Mostrando entradas con la etiqueta Hemorroisa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hemorroisa. Mostrar todas las entradas

La logística del amor (XIII Domingo del Tiempo Ordinario)



El evangelio no menciona que Jesús pidiera a los enfermos que tuviesen paciencia, o que viesen en el sufrimiento una prueba. Tampoco habla de aceptar la muerte resignadamente. Jesús, ante la enfermedad y ante la muerte, actúa: no se queda cruzado de brazos o dice frases piadosas. Nosotros, ante nuestros hermanos y hermanas enfermos, o ante quienes sufren la muerte de alguien cercano con frecuencia nos preguntamos qué hacer, qué decir, cómo actuar. Desde luego que lo que hacía Jesús no podemos hacerlo, no tenemos el poder de obrar milagro, por tanto, ante el dolor y la muerte no se trata tanto de hablar, como de actuar ¿cómo? Procurando comunicar vida a quienes más la necesitan: haciendo compañía, atendiendo con el máximo cariño, echando una mano en la logística. En otras palabras: lo que nosotros podemos hacer es procurar compartir el amor que Dios tiene para con los que sufren la enfermedad o la muerte. No tenemos el poder de hacer milagros, pero tenemos el poder de amar que es, probablemente, lo más importante. El señor necesitaba una sola cosa para poder actuar: necesitaba que quienes pedían tuvieran fe, de ahí su No temas, basta que tengas fe a Jairo, y el tu fe te ha curado a la mujer enferma ¿De qué fe se trata? Desde luego no del Credo ni de ninguna oración hecha. Probablemente la mayoría de quienes fueron curados por Jesús no creían –porque no lo sabían- que él era el Hijo de Dios. La fe que pedía Jesús para curar era confianza en la bondad de Dios, en que Dios quería que se curaran, en que Dios es el Padre de la vida y quiere vida para todos, como escuchamos en la primera de las lecturas. Este gran anuncio –que es el anuncio del Reino de Dios- se realizaba por Jesús. Y esta fe en la bondad de Dios, creador de la vida que sufre por el dolor de quienes sufren, esta fe que nosotros hemos recibido, es lo que cada domingo celebramos y hoy pedimos que se nos vuelva más viva para poder acerarnos en un silencio respetuoso, práctico y lleno de amor a quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu •AE

El modo de ser de Dios


Cuando el pueblo de Israel se dio cuenta de la fuerza que suponía la invasión de la cultura helénica impulsada por Alejandro Magno, poco a poco empezó a defender su identidad con todas sus fuerzas: solo podrían sobrevivir reafirmando su adhesión incondicional a la ley y al templo, y separándose de todo aquello que resultara pagano o contaminado. El templo de Dios, lugar santo por excelencia, debía pues ser protegido de toda contaminación, evitando la entrada de gentiles e impuros, y la observancia estricta de la ley el mejor medio para vivir en la tierra santa de Dios. Ese era el ambiente cuando apareció el código de santidad: Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo[1]. A partir de ahí santidad se empezó a entender como separación de lo impuro, de lo sucio, y fueron entonces apareciendo algunos grupos que la promovían con un rigor especial, como los esenios de la comunidad de Qumrán[2]. Solos en el desierto, vestidos con túnicas blancas y entregados a toda clase de purificaciones podían vivir como varones de santidad e hijos de la luz, fieles al Dios tres veces Santo y aislados tanto de los romanos y de los judíos que vivían de manera impura. Fue así que aquellos que observaban el código de santidad gozaban de mayor dignidad que los impuros, especialmente quienes vivían en contacto con publícanos y prostitutas.  Y de pronto aparece Jesús, que frente a al código de santidad -Sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo- introduce otra exigencia que transforma de manera radical el modo de entender y vivir la imitación de Dios: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que les odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian[3] ¡Es la compasión y el amor y no la pureza ritual lo que hemos de imitar en Dios! Y ¡ojo! No es que Jesús niegue la santidad de Dios, pero lo que parece importarle no es la separación entre sucios y limpios sino su amor compasivo. Dios es grande y santo no porque vive separado de los impuros, sino porque es compasivo con todos y hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos[4]. La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante el ser humano, lo primero que brota de sus entrañas de Padre. Dios es amor entrañable hacia todos, también hacia los impuros, o los privados de honor, o los excluidos de su templo por la razón que fuere. Por eso la compasión es para Jesús la manera de imitar a Dios y ser santos como él es santo. Mirar a las personas con amor compasivo es parecerse a Dios; ayudar a los que sufren es actuar como él. Esta es la revolución de Jesús. La experiencia que él –Jesús- tiene de Dios no conduce a la separación y exclusión, sino a la acogida, al abrazo y la hospitalidad. En el reino de Dios, a nadie se ha de humillar, excluir o separar. Los impuros y los privados de honor también tienen la dignidad sagrada de ser parte de la familia. Es el amor compasivo el que está en el origen y trasfondo de toda la actuación de Jesús, lo que inspira y configura toda su vida. La compasión no es para él una virtud más, una actitud entre otras, sino que vive como transido por la misericordia: le duele el sufrimiento de la gente, lo hace suyo y lo convierte en principio interno de su actuación. Él es el primero en vivir como el padre de la parábola que conmovido hasta lo más hondo de sus entrañas acoge al hijo que viene destruido por el hambre y la humillación[5], o como el samaritano que movido a compasión se acerca a auxiliar al herido del camino[6]. Jesús toca a los leprosos[7], se deja tocar por la hemorroísa[8] y besar una prostituta[9]. Nada detiene a Jesús cuando se trata de acercarse al que sufre, y es que él tal vez tenía una visión muy particular: lo santo no necesita ser protegido para evitar que se contamine ¡al contrario! es el verdaderamente santo quien contagia pureza y transforma al impuro. Jesús toca al leproso, y no es Jesús el que queda impuro, sino el leproso quien queda limpio • AE



[1] Cfr. Lev 20,27.
[2] Llegaron incluso a abandonar la tierra prometida para crear en medio del desierto una comunidad santa pues según ellos ya no era posible vivir de manera santa en medio de aquella sociedad tan contaminada
[3] Cfr. Mt 5, 38-48.
[4] Ídem.
[5] Cfr. Lc 11, 15-32.
[6] Id., 10, 25-37.
[7] Id., 17, 11-18.
[8] Cfr. Mc 5, 21-43.
[9] Cfr. Lc 7, 36-50.