sábado, 9 de diciembre de 2017

Voz del que clama en el desierto.


Trae el desierto voces de un profeta
hasta el río fecundo del bautismo:
«¡Convertíos; volved de vuestras sendas,
miradlo ya venir, abrid camino!»

No doblegó su voz ante los reyes,
no pactó su mensaje con rabinos:
«¡Convertíos, decid vuestros pecados,
se acerca el Santo, convertíos!”

Cuando venga el Señor, la tierra nuestra
se llenará de paz y regocijo;
la gracia del Señor será el consuelo
y el desquite de todo lo sufrido.

Harán paces el lobo y el cordero,
los hombres poderosos con los niños;
se abrazarán las razas y familias,
porque viene a su casa el Compasivo.

Bautista, mensajero del Mesías,
Jerusalén te brinda su recinto,
dile la verdad, grita tu Noticia;
¡lo estamos esperando arrepentidos!

¡Honor a ti, Jesús, siempre esperado,
y más gozado cuanto más creído;
ven, Santo cual el Padre y el Espíritu,
ven por amor desde el hogar divino! Amén •


R. M. Grández  (letra) y F. Aizpurúa (música), capuchinos, 
Himnos para el Señor,  Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 21-24. 

Comfort ye my people!


M. van Heemskerck, El Profeta Isaías profetiza el regreso de los judíos del exilio (1565), óleo sobre tela, Frans Hals Museum (Holanda)
...

Comfort ye, comfort ye my people, saith your God.
Speak ye comfortably to Jerusalem,
and cry unto her, that her warfare is accomplished,
that her iniquity is pardoned.
The voice of him that crieth in the wilderness:
Prepare ye the way of the Lord.
Make straight in the desert
a highway for Our God.

(Isaiah 40:1-3)


Estas son las hermosísimas (sic) palabras, tomadas del libro del profeta Isaías con las que Händel inicia el que quizá es el más bonito de sus oratorios: El Mesías. Compuesto en Londres en apenas tres semanas a finales del siglo XVIII, esta obra trata no sólo el nacimiento de Jesús de Nazaret, sino toda su vida. Unos meses después de ser compuesta la obra se estrenó en el New Music Hall de Dublín durante una gala benéfica. En aquellos años Händel se encontraba en un momento creativo interesante: junto a su Mesías compuso también Sanson, Saul, Jephtha y Belshazzar, que lo llevaron a la cumbre de sus obras corales. Este oratorio fue constantemente presentado en el Covent Garden de Londres y dirigido por el mismo Händel, año con año en la época de Pascua hasta el día de su muerte. En la primera de las lecturas de este segundo domingo de Adviento, en cada país en su lengua, escucharemos el pasaje del profeta Isaías arriba mencionado • AE 

En Adviento, en Pascua, en Martes, en todo momento.


Asomarnos a los periódicos o a los noticieros es como zambullirse en un estanque de inseguridad, incertidumbre y a veces incluso angustia. El optimismo ha ido desapareciendo y los líderes del mundo ofrecen una paz que no calma, que no sacia el corazón. No es la paz de Cristo[1]. Son muchos ¿millones? los que llegan a la conclusión de que no hay razón para la esperanza ¿o sí la hay? La historia contemporánea aparece atrapada en una especie de destino fatal. Queremos cambiar muchas cosas, pero crece el sentimiento de que en realidad apenas puede cambiarse nada. En este segundo domingo de Adviento, después de oír la voz de Isaías, del salmista, de Pedro y del Bautista[2], ¿es posible ser hombres y mujeres de esperanza en un mundo donde lo más normal empieza a ser la desesperanza y la resignación? La esperanza cristiana no es un optimismo barato, ni la búsqueda de un consuelo ingenuo, sino una actitud para enfrentarse a la vida desde la confianza radical en un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, entre todos y en todos[3]. En realidad no se trata de ser optimistas o pesimistas. La esperanza cristiana es otra cosa. Los creyentes en Cristo deberíamos ver la vida como un camino hacia la plenitud. En nuestro interior –y el de cada uno es distinto- debe crecer la esperanza como convicción de que Dios está viniendo. Siempre. Diario. En Adviento, en Pascua, en Martes, en todo momento. Y cuando todas las esperanzas humanas parecen apagarse, el creyente sabe que Dios ¡sigue viniendo en nuestros trabajos, sufrimientos, aspiraciones y luchas! Por eso no podemos refugiarnos cobardemente en los placeres que el mundo ofrece, ni buscar consuelo en lo artificial y engañoso, ni hundirnos en un pesimismo destructor. Hoy la liturgia nos invita a preparar el camino al Señor, es decir, a no marchar por caminos que no conducen a ninguna parte, a ayudar a que al menos los que nos rodean tengan una vida auténticamente humana. Cada día es una nueva ocasión y una nueva posibilidad para hacer crecer entre nosotros el reino de Dios.  Los cristianos deberíamos ser unos profesionales de la esperanza, hombres y mujeres que repetimos cada domingo palabras y ritos pero no de forma vacía, sino como alimento para no desalentarnos, para enraizar nuestra vida, aunque no sea brillante ni gloriosa, en ese Dios que sigue vivo, que llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres[4] • AE  





