viernes, 12 de mayo de 2017

¡Y alma, vida y corazón!


E. Hopper ( 1882–1967), Rooms by the Sea (1951), 
oleo sobre tela (74.3 x 101.6 cm), The Yale University Art Gallery
...

Todos hemos tenido momentos de sinceridad en los que de pronto surgen de nuestro interior las preguntas más decisivas: yo ¿en qué creo? ¿Qué es lo que en realidad espero? ¿En quién apoyo mi existencia? Ser cristiano es, antes que nada, creerle a Cristo. Es tomar cada vez más conciencia de habernos encontrado con él. Por encima de toda creencia, fórmula, rito, ideologización o interpretación, lo verdaderamente decisivo en la experiencia cristiana es el encuentro personal con Él. Ir descubriendo en el día a día, sin que nadie nos lo tenga que decir desde fuera, toda la fuerza, la luz, la alegría, la vida que podemos recibir de Jesús, y decir desde la propia experiencia que Él es el camino, la verdad y la vida de nuestra vida. Primero descubrirlo como camino, escuchar su invitación a andar, a cambiar, avanzar siempre, a no aplastarnos –que decía mi nana Chuy- y ver la vida pasar  sino renovarnos constantemente, sacudiéndonos la pereza, las seguridades y crecer como hombres y mujeres, para andar día a día el camino doloroso y al mismo tiempo gozoso que va desde la incredulidad a la fe. En segundo lugar, encontrar en Cristo la verdad. Descubrir desde él a Dios en la raíz y en el término del amor que los hombres damos y acogemos. Darnos cuenta, por fin, que el hombre sólo es hombre en el amor. Descubrir que la única verdad es el amor. Y descubrirlo acercándonos al hombre concreto que sufre y es olvidado. Y finalmente luego encontrar en Cristo la vida. En realidad, los hombres creemos a aquel que nos da vida. Ser cristiano no es admirar a un líder ni formular sin más una confesión sobre Cristo. Es encontrarse con un Jesús que vive y es capaz, porque es Dios, de hacernos vivir. Que vive en los sacramentos, sí, pero también en los hermanos. A Jesús siempre lo empequeñecemos y desfiguramos al vivirlo. Sólo lo reconocemos al amar, al orar, al compartir, al ofrecer amistad, al perdonar, al crear fraternidad. A Jesús no lo poseemos. A Jesús lo encontramos cuando nos dejamos cambiar por él, cuando nos atrevemos a amar como él, cuando crecemos como hombres y hacemos crecer la comunidad[1]. Jesús es camino, verdad y vida[2]. Jesús es otro modo de caminar por la vida, es otro modo de ver y sentir la existencia. Otra dimensión más honda. Otra lucidez y otra generosidad. Otro horizonte y otra comprensión. Otra luz. Otra energía. Otro modo de ser. Otra libertad. Otra esperanza. Otro vivir y otro morir. Y a Jesús lo encontramos en la Iglesia que «está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas. Pero hay otras puertas que tampoco se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas»[3] • AE


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 55 ss.
[2] Jn 14, 1-12.
[3] Papa Francisco, Exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, n. 47. El texto complete se puede leer aqui

Victimae paschali laudes


Anónimo, Jesús resucitado y María Magdalena (Noli me tangere),  
óleo sobre tela, s.XVII, pinacoteca de Brera.
...

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa • 

Esta es la llamada Secuencia de Pascua, en latín Victimae paschali laudes, y es una especie de himno prescrito por la liturgia para la Misa del domingo de Pascua. Su creación se atribuye a Wipo de Burgundia, monje del s. XI y capellán del rey Conrado II; hay autores que la atribyen a Notker Balbulus, Roberto II de Francia e  incluso a Adán de San Víctor. Es una de una de las cuatro secuencias medievales que se conservaron al hacer la unificación del misal tras el Concilio de Trento, pues antes de esta decisión pontificia varias fiestas o solemnidades contaban con secuencias propias y se podía escoger entre alrededor de 16 secuencias para la solemnidad de la Pascua. El misal de Pablo VI mantuvo su uso.



