jueves, 14 de junio de 2018

¡Y tañer para tu Nombre!



(Marc Chagall pintando unos paneles para el Lincoln Center de Nueva York 
en 1966 en su taller de París)

Es bueno dar gracias al Señor
y tañer para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes
sobre arpegios de cítaras:
porque tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios! • 

Salmo 91

Llegar y besar (XI del Tiempo Ordinario)



El evangelio apuesta siempre por lo pequeño, por lo que no atrae mucho, casi podríamos decir que por lo insignificante. Y es que el reino de los cielos no se parece a un mar embravecido de olas gigantes, sino más bien a una pequeña semilla que el hombre echa en tierra, a un grano de mostaza que es la más pequeña de todas las semillas. ¿Qué quiere decirnos Jesús con esto? Que nuestro papel en el reino no es de protagonismo individualista, sino de colaboración. Shoulder to shoulder, que dicen los gringos. Nos gusta atribuirnos la autoría de todo lo que funciona, nos entusiasma poner firma y rúbrica a todos los éxitos. Y por eso sufrimos cuando no se destaca suficientemente lo que hemos hecho. En la agricultura de Dios siempre es pequeña la semilla. Ezequiel habla de una ramita tierna que el Señor arrancó y plantó para que en la montaña más alta de Israel se convirtiera en un cedro noble[1]. David, aquel de quien descendería el Mesías, no era nada más que un pastorcillo de ovejas[2]. María, la mujer en la que el Verbo se hizo carne, no era más que una muchachita, la «esclava del Señor» se llama a sí misma[3], y Jesús, el Salvador del mundo, fue un niño indefenso. Al final, los que han resultado grandes delante de Dios fueron pequeños. Por eso los frutos de nuestro trabajo no suelen ser inmediatos, sino a largo plazo. El evangelio de hoy nos invita a sembrar con paciencia, porque la semilla va germinando sin que el hombre sepa cómo: primero, los tallos, luego la espiga, después los granos. Al fin, cuando el grano está a punto, se mete la hoz. Ha llegado la siega Y ahí nos duele. Los papás quisieran ver de inmediato el fruto del esfuerzo al educar a sus hijos, los sacerdotes buscamos el efecto instantáneo del ministerio y el mundo entero quiere llegar y besar. Pero ya se lo decía el Señor a la samaritana: uno es el que siembra y otro el que recoge. Toca pues esperar, con paciencia, con alegría, con buena cara • AE




[1] Cfr. Eze 17, 22-24.
[2] Cfr 1 Sam 16, 7.
[3]Cfr. Lc 1, 38.

lunes, 11 de junio de 2018

De regreso al Tiempo Ordinario (Ciclo B)



El Tiempo Ordinario suele ser definido como "el tiempo en que Cristo se hace presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo"; un tiempo menor o un tiempo no fuerte. En el año litúrgico, se llama tiempo ordinario al tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento. Son treinta y cuatro semanas en el transcurso del año, en las que no se celebra ningún aspecto particular del Misterio de Cristo. Es el tiempo más largo, cuando la comunidad de bautizados es llamada a profundizar en el Misterio pascual y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los días. Por eso las lecturas bíblicas de las misas son de gran importancia para la formación cristiana de la comunidad. Esas lecturas no se hacen para cumplir con un ceremonial, sino para conocer y meditar el mensaje de salvación apropiado a todas las circunstancias de la vida. El Tiempo Ordinario del año comienza con el lunes que sigue del domingo después del seis de enero y se prolonga hasta el martes anterior a la Cuaresma, inclusive; se reanuda el lunes después del domingo de Pentecostés y finaliza antes de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento. Las fechas varían cada año, pues se toma en cuenta los calendarios religiosos antiguos que estaban determinados por las fases lunares, sobre todo para fijar la fecha del Viernes Santo, día de la Crucifixión de Jesús. A partir de ahí se estructura todo el año litúrgico. En la liturgia, el sacerdote usa la casulla de color verde en la Misa, a excepción de los días festivos y de los mártires. La diversidad de colores litúrgicos en las vestiduras sagradas pretende expresar, con más eficacia, aún exteriormente, tanto el carácter propio de los misterios de la fe que se celebran, como el sentido progresivo de la vida cristiana en el transcurso del año litúrgico. El verde es símbolo de la esperanza, cuando todo florece, reverdece y se renueva • AE

jueves, 31 de mayo de 2018

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor (2018)



De rodillas, Señor, ante el sagrario,
que guarda cuanto queda 
de amor y de unidad,
venimos con las flores 
de un deseo,
para que nos las cambies 
en frutos de verdad.
Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz.

