viernes, 23 de junio de 2017

Amigos mios...


No tengáis miedo,
predicadores audaces:
lo que sembré en esta tierra,
sembradlo por las ciudades;
no tengáis miedo al martirio,
amigos míos, mis mártires.


No tengáis miedo,
a humanas autoridades;
sois mensajeros de amor
enviados por el Padre;
testigos del Evangelio,
firmado en la Cruz con sangre.


No tengáis miedo,
porque vais a hacer las paces;
si creéis en el amor,
dad del amor las señales;
si creéis en el perdón,
dulcemente perdonadles.


No tengáis miedo,
ni queráis arcos triunfales;
no fiéis en la justicia
que mata a los criminales;
sed con la vida entregada
víctima de aroma suave.


No tengáis miedo,
mirad a las tiernas aves,
que alegres revolotean
con su precioso plumaje,
y en los graneros del cielo
para cuidarlas hay Alguien.


No tengáis miedo...,
no..., fuera de Dios, a nadie,
pero a ti, dulce Jesús,
¿cómo, con miedo, mirarte,
oh Divino Corazón,
hecho solo para amarte?


No tengáis miedo
por sin fin de eternidades.
¡Seas, Jesús, mi reposo,
hoy y en el último trance,
y al Padre Dios y al Espíritu
contigo por siempre alabe! Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Puebla, México 13 junio 2011 (
fiesta de San Antonio de Padua)

Los miedos de la vida.


En este mundo nuestro globalizado y tech en el que las cosas parecen fluir a ratos tan bien, vivimos con una buena dosis de miedo. Miedo a ir por una calle desierta, a abrir la puerta de casa cuando alguien, al que no identificamos, llama a ella. Miedo a perder el empleo; al futuro y las crisis económicas. Los padres tienen miedo a que sus hijos crezcan, porque les horroriza la droga, el libertinaje, y la rebeldía que hay en el ambiente. Los que aman tienen miedo a que el amor se esfume. Miedo al calentamiento global que está ahí, agazapado, teniendo su sombra sobre una Humanidad. Miedo a vivir, en menos palabras, porque vivir significa comprometernos a algo, dar la cara, tomar partido, definirnos en una postura clara a favor de algo (o en contra) y casi siempre preferimos mantenernos en una discreta penumbra por el miedo que nos da el saber que podemos perder. Tenemos miedo a lo que piensen de nosotros, a perder nuestro prestigio; a que no nos consideren importantes o desdeñen nuestra opinión. En nuestra fe cristiana también se ha colado el miedo, y hoy la voz del Señor en el evangelio se refiere a eso: No teman a los hombres[1], nos dice, y va más allá: nos habla del miedo que podemos llegar a sentir al ver en el horizonte el riesgo que implica dar la vida por Él. Sí: es un miedo comprensible pero afortunadamente el Señor promete su asistencia, una asistencia que ha sido palpable y visible a través de la historia en millones de seres humanos. Quizá no tengamos que llegar a situaciones extremas como sería el caso del martirio, pero ahí están y estarán siempre los miedos que nos invaden cuando se nos presenta la ocasión de abrirnos sinceramente a las exigencias de nuestra fe cristiana[2]. Jesús está cerca para hacer de nosotros hombres y mujeres decididos, capaces de salir de nosotros mismos #Iglesiaensalida para caminar sin miedo, para vivir cabalmente esas grandes verdades en las que decimos creer. «A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y de distracción que ofrece esta sociedad. Así se produce una especie de alienación que nos afecta a todos, ya que «está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana»[3]. Buena cosa sería volver a leer el evangelio de este domingo –el XII dentro del Tiempo Ordinario- con calma y poner atención a la voz del Señor que nos asegura que estará cerca. No lo olvidemos nunca: somos discípulos de alguien que vive para siempre • AE


[1] Cfr. Mt 10, 26-33.
[2] A. M. Cortés, Dabar 1987, 34.
[3] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 196. 

martes, 13 de junio de 2017

El Maestro Pintor


El Señor envía su mensaje a la tierra, 
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana, 
esparce la escarcha como ceniza;
hace caer el hielo como migajas, 
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten; 
sopla su aliento, y corren (Sal 147)