Mayo: mes de María


Eran los finales del siglo segundo de la era Cristiana –alrededor del año 70- y Celso, un filósofo griego escribía, con todas las fuerzas que le daban sus manos, en contra de la Iglesia naciente y de María, la madre del Señor, de quien afirma: «[Era] Una pobre campesina que vivía de su trabajo... Allí -en Egipto- alquiló sus brazos por un salario... Una mujer sin fortuna ni nacimiento regio..., porque nadie, ni siquiera sus vecinos, la conocían» (Discurso verdadero, 7-8). Sí, leíste bien, así con ése desprecio hablaba aquel hombre de la Virgen tratando de convencer a quienes lo leían de que la Madre de Jesús no sólo fue mujer sin fortuna material, sino que fue desconocida, anónima, irrelevante, como los pobres: los que no cuentan, los que no tienen voz, los que no pueden defenderse. «¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?» se preguntaba, citando burlesco el evangelio, y junto con todos los que se dejan guiar cínicamente por la razón, se escandalizaba de que Dios hubiese escogido a una persona tan insignificante: «Repugna a un Dios que El haya amado a una mujer sin fortuna». ¿A dónde con todo esto? A algo muy sencillo: ¡Que extraños y qué distintos son los gustos de los hombres a los gustos de Dios! Resulta que María fue elegida y amada de Dios no sólo a pesar de ser pobre, sino precisamente por ello: por ser enteramente pobre y sencilla. Gran cosa es que las madres tomen conciencia de que su grandeza les viene no de aquello que poseen, ni de su belleza exterior, sino del regalo divino de la maternidad y cosa más grande aún tener siempre presente Dios mismo quiso tener una MAdre: María, la muchachita de Nazateth• AE

viernes, 5 de mayo de 2017

El Pastor y la libertad.


El tema de la libertad cada día que pasa lo hablamos con más ligereza y por tanto con más ambigüedad. Hay una liberación impuesta por el ambiente social que lejos de ser un camino de crecimiento personal, es represión y anulación de una verdadera personalidad. “¿Cómo, aún no te has liberado de tus telarañas?”, preguntan lo más progresistas. Esa es la “invitación” que recibimos contantemente: romper con tradiciones, costumbres o fidelidades pasadas, para entrar en otra esclavitud impuesta por nuevas modas y presiones sociales. Hay quien se cree libre por romper con todo lo prohibido anulando toda conciencia de culpabilidad, olvidando éste es el camino para caer en la irresponsabilidad, en el narcisismo autocomplaciente y la esterilidad. Otros quieren ser libres como el viento, y rehuyen todo aquello que puede exigirles compromiso y entrega. Olvidamos con facilidad que estamos hechos para ser libres no como pájaros, sino como criatruas, como hombres y mujeres que han salido de las manos de un Creador. Ser libre es una ilusión si no nos conduce a ser más humanos. ¿Qué es la libertad si no nos lleva a una mayor fidelidad a nosotros mismos, una coherencia mayor con nuestras convicciones más profundas, una búsqueda sincera y sacrificada de lo que puede dar un sentido más digno y noble a nuestra vida? ¿Puede decirse que un hombre se ha liberado por el simple hecho de haber superado escrúpulos tradicionales en el campo religioso, moral y social, si vive aburrido, sin proyecto ni horizonte alguno, incapaz de dar sentido a su vivir diario? ¿Puede decirse que se ha liberado quien actúa movido únicamente por espíritu de competencia, eficacia y éxito, utilizando su poder para imponerse a lo demás? Etamos contagiados por eso que alguien ha llamado con tanta certeza «el mal de la libertad», es decir, la búsqueda obsesiva de una libertad vacía de contenido, que no quiere saber nada de entrega, fidelidad, solidaridad, crecimiento personal y comunitario. Este domingo del Buen Pastor, el cuarto del tiempo de Pascua es un buen momento para detenernos y reflexionar en el hecho de que ser creyente es vivir vinculado a Cristo, ser totalmente sependiente por completo de Él. Ahí está el quid que nos permite dar un contenido humano a lu libertad. Cristo es la puerta que nos lleva a una auténtica liberación[1], Él mismo nos lo dice, esperando nuetra respuesta: Yo soy la puerta. Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Responder a su llamada, orientar la vida en la dirección que señala su mensaje, comprometerse en construir «el reino de Dios», es lo que puede ayudarnos a conocer la verdadera liberación • AE



[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 53 ss.