Como ciervos sedientes 
que van hacia la fuente,
vamos hacia tu encuentro 
sabiendo que vendrás;
porque el que la busca es 
porque ya en la frente
lleva un beso de paz, 
lleva un beso de paz.
Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz.

Como estás, mi Señor, en la custodia
igual que la palmera 
que alegra el arenal,
queremos que en el centro 
de la vida,
reine sobre las cosas 
tu ardiente caridad.

Cristo en todas las almas 
y en el mundo la paz •

José Mª Pemán.

¡Los Jueves más grandes! (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor 2018)



Hay días y horas en que la memoria de los cristianos se dirige con particular atención hacia la Eucaristía, los jueves recordamos que fue un jueves cuando el Señor instituyó la Eucaristía, y diariamente, cuando cae el sol y la Iglesia enciende sus lámparas para rezar las Vísperas, volvemos a recordar «aquel sacrificio vespertino que fue entregado por nuestro Salvador mientras cenaba con los Apóstoles, cuando inició los misterios sagrados de la Iglesia, o que él mismo ofreció al Padre por el mundo entero en la tarde del día siguiente, sacrificio que inauguraba la etapa última de toda la historia». Y este recuerdo se vuelve especialmente importante en dos ocasiones, en dos jueves concretos: el Jueves Santo, en la misa vespertina de la Cena del Señor –lo celebramos hace unos cincuenta días- y en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que celebramos hoy. El Jueves Santo contemplamos el misterio eucarístico desde el don que Jesús nos hace, hoy lo hacemos desde la recepción que nosotros hacemos, es decir, hoy  reconocemos la eucaristía como alimento de peregrinos, como verdadero pan de los hijos; como sacramento por medio del cual Cristo está siempre realmente presente entre nosotros, por eso lo adoramos, bendecimos y agradecemos. Hoy podríamos detenernos un momento y pensar que a la Eucaristía no vamos como a recibir un premio, ni a una visita de etiqueta, sino a un encuentro personal con el Señor, a poner delante de él sueños, esperanzas, ansiedades, alegrías y tristezas. A hablar como con el mejor de nuestros amigos y a dejarnos mirar por él. «Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…, se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde»[1]. El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta.  La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada. Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso: la mirada del Señor: “No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario”— Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor»[2] • AE


[1] v. 39. 
[2] VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A CHILE Y PERÚ, (15-22 DE ENERO DE 2018), ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS Y SEMINARISTAS DE LAS CIRCUNSCRIPCIONES ECLESIÁSTICAS DEL NORTE DE PERÚ. DISCURSO DEL SANTO PADRE. Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo (Trujillo). El discurso completo puede leerse aqui: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2018/1/20/clero-trujillo-peru.html 

viernes, 25 de mayo de 2018

Solemnidad de la Santísima Trinidad (2018)



Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno, loándote a un tiempo todos unidos en ti. Señor, Dios uno y Dios Trinidad, cuanto queda dicho en estos mis libros porque tú me lo has inspirado, conózcanlo los tuyos; si algo hay en ellos de mi cosecha, perdónalo tú, Señor, y perdónenme los tuyos. Así sea • S. Agustin, conclusión del tratado De Trinitate (XV,28,51).

Cantar del alma que se huelga conoscer a Dios por fe (Solemnidad de la Santísima Trinidad)



Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche •


Este poema, junto con el Romance sobre el Evangelio In principio erat Verbum, el otro Romance Super Flumina Babilonis» y las primeras canciones del Cántico espiritual, fue compuesto en las amargas circunstancias del cautiverio toledano, donde san Juan de la Cruz permaneció secuestrado, desde principios de diciembre de 1577 hasta mediados de agosto de 1578, en lo que eufemísticamente se ha llamado cárcel, pero que en realidad no era otra cosa que el «hueco de una pared», un zulo que «tenía de ancho seis pies y hasta diez de largo», y en unas condiciones inhumanas, de absoluta incomunicación, física y espiritual, pues se le privó incluso hasta del consuelo de celebrar la misa. Al principio, sin papel, sin tinta, sin apenas luz, y sin otra lectura que la del breviario y un libro de devociones, el prisionero fue cincelando versos de memoria; después, gracias a la benevolencia del nuevo carcelero que le proporcionó los útiles indispensables, trasladó al papel aquellos versos aurorales, que quizás también pudo pulir y completar. Así fue como compuso el cuadernillo de las cuatro piezas poéticas que sacó consigo, cuando una noche de agosto, y con la complicidad del carcelero, se fugó del calabozo toledano. El poema fue escrito entre las fiestas litúrgicas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, que según el calendario de 1578 se sucedieron en los días 25 y 29 de mayo respectivamente. 