La dulce nieve habla el silencio en el paisaje de invierno. Gracia blanca del cielo para cubrir la tierra. El descanso del invierno para frenar la carrera de la vida. Y la promesa de agua para los campos helados cuando la nieve se derrita con los primeros fervores de la primavera. Gracias por la nieve, Señor. Tu poder está escondido, Señor, en los tiernos copos que se posan suaves sobre los árboles y la tierra. No hay ningún ruido, ni presión, ni violencia; y, sin embargo, todo cede ante la mano invisible del maestro pintor. Imagen de tu acción, Señor, suave y poderosa cuando se encarga del corazón del hombre. Tu poder es universal, Señor. Nada en toda la tierra se escapa a tu influencia. Todo el paisaje es blanco. Llegas a las altas montañas y a los valles escondidos; cubres las ciudades cerradas y los campos abiertos. Te presentas ante el sabio y ante el ignorante; amas al santo y al pecador. Tu gracia lo cubre todo. Tu llegada es inesperada, Señor. Me despierto una mañana, me asomo a la ventana y veo que la tierra se ha vuelto blanca de repente, sin que sospechara nada la noche. Tú sabes los tiempos y las horas, tú gobiernas las mareas y las estaciones. Tú haces descender en el momento exacto la bendición refrescante de tu gracia sobre las pasiones de mi corazón. Apaga el fuego, Señor, antes de que me queme. Señor del sol y las estrellas, Señor de la lluvia y la tormenta, Señor del hielo y la nieve, Señor de la naturaleza que es tu creación y mi casa: me regocijo al verte actuar sobre la tierra y recibo con alegría a los mensajeros atmosféricos que me llegan desde el cielo para confirmarme tu ayuda y recordarme tu amor. ¡Señor de las cuatro estaciones! Te adoro en el templo de la naturaleza • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander-1989, pág. 265

el Pan que partimos y compartimos.


La celebración de la fiesta del santísimo Cuerpo y Sangre del Señor –Corpus Christi- vuelve a ofrecernos la oportunidad de reflexionar sobre la Eucaristía, la gran fiesta que nos congrega domingo a domingo y nos hace decir que vivimos en comunión y que recibimos la Comunión sin embargo, somos también un pueblo poco comunitario. Nuestra postura cristiana a veces es individualista y, vamos a ser honestos, con cierto tinte de exclusivismo y de interés privado. A pesar de todo, la Eucaristía es signo de unidad. Incluso en lo humano las comidas, los banquetes, suelen ser la expresión de la unanimidad. En torno a una mesa no es difícil superar todas las particularidades y llegar al mutuo acuerdo. Y así, en torno a la sagrada Mesa, la común participación en la Eucaristía es signo de la unanimidad del pueblo de Dios. Pero la Eucaristía no es sólo un signo, es decir, la expresión feliz de la unidad que ya debe haber, sino que es signo eficaz, o sea, que hace nacer y acrecienta la unión de los cristianos. En torno al altar se edifica y construye la Iglesia de Dios. ¿Qué pasa, pues, que nosotros no acabamos de superar nuestro viejo individualismo? ¿Qué extraño y envejecido mal entorpece la eficacia unificante de la Eucaristía? ¿Por qué la unión simbólica en el templo no tiene realidad al otro lado de las puertas de la iglesia? ¿No es un contrasentido que los que aquí compartimos el mismo Pan, don de Dios, nos neguemos luego a repartir el otro pan, fruto de nuestro sudor, pero también don de Dios? San Pablo, en el fragmento que hemos escuchado en la segunda de las lecturas denuncia esta inexplicable actitud de los cristianos de Corinto: aquella comunidad que comenzó repartiendo el pan material con ocasión de la Eucaristía, había llegado a aprovechar esa misma celebración para hacer ostentación cada cual de sus propias riquezas. Y San Pablo denuncia que en eso no hay nada laudable. Y sí mucho que recriminar. El punto es sencillo: no estamos comulgando bien. Si ya arqueaste la ceja y te revolviste inquieto en la silla, espera un momento. Sigue leyendo. No estoy hablando de las disposiciones exigidas por el derecho: ayuno y pureza de conciencia. Me refiero a algo más sencillo, más profundo, y más elemental también: comulgar es recibir a Cristo; pero no acaparar a Cristo, monopolizar la posesión de Cristo, retener a Cristo para nuestro uso particular. Comulgar es compartir con los hermanos, pero no anecdóticamente en la Misa, sino de verdad y siempre. ¿Por qué somos capaces de recibir a Cristo sacramentado y rehuimos aceptar a Cristo, el mismo Cristo, presente en nuestro prójimo? Cuando comulgamos recibimos a Cristo. Pero no podemos olvidar que la Eucaristía no tendría sentido sacada del contexto de su institución: la noche víspera de la Pasión. Comulgar es recibir a Cristo que se sacrifica por todos los hombres para el perdón de los pecados. Por eso, comulgar es compartir con Cristo su propio sacrificio en servicio a los hombres. Justo por esto resulta incomprensible toda tentativa de pretender comulgar, conformándose sólo con recibir, sin sentirse al mismo tiempo comprometido a dar, a darse en servicio a los hermanos. En menos palabras: No podemos comulgar con Cristo sin comulgar también con los hermanos. Ni tiene sentido compartir el Cuerpo de Cristo si nos cerramos totalmente a compartir con el necesitado nuestros bienes. Si nuevamente te revolviste inquieto en la silla y pensaste “el Fader se nos vuelve comunista”, aqui dejo unas entrañables palabras de monseñor Cámara: «Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista»[1]. Celebramos el amor de Dios que muere y se nos da en alimento, para mantenernos unidos a Él, en una misma Iglesia. Por eso es una buena ocasión para reflexionar y examinarse cada cual, de manera que demos a la comunión su debido valor. No el valor que nosotros hayamos podido atribuirle, sino el que el Señor quiso darle: signo eficaz de nuestra unidad AE


