viernes, 20 de octubre de 2017

¡Arrebátame Contigo!


Si Jesús es mi tesoro,
ya no es mi dios el dinero;
de nadie soy prisionero,
y solo al Señor adoro.

 Solo Dios, el Uno y Trino,
en el mundo pasajero,
que amores está robando
y quiere súbditos ciegos.
Dios y yo, dos infinitos,
él la voz, y yo el eco:
el infinito increado
y el finito duradero.

 Solo Dios, a él los ojos,
Señor de la tierra y cielo,
El que era y el que es,
y el que ha de venir muy luego.
Solo Dios, eterno Dios,
que da movimiento al tiempo,
el que me trajo a este mundo
con divino nacimiento.

 Solo Dios, quien me besó
y me hizo barro y aliento,
y de regalo me dio
su historia y el firmamento.
Solo Dios, mi Dios amado,
lágrimas de nuestro encuentro
para contarnos amores,
vertidos en sacramento.

Solo Dios, aquí, Jesús,
en esta Pascua misterio,
mi soledad sin riberas,
mi plenitud y mi anhelo.
Solo Dios frente a mis labios
infinitamente hambrientos,
frente a mis ojos tendidos,
que, al mirar, están gimiendo.

Solo Jesús, que es la puerta
de todos mis pensamientos;
soy el que soy para ti
y en mi Yo tienes tu asiento.
Arrebátame contigo,
aunque me dejes sufriendo,
¡oh mi gemido vital,
que por ti lo voy tejiendo! Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 10 octubre 2011

Con ojos nuevos


Cantad al Señor un cántico nuevo.

¿Cómo cantar un cántico nuevo cuando todos los cantos, en todas las lenguas, te han cantado una y otra vez, Señor? Se han agotado los temas, se han probado todas las rimas, se han ensayado todos los tonos. La oración es esencialmente repetición, y tengo que esforzarme para que parezca que no estoy diciendo las mismas cosas todos los días, aunque sé muy bien que las estoy diciendo. Estoy condenado a intentar la variedad cuando sé que toda oración se reduce a la repetición de tu nombre y a la presentación de mis ruegos. Variaciones sobre un mismo tema. ¿Cómo puedes pedirme, en tales circunstancias, que te cante un cántico nuevo? Sé la respuesta antes de acabar con la pregunta. El cántico puede ser el mismo, pero el espíritu con que lo canto ha de ser nuevo cada día. El fervor, el gozo, el sonido de cada palabra y el vuelo de cada nota han de ser diferentes cada vez que esa nota sale de mis labios, cada vez que esa oración sale de mi corazón. Ese es el secreto para mantener la vida siempre nueva, y así, al pedirme que cante un canto nuevo, me estás enseñando el arte de vivir una vida nueva cada día con la lozanía temprana del amanecer en cada momento de mi existencia. Un cántico nuevo, una vida nueva, un amanecer nuevo, un aire nuevo, una energía nueva en cada paso, una esperanza nueva en cada encuentro. Todo es lo mismo y todo es distinto, porque los ojos, que miran los mismos objetos que ayer, son nuevos hoy. El arte de saber mirar con ojos nuevos me capacita para disfrutar los bienes de la naturaleza en toda la plenitud de su pujante realidad. Los cielos y la tierra y los campos y los árboles son ahora nuevos, porque mi mirada es nueva. Se me unen para cantar todos juntos el nuevo cántico de alabanza.

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra.

Este es el cántico nuevo que llena mi vida y llena el mundo que me rodea, el único canto que es digno de Aquel cuya esencia es ser nuevo en cada instante con la riqueza irrepetible de su ser eterno.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria.


Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 184 ss.

El agua, el trigo y la alegría del Cristianismo


Le preguntan Jesús de manera insidiosa sobre el tema de los tributos y él lo resuelve rápidamente: si tienen en las manos una moneda que pertenece al César, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica. Sin embargo Jesús introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de original, de forma inesperada introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda pertenece al César, sí, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a Él. Ese es el punto central del evangelio de éste domingo[1]. Parece como si dijera: «Den, pues, al César lo que es del César, pero no olviden que ustedes mismos pertenecen a Dios». Para Jesús, el César y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier rey, y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios. En unos tiempos en que crece el poder del estado y resulta cada vez más difícil defender nuestra libertad en medio de una sociedad burocrática donde casi todo está dirigido y controlado, los cristianos hemos de luchar para que no nos roben nuestra conciencia y nuestra libertad. Ningún poder puede hacerlo. Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, sí, siempre, pero no podemos dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que cuestione las exigencias fundamentales de nuestra fe cristiana. El Santo Padre Francisco nos lo dijo con más claridad: «El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios»[2]. Darle al Cesar lo que le corresponde al César está muy bien, si antes hemos puesto a Dios en el lugar que le corresponde: el primero, y recordado que contamos con la fuerza y la alegría del Evangelio, algo que nada ni nadie nos podrá quitar[3]. Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia[4]. Nuestra fe, pues, hoy es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua, y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. Aunque nos duelan las miserias de nuestra época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad[5]. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios • AE