Domingo del Buen Pastor


M. Diane Onyon, El Buen Pastor, óleo sobre tela, 
colección privada.  
...

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu Pastor soy
sino tu pasto también.

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
donde me subió tu amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu Pastor soy
sino tu pasto también.

Pasto al fin yo tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
el traerte yo en el hombro
o traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho
que aun los más ciegos las ven.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu Pastor soy
sino tu pasto también •

Luis de Góngora (1561-1627)

viernes, 28 de abril de 2017

El desengaño y el desencanto y la alegre esperanza


La de Emaus es la ruta del desengaño y el desencanto. Aquellos hombres habían dejado todo para seguir a Jesús y ahora abandonan la esperanza y regresan a su pueblo con el alma llena de recuerdos y desengaños #lavidamisma El que tenía palabras de vida eterna ha muerto, y con él aparentemente se fueron todas sus palabras y sus obras, es decir, se acabó la esperanza! Nosotros esperábamos..., dicen con tristeza, con la murte de Jesús ha muerto también su esperanza. A nosotros nos sucede lo mismo sin embargo esperar es siempre esperar contra toda esperanza, que nos dice san Pablo, es saber que los hombres somos injustos pero que seguimos luchando por la justicia, que somos egoístas pero seguimos luchando por el amor. ¡También en el fracaso está Jesús como compañero de camino! Ahí también lo podemos encontrar como entrañable compañero y hablar con él. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Jesús está presente y no disfrazado. Son los ojos de los discípulos los que antes no eran capaces, estaban impedidos para ver a Jesús, y después se abren y lo reconocen. El itinerario de la fe entonces no consiste en la ausencia o presencia de Jesús, cuya iniciativa y compañía están aseguradas en nuestro camino, sino en ese deseo interior de verlo, de esta con él, de interactuar con él diariamente. Las consecuencias del encuentro con Jesús son el encontrarse a sí mismo -gozo, esperanza, paz-, el reencuentro con la comunidad y al final el deseo sincero de salir a servir a los demás.  Al final de aquel camino –ya en Emaus- los dos discípulos están renovados por completo. Su comprensión de la vida es otra; hasta entonces veían en la muerte el fracaso último de la Humanidad. ¿No ardía nuestro corazón...? Se preguntan ahora, y ahí está la señal de la presencia del Señor, la prueba de que él siempre nos toca –si nos dejamos- con su Palabra; nunca como entonces nos sentimos tan indignos, y al mismo tiempo tan felices. El camino a Emaus se repite pues allí donde existe un corazón que ha conocido alguna vez al Señor • AE 

¡Quédate con nosotros!


Arnaud de Moles, La Cena de Emaús, 
vitral de la Catedral basílica de Nuestra Señora Auch (Francia)
...

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo.
Quédate.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día
si tu camino no es nuestro camino?.
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres
si no compartes nuestra mesa humilde?.
Repártenos tu cuerpo
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu.
Y limpia en lo más hondo
del corazón del hombre
tu imagen empañada por la culpa.