[1] Hélder Pessoa Câmara (n. Fortaleza; 7 de febrero de 1909 - m. Recife; 27 de agosto de 1999) fue un sacerdote católico brasileño y posteriormente obispo auxiliar de Río de Janeiro y obispo de Olinda y Recife.

La procesión del Corpus Christi


Lo que, sobre todo, distingue a la fiesta de hoy, considerada completamente desde fuera, de todas las otras fiestas de la cristiandad, es la procesión. Es lo más exterior en esta fiesta, y es también lo más distintivo. Pero cuando, como en este caso, lo exterior nace de dentro, es también la manifestación de su núcleo interior. Y por eso podemos meditar el misterio de esta fiesta a partir de la procesión. La procesión del Corpus Christi tuvo su origen en el último tercio del siglo XIII. A principios del siglo xv llegó a generalizarse. Es un trozo de la baja edad media y de su unidad de fe; por lo tanto, no es demostración alguna de fe en un mundo no católico. Quizá brotó de la costumbre más general de las procesiones del campo. En éstas el hombre recorre la tierra, en donde se desarrolla su existencia, santificándola, e introduce lo «santo» (desde las reliquias de la Iglesia hasta el «santísimo») en su mundo. Porque todo en su multiplicidad procede de una raíz y se dirige hacia un fin, el hombre en la procesión delimita el espacio en donde se realiza su existencia ; el espacio abierto se convierte en iglesia, el sol en luz del altar, el aire fresco forma un coro y canta con las canciones de los hombres, en las esquinas de las calles están los altares, los hombres se convierten en caminantes alegres y los despreocupados pájaros del cielo plasman su vuelo en medio de las oraciones que suben de la tierra afligida, casi transformadas ya en pura alabanza. Así la procesión representa visiblemente el movimiento de los hombres hacia su fin, a través de los lugares de su existencia; es el aparecer del Santo que en última instancia sustenta este movimiento, lo mantiene quedándose en él, y lo conduce a su fin propio: Dios. Con ello llegamos al sentido de la fiesta de Corpus Christi, al sentido de la eucaristía. Ciertamente, este sacramento alcanza su sentido pleno cuando es recibido. Cuando lo conservamos en nuestros altares y, alzándolo y mostrándolo, lo llevamos a través de la tierra donde se desarrolla nuestra vida, sigue siendo la comida que sólo nos apropiamos totalmente cuando la gustamos. Pero, sin embargo, este sacramento es un sacramento permanente que puede y debe ser guardado, mostrado y adorado, a la manera que el hombre en otras ocasiones envuelve y codicia con su mirada la comida, preparándose así para gustarla. Y de esta forma, la esencia del sacramento del altar se manifiesta también cuando se le muestra y venera como sacramento permanente, aunque en este caso su sentido no aparece con tanta claridad como cuando el hombre se apropia al mismo tiempo, en signo y en verdad, lo que contiene.