[1] Cfr Jn 14, 27.
[2] Cfr. Is 40, 1-5.9-11; Sal 84; 2 Pe 3, 8-14; Mc 1, 1-8.
[3] Ef 4, 6
[4] Cfr Is 40, 1-5. 9-11; J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 135 ss.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.


Tú eres toda hermosa
oh madre del Señor
tú eres de Dios gloria
la obra de su amor.

Oh rosa sin espinas
oh vaso de elección
de ti nació la vida 
por ti nos vino Dios.

Sellada fuente pura 
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna 
sin culpa original.

María pureza inmaculada
espejo del Señor
oh fuente de la gracia
unida al redentor

Belleza sin mancilla
encanto virginal
tú eres la alegría
la gloria del mortal.

Sellada fuente pura 
de gracia y de piedad
Bendita cual ninguna 
sin culpa original.

Oh vara florecida 
del tronco de Jessed
en gracia concebida
oh gloria de Israel.

Dichosa cual ninguna
los pueblos te dirán
tú fuiste del Dios vivo

la aurora celestial •

Tu victoria y mi música


Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria;
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.


Creo en tu victoria, Señor, como si ya hubiera llegado, y lucho por ella en el campo de batalla como si aun hubiera que ganarla con tu poder y mi esfuerzo a tu lado. Esa es la paradoja de mi vida: tensión a veces, y certeza siempre. Tú has proclamado tu victoria ante el mundo entero, y yo creo en tu palabra con confianza absoluta, contra todo ataque y toda duda. Tu eres el Señor, y tuya es la victoria. Sin embargo, Señor, tu tan anunciada victoria no se deja ver todavía, y mi fe está a prueba. Ese es mi tormento. Proclamo la victoria con los labios y lucho con las manos para que venga. Celebro el triunfo y me esfuerzo por que suceda. Creo en el futuro y sudo en el presente. Me regocijo cuando pienso en el ultimo día y me echo a temblar cuando me enfrento a la tarea del día de hoy. Sé que pertenezco a un ejercito victorioso, que al final, acabará por derrotar a toda oposición y conquistar todo el mundo; pero caigo en el campo de batalla con sangre en el cuerpo y desencanto en el alma. Soy soldado herido de un ejército triunfador. Mío es el triunfo y mías las heridas. Piensa en mí, Señor, cuando anuncies tus victorias. Robustece mi fe y abre mis ojos para hacerme ver que tu victoria ya ha llegado, aunque quede velada bajo apariencias humildes que ocultan la gloria de toda realidad celestial mientras seguimos en la tierra. Tu victoria ha llegado porque tú has llegado; tú has andado los caminos del hombre y has hablado su lengua; tú has gustado su miseria y has llevado a cabo su redención; tú has hallado la muerte y has restaurado la vida. Sé todo eso, y ahora quiero hacerlo realidad en mi vida para que yo mismo viva esa fe y todos sean testigos. Hazme gustar la victoria en el alma para que pueda proclamarla con los labios. Entre tanto, gozo viendo en sueño y profecía la victoria final que te devolverá la tierra entera a ti que la creaste. Entonces todos lo verán y todos entenderán; la humanidad se unirá, y todos los hombres reconocerán tu majestad y aceptarán tu amor. Ese día es ya mío, Señor, en fe y esperanza • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos

¡Sí!