[1] Cfr. Mt 22, 15-21.
[2] Evangelii Gaudium, n. 64.
[3] Cfr. Jn 16,22
[4] Rm 5,20
[5] Evangelii Gaudium, n. 84. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

Confianza, intimidad y ternura


Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza (…) El Señor es mi pastor, nada me falta: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él. Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida (…) el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino (…). También nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada. Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad.  Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. El Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» • Santo Padre Benedicto XVI, Audiencia General, Plaza de San Pedro, Miércoles 5 de octubre de 2011.

En la fiesta de la Santa Madre



Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,*
que muero porque no muero.

  Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;           5
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.           10

  Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión             15
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

  ¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros           20
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.          

  ¡Ay, qué vida tan amarga           25
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,             30
que muero porque no muero.

  Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.             35
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

  Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;            40
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.           45

  Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;          50
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

  Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti            55
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

Santa Teresa de Ávila
(1515-1582)

La luz de la alegría

Pieter Brueghel el Viejo, La boda campesina (en neerlandés, De Boerenbruiloft, 
Óleo sobre madera (114 cm × 164 cm), Museo de Historia del Artede Viena.

Isaías describe el banquete que Dios preparará para todos los pueblos: un momento con comida, alegría, vinos, destierro de todo dolor y tristeza, victoria de la vida; celebración gozosa de la presencia de Dios en medio de su pueblo[1]. El banquete ha sido y seguirá siendo una de las categorías que todos entendemos mejor para expresar todo lo que hay de bueno y de celebrativo, tanto en relación con Dios como con los demás hombres. Una comida es un signo muy claro de comunión entre quien asiste y quien invita. Hoy aquí el que invita es Dios, lleno de solidaridad y alianza, de alegría y felicidad. Nuestra fe cristiana es también como un banquete que Dios prepara. Durante mucho tiempo se nos ha insistido tanto en la ascesis, la perfección, en el deber -¡todo eso es verdad!- que quizá nos hemos olvidado que también nuestra fe cristiana es buena noticia, es evangelio, algo digno de celebrarse: un banquete festivo. Por las riquezas de su Palabra y de su verdad, por el don de su amor, por la gracia de su comunidad y sus sacramentos, por la dinámica de novedad y vida que Él ha instaurado en el mundo, el cristianismo es en verdad un banquete preparado por Dios para la humanidad. La imagen de la comida, y además de una comida de bodas nos habla este domingo de alegría y celebración. No está mal que se nos note. Y es que a veces da la impresión de que tenemos miedo a presentar nuestra fe como algo alegre. «La moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos»[2]. Aquellos que tenían su nombre cuidadosamente escrito en los platos de la mesa nupcial –el pueblo de Israel- rechazaron la invitación. A nosotros ¿no sucede lo mismo? En la celebración de cada domingo Dios prepara una mesa abundante: su Palabra salvadora, su don eucarístico del Cuerpo y Sangre de Cristo, su casa en la comunidad eclesial, la presencia viva de Cristo y de su Espíritu ¿se nos nota la alegría, o acudimos a Eucaristía con una pereza que parecen dos? Aceptar o no la invitación de Dios cada domingo es, al final, aceptar o rechazar el gran banquete que es la vida cristiana, la que dura las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana[3]. Vamos a hacerlo con alegría, como nos invita el Santo Padre Francisco: «Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo (…) prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»[4]


[1] Cfr. Is 22, 1-14.
[2] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 39. El texto completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
[3] J. Aldazábal, Misa Dominical, 1981, p. 19
[4] Evangelii Gaudium, n. 49. 

jueves, 5 de octubre de 2017

Manjar y vino


Jesús, manjar y vino de alegría
Jesús Resucitado,
amor viviente y santa Eucaristía.

Y fuera de la viña lo mataron,
¡Jesús, perdón por ellos!
malvados viñadores que eso hicieron,
y de sangre sus túnicas tiñeron.

El canto del amor cantar yo quiero,
Jesús, si me permites,
decirte que tú tienes una viña,
por ti plantada, Iglesia bendecida.

Y en esta viña tienes un lagar,
Jesús, de sangre tuya,
divina Eucaristía que nos sacia
pues llena el corazón de toda gracia.

Por eso entre los hijos de los hombres,
Jesús, ninguno nunca,
ha sido ni será el más amado,
amor del Padre, ahora comulgado.