¿Qué nos, dice, en primer lugar, la procesión del Corpus Christi, si la consideramos de este modo? Nos hace descubrir que somos peregrinos sobre la tierra; no tenemos aquí patria alguna permanente; somos los que cambian, los que, errantes, andamos por el espacio y el tiempo, los que siempre están en camino, y que buscan todavía su patria propia y el descanso eterno ; somos los que deben dejarse transformar, porque ser hombre significa dejarse transformar, y perfección, haberse transformado. Nuestra temporalidad y los distintos lugares donde se desarrolla nuestra existencia se manifiestan a través de una procesión. Pero esta marcha no es la de una manada, y este movimiento no es sólo la huida en masa de los atormentados, a través del tiempo y del inhospitalario desierto de nuestra existencia: una procesión es un movimiento de los que se sienten verdaderamente unidos; es una suave corriente de tranquila majestad; una marcha en la que los caminantes se cogen dulcemente las manos y de la que no se excluye a nadie y que bendice aun a los que miran sin comprender nada; es un movimiento que lleva consigo lo santo, lo eterno, que tiene consigo la tranquilidad del movimiento y la unidad de los que se mueven. El Señor de la historia y de este éxodo santo del destierro a la patria eterna, va con nosotros; es una marcha eterna, una procesión que tiene verdaderamente una meta ante sí y consigo. Desde ese punto de vista comprendemos lo que la procesión dice en particular: Nos habla de la eterna presencia del pecado de la humanidad en su historia y en nuestra propia historia, en la historia de mi vida. En esta marcha llevamos el cuerpo que fue entregado por nosotros. La cruz del calvario viene con nosotros. El signo que hace a la humanidad culpable de la muerte de Dios; el cuerpo y la vida que hemos empujado a la muerte. Tenemos siempre con nosotros al crucificado en la marcha a través de nuestro tiempo, nos dice esta procesión de los pecadores; y cuando andamos por nuestras calles y vemos fachadas tras las cuales habita el lujo pecaminoso, la desgracia pecaminosa y la oscuridad de los corazones, pasamos ante las manifestaciones siempre nuevas de este pecado del mundo y anunciamos su muerte y la nuestra de la que todos nos hemos hecho culpables. Por medio de esta procesión, que tiene consigo al crucificado, confesamos que somos pecadores, y que tenemos que expiar hasta el fin la culpa de la humanidad y la nuestra propia. Confesamos que vamos siempre por los caminos del error, de la culpa y de la muerte, por los caminos que, en virtud de aquel que los anduvo sin pecado por nosotros y con nosotros - en el sacramento y en su gracia del Espíritu -, se han convertido en caminos de salvación para los que creen con amor, que reciben este sacramento y lo llevan consigo en sus oscuras sendas.

La procesión nos habla de la presencia permanente de la reconciliación en los caminos de nuestra vida. Nos dice: Él va con nosotros; Él, la reconciliación; Él, el amor y la misericordia. Él, que nos sigue, Él, que nos persigue con la terquedad de su amor, mientras somos peregrinos en esta tierra, que nos persigue aún cuando andamos por caminos tortuosos y perdemos la dirección. Él, que. busca en el desierto la oveja perdida y corre al encuentro del hijo perdido. Él va con nosotros en la peregrinación de nuestra vida, Él que ha recorrido por sí mismo todas estas calles - quaerens me sedisti lassus - desde el nacimiento hasta la muerte y por eso sabe cómo le va a uno por estas correrías sin fin y, con tanta frecuencia, sin camino. Está ahí, visible e invisible, Él, con la misericordia de su corazón, con la experiencia de una vida completa de hombre, paciente y madura y misericordiosa. Él, la salvación y la reconciliación de nuestros pecados. Llevamos el sacramento a través de los campos y de los desiertos de nuestra vida y confesamos: estamos acompañados por aquel que con su sola compañía puede hacer todos los caminos rectos.

