
sin recibir detrimento
su pureza virginal.
Adórote, Verbo eterno,
Hijo del muy alto Padre,
nacido de pobre madre
en la yema del invierno.
Gracias te doy, Niño tierno,
pues con tu divinidad
juntaste mi humanidad,
por librarme del infierno. Amén.
(himno del Oficio de Vísperas
de la Liturgia de las Horas)
Belén, el Calvario el asombro y la locura (II)
Ch. Camoin, Ventana abierta hacia el puerto de St. Tropez (1958),
óleo sobre tela, colección particular
...
Navidad es la gran prueba. En estos días ese amor de Dios se hace
visible en un portal. Ojalá se haga también visible en nuestras almas. Ojalá en
estos días la nevada de Dios, la paz de Dios, la ternura de Dios, la alegría de
Dios, descienda sobre todos nosotros como descendió hace dos mil años sobre un
pesebre en la ciudad de Belén. La Navidad es como el tiempo en el que esa
misericordia de Dios se reduplica sobre el mundo y sobre nuestras cabezas. Es
como si, al darnos a su Hijo, nos amase el doble que de ordinario. Durante
estos días de Navidad, todos los que tienen los ojos bien abiertos se vuelven
más niños porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios fuera en
estos días el doble de Padre. Pero ¿cuántos nos damos bien cuenta de esto?
¿Cuántos estamos tan distraídos? Abramos las ventanas de los ojos y descubramos
la maravilla de que Dios nos ama tanto que se vuelva uno de nosotros. ¿Qué pasa realmente estos días? Y la respuesta
es que Alguien muy importante viene a visitarnos. ¿Quién es el que viene? Nada
menos que el Creador del mundo, el autor de las estrellas y de toda carne. ¿Y
cómo viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en un bebé como los
nuestros. ¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a darnos
nuevas razones para vivir y para esperar. ¿Para quién viene? Viene para todos,
viene para el pueblo, para los más humildes, para cuantos quieran abrirle el
corazón. ¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra, en
aquél donde menos se le podía esperar. ¿Y por qué viene? Sólo por una razón:
porque nos ama, porque quiere estar con nosotros. Y la última pregunta, tal vez
la más dolorosa: ¿Y cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros
queramos. Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de nosotros
si le acogemos. Dejemos que estas preguntas crezcan dentro de nosotros, y quizá
nos descongelemos por dentro. Y quizá
descubramos que no hay gozo mayor que el de sabernos amados, cuando quien nos
ama —iy tanto!— es nada menos que el mismo Dios • AE
Belén, el Calvario el asombro y la locura (I)
Dos palabras son inevitables en estos días de Navidad: asombro y locura.
Asombro por parte de nosotros, los creyentes. Locura, por parte de Dios. Dos
palabras que van más allá de la simple ternura. La sonrisa, la ingenuidad, la
ternura, son partes inevitables de la Navidad. Pero la Navidad, que es eso, es
también mucho más. Buenos son los chocolates, las serpentinas y los
nacimientos. Buenos, siempre que no se queden en frivolidad superficial. Porque
la Navidad es un tiempo dulcísimo, pero también tremendo, como tremendo es eso
de que Dios se haga uno entre nosotros, que Dios haya querido no sólo
parecerse, sino ser también un bebé. Hay un verso de Góngora que a mí me
impresiona siempre y en el que el poeta defiende que el día de Belén es más
importante que el del Calvario, porque, dice el poeta: «hay mayor distancia de
Dios a hombre, que de hombre a muerto». Efectivamente, el gran salto de Dios se
produjo en Belén, su gran descenso hacia nosotros. Y nuestra gran subida.
Porque «si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se
puede ser». Por eso decía al principio que la gran locura de Dios se produjo
este día en el que se atrevió a hacerse tan pequeño como una de sus criaturas.
