jueves, 17 de agosto de 2017

¡Qué grande es tu fe, mujer!


¡Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!

Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.

Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.

¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.

Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 10 agosto 2011

Ente el ruido y el aturdimiento.


Difícil esto de entender la actitud del Señor con ésta mujer cananea. Estamos acostumbrados a un Jesús tierno y cercano que casi siempre se adelanta a las necesidades de los que se le cruzan por el camino. Hoy encontramos a una mujer que pide a Jesús algo pero no para ella sino para alguien a quien quería más que a ella misma: su hija. Jesús sin embargo se resiste, y se resiste duramente, o al menos así parece, se resiste hasta arrancar del corazón de aquella madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio[1]. Tan preciosa que venció totalmente el corazón del Señor. Fue así que llegó el milagro. A lo largo de la vida hemos sentido eso que alguien llamo “el silencio de Dios”: Situaciones inexplicables, incomprensibles, que aparentemente no tienen respuesta [mientras escribimos esto son ya trece las personas muertas por un atentado terrorista en las calles de Barcelona, en España]. A veces nos sentimos como  debió sentirse aquella cananea: rechazados, excluidos. Pero hay que saber ir más allá, y perseverar en la oración ¡Qué bueno es orar! Hoy también. En medio del trabajo, de la prisa; entre el ruido y el aturdimiento, a pesar de las muchas cosas que hay que hacer, por encima de los compromisos sociales y de las diversiones; en los días hábiles y en los de descanso, en el campo y en la ciudad, en casa y en  la parroquia, ¡qué bueno encontrar sitio y un momento para hablar con Él! Los cristianos no podemos existir sin esos momentos de intimidad sincera, calmada y reconfortante, igual que cualquier ser humano apenas puede entenderse sin esos momentos de conversación sincera, pausada y  reconfortante con los otros hombres y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte  ilusiones y proyectos. ¿Es posible imaginar a unos novios que no hablasen nunca, o matrimonios que no tengan nada que decirse? ¿Hay amigos que no tengan frecuentes y largas conversaciones? Si el hombre no habla con aquéllos que le rodean y, sobre todo, con aquéllos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de  soledad y de angustia. Los cristianos tenemos un Dios personal con el que compartimos la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que hablamos, con el que contamos, a quien pedimos, como la cananea. Dios y el cristiano son dos amigos que entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto no puede hacerse sin orar. Hoy más que nunca debemos reconquistar en nuestra vida el tiempo y el espacio para la oración, para un encuentro amoroso con Dios; un momento en el que repasemos con Él nuestro modo de entender la vida, nuestro modo de realizarla; nuestras opiniones…nuestro ¡todo! La oración es el momento de acercarnos a su fuerza, a su bondad, a su misericordia, para hacernos poco a poco semejantes a Él. En este vértigo que nos rodea a todos, en la época del ruido y la velocidad, triste cosa es la pérdida del sentido de lo sagrado, el espacio de oración. Pidamos este domingo que Él nos regale el deseo de ponernos en contacto con Él para encontrar la respuesta a lo que pedimos y a  lo que necesitamos en cada momento de esta vida • AE





[1] Cfr. Mt 15, 21-28. 

lunes, 14 de agosto de 2017

La dormición de la Virgen María


Sólo la Niña aquella, la Niña inmaculada,
la Madre que del hijo recibió su hermosura,
la Virgen que le dice a su Creador criatura,
sólo esa Niña bella al cielo fue elevada.

Los luceros formaron innumerables filas,
tapizaron las nubes el cielo en su grandeza;
y aquella Niña dulce de sin igual belleza
llenaba todo el cielo con sus claras pupilas.

Nuestro barro pequeño, de nostalgia extasiado,
ardientemente quiere subir un día cualquiera
al cielo, donde el barro de nuestra Niña espera
purificar en gracia nuestro barro manchado. Amén •


Himno del Oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas

Promesa y esperanza nuestra.

Miguel Cabrera, Virgen del Apocalipsis (1750), óleo sobre tela, 
Museo Nacional de Arte, Ciudad de México
...