La procesión nos habla del feliz milagro por el que, desde la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo, nuestro «movimiento» no solamente se mueve hacia el fin, sino que se mueve dentro del fin mismo. El fin de los tiempos ha llegado ya. Nosotros, peregrinos extraviados, llevamos en las manos al que es el fin y la meta misma. Levantamos el cuerpo en el que la divinidad y la humanidad se han unido ya indisolublemente; llevamos el cuerpo glorioso (si bien todavía oculto bajo los velos de este mundo) en el que el mundo ha comenzado a ser glorificado en un trozo que le pertenece, y a llevarse a la eterna e inaccesible luz de Dios mismo. La procesión del Corpus Christi significa que el movimiento del mundo ha entrado en su última fase; ese movimiento, como totalidad, no puede errar el blanco ; el lejano fin de este movimiento de todos los siglos ha entrado en este movimiento mismo y ha entrado en él no sólo como promesa y futuro lejano, sino como realidad presente. Et antiquum documentum novo cedat ritui, cantamos en esta ocasión, y debíamos comprender también todo su sentido. La alianza de la promesa, la alianza de los tanteos y de la provisionalidad, la historia que estaba abierta y que buscaba su fin vacilando, ha pasado ya. Lo eterno, lo definitivo, Dios mismo, está ya ahí. En aquel misterioso momento en el que tiempo y eternidad, tierra y cielo, Dios y hombre - acercándose desde dos lejanías separadas por una infinitud - comienzan a penetrarse, en aquel mismo momento y lugar sucede la procesión que lleva el cuerpo del Señor y es a su vez, la expresión de ese momento y punto. Novum parcha novae legis phase vetus terminat: la nueva pascua de la nueva ley ha puesto fin a la antigua. La procesión, que lleva el cuerpo de aquel que inseparablemente y para siempre es Dios y hombre, que lleva el cuerpo del que ya es glorioso, nos dice que nuestro movimiento ha llegado ya a su fin, misteriosa pero verdaderamente.

Esta procesión nos habla también de la unidad que reina entre los que se mueven. El movimiento de la humanidad a través de su historia, de sus culturas, naciones, guerras y caídas no es solamente un desordenado y caótico entremezclarse, en sus veloces carreras, de los atormentados por las necesidades de la vida, por ideales utópicos, y poderes demoníacos. El movimiento de los hombres tiene su unidad. Somos un mismo cuerpo, los que comemos un mismo pan -dice san Pablo -. Es signo de la unidad, vínculo del amor - dice san Agustín -, el cuerpo que los peregrinos de la historia llevan con fe y amor en santa procesión y lo levantan para bendecir la tierra, en la que ganan su pan miserablemente, que ávida bebe su sangre y sus lágrimas, para hacer entrar al fin - sólo provisionalmente - a su cuerpo en la historia general, y aparentemente sin fin, de la naturaleza. Llevamos el cuerpo del Señor en procesión y con ello expresamos que todos somos uno, que todos vamos por el mismo camino, el único camino de Dios y de su eternidad; las mismas fuerzas de la vida eterna obran ya en todos nosotros, el único amor divino es ya nuestra participación ; participación que nos vincula más profunda e interiormente que todo lo que de otro modo podría unirnos o separarnos. Llevamos a través de la vida el sacramento de la unidad de la Iglesia y de todos los redimidos y nos adherimos al amor que mueve al sol y a las estrellas, a los hombres y a todo el cosmos, al único fin y único reino, en el que Dios será todo en todos.
Somos peregrinos y expatriados sin hogar fijo, buscando todavía el futuro y lo permanente, el fin y el eterno descanso, que es la suprema vitalidad y la vida por antonomasia. Pero peregrinos con cuya culpa, que los arrastra, va también la misericordia de Dios, peregrinos que ya han tomado posesión del fin, puesto que sólo tiene que manifestarse lo que ya tenemos y somos, peregrinos de un movimiento infinito hacia el fin y en el fin, peregrinos de un único fin, peregrinos que son uno en el amor por medio del pan único de la vida eterna. Caminemos hoy y siempre, incansables, por todas las calles de esta vida, las llanas y las escabrosas, las felices y las sangrientas ; el Señor está presente, el fin del camino y la fuerza para recorrerlo están presentes. Bajo el cielo de Dios va por las calles de la tierra una sagrada procesión. Llegará. Pues ya hoy celebran el cielo y la tierra juntos una fiesta feliz  K. Rahner, El Año Litúrgico, Herder, Barcelona 1966, p. 109 ss.

viernes, 9 de junio de 2017

Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe.


Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.

 Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

 Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.

 Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

 Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

 El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
...

Desde principios de diciembre de 1577 a mediados de agosto de 1578 san Juan de la Cruz estuvo encarcelado en Toledo, sin posibilidad de celebrar la misa ni de comulgar. Fue en esos meses cuando compuso las que sin duda son sus mejores poesías. Entre ellas, con motivo de las fiestas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, este poema trinitario y eucarístico, en el que afirma que en la oscuridad de la fe conoce bien dónde se encuentra la fuente de la vida (Dios mismo), que por amor a nosotros sale de Sí mismo y nos crea para comunicarnos su vida. Mientras caminamos en la tierra, se queda con nosotros para no dejarnos solos, aunque permanece escondido en el pan de la Eucaristía. El santo de Ávila lo titula: «Cantar del alma que se huelga [=que se goza, que se alegra] de conocer a Dios por fe». 



jueves, 8 de junio de 2017

La grandeza de la humildad.

Autor anónimo, Dios Creador y Providente, tinta y tempera sobre oro, 
Bible Moralisée (a. 1250) Osterreichische Nationalbibliothek, Viena (Austria)
...
En otros tiempos, Dios era una palabra llena de sentido para millones de hombres y mujeres. Hoy son cada vez más los que se avergüenzan de hablar de Dios de manera seria. Para muchos, el término [Dios] trae malos recuerdos y mejor no mencionarlo. ¿Cuál es la raíz profunda de este ateísmo que sigue creciendo en el corazón de tantos que, incluso, se llaman cristianos? Muchos de ellos han experimentado a Dios como un tirano ante el que tenemos que defender nuestra libertad, rival invencible que nos roba la espontaneidad y la felicidad. Sin darse cuenta, siguiendo la invitación de F. Nietzsche, están matando en su corazón a este Dios indeseado porque están secretamente convencidos de que es un ser que nos estropea la vida coartando nuestra libertad. No saben que ese Dios tirano y dominador contra el que inconscientemente se rebelan, es un fantasma que no existe en la realidad. Por eso quizá la clave para recuperar de nuevo la fe en el verdadero Dios sería, para muchos, descubrir que Dios es amigo humilde y respetuoso, compañero de camino, no un ídolo satisfecho de sí mismo y de su poder. No es un tirano narcisista que se goza y se complace en su omnipotencia. Dios no grita, no se impone, no coacciona. Dios no se exhibe. No se ofrece en espectáculo. Son muchos los que se quejan de que Dios es demasiado invisible y no interviene espectacularmente en nuestras vidas, ni siquiera para reaccionar ante tantas injusticias. No han descubierto todavía que Dios es invisible porque es discreto, porque respeta hasta el final la libertad de los hombres. Este domingo en el que la liturgia celebra a la Santísima Trinidad nos vuelve a recordar algo que olvidamos una y otra vez: Dios es Amor, y su gloria y su poder consisten en amar. Para nosotros, la gloria siempre es algo que sugiere renombre, éxito por encima de todo, triunfo sobre los demás, poder que somete a los demás... La gloria de Dios es otra cosa. Dios sólo es amor y, precisamente por eso, no puede sino amar. Dios no puede manipular, humillar, abusar, destruir[1]. Dios sólo puede acercarse a nosotros para que nosotros podamos ser nosotros mismos. «La gloria de Dios consiste en que el hombre esté lleno de vida» decía san Ireneo ¡con cuánta razón! Tengo para mí que muchos hombres y mujeres cambiarían su actitud ante Dios si descubrieran a ese Dios humilde y respetuoso, amigo de la vida y la felicidad de los hombres, un Dios que no sabe ni puede hacer otra cosa que querernos con locura. El libro de los Proverbios recoge una de las frases más entrañables de todo el Antiguo Testamento: yo estaba entonces junto a Él, como arquitecto; y era su delicia de día en día, regocijándome en todo tiempo en su presencia, regocijándome en el mundo, en su tierra, y teniendo mis delicias con los hijos de los hombres [2]. ¿Abriremos la puerta de nuestro duro corazón a ése Dios que desea entrar para regalarnos su paz y su alegría? •AE



