La palabra de Dios es aliento y esperanza, ¡y nos sirve tanto recibirla
con un corazón abierto! Justo ahora que andamos tan apesadumbrados y con la
cabeza baja. La vida sigue su curso, como decía Manrique: "Nuestras vidas
son los ríos que van a dar en la mar que es el morir: allí van los señoríos,
derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros
medianos y más chicos; y llegados, son iguales los que viven por sus manos y
los ricos"[1].
No es posible echar marcha atrás, pero tampoco es bueno sentarse cómodamente a
ver la vida pasar. Muchos piensan, porque están llenos de miedo, que en estos
momentos de confusión lo más seguro es lo de siempre. Pero ante el futuro que
se avecina la única seguridad es la aventura y el riesgo de la fe. Porque la fe
no es seguridad, sino confianza en la palabra de Dios, que es promesa de
salvación. Siglos antes del nacimiento del Señor el pueblo de Israel vivía consternado
y abatido. La amarga experiencia de los años en destierro de Babilonia y la
desilusión al volver a Jerusalén y encontrarla destruida y asolada lo sumió en
la desesperación y favoreció la nostalgia de restaurar el pasado glorioso de
David[2].
El profeta los saca de la ilusión nostálgica y los anima a seguir caminando, a
esperar. Al final, no habrá restauración, sino que el hijo de David, Jesús,
inaugurará un nuevo reino, el reino de Dios, haciendo nuevas todas las cosas[3]. El
evangelio de este domingo, el primero del tiempo de Adviento, no es el anuncio
de un cataclismo sino una llamada a la esperanza, a pesar de todo. Hay señales
de desolación y de desesperanza, sí, muchas, pero también hay señales para la
esperanza. Ese mundo y esa Iglesia que no nos gusta y que denunciamos con profunda
amargura e incluso con desprecio, son el mundo y la Iglesia que tenemos que
cambiar, pero empezando con un cambio en nosotros mismos. La buena noticia de
un futuro feliz nos debe poner en actitud de vigilancia y de responsabilidad.
Esto es el adviento: la espera y la lucha por evitar la impaciencia y por ende
el radicalismo. Celebramos esta mañana la Eucaristía, memorial del Señor resucitado,
y a la vez espera gozosa y anticipada de su regreso, justo por eso es que cantamos
con fe y esperanza: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven
Señor Jesús!”[4]
• AE
[1] Cfr. Jorge
Manrique, Coplas a la muerte de su padre;
el texto completo puede leerse en: https://www.uv.es/ivorra/Literatura/Coplas.htm
[2] Las
principales fuentes acerca de lo sucedido son el Segundo Libro de Crónicas y el
Segundo Libro de Reyes, finalizando ambos con el Exilio. Esdras comienza con el
Exilio y narra lo sucedido luego de éste, con Nehemías, y los profetas Jeremías
y Ezequiel quienes lo experimentan el uno en Jerusalén y el otro en Babilonia,
y las Lamentaciones que dan testimonio de la catástrofe acontecida, en tanto
que Ageo y Zacarías viven el regreso, del que los Salmos hacen explícitamente
referencia. El Exilio es por consiguiente de gran importancia en el texto
bíblico.
[3] Cfr. Is 43, 19; Apoc 21, 5.
[4] Misal Romano, aclamación de
la Plegaria Eucarística.
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