Cercano y salvador (Solemnidad de la Santísima Trinidad, 2018)



La primera de las lecturas en este domingo, el que dedicamos a celebrar litúrgicamente la Santísima Trinidad, está llena de preguntas que pueden llevarnos a un buen examen de conciencia: ¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?[1]. Nosotros ¿Qué podemos saber de Dios? Decimos que es justo, que es misericordioso; que está allí, que está aquí; que es trino y uno... Pero, en realidad ¿qué sabemos de Él? Hablamos con tanta seguridad de sus perfecciones, de sus procesiones, de sus relaciones; definimos con maestría sus atributos, perfilamos su imagen, pero ¡qué fácil caemos en idolatría o fanatismo! Dios supera siempre nuestros conceptos y nuestros dogmas; Él no es lo que se piensa, y es que a Él -a Dios- no se llega por la razón, sino por el del amor y la experiencia, como el pueblo Israel. Desde el comienzo Dios toma la iniciativa y se va manifestando poco a poco en los acontecimientos de la vida, en los hechos, que terminan siendo salvadores. Adán –y todos los personajes que pueblan la historia de la salvación- experimentan a Dios como algo vivo, como alguien que interpela, como amor que salva. Y eso es lo que hoy celebramos: que tenemos un Dios que se acerca. El Dios del cielo está aquí en la tierra, junto a los hombres. No hay nación que tenga los dioses tan cercanos. Y lo admirable de Dios es que se acerca de manera salvadora, sin coartar la libertad de los hombres. Por eso buena cosa sería hoy hacerle caso a la voz de Dios, que queda recogida en el libro del Deuteronomio que nos dice con fuerza y ternura: Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre[2]. No cabe otra respuesta que la confianza y la fidelidad • AE


[1] Dt 4,32-34.39-40
[2] Idem.

sábado, 19 de mayo de 2018

El pozo de mi alegría


El pozo de mi alegría,
manantial que siempre mana,
eres tú, oh Madre mía,
Iglesia amante guardiana.

Iglesia de Jesucristo,
de fuego en Pentecostés,
en ti está el Verbo que ha visto
en el monte Moisés.

Iglesia, tú eres mi paz,
el perdón de mis pecados;
del Invisible la faz,
hogar de santificados.

Eres mi Pascua florida,
discípula y misionera,
pobre, humilde, agradecida,
de Dios Padre mensajera.

Eres mi casa nativa
en donde quiero vivir,
y de la mesa festiva
todo el amor recibir.

Iglesia, tú eres la herencia,
de Jesús, Dios encarnado,
vocación y convivencia,
banquete del mundo amado.

¡Jesús, el don los dones
gratitud y adoración,
a ti nuestros corazones
con toda la creación! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap.
(Puebla, 30 mayo 2009)

El mundo, el camino y el Autor


Tenemos, pues, las arras; tengamos sed de la fuente misma de donde manan las arras. Tenemos como arras cierta rociada del Espíritu Santo en nuestros corazones, para que si alguien advierte este rocío, desee llegar hasta la fuente. ¿Para qué tenemos, pues, las arras sino para no desfallecer de hambre y sed en esta peregrinación? Si reconocemos ser peregrinos, sin duda sentiremos hambre y sed. Quien es peregrino y tiene conciencia de ello desea la patria y, mientras dura ese deseo, la peregrinación le resulta molesta. Si ama la peregrinación, olvida la patria y no quiere regresar a ella. Nuestra patria no es tal que pueda anteponérsele alguna otra cosa. Sucede a veces que los hombres se hacen ricos en el tiempo de la peregrinación. Quienes sufrían necesidad en su patria, se hacen ricos en el destierro y no quieren regresar. Nosotros hemos nacido como peregrinos lejos de nuestro Señor que inspiró el aliento de vida al primer hombre. Nuestra patria está en el cielo, donde los ciudadanos son los ángeles. Desde nuestra patria nos han llegado cartas invitándonos a regresar, cartas que se leen a diario en todos los pueblos. Resulte despreciable el mundo y ámese al autor del mundo • San Agustin, Sermón 378. 