[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 181 ss.
[2] Cfr. Prov 8, 31. 

viernes, 2 de junio de 2017

El grano de trigo y la tierra buena


San Juan pone en boca de Jesús, poco antes de su muerte aquellas palabras tan misteriosas: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace bajo tierra, da mucho fruto[1]. A poco de entrar en el verano, con los campos que tienen ya el aspecto distinto, el de la cosecha es bueno volver a acercarnos a esas palabras del Señor para entender que el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto. Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. El que había convertido su vida en una obra constante de amor. Pero, verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto. Es la Pascua. Lo que hemos celebrado en estos cincuenta días que hoy cumplimos. Jesús vive y vive para siempre. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia. Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino. Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es sólo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado. Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto abierto de la Pascua de JC: que él vive para siempre, y que la vida nueva que él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu. Como una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Papa Francisco nos habla de una Iglesia en salida, nos invita constantemente a no encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús[2]. Hoy podríamos pedir al Espíritu una sola cosa: que nos renueve[3]. Que en esta Iglesia y en este mundo más bien tristes en los que vivimos, nos convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía a la que iremos este domingo de Pentecostés nos una con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña • AE


[1] Jn 12, 24.
[2] Cfr. Evangelii Gaudium n. 20, 21; 49.
[3] J. Lligadas, Misa Dominical 1981, 12.

¡Eres Tú!


Como una promesa, eres Tú, eres Tú
Como una mañana de verano
Como una sonrisa, eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú.

Toda mi esperanza, eres Tú, eres Tú
Como lluvia fresca en mis manos
Como fuerte brisa, eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú

Eres Tú como el agua de mi fuente
Eres Tú el fuego de mi hogar
Eres Tú como el fuego de mi hoguera
Eres Tú el trigo de mi pan

Como mi poema, eres Tú, eres Tú
Como una guitarra en la noche
Todo mi horizonte eres Tú, eres Tú
Asi, asi, eres Tú

Eres tu como el agua de mi fuente
(Algo asi eres Tú)
Eres Tú el fuego de mi hogar
Eres Tú como el fuego de mi hoguera
Eres Tú el trigo de mi pan • 

Juan Carlos Calderon y Mocedades

miércoles, 24 de mayo de 2017

En la solemnidad de la Ascensión del Señor


¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay! Nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!

Tú llevas el tesoro
que sólo a nuestra vida enriquecía,
que desterraba el lloro,
que nos resplandecía
mil veces más que el puro y claro día.

¿Qué lazo de diamante,
¡ay, alma!, te detiene y encadena
a no seguir tu amante?
¡Ay! Rompe y sal de pena,
colócate ya libre en luz serena.

¿Que temes la salida?
¿Podrá el terreno amor más que la ausencia
de tu querer y vida?
Sin cuerpo no es violencia
vivir; más es sin Cristo y su presencia.

Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso 


Fray Luis de León, O.S.A., (1527-1591) fue un poeta, humanista y religioso agustino español de la escuela salmantina y uno de los poetas más importantes de la segunda fase del Renacimiento español junto con Francisco de Aldana, Alonso de Ercilla, Fernando de Herrera y San Juan de la Cruz. Su obra forma parte de la literatura ascética de la segunda mitad del siglo XVI y está inspirada por el deseo del alma de alejarse de todo lo terrenal para poder alcanzar lo prometido por Dios, identificado con la paz y el conocimiento. Los temas morales y ascéticos dominan toda su obra.




(oración en silencio)


El Señor nos escogió nuestra herencia.