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo.
Quédate •

J. L. Blanco Vega y J.A.  Espinosa

domingo, 16 de abril de 2017

Entre flores e incienso y resucitado


Georges de la Tour, María Magdalena con llama humeante (ca. 1640), 
óleo sobre tela  (117.5 × 91.8 cm), Los Angeles County Musuem of Art
...
Es el primer día de la semana, aún de madrugada, casi a oscuras, cuando la fe aún no ha iluminado nuestro día ¡Nos parecemos tanto a María Magdalena! Estamos confusos y llorosos viendo el vacío de una tumba, ese vacío interior que a veces nos invade: cansancio de vivir, acciones sin sentido, rutina; esa oscuridad que se produce cuando estamos en crisis y nuestras preguntas no tienen respuesta; cuando sentimos que tal acontecimiento o nueva doctrina nos quita eso seguro a lo que estábamos aferrados. ¿Y Jesús? ¿Por qué no está donde lo habíamos dejado? Es la pregunta de la comunidad cristiana, atónita cuando algo nuevo sucede y debe recomponer sus esquemas. Pedro y Juan corren. Pedro, lo institucional de la Iglesia. Juan, el amor, la intimidad, la confianza. El amor corre más ligero y llega antes, pero deja paso a la autoridad para que investigue y averigüe qué ha pasado. Pedro observa con detenimiento todo, pero no comprende, y Juan el discípulo tan querido, el que permaneció junto a la cruz, el que vio cómo de su corazón salía sangre y agua, el que recibió a María como madre... Juan que compartió el dolor de Cristo, vio y creyó. Intuyó qué había pasado porque el amor lo había abierto más al pensamiento de Jesús. Pedro siempre había resistido a la cruz y al camino de la humillación; el orgullo lo había distraído y no se decidía a romper sus esquemas. Después junto al lago Jesús le pregunte si lo ama y le proponga seguirlo por el mismo camino que conduce a la cruz, Pedro será recuperado y además dará testimonio. La lección de hoy, pues, es sencilla: sólo el amor puede hacernos ver a Jesús. Inútil es, como Pedro, investigar, hurgar entre los lienzos, buscar explicaciones. La fe en el Señor es una experiencia que llega a quienes escuchan el Evangelio y lo llevan a la práctica. Si no hay amor, esta Pascua se quedará vacía, como la tumba. Si esta Pascua no nos hace más hermanos, serán sólo palabras, y mentirosas. Si no vivimos haciendo el bien y curando a los oprimidos, ¿cómo vamos a testimonio de Cristo? No nos preguntemos cuántos somos los cristianos en el mundo[1], lo que realmente importa es cómo vivimos nuestra fe en ese Jesús a quien hoy proclamamos entre flores e incienso resucitado de entre los muertos • AE



[1] S. Benetti, Cruzar la Frontera. Ciclo A.2º, Ed. Paulinas, Madrid 1997, p. 186 ss.

En resucitando


"Díjome entre otras cosas (Cristo) que en resucitando había visto a nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo (por aquí entendí esotro mi traspasamiento, bien diferente; mas ¡cuál debía ser el de la Virgen!); y que había estado mucho con ella; porque había sido menester hasta consolarla" • Santa Teresa de Jesús.

¡Ya torna, ya resucita, ya su olor inunda el cielo!

L. Monaco, Las tres Marías junto a la tumba, (1396), 
manuscrito iluminado (46 x 48 cm) Musée du Louvre, (Paris) 
...

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

De tierra estuvo cubierta,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerta.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
mas no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la Cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo. Amén • 

Himno del Oficio de Laudes para el Domingo de Pascua
de la Liturgia de las Horas. 

sábado, 15 de abril de 2017

Silencio


Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas;
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas,
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén


• Himno del Oficio de Laudes 
de la Liturgia de las Horas para el Sábado Santo

El Rey está durmiendo


Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y -una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos. En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él. El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo. Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: "Levantaos." Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa. Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muer tos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto. Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido. Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti. Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios. Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos». • Oficio de Lectura para el Sábado Santo. De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado.