Un fuego y un viento que remueve (Solemnidad de Pentecostés 2018)


El tiempo ha ido pasando y llegó el calor. Vivimos con más sol, con el verano que está a la vuelta de la esquina, con los campos que tienen un color distinto, el del momento de la cosecha, como para hacernos comprender mejor que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto. Y justo esto es lo que celebramos hoy: el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es ese grano, esa semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. Y aquella semilla enterrada dió un gran fruto: la Pascua, lo que hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy terminan. Jesús vive y vive para siempre. Y vive en cada uno de nosotros, y vive en cada comunidad que cree en él; vive en todos los hombres, en cada fruto nuevo de amor que cualquier hombre haga florecer en este mundo, y en cada nuevo progreso solidario que los hombres seamos capaces de levantar. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen: en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado. El fruto que ha dado la muerte de Jesús es -¡debería ser!- como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve, una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo escuchamos en la primera de las lecturas: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Hoy por hoy, en algunos momentos de la vida de la Iglesia hemos perdido el impulso que Juan XXIII y el Concilio nos contagiaron, y tenemos una tendencia a encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús. Hoy que celebramos Pentecostés (y los dieciocho años de sacerdocio de quien ésto escribe) abramonos al Espíritu de Jesucristo, y que Él nos renueve. Que en esta Iglesia y en este mundo a veces tristes, seamos -queramos ser- testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía que vamos a celebrar nos una, una vez más, con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña, para que el grano de trigo dé todo su fruto • AE

viernes, 11 de mayo de 2018

Canciones del Alma (I) (En la solemnidad de la Ascención del Señor, 2018)



En una noche oscura
con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada,

a oscuras y segura
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en sitio donde nadie aparecía.

¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
y en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado 

San Juan de la Cruz

Ni ausencias ni despedidas ni álbumes ni nada (Solemnidad de la Ascención del Señor, 2018)



Poco a poco va terminando el tiempo gozoso de la Pascua. Este domingo celebramos la Ascensión del Señor; queda una semana de oración para preparar e invocar al Espíritu Santo al que celebraremos en próximo domingo en Pentecostés. San Marcos, que es siempre muy sobrio, narra la Ascensión de Jesús de manera muy sencilla: “ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. No dice más. No hay drama, no hay pasión, nada emoción; se trata de una frase desnuda y fáctica. En realidad la poesía y la belleza de la Ascensión la encontramos más y mejor en el arte que en la vida cotidiana en la que, al mismo tiempo, experimentamos una doble tensión: por una parte está la ley de la gravedad que nos mantiene clavados en la tierra y por el otro tenemos el deseo de eternidad, el de unirnos con ese Dios que nos creó y nos llama a estar con él. Dicho de otra forma: no fuimos creados para hundirnos en la nada sino para ascender, descansar y ser plenamente felices en Dios. No sé si a su derecha o a su izquierda, pero sí con Él y en Él. Celebrar la Ascensión de Jesús no es celebrar una despedida, una ausencia. Jesús no tiene que volver, siempre está presente, presente en la Palabra, presente en los sacramentos, presente en la asamblea que formamos y presente en cualquier gesto de amor. Celebrar la Ascensión no es inaugurar un nuevo local, en un lugar imaginario, en una galaxia aún no descubierta. La Ascensión es una nueva manera de existir, es vivir una nueva relación. La vida aquí y la vida después de este aquí, para Jesús y para nosotros, es más rica y más valiosa por la nueva relación que estrenamos con Dios. Mientras vivimos tenemos la sensación de vivir unas relaciones virtuales con Dios que parecen no llenarnos del todo. En la Ascensión termina lo virtual y comienza lo verdadero, lo real. Celebrar la Ascensión es celebrar la Resurrección de Cristo que es victoria sobre la muerte, muerte compartida ya desde nuestro bautismo. Los discípulos se despidieron de Jesús, pero no se olvidaron de su Maestro, no guardaron en un álbum sus recuerdos, no se encerraron a llorar su ausencia, sino que, guiados por el Espíritu, proclamaron el Evangelio por todas partes. Como más tarde dirá Pablo: Todo lo he llenado del Evangelio de Cristo. La Iglesia entera, los seguidores de Jesús, los que celebramos su Ascensión a la derecha de Dios, somos como embajadores: hemos recibido la misión de continuar su tarea, somos portadores de la Buena Noticia, sobre todo del perdón y del amor. Yo no sé cómo se asciende, pero sí sé cómo se desciende, cómo perdemos de vista la meta y cómo cortamos esa relación con Dios nuestro Padre: a través del pecado y del egoísmo. Buena cosa es pues no mirar al cielo, sino mirar hacia adentro, hacia nuestro corazón donde esta ese deseo de estar unidos siempre con Dios • AE