Tú dividiste la Tierra Prometida entre las tribus de Israel, Señor, y tú has determinado las circunstancias de historia, familia y sociedad en que yo he de vivir. Mi tierra prometida, mi herencia, mi viña, por decirlo en términos bíblicos. Te doy las gracias por mi viña, la acepto de tu mano, quiero declararte, directa y claramente, que me agrada la vida que para mí has escogido, que estoy orgulloso de los tiempos en que vivo, que me encuentro a gusto en mi cultura y feliz en mi tierra. Es fantástico estar vivo en este momento de la historia, y me alegro de ello con toda el alma, Señor. Oigo a gente que compara y se queja y preferiría haber nacido en otra tierra y en otra edad. Todos los tiempos son buenos y todas las tierras son sagradas, y el tiempo y el espacio que tú escoges para mi son doblemente sagrados a mis ojos por ser tú quien los has escogido en amor y providencia como regalo personal para mí. Me encanta mi viña, Señor, y no la cambiaría por ninguna. Amo mi cuerpo y mi alma, mi inteligencia y mi memoria tal como tú me los has dado. Mi viña. Muchos a mi alrededor tienen cuerpos más sanos e inteligencias más agudas que la mía, y yo te alabo por ello, Señor, al verte mostrar destellos de tu belleza y tu poder en la obra viva de tu creación que es el hombre. Hay racimos más apretados y uvas más dulces en otros viñedos alrededor del mío. Con todo, yo aprecio y valoro el mío más que ningún otro, porque es el que tú me has dado a mi. Tú has fijado el que debía ser mi patrimonio, y yo me regocijo en aceptarlo de tus manos. Tú me preparas cada día los acontecimientos que salen a mi encuentro, las noticias que leo, el tiempo que me espera y el estado de alma que se apodera de mí. Tú me preparas mi heredad. Tú me entregas mi viña día a día. Enséñame a arar la tierra, a dominar esos estados de alma, a tratar a los que encuentro, a sacar provecho de todos los acontecimientos que tú me envías. Soy hijo de mi tiempo, y considero este tiempo como don tuyo que quiero aprovechar con fe y alegría, sin desanimarme ni desconfiar nunca. El mundo es bello, porque tú lo has creado para mí. Gracias por este mundo, por esta vida, por esta tierra y por este tiempo. Gracias por mi viña, Señor • Carlos G. Vallés (Busco tu rostro. Orar con los Salmos. Ed. Paulinas y Sal Terrae, Santander 1989, p, 93 ss)

Junto a Aquel que acompaña y consuela


Jesús no es un difunto. Es alguien vivo que ahora mismo está presente en el corazón de la historia, de la Iglesia y en nuestras propias vidas. Con frecuencia nos sucede que ser cristiano no es solamente admirar a un personaje del pasado que con su doctrina puede aportarnos todavía alguna luz sobre el momento presente, o darnos unos pocos de ánimos para el camino a veces tan cuesta arriba. Ser cristiano es más, es encontrarnos diariamente en el silencio de la oración y en el ruido del tren o del coche que nos lleva a casa con un Cristo lleno de vida cuyo Espíritu nos hace vivir. ¿Sabemos ver a Cristo detrás de los acontecimientos, de las personas, de los tropezones, del dolor? Este domingo en el que celebramos la Ascensión del Señor escuchamos el relato de Mateo, en el que justamente nada se dice sobre la Ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en el corazón de los creyentes estas últimas palabras del resucitado: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo[1]. Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el resucitado como compañero único de existencia. Día a día, él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a cada uno de nosotros. El está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. El infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor lo que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. El nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad que nos ofrece los prodigios de la tecnología pero, al final, no nos explica para qué hemos de vivir. El Señor, con su diaria compañía, nos ayuda a descubrir la verdadera alegría, la que se queda en el corazón cuando ayudamos, cuando perdonamos, cuando nos preocupamos y ocupamos de los demás. En el Señor tenemos la gran seguridad de que, al final de todo, el amor triunfará. Junto a Jesús no hay lugar para el desaliento, para la desesperanza[2]. Desde luego nuestra fe no es un analgésico poderoso que nos libra del dolor, ni hace que todo sea fácil y color de rosa. Jesús es el gran secreto, la perla preciosa, que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza, aun en medio del sufrimiento. Jesús resucitado está con nosotros. Para siempre • AE



[1] Conclusión del evangelio según san Mateo (28,16-20).
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 59 ss.