Apareció entonces en el cielo una figura prodigiosa… ¿Por qué la liturgia nos pone delante un texto de Apocalipsis para celebrar la Asunción de la Virgen? Quizá porque el último libro de la Sagrada Escritura tiene más que ver con la esperanza que con la desesperación. En medio de los rayos y truenos y tormentas formidables de los que habla san Juan, aparece en el cielo una señal prodigiosa, un rayo de esperanza. Y es que la palabra de Dios, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis, es promesa y es esperanza. El final es luz y claridad, victoria y, por tanto, esperanza para sostener la paciencia. El libro del Apocalipsis descubre en el fin de los tiempos lo que ya estaba anunciado desde el principio del tiempo, desde el capítulo primero del Génesis, que la lucha entre la mujer y la serpiente, entre el bien y el mal, entre el hijo de la mujer y los seguidores del demonio, no es una batalla perdida sino ganada ya de antemano . Esa misteriosa mujer que enfrenta al terrible monstruo de siete cabezas y diez cuernos  y que se muestra especialmente débil por estar a punto de dar a luz, representa también el momento más difícil de la existencia humana: la lucha de los pobres por liberarse y recuperar su condición de persona, de los oprimidos, de los esclavizados, de los que no tienen más que su esperanza. La mujer del Apocalipsis es también el pueblo de Israel sometido a esclavitud, y es la Iglesia perseguida y apedreada, y es el pueblo de Dios que trabaja con esperanza y con paciencia. Y sobre todo es María, aquella en la que se han hecho carne todas las esperanzas de los hijos de Dios, pues de ella nació Jesús, el Salvador y Redentor. Jesús no sólo fue venciendo durante su vida todos los enemigos del hombre, sino que muriendo y resucitando, venció al último de ellos, la muerte. La resurrección de Jesús, lo que celebramos siempre en la eucaristía, es el triunfo y la victoria que se anuncia para todos los creyentes. Hoy, como otra primicia más de esa conquista de Jesús Resucitado, celebramos la Asunción de María. Desde muy temprano los cristianos colocaron junto a la resurrección de Jesús la dormición y Asunción de la Virgen para que no olvidemos que ella, María, es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; y sobre todo que ella es el gran consuelo y la esperanza de nosotros, el pueblo todavía peregrino en la tierra  • AE
___

[1] Cfr. Gen 3,15.
[1] Cfr. Apoc 11, 19; 12, 1-6.10.
[1] Cfr. Misal Romano, Prefacio: La gloria de la Asunción de María. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Mis manos y las Tuyas.


Entre tus manos está mi vida, Señor.
Entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir, para vivir.
Entre tus manos confío mi ser.

Si el grano de trigo no muere,
si no muere solo quedará,
pero si muere en abundancia dará
un fruto eterno que no morirá.

Es mi anhelo mi anhelo creciente,
en el surco contigo morir,
y fecunda será la simiente, Señor,
revestida de eterno vivir.

Y si vivimos, para Él vivimos;
y si morimos, para Él morimos;
Sea que vivamos o que muramos,
somos del Señor, somos del Señor.

Cuando diere por fruto una espiga,
a los rayos de ardiente calor,
tu reinado tendrá nueva vida de amor,
en una Hostia de eterno esplendor.

Entre tus manos está mi vida, Señor.
Entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir, para vivir.

Entre tus manos confío mi ser.

La duda y el Amor.


Por qué dudaste? La misma pregunta que el Señor hace a Pedro atraviesa toda la historia como fuera una línea de pólvora y viene y se pone delante de ti y de mí ¿Por qué dudaste? No es fácil responder. Primero hay que guardar un respetuoso silencio. Y es que a veces las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos hacen turbios sin saber exactamente por qué. Cosas que antes aceptábamos con valentía empiezan a debilitarse y hay dentro de nosotros una pequeña gran tentación de abandonarlo todo, de empezar a no creer. Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. Y es que difícil cosa es abandonarnos al misterio. La razón sigue buscando una luz clara que dirija el camino, y si a esto le sumamos la superficialidad y ligereza con la que vivimos y el culto que le damos a ¡tantos ídolos! No es extraño que a ratos tengamos la sensación de haber perdido realmente a Dios. Si somos sinceros hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que decimos ser y el realmente somos. ¿Qué hacer entonces cuando descubrimos en nuestro interior una fe frágil y vacilante, una llama que casi se apaga? Lo primero es no desesperarnos, ni asustarnos al descubrir dudas y momentos obscuridad. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios, a ratos, lo buscamos a tientas, a tropezones; al final la fe brilla cuando hemos atravesado, a pie, el desierto de la duda y la oscuridad #lavidamisma Poco a poco, día a día, hemos de aceptar el misterio de Dios con un corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con el Señor, con la alegría de que podemos vivir y relacionarnos con Él y amarlo y sentirnos amados por Él sin que nuestros interrogantes y dudas se encuentren resueltos por completo. Sí, leíste bien: es posible vivir con Dios y en su presencia y caminando en terreno resbaloso. Aquí lo que importa es saber gritar como Pedro una y otra vez: Sálvame, Señor[1]. Saber levantar hacia Él nuestras manos vacías, no sólo como gesto de súplica sino también y sobre todo como un gesto de entrega confiada de quien se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación[2]. Lo de la canción ésa tan bonita y tan popular, tan de parroquia: entre tus manos está mi vida Señor /entre tus manos pongo mi existir… La fe es caminar sobre agua, con todo el miedo y la inseguridad que eso conlleva, sí, pero con la esperanza cierta de encontrar esa mano que nos salva del hundirnos por completo • AE