El Señor llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Este contestó: oí tu ruido en el jardín, me dio miedo y me escondí [1]. Miles de años después, los hombres seguimos sin querer llegar a esa cita con Dios: rehuimos el encuentro, el diálogo, sin embargo, para nuestra fortuna existió –¡existe!- una criatura que se dejó encontrar, que respondió rápidamente, que se comprometió profundamente, que dio un que aún resuena en el aire: He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra[2]. Dios encontró el perfecto, encontró a una criatura dispuesta a recibir, antes incluso que a dar. Una criatura libre de preocupaciones egoístas, vaciada de sí misma que ha desterrado el orgullo, repudiado el amor propio y convertido en pura acogida. No es una criatura vacía. Sino una criatura que ha sabido hacer el vacío. La Virgen María es aquella que ha permitido a Dios hacer y obrar libremente en ella. Muchos nos obsesionamos por entender lo que hay en la mente de Dios y los planes que tiene con nosotros. La Virgen descubrió en silencio –sus palabras son muy pocas- que lo primero que tenía que hacer era dejar hacer a Dios; dejarse hacer por Él, ser tomada por Él, abandonarse al poder de su Espíritu. Cuando ella ha asentido a lo que se le propone, el texto dice, sin más, que el ángel se retiró[3]. Siempre me ha impresionado este detalle en la anunciación. No es un fin alegre. En todo caso es un fatigoso y comprometido inicio. María queda sola. Ya no habrá ninguna comunicación extraordinaria. Ningún mensaje que le dé garantías y elimine las dudas. Debe hacer el camino con la ayuda de la propia fe, como nosotros; los ángeles no vuelven a aparecer en la vida de la Virgen, al menos los evangelios no nos lo dicen. A lo largo de la vida de María saltarán los por qué, y deberá llegar a la luz a través de las tinieblas más espesas, no a través de las respuestas más aseguradoras. El ángel cumplió su misión, terminó de hablar y se marchó. A partir de ése momento la Virgen tendrá que preguntar para saber algo. Para entender mejor, como todos los mortales. Empezará a conocer el camino recorriéndolo; encontrará la verdad haciéndola. Aquí está, una vez más, la paradoja que aparece en toda la Escritura y que la Virgen María vivió hasta las últimas consecuencias. debe ser para nosotros la más frecuente de nuestras palabras, la oración decisiva. Que la Santísima Virgen María en el misterio de su Inmaculada Concepción que celebramos esta mañana quiera interceder por nosotros para que seamos más acogedores, más abiertos ante el don Dios, ante su invitación llena de amor y de alegría[4] •AE


[1] Gn 3, 9-10; en hebreo se emplea una sola palabra: Ayéka.
[2] Lc 1, 38.
[3] Idem.
[4] A. Pronzato, El pan del Domigo, Ciclo B, Edit. Sígueme, Salamanca 1987, p. 274.

jueves, 30 de noviembre de 2017

¡Ven Señor Jesús!


Suave esperanza de Adviento,
que el corazón alimenta:
esperanza que a Dios trae
germina en gozosa espera.

Dulce visita en el alma
de quien nos ama y desea,
sea cordial la acogida,
y el pecho su casa abierta.

Honda presencia anhelada:
Dios ha tendido su tienda
y va a morar con nosotros,
cuando venga, en una aldea.

Luz y promesa del Padre
en labios de los profetas;
la promesa es ya regalo
por gracia de una doncella.

Bella alegría que inunda
en silencio nuestras penas;
seas mi gozo y mi paz,
que nadie quitarla pueda.

Íntima vida y vivencia
que en silencio se aposenta,
Adviento de intimidades,
de amor, anhelo y pureza.

¡Ven desde el seno divino,
Alegría de la tierra,
esperamos adorando
y adorarte es nuestra fiesta! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Puebla, 29 noviembre 2009, Domingo I de Adviento.