Locura a la que los hombres deberíamos responder con ese asombro interminable
de quienes vivieron casi asustados de la tremenda bondad de Dios. De ahí que la
mejor manera de celebrar la Navidad sea volverse niños. A la locura de Dios los
hombres sólo podemos responder con un poco de esa locura bendita y pequeña que
es hacernos niños. Al portal de Belén sólo se puede llegar de dos maneras: o
teniendo la pureza de los niños, o la humildad de quienes se atreven a
inclinarse ante Dios. Si Él se hizo pequeñito para llegar hasta nosotros, ¿cómo
podríamos llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeñitos? ¿Qué es verdaderamente la Navidad para nosotros, los cristianos? Habrá
quien responda que que son los días de la ternura, de la alegría, de la
familia. Pero yo, entonces, volvería a preguntarles: ¿Por qué en estos días
nuestra alma se alegra, por qué se llena de ternura nuestro corazón? La
respuesta la sabemos todos, aunque con frecuencia no la vivamos. Yo diría que
la Navidad es la prueba, repetida todos los años, de dos realidades
formidables: que Dios está cerca de nosotros, y que nos ama. Nuestro mundo
moderno no es precisamente el más capacitado para entender esta cercanía de
Dios. Decimos tantas veces que Dios está lejos, que nos ha abandonado, que nos
sentimos solos... Parece que Dios fuera un padre que se marchó a los cielos y
que vive allí muy bien, mientras sus hijos sangran en la tierra. Pero la
Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es
alguien lejano, perdido en su propia grandeza, despreocupado del abandono de
sus hijos. Es alguien que abandonó él mismo los cielos para estar entre
nosotros, ser como nosotros, vivir como nosotros, sufrir y morir como nosotros.
Éste es el Dios de los cristianos. No alguien demasiado grande no nos quepa en
nuestro corazón. Sino alguien que se hizo pequeño para poder estar entre
nosotros. Éste es el mismo centro de nuestra fe. ¿Y por qué bajó de los cielos?
Porque nos ama. Todo el que ama quiere estar cerca de la persona amada. Si
pudiera no se alejaría ni un momento de ella. Viaja, si es necesario, para
estar con ella. Quiere vivir en su misma casa, lo más cerca posible. Así Dios.
Siendo, como es, el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro.
Siendo la omnipotencia, compartió nuestra debilidad. Siendo el eterno, se hizo
temporal. Y, si esto es así, ¿por qué los hombres no percibimos su presencia, por
qué no sentimos su amor? Porque no estamos lo suficientemente atentos y
despiertos. Lo mismo sucede con algunos fenómenos de la naturaleza. Oímos el
trueno, la tormenta. Llegamos a escuchar la lluvia y el aguacero. Pero la nieve
sólo se percibe si uno se asoma a la ventana. Cae la nieve sobre el mundo y es
silenciosa, callada, como el amor de Dios. Y nadie negará la caída de la nieve
porque no la haya oído. Exactamente lo mismo ocurre con el amor de Dios: que
cae incesantemente sobre el mundo sin que lo escuchemos, sin que lo percibamos.
Hay que abrir mucho los ojos del alma para entenderlo. Lo dice infinitamente
mejor el salmo: la misericordia de Dios
llena la tierra, cubre las almas con su incesante nevada de amor • AE
¡Y José dormía! (no plácidamente)
Ahí viene nochebuena, una oportunidad más para creer. Actually creer en el Misterio de la Navidad es creer mucho. Demasiado. Una persona que crea eso puede creer en
cualquier cosa. La mula es un animal
híbrido y estéril. El buey, un toro castrado. Sobre san José recae, al menos
humanamente hablando, la peor de las sospechas: la madre del Niño es Virgen, y
concibió en su vientre al Hijo de Dios, concebido por obra y gracia del
Espíritu Santo (!). Un grupo de ángeles cantan en la noche ¡Hosanna en el cielo y
paz a los hombres
de buena voluntad! Unos pastores van allí y se les ve felices y hasta despreocupados, como no tienen nada, no tiene qué aparentar. Unos personajes extraños –unos les llaman Reyes- desde Oriente
llegan preguntando y siguiendo una estrella. En menos palabras: desde cualquier
punto de vista que contemplemos este Misterio es de maravillar. Sin embargo, o
lo crees, o no lo crees. La única simplicidad que vale la pena conservar es la
del corazón: la simplicidad que acepta y goza. Sólo así se
puede entender este Misterio. Si alguien ha sido feliz en la tierra alguna vez
ha sido esta gente • AE
Las antífonas de Adviento
Las célebres y hermosísimas antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta junto con el
Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre.
Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por
todos los pueblos antes de su venida, y, también son una manifestación del
sentimiento con la Iglesia lo espera en los días
que preceden a la celebración de la Navidad. Estas antífonas se llaman así
porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh».
También se llaman «antífonas mayores». Fueron compuestas hacia los siglos
VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más
antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de
salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de
la Iglesia del Nuevo Testamento. Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús,
que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la
Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez
más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven». Cada antífona empieza
por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento pero
entendido con la luz y la plenitud del Nuevo (Testamento). Son una aclamación a Jesús el Mesías,
reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una
súplica: «ven» y no tardes más.
O Sapientia (sabiduría, Palabra)
O Adonai (Señor poderoso)
O Radix (raíz, renuevo de Jesé; padre de David)
O Clavis (llave de David, que abre y cierra)
O Oriens (oriente, sol, luz)
O Rex (rey de paz)
O Emmanuel (Dios-con-nosotros)
Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra
después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana,
vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles.