[1] Cfr. Mt 14, 22-33.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 99 ss.

viernes, 4 de agosto de 2017

¡Aqui, Contigo!


G. David (1460–1523), La transfiguración de Cristo (1523), óleo sobre tela, 
Iglesia de nuestra Señora, Brujas (Bélgica).  
...
Llega el Reino de Dios en ese rostro
que es imagen impalpable de la Esencia,
y de la ruta humana fatigosa
el remate feliz, la paz perfecta.

Viene la Parusía cuando brillas
y el más allá se alcanza en tu presencia,
que al tiempo eres origen y principio,
Dios de Dios, Luz de Luz, Alfa y Omega.

¡Qué bien aquí, eternamente aquí,
contigo que eres Dios y tienes tienda
que hemos de hacer nosotros para ti,
aquí para gozar tu gloria eterna!

¡Oh Luz anunciadora del secreto,
oh Viviente inmortal que te revelas,
oh deseado cuerpo de mi Dios!,
Pedro, Santiago y Juan de ti destellan.

A nadie lo digáis hasta el momento,
dejad que el Hijo como siervo muera,
y aguardad que ya llega, ya ha estallado
la gloria que desea quien espera.

Jesús transfigurado y verdadero,
saciado de dolor y de belleza,
¡te bendecimos, santo, santo, santo,
y te cantamos, Dios de nuestra tierra! Amén •

P. Rufino María Grández, ofmcap,

6 marzo 1982

El Tabor y el Calvario.


Cuentan que cuando Jeffrey Alan Hoffman terminaba su primera misión espacial en abril de 1985 leyó desde el espacio este pasaje de René Daumal, escrito unos sesenta años antes: «No se puede permanecer en la cumbre eternamente, hay que descender de nuevo. Por eso ¿qué sentido tiene preocuparse por el primer puesto? Precisamente por eso. Lo que está arriba no sabe lo que está abajo, pero lo que está abajo no sabe lo que está arriba. Uno escala, ve, desciende. Luego ya no ve nada más. Pero ha visto. Hay un arte de conducirse a sí mismo en las regiones bajas por el recuerdo de lo que uno ha visto en las regiones altas. Cuando no se puede ver ya, se puede seguir sabiendo, por lo menos, que existen las cosas de arriba»[1]. ¡Exactísimo! (sic) Es importante haber visto, saber que existen las cosas de arriba. Aunque luego ya no se vean. Pedro, Santiago y Juan cuando bajaban del Tabor, seguramente lo hacían tristes y abatidos. Después de haber visto a su maestro en un momento de gloria, esplendor y luz ahora deben volver a la vida diaria; ven a Jesús descender de la montaña, solitario, lento y cotidiano. Tal vez cansado. Es el mismo de siempre y, como siempre, comienza a hablarles de su próxima muerte. ¡Cuánto les cuesta descender del monte! Aun así han visto ¿Quién podrá arrebatarles esa certeza? Pasarán los años, el escándalo de la Cruz pasará por sus ojos y sus almas, pero allá muy adentro, brillando, quedará un resplandor: el recuerdo de la Transfiguración[2]. Gracias a aquel momento podrán vivir la vida normal con el recuerdo de lo que han visto en la cima: la luz de Dios y su gloria. Lo han visto, lo saben. Eso es todo. Sí: qué difícil, bajar de las alturas. Bajar de las certezas, de las seguridades. El que ha estado en la montaña, el que ha admirado panoramas espléndidos luego sufre en la oscuridad del valle. No puede conciliarse con el tráfico, con el asfalto, con el rumor de la vida ordinaria. El corazón se le estrecha y acongoja. Tendemos a quejarnos constantemente de lo mal que está el mundo y buscamos en nuestro corazón fotografías de la altura, bellas instantáneas que han quedado allí fijas para siempre. Y tratamos de vivir allá arriba, más que en el asfalto, más que en este valle de lágrimas, como decimos en la Salve ¿Es momento de volver a la cima y hacer ahí tres tiendas para siempre? No. Es urgente bajar, reconciliarse con los hombres, aprender a hablar con el triste, con el solo, con el que tiene las manos manchadas. Vencer esa repulsión natural hacia lo feo y lo vulgar. Aprender a transitar los caminos de la tierra con amor, como el bendito San Francisco. Hacer lo imposible para que el Tabor baje al valle, para que hunda en el valle sus raíces. Sin apagar nunca, eso sí, el recuerdo de aquella luz de arriba, reconfortante y segura. Convencidos de que la vida cristiana no es comodidad, sino tensión; no es seguridad, sino riesgo; no es evasión, sino cruz. El Evangelio del Tabor es una invitación a la esperanza, pero también a la realidad de una existencia consagrada al cambio, al crecimiento. Al crecimiento y a la transformación del hombre, de la comunidad y de la Historia • AE