viernes, 14 de abril de 2017

El poder frente a la Verdad


En la mañana del viernes tiene lugar el encuentro entre Jesús y Pilatos; allí, en el pretorio se encuentran frente a frente el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios, atado de manos. A Pilatos le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: ¿Con que tú eres rey?, le pregunta, y Jesús responde con claridad: Mi reino no es de este mundo. Jesús no busca la gloria, ni el aplauso, ni el reconocimiento, mucho menos un trono. Pero no oculta la verdad: Soy Rey. El suyo no es un reino como los demás ni sus seguidores somos sus legionarios: somos sus discípulos, hombres y mujeres que, llenos de fragilidad, escuchamos su mensaje y dedicamos nuestro mejor esfuerzo a dejar un mundo más lleno de verdad, justicia y de amor. El reino de Jesús no es el reino de Pilatos. El prefecto vive para extraer las riquezas y conducirlas a Roma. Jesús vive para servir, para ser testigo de la verdad, ¿lo somos también sus discípulos? ¿Nos conducimos así? Al seguir a Jesús no hemos de ser guardianes de la verdad, sino testigos; no hemos de andar buscando las disputas, los combates y derrotar gloriosamente a nuestros adversarios, sino mas bien vivir la verdad del evangelio y sobre todo comunicar ¡contagiar! la experiencia de Jesús que nos está cambiando la vida. Y es que no somos propietario de la verdad, sino testigos. ¿Vamos por la vida con la espada desenvainada imponiendo la doctrina, controlando la fe de los demás, buscando tener la razón en todo? Mejor vivir convirtiéndonos a Jesús, poniendo a los demás delante evangelio. Tengo para mí –que ya me dirás quién me pregunto pero yo aquí lo dejo por si a alguien sirve, a mí el primero- que en la Iglesia ¡Ay la Iglesia!- lograremos cambiar las cosas y atraer a las personas cuando ellos vean que nuestro rostro, el de cada uno, sobre todo el de los ministros se parece al rostro de Jesús, y que nuestra vida, aun con miseria y fragilidad, recuerda a la vida de Jesús • AE 

Jesús, mi paz, mi sueño


El Greco (Domenikos Theotokopoulos) El Expolio (c. 1577), 
Sacristía de la catedral de Toledo (España).  
...

Oh fuente de mi huerto
oh pozo de agua viva,
oh fresca y dulce vena
del Líbano venida,
Costado de mi Esposo
que mana por la herida,
oh fuente que yo quiero,
oh fuego de mi vida.

Los labios para el beso:
tu carne sin mancilla
y dentro de tu pecho
tu corazón palpita.
Llegar hasta tu sangre
mi sangre te lo grita;
mis labios ya me duelen
de sed enrojecida.

La sed de tu Costado,
el que una lanza hendía,
oh brecha que al desnudo
tu amor nos descubría;
beber, beberte ansío,
fluyente amor que limpia,
oh copa de la muerte,
oh sorbo de delicias.

Jesús, mi paz, mi sueño,
humanidad cumplida,
camino de la patria,
la senda más sencilla,
en ti, divino Esposo,
el corazón anida,
a ti la Luz, a ti,
los labios y mejillas. Amén •


Residiendo en Jerusalén (Convento Franciscano de La Flagelación, 1984-1987), una humilde religiosa contemplativa, capuchina, me escribía que en Viernes Santo, al adorar la Cruz, se había atrevido a besar el costado de Cristo. ¿No es demasiado atrevimiento?, preguntaba. La respuesta fue este himno, o, más bien, amorosa plegaria de comunión. P. Rufino María Grández, ofmcap, Jerusalén, 1985.

martes, 11 de abril de 2017

Los letreros, el camino y los sacerdotes.


Con el amor que llevo en el corazón –el mismo corazón con el que amo a mis papás, a mis amigos, a mi comunidad- amo a mi madre la Iglesia, la católica. Nací en ella y en su seno quiero llegar al fin de mi camino. Eso no quita que tenga amor también a otros credos. Me siento identificado con quienes tienen otra fe que no es la mía, y, hombre de poca fe que soy a ratos, especialmente con aquellos que no tienen fe, sobre todo con los que dicen no creer más en los sacerdotes, los mismos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote desde hace dieciséis años- tampoco creo en los sacerdotes. Aún más: les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos en la Profesión de Fe, y que incluso no hay texto alguno del Magisterio de la Iglesia que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote concreto. No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- haya personas que nos quedamos muy lejos de lo que se espera de nosotros. Los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién lo nota? El tema va mucho más allá. Yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Personalmente pienso que sí. Los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero importantes somos porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar, no por lo que valemos por nosotros mismos. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros ocurre lo mismo. En el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De más termina en clericalismo, enfermedad terrible de los que creen que los sacerdotes somos todo y nos elevan a niveles insospechados de santidad y perfección. El clerical es el que en lugar de fiarse ante todo y sobre todo de Jesucristo, se fía ante todo y sobre todo del sacerdote. Y claro, luego vienen las desilusiones, porque los sacerdotes somos de carne y hueso. En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo, porque dicen que no les gustan los sacerdotes. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático. In medio, virtus. Jesucristo en el centro, y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a llegar a Jesús, los sacerdotes. ¿Estoy despreciando a los sacerdotes o el sacerdocio ministerial? ¡No! Idiota sería después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido. Me siento contento y agradecido con Dios por el don de mi sacerdocio. Me siento, sí, también, muy avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial, pero al final del día feliz de serlo. Pienso que no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado. Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los sacerdotes señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sin duda ¡Y cuántos pecados tenemos! Sin embargo lo importante de una señal de carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca. El Jueves Santo, el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias; suba nuestra oración como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de Sus sacerdotes su misericordia, para que cada día nos parezcamos más a su hijo, Sumo y Eterno Sacerdote • AE 