jueves, 26 de abril de 2018

¡Cantaré para Tí! (V Domingo de Pascua)


Se levanta cantando del sepulcro
con el alma cual cítara en las manos;
para ti, Padre mío, cantaré
el himno florecido entre mis labios.

Cantaré, tocaré ante las naciones,
mis brazos con el orbe a ti levanto;
batid vuestra alegría, pueblos todos,
en la fiesta pascual que yo proclamo.

Mi cuerpo para ti cual bello canto
te entregará el amor que tú me has dado,
y verterás tus ojos complacido,
oh Padre, en las heridas de mis manos.

El río de agua viva, el santo Espíritu, 
desde tu seno brota en mi costado;
oh Padre del retorno, te bendigo,
mi vida consumada en ti derramo.

Te cantaré en la aurora tu victoria,
nuevo conmigo el mundo renovado;
los salmos de la fe hoy en la tumba
salen cantando el triunfo de tu Amado.

Oh Padre de la Pascua, Padre mío,
el gozo eterno queda declarado;
¡oh Padre!, hoy consagro en el Espíritu
mi vida con la tuya en un abrazo. Amén.

En su Officium passionis, san Francisco de Asís compuso salmos, tomando de aquí y allí textos oraciones de la Escritura, y, a veces, introduciendo alguna amplificación o glosa. En el “Psalmus III, 9. 10” encontramos estos textos: Exsurge, gloria mea, exsurge psalterium et cithara * exsurgam diluculo (Ps 56,9). Confitebor tibi in populis, Domine * et psalmum dicam tibi in gentibus (Ps 56,10) 9Levántate, gloria mía, levántate, arpa y cítara; * me levantaré a la aurora (Sal 56,9). 10 Te confesaré entre los pueblos, Señor, * y te recitaré un salmo entre las gentes (Sal 56,10). Desde esa interioridad del salmo, que quiere recoger la intimidad de Jesús, desde ahí cantamos. Es Jesús el que habla al Padre y con él por delante nosotros nos dejamos llevar • P. Rufino María Grández, ofmcap, 28 junio 1983

Vides y sarmientos y consuelos (V Domingo de Pascua)


El evangelio de este domingo está tomado del así llamado Discurso de Despedida que san Juan recoge en los caputlos 14 al 17 de su evangelio, y la liturgia ha querido ponero en este quinto domingo dentro del tiempo de Pascua quizá para ayudarnos a entender cómo relacionarnos mejor con Jesus que el domingo pasado se nos presentó como el Buen Pastor y en el próximo nos hablará de su testamento del amor y la alegría. Hoy escuchamos la metáfora de la vid y los sarmientos, una comparación sencilla pero profunda. Si resulta consolador pensar en Jesus como un pastor que va caminando delante de nosotros, sin miedo para arremangarse y salir en nuestra ayuda, más profunda es la perspectiva del sarmiento que se entronca en la vid y vive y se nutre de ella. Como la savia vital que fluye a los sarmientos y les permite dar fruto (y al revés, la separación produce esterilidad y muerte), así nosotros con el Señor. Sin mí nada podéis hacer, es la frase central de éste domingo. Y es que celebrar la Pascua no es no solamente alegrarnos del triunfo de Cristo, volver a cantar el Gloria o dejar el ayuno, sino sobre todo incorporarnos –o dejarnos incorporar por el Espíritu- a esa nueva vida que Jesus no se cansa de ofrecernos. Por siete veces aparece en evangelio la idea de que Jesus no sólo quiere que vivamos comoél, o que vayamos tras él, o que seamosde él, o que caminemoscon él –todo esto importante- sino que vivíamos en él día a día ¡es un programa de vida! ¡Una apuesta completa! ¿Estamo al menos abiertos a intentaro? Cuando Dios se dirige a Abraham le dice: Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto [1]. Para poder ser perfectos, como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas. Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad[2]. Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto[3]. Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor[4]y dejaremos que él nos moldee como un alfarero[5]. Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida[6].Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa[7]. En él somos santificados[8]• AE 