Se cantan con la hermosa melodía gregoriana, o en alguna de las versiones en
las lenguas modernas, antes y después del Magnificat
en el oficio de Vísperas de los siete días previos a la Nochebuena, y también,
un tanto resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la Misa[1] •
[1] J. Aldazábal, Enséñame tus caminos. I. Adviento y Navidad día tras día, Barcelona 1995, p. 70 s.
Al final del Adviento (IV y último Domingo)
La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado
que se respira esos días en nuestros centros comerciales. Una fiesta mucho más
honda y gozosa que la sensación que produce recibir regalos. Los creyentes hemos
de recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir, detrás de tanta
superficialidad y aturdimiento, el misterio que da origen a nuestra alegría. No
entenderemos la Navidad si no sabemos hacer un espacio real de silencio en
nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca,
acoger la vida que nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios
Amigo, de un Dios cercano, de un Dios compañero de camino. En medio de nuestro
vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la
alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida», decía san León Magno.
No se trata de una alegría insulsa y superficial. «Nosotros tenemos motivos
para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios
se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre nosotros», como dice don Leonardo
(Sí, el de apellido Boff; ya siento que te revuelvas incómodo en tu asiento,
querido lector. “El que es malo no es con todos” que decía mi señor cura Donato).
Nuestra alegría se volverá real cuando nos abramos a la cercanía de Dios y nos
dejemos atraer por su ternura, cuando sea una alegría que nos libera de miedos
y desconfianzas, especialmente ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos
acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e
indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Esta
cerca de nosotros en la ternura de un niño a quien podemos hacer sonreír o
llorar. Dios no es el Ser omnipotente y poderoso que a veces imaginamos los
humanos, encerrado en la seriedad y el misterio de su mundo inaccesible, aquel
que, como cuentachiles inmundo, nos está anotando todos y cada uno de nuestros
pecados, faltas y caídas para pasarnos la factura el día en el que nuestra alma
llegue a su presencia y para siempre. Dios es el Hijo entregado cariñosamente a
la humanidad, el bebé que busca nuestra mirada. El hecho de que Dios se haya
hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y
especulaciones sobre su misterio.[1] Si
supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de
nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué nuestro
corazón debe estar lleno de alegría: sencillamente porque Dios está con nosotros
• AE
[1] J. A. Pagola, El camino abierto por Jesús. Mateo
(eBook-ePub) (Educar Practico) (Spanish Edition) (Kindle Locations 231-250). Grupo SM. Kindle Edition.
¡Alegres en el Señor!
Gaudete es
el nombre que recibe el tercer domingo del tiempo de Adviento en el calendario litúrgico
de diferentes denominaciones cristianas. La palabra es latina y quiere decir
«regocijaos», «alégrense», «estad alegres». Se define así a este día por ser
Gaudete la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica,
específicamente en el introito de la
misa. El uso del término deriva de un pasaje de la Epístola a los filipenses,
que en esa celebración constituye la segunda lectura dominical del ciclo C de
la liturgia católica: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad
alegres (Fil 4, 4). El color rosa de los ornamentos del sacerdote hace referencia al tono del cielo -rosa- momentos antes de que rompa la aurora, como para anunciar la llegada de sol, en este caso el Sol de justicia, que es Jesucristo •
Libros & cosas
La Imitación de Cristo fue escrita
por el venerable Tomás de Kempis (1380-1471) nacido en Alemania. Fue durante
toda la vida maestro espiritual de jóvenes religiosos de los Canónigos de San
Agustín. Produjo una obra de profunda espiritualidad que ha alimentado a la
cristiandad hasta el día de hoy, siempre leída, meditada y citada siempre por
nombres notables como Freud, Jung y Heidegger. Hay más de mil ediciones de la
“Imitación de Cristo” repartidas por el mundo y en el British Museum se
coleccionan más de mil ejemplares. El libro se compone de cuatro partes. Tomás
de Kempis tenía una mente libre. Incluso dentro del espíritu de la tendencia
espiritual más difundida de la época, llamada Devotio Moderna, no se dejó influenciar por ninguna escuela
teológica o tendencia mística. Por el contrario, muestra cierta distancia y
también una sospecha velada sobre todo saber teológico y teórico y sobre