Dos entregas. Dos amores.


En la noche del Jueves hay dos entregas. La de Judas, que tiene detrás unas pocas monedas. Y la entrega de Jesús. Él no vende a nadie, se da él mismo; él no busca el interés, ni el dinero, ni la ganancia, sino la vida para sus amigos, el testimonio que les dará fuerza y ánimo para seguir sus pasos, la ratificación, con su carne y su sangre, de que sus palabras no son sólo palabras, ni utopías, ni ilusiones, sino realidades tan auténticas y tan serias que, por ellas, se puede pagar un precio tan caro como el dar la propia vida. Y así, en ese gesto de amor sobre el pan y el vino Jesús se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida. Frente a uno que vende, que le vende a él por unas monedas, Jesús se da, se ofrece gratuitamente; se quiere quedar para siempre con los suyos, y de hecho se queda. Vender o darse; interés u ofrecimiento: esta es la disyuntiva de nuestra vida. Día a día se repite el drama de la última cena ¿cuál es el papel que tomamos, el de Judas o el Jesús? Dede la comodidad del desktop y con una humeante taza de café es fácil afirmar que nunca nos pondríamos en lugar de Judas pero ¿en realidad es así? ¿A favor de quién estamos ? ¿De aquellos a quienes la sociedad desprecia y no toma en cuenta? ¿A favor del anciano al que despacharon al asilo para que no moleste en casa; a favor del que no tiene dónde comer ni dormir? ¿A favor del que está en la cárcel –justa o injustamente- del drogadicto, de la madre soltera, del homosexual, de la prostituta? ¿Estamos a favor del inmigrante salvadoreño? El hacer algo por los demás es en realidad la única manera de saber en lugar de quién nos ponemos, y e que en las palabras del Señor no hay grises, o es blanco o es negro: porque tuve hambre y me diste de comer... cada vez que lo hacías a uno de los más pequeños, me lo hacías a mí [1]. Si ante la imagen del Señor dándose a los hombres -primero lavándoles los pies, luego quedándose para siempre en el Pan- no nos tomamos en serio nuestra conversión, si ante este Jesús que se entrega, nosotros somos incapaces de ponernos en su lugar, habría que empezarnos a preguntar cómo fue que el corazón se nos puso distante y frío. El evangelio de eta tarde de Jueves Santo no es una parábola más o un milagro más, o una reflexión más, es Jesús mismo dándose a los hombres, e inaugurando una nueva era: la de los hijos de Dios, hermanos de los hombres, de buenos y malos, de puros e impuros, de justos e injutos, de todos aquellos sobre los que Dios hace salir su sol y bajar su lluvia • AE



[1] Cfr. Mt 25, 31-46

¡Véante mis ojos!



Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento,
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
su amor y deseo;
Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego •

Véante mis ojos es una coplilla popular amorosa. A veces se le atribuye a Teresa de Jesús, aunque en realidad no es suya, aunque sí que aparece en un conocido episodio de su vida. En el convento de Salamanca había entrado una novicia con muy buena voz, con dotes para la música y el verso: Isabel de Jesús. Una tarde de Pascua de Resurrección de 1571, Teresa de Jesús se encontraba sumida en un estado espiritual de gran soledad, y estando en la recreación, Isabel de Jesús, empezó a cantar estas coplas y que gustaron mucho a la santa Madre. Es todo lo que sabemos, y no hace falta saber más.