Palabras añejas con sabor nuevo.


vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa

(Salmo 79)

Siento alegría, Señor, al ver que puedo dirigirme a ti hoy con las mismas palabras que tú inspiraste en otras edades; que puedo rezar por tu Iglesia la oración que el salmista rezó por tu pueblo cuando tu palabra se hacía Escritura y cada poeta era un profeta. Conozco la imagen de la vid y los sarmientos y el muro alrededor y la destrucción del muro y su restauración a cuenta tuya para protegerla. Me veo a mí mismo en cada palabra, en cada sentimiento, y rezo hoy por tu vid con palabras que han sonado en tus oídos desde el día en que tu pueblo comenzó a llamarse tu pueblo. La vid, los pámpanos, las montañas, la cerca. Destrucción y ruina; y el hombre a quien escogiste y fortaleciste. Términos de ayer para realidades de hoy. Tú inspiraste esa oración, Señor, y tú la preservaste en la Escritura para que yo pudiera presentártela hoy con nuevo fervor en palabras añejas. Te complaces en oír esas palabras, tuyas por su edad y mías en su urgencia; y si te complaces en oírlas, es porque quieres hacer lo que en ellas dices y quieres que yo te vuelva a decir. Con esa confianza rezo, y disfruto al rezar en unión de siglos con palabras de otro tiempo y vivencias del mío. Bendita continuidad del pueblo de Dios que sigue en peregrinación por el desierto del mundo[1].





[1] C. García Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander, 1989, p. 154.

A la espera de tu venida.


Qué es el Adviento? ¿Una simple espera? ¿Un dejar que el tiempo corra, hasta que llegue el momento en que algo ha de ocurrir? Entre nosotros los cristianos ¿Un simple aguardar la llegada del Señor? El Adviento es más, mucho más. Es una espera vigilante. Por más que estemos seguros de que el Señor vendrá, no sabemos el día ni la hora, por tanto ¿cómo conseguir que su llegada no nos encuentre dormidos? No vale encargar a otro que nos avise; ni jugarnos la salvación a la ruleta rusa de estar alguna que otra vez despiertos, es preciso mantenernos alerta, llena de aceite y siempre encendida nuestra lámpara. Velen y estén preparados, dice el Señor este domingo, el primero de Adviento[1]. Velar es, digámoslo así, la única garantía de que recibiremos en pleno rostro la caricia de la llegada salvadora del Señor. Eso: la caricia de la llegada salvadora del Señor. Y además la espera no puede ser una espera vacía. No podemos contentarnos con matar el tiempo. La vida hay que gastarla, llenarla, emplearla, ¡Iglesia en salida, como tanto le gusta repetir al Santo Padre Francisco! Dios no vendrá a traernos, llovido del cielo, un mundo maravilloso pero totalmente desconectado de éste; un mundo en el que nada hayamos tenido nosotros que poner. Ese mundo que esperamos hunde sus raíces en éste hemos de irlo construyendo desde aquí, desde ahora. La certeza de que el Señor vendrá, no exime al cristiano de sus obligaciones de ciudadano del mundo[2]. Nuestra espera pues ha de estar activa, y también ilusionada. Porque lo esperamos todo de ese Señor que viene. La visión de nuestra pobreza y al mismo tiempo la certeza de que en Jesús está nuestra única riqueza hace que nazca en nosotros un deseo profundo: Danos vida para que invoquemos tu nombre[3]. Se trata pues de una espera en la que hay limitaciones y sombras -¡quién no las tiene!- pero llena al mismo tiempo de certezas y de una confianza grande en la promesa del Señor que nos escucha cuando le decimos, llenos de fe, junto con el profeta: Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo los montes con tu presencia[4] • AE



[1] Mc 13, 33-37.
[2] J. Guillen García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada, 1993, p. 10 ss.
[3] Sal 79.
[4] Is 63, 16-17; 19; 64, 2-7.

viernes, 24 de noviembre de 2017

¡Reina entre nosotros!


Tú reinarás! Este es el grito
que ardiente exhala nuestra fe.
¡Tú reinarás! Oh Rey Bendito,
pues Tú dijiste, "Reinaré".

Reine Jesús, por siempre, reine su corazón.
En nuestra patria, en nuestro suelo,
que es de María la nación.

¡Tú reinarás! Dulce esperanza
que al alma llena de placer.
Habrá por fin paz y bonanza, 
felicidad habrá doquier.

¡Tú reinarás! Dichosa era,
dichoso pueblo con tal Rey;
será tu cruz nuestra bandera, 
tu amor será nuestra ley.