revelaciones particulares. Lo que cuenta para él es la experiencia del
encuentro con Cristo, con su cruz, con su obediencia al Padre, con su humildad,
con su misericordia, con el amor incondicional y con su pasión y cruz
valerosamente soportadas. El tema del despojamiento de sí mismo y de todos los apegos
del ego adquiere relevancia especial hasta el punto de haber despertado la
atención de los más agudos analistas de la condición humana. ¿En qué reside la
singularidad de la Imitación de Cristo? El camino de la Imitación de Cristo se centra en el Cristo de la fe y sus virtudes:
su humildad, su amor a los pobres y pecadores, su compasión con los enfermos y
discriminados, su actitud ante la condición humana que él compartió con
nosotros. La Epístola a los Hebreos dice claramente que él “pasó por las mismas
pruebas que nosotros” (4,15), estaba “rodeado de flaqueza” (5,2) y “aprendió la
obediencia por medio del sufrimiento” (5,8). San Pablo va más lejos al
invitarnos a “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús tuvo: no se
aprovechó del hecho de ser Dios, sino que por solidaridad con nosotros asumió
la condición de siervo, presentándose como un simple hombre y se humilló hasta
aceptar la muerte de cruz” (cf. Flp 2, 5-8), castigo infame para la época. No
se “avergonzó de llamarnos hermanos y hermanas” (Hbr 2,11) y en el juicio final
se refiere a los pobres y marginados llamándolos “mis hermanos y hermanas más
pequeños” (Mt 25,40). Estas son las actitudes que propone el autor a sus
oyentes para alcanzar un alto nivel de vida espiritual. Cristo habla a la
subjetividad de la persona en busca de un camino espiritual y la lleva a
descubrir todos los meandros de la malicia humana pero también toda la grandeza
de la posibilidad de conquistar un alto nivel de vida interior. Tomás de
Kempis, mejor que cualquier psicoanalista entiende los meandros más secretos
del alma humana, las solicitaciones del deseo, las angustias que produce, pero
también indica caminos de cómo enfrentarlas confiados siempre en la gracia de
Dios, en la misericordia de Jesús y en el completo despojamiento de sí mismo.
Procura consolar al fiel imitador con el ejemplo de Cristo, le muestra la
alegría inaudita de la intimidad con Él y, por fin, la grandeza de la
recompensa eterna que le está preparada en la eternidad. El libro ofrece, en
fin, una espiritualidad cristalina como el agua de la fuente detrás de casa.
Orienta y alimenta todavía en nuestros días la búsqueda humana de un encuentro
con el Misterio de todas las cosas: el Dios interior y exterior que llena todo •
AE
¿Eres tú el que ha de venir?
El Bautista se había atrevido a señalar el error de Herodes y para
hacerlo callar el tetrarca lo encierra en la fortaleza de Maqueronte. Antes el
mismo Juan había anunciado a un juez que echaría al fuego todo lo malo y todo
lo infecundo, y ahora le hablaban de una persona mansa y amable, de uno que se
ponía a curar. No resistió más y le envió un mensaje: ¿Eres tú el que ha de venir? ¿Quién no se ha hecho una pregunta
similar? “Jesús, ¿eres tú lo que me dijeron de ti?” La respuesta del Señor es concreta:
Los ciego ven y los cojos andan, los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres
se les anuncia la buena noticia. Lo que Jesús hacía entonces era
precisamente lo que se esperaba del Mesías. Pero ¿ahora? Después de dos mil
años, ¿qué ha ocurrido con el mundo? ¿Qué podemos decir a los que nos preguntan
sobre nuestra fe? ¿Acaso los cristianos, con nuestro comportamiento, hemos
cambiado la historia de la humanidad? También nosotros interrogamos a Jesús
desde nuestra prisión, la prisión de nuestros horizontes muy limitados y quizás
de nuestra falta de agudeza para comprender que Cristo sigue actuando. Dichoso el que no se escandalice de mí. En
nuestro mundo de estrellas y vedettes sólo resaltan algunos nombres: madre
Teresa, don Helder Cámara, Oscar Romero, hermano Roger (Taizé), san Juan XXIII.
Pero hay millones de corazones entregados y de manos activas. Millones de
ciegos que ven finalmente sus pecados y el amor que Dios les tiene. Millones de
pobres a los que sacerdotes, religiosas y laicos, pobres también, anuncian la
buena nueva y la realizan. Por medio de los creyentes es como Cristo sigue
trabajando al mundo. Lo mismo que a los enviados de Juan, Jesús nos dice a cada
uno: ve y cuenta lo que estás viendo. Cuéntalo, pero be aware de que las obras del Reino hacen siempre menos ruido que
el dinero y la guerra. En menos palabras: se necesitan ojos atentos para ver
todo el amor que se da en nombre de Jesús. Esto significa que estamos ante un
Cristo desconocido que no conoceremos hasta el final de los tiempos, ¡entonces
comprenderemos que nunca ha dejado nunca de actuar! ¿Cristo es entonces un desconocido?