[1] R. Daumal, El Monte análogo. Novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente verdadera, Trad. W. Romero, Buenos Aires, Augural. Edición independiente. 2005; Daumal (1908 –1944) fue un escritor, ensayista, traductor y poeta francés que estuvo relacionado movimientos como el dadaísmo, el futurismo y, desde luego, el surrealismo.
[2] Cfr. 2 Pe, 1, 16-19. 

sábado, 29 de julio de 2017

Tesoro escondido


¿Cuál es el tesoro escondido, del que habla Jesús, “tesoro escondido”, leit-motiv del poema? Es el Evangelio; es Jesús mismo. Hacemos pues unas variaciones sobre este punto central. Evocamos aquel texto de san Pablo: Leedlo y veréis cómo comprendo yo el misterio de Cristo, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas... (Ef 3,4-5). Estos profetas son los profetas del Nuevo Testamento. El pasaje hace eco a aquellas palabras del Evangelio: Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo oyeron, y oí lo que oís y no lo oyeron (Mt 13,16-17)


Tesoro escondido
en la Eucaristía,
aquí noche y día
presencia y latido.

Divino Evangelio,
tesoro escondido,
los cielos y tierra
jamás fueros dignos
de oír tal noticia,
de ver tal prodigio:
Jesús lo ha anunciado:
yo lo he recibido.

El Verbo del Padre
tesoro escondido,
no cabe en el cosmos
y cabe en mí mismo.
Muy dentro del alma
de mí lo más mío,
plantó su morada
y habita conmigo.

Dios es su Palabra,
tesoro escondido;
profetas y reyes,
por Dios bendecidos,
no vieron ni oyeron;
yo sí lo he oído,
que Dios en Jesús
Dios carne se hizo.

La Virgen purísima
lo lleva consigno;
lo cree y lo adora,
tesoro escondido.
María nos marca
lo que es el camino:
la fe y obediencia
y afecto purísimo.

Él vive, él está,
tesoro escondido,
y llena la tierra,
yo soy su testigo.
Jesús es el cielo,
que al suelo ha venido,
yo soy su discípulo
y yo lo predico.

Jesús, mi Jesús,
mi Dios escondido,
Jesús proclamado
a todos los siglos.
A ti me consagro,
pues tú lo has querido;
tu gracia me basta:
guárdame contigo. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 22 julio 2011. 

viernes, 28 de julio de 2017

El tesoro, la perla y la Magdalena.

Jan Cossiers, Jesús se aparece a Maria Magdalena (1650) óleo sobre tela, 
Iglesia de San Antonio de Padua, Amberes (Bélgica) 
...