¡Tú reinarás! Toda la vida 
trabajaremos con gran fe 
en realizar y ver cumplida 
la gran promesa "Reinaré".

¡Tú reinarás! Reina ya ahora 
en esta casa y población;
ten compasión del que te implora.

y acude a ti en la aflicción •

Sacerdote, Profeta y Rey.



La solemnidad de Cristo Rey trae a la mente numerosas diferencias y hasta algunos. Cristo Rey significa, para algunos es ese Cristo Majestad, el pintado entre ángeles bizantinos y oro, el de los mosaicos de las grandes basílicas de oriente. Para otros evoca el cerro del Cubilete, o Rio de Janeiro y el “Tú reinarás éste es el grito”. Para unos más Cristo Rey está unido a esa pequeña imagen de yeso que con su gesto da la bendición a todo el que pasa por ahí. Algunos encontrarán, como Teresa de Jesús, a ese Jesús-Rey, coronado de espinas y llagas, burlado por los soldados y ofrecido a un pueblo despectivo e implacable. Otros lo verán como el Superstar, del musical. Y así, tantas y tantas imágenes de nuestra devoción y de nuestro particular afecto y concepción de la fe. Pero ¿Valen todas las imágenes? ¿Acaso hay muchos Cristos? ¿Podemos hoy predicar a un Cristo Rey que se conforme con todo lo que los cristianos piensan? ¿Hay algún Cristo con el cual tengamos que conformarnos? Sin negar el valor de todas esas imágenes es bueno recordar que cada una de ellas han surgido de distintos momentos del Cristianismo, llevando consigo un mensaje concreto, una respuesta a los hombres a quienes se ha presentado y a los que ha manifestado un aspecto de la inagotable riqueza de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios, el Principio y Fin de toda la creación. Celebrar a Cristo Rey este domingo, el último del ciclo litúrgico, es ponernos una vez más delante de Él, de Jesús de Nazaret, pobre hombre entre los hombres, sencillo maestro de la humanidad, que ha hecho con su propia vida el modelo para todos los cristianos. El pertenecer –o no- al Reinado que Él proclama es decisión propia, personal; en nuestra vida puede haber solidaridad y pertenencia, o insolidaridad y dimisión irrevocable. El criterio para saber en qué lado estamos nos lo da lo que en verdad hacemos con los más pobres, los indefensos, los que nada tienen. Toda la vida Jesús es una llamada a la justicia. En menos palabras: en el Reino de Jesús se entra a través del camino de la fe acompañado por las obras, por eso el Cristo Rey que hoy celebramos es un Jesús que camina con los suyos, que sana, que comprende, que acoge, que perdona, que hace feliz, que guarda silencio y escucha. Que ama • AE

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¡Más talentos más!


Dios Padre me ha regalado
del caudal de sus talentos,
que quiere vernos a todos
obreros de su Universo.
A cada quien como él quiso,
que no hubo merecimientos,
por amor, por puro amor,
que amor son sus pensamientos.

Y Dios estaba en mis manos,
y en mi pecho muy adentro,
cual brisa en el corazón
mientras sudaba mi cuerpo.
Cinco talentos me diste:
otros cinco te devuelvo;
o quisiste fueran dos:
otros dos son los que entrego.

¡Y qué suave es el trabajo,
si nos mira el Padre bueno,
si lo tengo junto a mí,
cuando en su Hijo lo siento!
Mi fuerza se multiplica,
y con Jesús todo puedo,
y él ha de ser el milagro,
vivido en un gran proyecto.

Creo en el Dios del amor,
y por él creo en mi esfuerzo;
creo en su gracia divina,
que del mundo es el progreso;
confieso su humanidad
en Jesús, mundano Verbo,
creo en el rostro de Dios,
belleza del mundo entero.

Y creo en la Eucaristía,
la suma de los misterios;
Jesús de mi intimidad,
llave de mil secretos.
El amor es mi tarea,
y yo seré tu instrumento;
y cuando exhausto me acabe
tú serás mi solo premio. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 9 noviembre 2011.

Los talentos y el vino del Evangelio.