Sí, si nos quedamos en nuestros pensamientos y en nuestras preguntas sobre él. Es
cuando salimos de nuestra comodidad y nos ponemos a trabajar cuando finalmente
vemos cómo los cojos andan y cómo resucitan los muertos. El cristiano valiente del
medio oriente o el brasileño comprometido con su comunidad no se preguntan
seguramente si Jesús es precisamente el que se esperaba, simplemente se ponen
manos a la obra. Hoy, tú y yo ¿hacemos lo mismo, o nos sentamos a ver
cómodamente la vida pasar?[1] •
AE
La Imaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Tu eres toda hermosa
oh madre del Señor
Tu eres de Dios gloria
la obra de su amor
Oh rosa sin espinas
oh vaso de elección
de ti nació la vida
por ti nos vino Dios
Sellada fuente pura
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna
sin culpa original
Pureza inmaculada
espejo del Señor
oh fuente de la gracia
unida al redentor
Belleza sin mancilla
encanto virginal
tu eres la alegría
la gloria del mortal
Sellada fuente pura
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna
sin culpa original
Oh vara florecida
del tronco de Jessed
en gracia consebida
oh gloria de Israel
Dichosa cual ningúna
los pueblos te dirán
tu fuiste del Dios vivo
la aurora celestial •
La solidaridad de María, la Virgen Santísima.
G. Cades (1750–1799), Adán y Eva,
Royal Academy of Arts
...
Donde estás? La pregunta de Dios sorprende a Adán, lo mismo que Eva. Y la respuesta
es disparatada. Primero la negación de la evidencia: Adán no quiere reconocer
su propia desobediencia y echa la culpa a su compañera. Luego la insolidaridad.
Y finalmente, la irresponsabilidad: tampoco Eva reconoce su desobediencia y voltea
a ver a la serpiente. Así fue como Adán y Eva, rota la solidaridad, se unieron
en la complicidad. Y es que la complicidad acaba cuando ya no resulta ventajosa
para los intereses individuales. La solidaridad, en cambio, que no se basa en
el egoísmo sino en el amor y servicio al otro, busca siempre el bien común. Pero
si Adán y Eva no supieron mantenerse en su sitio, María sí supo y, sobre todo,
sí quiso. Ante la invitación para ser la madre de Dios, María supo reconocerse
como esclava del Señor, aceptando incondicionalmente la propuesta de Dios. El sí de María es el acto por el que ella
se incorpora plenamente a los planes de Dios, y nos incorpora también a los
demás en la persona de Jesús. En su sí
podemos ver a la mujer libre y responsable, la mujer solidaria con la humanidad
entera que no nos ofrece el fruto prohibido, sino el fruto bendito de su
vientre, Jesús, el Salvador. La Inmaculada Concepción de María no es un
privilegio que la separe y ponga por encima de nosotros, sino más bien una
gracia por la que el Señor está con ella; y por ella, con nosotros. Libre por
la gracia de Dios, libre de cualquier sombra de complicidad y de pecado, es
libre y solidaria para decir sí a
Dios y ser madre de Jesús, para decir sí
a Jesús y ser la madre de todos los hombres. Como dirá Pablo: si por un hombre
y una mujer entró la muerte en el mundo, por otro hombre, por otra mujer,
entrará en el mundo la vida y la esperanza para todos. Por eso hoy nos unimos
al gozo de la Virgen: ella es la bendita de generación en generación. Dios ha
querido restaurar por María, en Cristo, una nueva solidaridad entre los hombres,
una solidaridad no depende de la carne o de la sangre. Éste es el sentido de la
fiesta que celebramos: la solidaridad de María con cada uno de nosotros al dar
su consentimiento. Vivimos en medio de una profunda insolidaridad: cada uno vamos
a lo nuestro, sin complicarnos la vida con los demás; lavándonos las manos. No
olvidemos que el Señor no lo hizo, sino que dio su vida; y así como María no se
zafó ante el anuncio del ángel sino
que se comprometió por todos; así es como debemos aprender esta nueva forma de
solidaridad los cristianos. Sólo así nos veremos libres de la insolidaridad de Adán
y Eva, de aquel primer intento de disculparse, echando la culpa a los demás, en
vez de asumir con todas sus consecuencias la propia responsabilidad. Hoy podemos
preguntarnos si somos cómplices o solidarios. Es fácil serlo en casos extremos,
¿lo somos habitualmente; los somos
solidarios no sólo dando cosas, sino dando comprensión, apoyo, compañía? • AE
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