Recibe este homenaje, amado mío,
Jesús, mi don entero,
y a estos viñadores de tu herencia
regálales la paz de tu presencia.

¡Cantar de mis cantares, Jesucristo,
a ti, cantar purísimo,
cantar que el santo Espíritu alimenta,
todo su amor la Iglesia te presenta! •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla de los Ángeles, 28 septiembre 2011.

Gratitud


Pieter Brueghel El Jóven, Primavera, (1620) 
óleo sobre madera, colección de  Sotheby's (New York)

Tanto la hermosísima Canción de la viña del libro de Isaías que escuchamos en la primera de las lecturas como la parábola del evangelio [tradicionalmente llamada de los viñadores homicidas] [!][1] nos ayudan a comprender que, al final, todo lo que tenemos lo hemos recibido, que hemos sido amorosamente creados y cuidados por Dios y que se nos han dado talentos y posibilidades que debemos usar alegre y con generosidad. Y la verdad es que a veces nuestra respuesta a esos regalos ha sido deficiente, desagradecida e incluso rebelde. La parábola nos ayuda a profundizar aún más en el regalo que es la vida. Más que nunca estamos muy necesitados de captar con el corazón que todo lo debemos a la generosidad de Dios, que no somos ni independientes ni autónomos, que todo hemos de valorarlo primero para después saberlo usar generosamente. Hoy podríamos revisar un poco nuestras actitudes con respecto a Dios, con respecto a la Iglesia, con respecto a nuestra vocación. La respuesta a esa revisión no será sencilla; requiere un buen examen de conciencia y sobre todo confianza en el amor infinito que Él nos muestra a cada momento ¿dónde estaríamos sin su amor y sin su misericordia? El Señor nos dice que el Padre es el dueño de la vid que la cuida y la poda para que dé más fruto. El Padre se preocupa constantemente de nuestra relación con Jesús, para ver si estamos verdaderamente unidos a él. Nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad nuestro futuro, con la certeza de que la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús[2] AE



[1] Is 5, 1-7; Mt 21, 33-43.
[2] Cfr. Fil 4, 6-9.

jueves, 28 de septiembre de 2017


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Y proclamar siempre tus alabanzas 
en los ángeles y arcángeles,
porque el honor que ellos te tributan
manifiesta tu grandeza y tu gloria
y, por grande que sea su esplendor
tú demuestras cuán inmenso eres,
y que has de ser honrado por encima 
de cualquier creatura,
por Jesucristo, Señor nuestro.

Por él, te alaba la multitud de los ángeles,
y nosotros nos unimos a ellos
para adorarte alegremente
y cantar a una sola voz:

Santo, Santo, Santo
es el Señor,
Dios de universo.
Llenos están el cielo y la tierra
de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene 
en nombre del Señor

Hosanna en el cielo • 

Misal Romano, Prefacio de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

¡Tu Calendario y el mio!


En ti confío; no sea yo confundido.


Ya sé que mis pecados se meten de por medio y lo estropean todo. Por eso ruego: No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas. No te fijes en mis maldades, sino en la confianza que siento en ti. Sobre esa confianza he basado toda mi vida. Por esa confianza puedo hablar y obrar y vivir. La confianza de que tú nunca me has de fallar. Esa es mi fe. Tú no le fallas a nadie. Tú no permitirás que yo quede avergonzado. Tú no me decepcionarás. Se me hace difícil decir eso a veces, cuando las cosas me salen mal y pierdo la luz y no veo salida. Se me hace difícil decir entonces que tú nunca fallas. Ya sé que tus miras son de largo alcance, pero las mías son cortas, Señor, y mi medida paciencia exige una rápida solución cuando tú estás trazando tranquilamente un plan muy a la larga. Tenemos horarios distintos, Señor, y mi calendario no encaja en tu eternidad. Estoy dispuesto a esperar, a acomodarme a tus horas y seguir tus pasos. Pero no olvides que mis días son limitados, y mis horas breves. Responde a mi confianza y redime mi fe. Dame signos de tu presencia para que mi fe se fortalezca y mis palabras resulten verdaderas. Muestra en mi vida que tú nunca fallas a quienes se entregan a ti, para que pueda yo vivir en plenitud esa confianza y la proclame con convicción. Dios nunca le falla a su Pueblo • C. G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander, p. 50 s.

Razonar, creer, comprender y seguir caminando.