[1]Gn 17,1
[2]cf. Sal 139,7
[3]cf. Sal 139,23-24
[4]cf. Rm 12,1-2
[5]cf. Is 29,16
[6]cf. Sal 27,4
[7]Sal 84,11
[8]Papa Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et Exultate, n. 51.

jueves, 19 de abril de 2018

Domingo del Buen Pastor (IV Domingo de Pascua)



Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba,
ha empuñado el cayado y se adelanta,
y va por el sendero de la vida,
un rebaño escogido lo acompaña.

No puede el lobo herir de eterna muerte
si el Pastor nos defiende con su vara;
el rebaño, seguro y obediente,
al lado del Pastor tranquilo avanza.

El rayo y la tormenta se disipan
por el sol que alumbró la clara Pascua;
ya no habrá noche ni temor maligno,
sigue el rebaño y canta su alabanza.

El Pastor nos conoce, somos suyos,
por el cuerpo y el alma nos traspasa;
y es su mirada espejo de su Padre,
la verdad y la paz, gozosa calma.

Y a su Pastor conocen las ovejas,
los suaves silbos, las secretas hablas;
igual que el Padre al Hijo bienamado,
el rebaño al Pastor le mira y ama.

¡Oh buen Pastor y guía de la Iglesia,
revestido de luz por la mañana,
bendito tú que muerto por tu grey
hoy te gozas al verla rescatada! Amén •

R. M. Grández (letra) – F. Aizpurúa (música), capuchinos, 
Himnos para el Señor, Ed. 1983, p. 151 ss..

Nosotros, que somos hijos de Dios (IV Domingo de Pascua)




Hay dos experiencias que ayudan mucho en la vida espiritual. La primera es sentir a Cristo vivo, resucitado de entre los muertos. La segunda es sentirse hijo de Dios y, como tal, llamado a compartir con Cristo esa nueva vida. Esto se puede enseñar en catequesis, se puede repetir una y mil veces en las homilías, se puede saber de memoria y repetir cada mañana al levantarnos y cada noche al acostarnos pero lo importante no es que se sepa, sino que se experimente, que se siente. Hay muchos cristianos a los que no les cuesta nada decir que Dios es su Padre, pero que no se sienten hijos de Dios, ni sienten esa vibración de hijo que, lógicamente, sentimos ante nuestros padres de carne y sangre. Quizás en la catequesis hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder... y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo a nuestro lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios? Ese fue el afán de Jesús: quiso acercarnos a Dios, facilitarnos el reconocerlo a nuestro lado. El deseo de Jesús no es que sintamos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Y no hemos sabido transmitir esta buena noticia. Para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios nos ayudaría ser más comprensivos unos con otros, vivir con menos condenas y con más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos «marginados» no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se arremangue la camisa y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja, que nos trae el Evangelio de este domingo es más que una fuente de inspiración para pintores, o una frase para cierta literatura religiosa. Ser pastor así no es fácil; el buen pastor que da la vida por las ovejas. ¡Casi nada! ¡Dar la vida! Porque pastores, en un momento dado, todos lo somos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos. Y el Evangelio es claro: si no somos (pastores) así, somos asalariados, llenos de buenas palabras, de hermosos documentos, sermones, y luego echamos a correr en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte. ¿A cuántas ovejas hemos abandonado? ¡Si tenemos hasta el valor de llegar a decir: «se lo merece» ¿Eso es ser buen pastor? ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con las personas homosexuales, con los que dependen del alcohol o la droga, con los emigrantes? De momento, clasificarlos con esa etiqueta, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre nos hace, sino un privilegio. Si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente, los otros, igual que la oveja que necesita que su pastor vaya por ella es la que se ha perdido y no las que se han quedado en el redil; igual que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos[1]. En la primera de las lecturas de hoy dice san Pedro que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Quizá nosotros seguimos haciendo lo mismo, y desechamos las piedras angulares de nuestra vida, porque desechamos a los pobres, a las ovejas perdidas, sin darnos cuenta que ¡ay! ellos son los que nos ofrecen la posibilidad de ser más humanos, más cercanos, más hermanos • AE


[1] L. Gracieta, Dabar 1994, nº 28