Todos hemos recibido talentos. Todos hemos sido lanzados a la aventura de la vida con unos talentos en nuestras manos, de los que tendremos finalmente que dar cuenta. Todos tenemos talentos. Decía Rilke «si tu vida te parece pobre -podemos decir, si te parece que no tienes talentos- no eches la culpa a la vida. Échate la culpa a ti mismo, porque no eres lo suficientemente fuerte para descubrir su riqueza»[1]. Todos tenemos talentos. Todos podemos descubrir que en nuestra vida hay una riqueza escondida y oculta, si tenemos los ojos abiertos. No es falta de humildad el ser conscientes de nuestros talentos, porque vivir en la humildad es vivir en la verdad. Y tampoco sabemos valorar si Dios ha puesto en nuestras manos uno, dos o cinco talentos. Hace tiempo decía J. Watson, premio Nobel de medicina por sus trabajos sobre la estructura del ADN, que la genética ha sido injusta con los hombres y les ha dado a unos más y a otros menos (sic), pero la realidad es que Dios ve las cosas de forma muy distinta, él “mide” los talentos de los hombres con criterios distintos de los nuestros, para Él los talentos, que los hombres valoramos como uno, pueden valer cinco; y los que para los hombres valen cinco, para Dios pueden valer únicamente uno. Por eso, al final de la parábola, es lo mismo haber producido dos o cinco. Los dos servidores reciben la misma alabanza; ambos entran en el gozo de su Señor. Para Dios es lo mismo la mujer que trabaja en su casa que la que lucha en otros campos fuera de su hogar; Dios alaba lo mismo al que lucha en las encrucijadas de la historia de los hombres y al que trabaja, sencilla y anónimamente, en la oscuridad del día a día, sin dejar huella en la historia de los hombres. Lo que Dios condena es al que entierra sus talentos –sean uno, dos o cinco- en un hoyo. Vivimos una página difícil de la historia del mundo y de la Iglesia. Vivimos años de cambio acelerado, en los que tenemos una responsabilidad que realizar. Y existe el peligro de sentirnos desconcertados y sobrepasados, para acabar escondiendo nuestros talentos bajo tierra. Es el peligro del miedo, anclándonos en el pasado. Ciertamente hay que conservar lo que hemos recibido, pero sobre todo hay que apostar, innovar, afrontar el presente, salir al encuentro de los retos del futuro. Iglesia en salida, como (tanto) le gusta decir a Papa Francisco[2]. El Señor nos dio ejemplo de una vida, de lucha valiente y esforzada; él haría hoy todo para seguir vertiendo el vino del Evangelio, viejo y nuevo al mismo tiempo, en los odres nuevos de un mundo en cambio[3]. Es la lucha que nos ha dejado a los cristianos: no debemos ser reliquias de museo; no tenemos la tarea de conservar celosamente vinos añejos, sino de saberlos dar a gustar a los hombres de hoy; no hay que enterrar en un hoyo –sea en el cultivo de mi vida espiritual o en la acción en el interior de la Iglesia- los talentos recibidos, sino que hemos de sacarlos a la luz, al servicio de todos[4] • AE


[1] Rainer Maria Rilke (1875- 1926) es considerado uno de los poetas más importantes en lengua alemana y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo. En prosa destacan sus Cartas a un joven poeta y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.
[2] Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), nn. 20-24.
[3] Cfr. Mt 9, 14-17, Mc 2, 21-22; Lc 5, 33-39.
[4] J. Gafo, Palabras en el corazón (CicloA), Mensajero, Burgos  1992, p. 256 s.

jueves, 9 de noviembre de 2017


Éste es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén •

Liturgia de las Horas, 

Himno del Oficio de Vísperas. 

¡Mi alma está sedienta de Ti!


Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti; 
mi carne tiene ansia de ti, 
como tierra reseca, agotada, sin agua. 
¡Cómo te contemplaba en el santuario 
viendo tu fuerza y tu gloria!