En el evangelio de hoy el Señor distingue entre las buenas obras y las buenas palabras, y nos ayuda a entender que no siempre se corresponden[1]. Y es que creer no es únicamente saber más que los demás, o saber descifrar la voluntad de Dios, o tener como ciertas las verdades que la Iglesia nos propone. Creer, con cuerpo y alma y todos los dientes es hacer un esfuerzo diario por vivir una vida coherente con el evangelio. Hoy el Señor se dirige al pueblo de Israel, y en él a nosotros. Israel es el pueblo que oficialmente había dicho a Dios, pero después no acepta el mensaje propuesto por Jesús, a pesar de haber visto sus signos y milagros[2]. Israel no entiende que trabajar en la viña significa tener como criterio el amor y el servicio a todos,  especialmente a los más desprotegidos. El Señor se enfrenta con unas conductas muy religiosas y observantes de todos y cada uno los preceptos de la ley ¡pero impenetrables al mensaje de amor y cercanía que él viene a traer! Y así es que presenta como ejemplares otras conductas que pueden ser inmorales e incluso escandalosas de personas que se dejan transformar por la luz y la fuerza del Evangelio. Hoy, en algún momento del día, podríamos preguntarnos cómo nos relacionamos con la voluntad de Dios, si nos identificamos en las palabras –la parte fácil- y en las obras. La gran tentación que algunos tenemos es que, por andar en estos caminos de Dios, ya no vemos la necesidad convertirnos constantemente, y al mismo tiempo salta la pregunta desde la radicalidad: ¿Es entonces necesario volvernos publicanos o prostitutas? No. El quid está descubrir que de hecho somos publicanos y prostitutas, pecadores de una forma o de otra, pero que cuando tomamos conciencia de ello es cuando se abre para nosotros la oportunidad de ser como el segundo de los hijos, el que dice que no, pero luego se detiene un momento, razona, comprende, cree, y se pone en camino a cumplir, lo mejor que le sale de las ganas y las manos, la voluntad del Padre. Es ahí cuando hacemos esa Iglesia de la que nos habla con tanta frecuencia el Santo Padre Francisco: «Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino”»[3] • AE



[1] Mt 21,28-32.
[2] Cfr. Jn 2, 11; 11, 38-44.
[3] Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, n.  308. El documento completo puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cariñoso con todas sus criaturas


Una generación pondera tus obras a la otra 
y le cuenta tus hazañas (Sal 145)

Pienso con frecuencia en el vacío generacional. Y hoy, al contemplar la historia de tu Pueblo, sus tradiciones, su oración en público y el cantar de tus salmos, pienso en el vínculo generacional. Una generación instruye a la siguiente, pasa el testigo, entrega creencias y ritos, y el pueblo entero, viejos y jóvenes, reza al unísono, en concierto de continuidad, a través de las arenas del desierto de la vida. La historia nos une. Tus salmos, Señor, más que ninguna otra oración nos unen, nos enseñan, nos hacen vivir la herencia de siglos en la exactitud del presente.

Alaban ellos la gloria de tu majestad, 
y yo repito tus maravillas; 
encarecen ellos tus temibles proezas, 
y yo narro tus grandes acciones
Diálogo en la plegaria de dos generaciones.


Que el rezo de tus salmos sea lazo de unión en tu Pueblo, Señor • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar con los Salmos, Ed. Paulinas- Sal Terrae, Santander 1989, p. 262. 

El ojo y el corazón


En algún momento de nuestro camino fe sin duda hemos pensado que la religión consiste en lo que damos o hacemos por Dios, cuando la realidad es que sucede justo lo contrario: la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros. Y es que tenemos mentalidad de mercenarios, una gran incapacidad para considerarnos siervos inútiles[1] y sobre todo no dimensionamos lo peligroso que es exigir a Dios «lo que es justo». El buen obrero que va la viña, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario, el que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino. ¿O Vas a tenerme rencor porque soy bueno?, pregunta el dueño de la viña. En algunas traducciones en lugar de rencor se traduce por “ojo malo” #Exacto En el fondo la parábola de este domingo nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de ese “ojo malo”. En otras palabras: ¿Somos capaces de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente y generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Somos capaces de perdonar a Dios sus injusticias?[2] Qué duda cabe: nuestra desgracia es la envidia. El ojo malo. La mezquindad. No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Si muchos de nosotros hubiésemos estado presentes bajo la cruz quizá habríamos considerado inadmisible la pretensión de aquel ladrón de entrar en el Reino[3] y habríamos enumerado muchos motivos para criticar a aquel que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras probadas (por nosotros), sino sólo maldades. La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo. Y quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, hermano mío, hermana mía, nos cerramos a la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la última hora, frente a la enorme generosidad del dueño de la viña. Que el Señor en su infinita misericordia nos ayude a quitar de nuestros corazones ese deseo de estar contabilizando nuestros méritos y  confrontándolos con los de los demás y corrigiendo a cada momento los criterios generosos y maravillosos de nuestro Padre Dios • AE



[1] Cfr. Lc 17, 10.
[2] Cfr. Lc 15, 11-32.
[3] Cfr. Ídem 23, 42.