(Salmo 62) 


Esa es la palabra, clara y única, que define el estado de mi alma, Señor: sed. Sed física, casi animal, que quema mis entrañas y apergamina mi garganta. La sed del desierto, de las arenas secas y el sol ardiente, de dunas y espejismos, de yermos sin fin y cielos sin misericordia. La sed que se impone a todos los demás deseos y se adelanta a toda otra necesidad. La sed que necesita el trago de agua para vivir, para subsistir, para devolver los sentidos al cuerpo y la paz al alma. La sed que moviliza cada célula y cada miembro y cada pensamiento para buscar el próximo oasis y llegar a él antes de que la vida misma se queme en el cuerpo. Tal es mi deseo por ti, Señor. Sed en el cuerpo y en el alma. Sed de tu presencia, de tu visión, de tu amor. Sed de ti. Sed de las aguas de la vida, que son las únicas que pueden traer el descanso a mi alma reseca. Aguas saltarinas en medio del desierto, milagro de luz y frescura, arroyos de alegría, juego transparente de olas que cantan y corrientes que bailan sobre la tierra seca y las piedras inertes. Resplandor en la noche y melodía en el silencio. Te deseo y te amo. En ti espero y en ti descanso. Aumenta mi sed, Señor, para que yo intensifique mi búsqueda de las fuentes de la vida • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander-1989, p. 118.

Vigilantes y enamorados.


A qué conclusión llegamos después de escuchar la Liturgia de la Palabra de éste domingo?[1] Quizá a comprender mejor que la sabiduría, en esencia, consiste en saber esperar a Dios, en saber hacer propios los frutos de la redención. Y luego  a comprender que el encuentro con Dios sucede casi siempre fuera de los cálculos humanos y que por eso hay que vigilar sin descanso. Y es que en los momentos trascendentales de la vida, nadie, en absoluto, puede asumir nuestra propia responsabilidad. Debemos vigilar, hemos de estar despiertos. Cada uno en su noche, con su luz y su aceite suficiente, tiene que otear (sic) y mantenerse alerta. ¿Cómo no esperar con alegría a Cristo, que venció a la muerte? Sócrates, decía Dietrich Bonhoeffer, superó el morir, pero Cristo venció a la muerte como último enemigo. Superar el morir está dentro de las posibilidades humanas pero obtener la victoria sobre la muerte, quiere decir resurrección. Ahí está toda la diferencia. De este gozo nos habla hoy san Pablo en la segunda de las lecturas[2]. El niño indefenso que va a nacer pronto en Belén trae en sus manos la esperanza. Pero no una esperanza cualquiera, de color humano; tampoco la resignación del estoico, que acepta la finitud, sino la esperanza de las esperanzas: la seguridad de la Vida eterna[3]. Vigilar es pues estar atentos. Nadie puede recibir al Señor por nosotros. Nadie. Ni nuestros padres, ni nuestros amigos más amigos. La actitud de las vírgenes prudentes, en la parábola de hoy, podría parecer cruel y hasta egoísta, pero en realidad es lógica. Cuando llegue el esposo no vale volverse al vecino, desesperadamente: "Dame un poco de tu fe, de tu justicia, de tu verdad, de tu pobreza, de tu amor". Quizá nos los darían gustosos, pero en realidad la lámpara encendida se trata de una cualidad interior, personal, intransferible, que no puede ser compartida. Nadie puede vigilar por otro, y cuando se acerque Dios a medianoche, nadie puede ser nuestro fiador[4]. Hemos de estar vigilantes, porque el Esposo llega de improviso. “Tardará en llegar”, pensamos; “ya tendré tiempo de avivar la llama”. Y gastamos nuestro aceite alegremente, sin preocupaciones. Nos adormecemos, dejamos de esperar. Y el Reino llega, de pronto. Llega el Esposo, empieza el banquete, se cierran las puertas. El grito de desolación, en estos momentos, es inútil ya: "Señor, Señor, ábrenos". "No los conozco", dirá Jesús. Respuesta terrible. Que el Señor nos regale esa sabiduría que tanto necesitamos y nos transforme, nos dé el sentido de la vida. Que sepamos vivir en un clima de espera, que sepamos avivar nuestra lámpara y que con ella iluminemos, y esa nuestra lámpara sea faro para muchos, no sólo un pasaporte para cruzar la Puerta • AE





[1] XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo A.
[2] Cfr. 1 Tes 4, 13-18.
[3] Los estoicos formaban parte del estoicismo, un movimiento filosófico fundado por Zenón de Citio en el 301 a. C. Su doctrina estaba basada en el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la virtud y la razón del carácter personal. Su objetivo era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes materiales.
[4] Cfr. Mt 25, 1-13.