Jesús habla del Reino de los cielos y lo compara con algo que todos van a entender perfectamente: el tesoro escondido que un hombre encuentra, una la perla que un comerciante descubre y una red llena de peces que recoge gozosamente un pescador. En los tres momentos hay una reacción clara: hay que vender todo para lograr el tesoro, para comprar la perla. Y hay que hacerlo rápida y gozosamente porque lo que se va a conseguir con aquella venta supera en mucho lo vendido. Esta es quizá la postura del hombre y la mujer que se han encontrado con Dios en algún momento de su vida. En otras palabras: debemos quedarnos tan ilusionados, tan contentos que no hemos de dudar en preguntarnos qué tenemos qué vender, qué dejar o qué cambiar con tal de encontrarnos con el Señor. Los cristianos conocemos a Dios de la mano de Jesús, es verdad, pero si alguien nos observa en nuestro día a día ¿podría decir que en nuestra existencia se ha producido un acontecimiento gozoso que nos ha cambiado profundamente? Quizá piensen que nuestra fe es más bien un conjunto de prohibiciones y preceptos pesadísimos, el cumplimiento de una aburrida liturgia los domingos y nada más. Si nosotros no somos conscientes de que Dios y sólo Él es la fuente de nuestra paz y de nuestra alegría, y que es Él quien da sentido a las prácticas de nuestra fe, no vamos a estar dispuestos a dar nada a cambio de Él, y nuestra fe seguirá siendo monótona y sin contenido. El problema que tenemos los cristianos es que no nos hemos encontrado personalmente con Jesús[1]. Papa Benedicto nos animó muchas veces reflexionar en esta idea: “el centro de la existencia, aquello que da sentido pleno y firme esperanza al camino, a menudo difícil, es la fe en Jesús, es el encuentro con Cristo (…) No se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarlo como una Persona viva, de dejarse implicar totalmente por él y por su Evangelio"[2]. Nuestra fe no es una idea, o un proyecto o una construcción. Es una persona: Jesucristo. El está presente y vivo. El nos dio la existencia y él nos dará la eternidad. Nos acogerá en un encuentro ¿cómo decirlo? Pues como difícil de explicar, pero pa'entendernos será algo parecido a aquel que hace siglos tuvieron Jesús y Magdalena junto al sepulcro vacío. Ella estaba desolada y confusa, creía que aquel hombre era un hortelano que se había llevado el cuerpo de quien tanto amaba, y sin casi sin mirarle le pregunta dónde ha puesto el cuerpo que estaba en el sepulcro. Aquel hombre sencillamente dice su nombre-María- y ella vuelve la cabeza enloquecida. Si una mujer ha llorado de alegría alguna vez, si alguien sabe qué significa estallar de gozo y de felicidad, tuvo que ser ésta. Bueno, pues algo parecido nos sucederá a nosotros: en el momento que pensemos que todo se ha hundido para siempre, que nuestro sepulcro está vacío y que nada tiene sentido, Alguien junto a nosotros pronunciará nuestro nombre y ¡qué locura!, ¡el pecho estallará y nuestros ojos serán fuegos artificiales de alegría! Y una eternidad llena de lágrimas de alegría y gratitud. Sí: Jesús está siempre cerca. Muy cerca • AE


[1] A. M. CORTES, Dabar, 1987, p. 39
[2] Angelus en Castel Gandolfo el 5-VIII-2012. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Tu camino y tu verdad (Sal 85)


Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad.


Hoy pido que me guíes, Señor. Me encuentro a veces tan confuso, tan perplejo, cuando tengo que decidirme y dejar al lado una opción para tomar otra, que he comprendido al fin que es mi falta de contacto contigo lo que me hace perder claridad y perderme cuando tengo que tomar decisiones en la vida. Pido la gracia de sentirme cerca de ti para ver con tu luz y fortalecerme con tu energía cuando llega el momento de tomar las decisiones que marcan ¡ni paso por el mundo. A veces son factores externos los que me confunden. Qué dirá la gente, qué pensarán, qué resultará... y luego, todo ese conjunto de ambiente, atmósfera, prejuicios, modas, críticas y costumbres. No sé definirme, y me resulta imposible ver lo que realmente quiero, decirlo y hacerlo. Te ruego, Señor, que limpies el aire que me rodea para que yo pueda ver claro y andar derecho. Y más adentro, es la confusión interna que siento, los miedos, los apegos, la falta de libertad, la nube de egoísmo. Allí es donde necesito especialmente tu presencia y tu auxilio, Señor. Libérame de todos los complejos que me impiden ver claro y elegir lo que debería elegir. Dame equilibrio, dame sabiduría, dame paz. Calma mis pasiones y doma mis instintos, para que llegue a ser juez imparcial en mi propia causa y escoja el camino verdadero sin desviaciones. Guíame en las decisiones importantes de mi vida y en las opciones pasajeras que componen el día y que, paso a paso, van marcando la dirección en la que se mueve mi vida. Entréname en las decisiones sencillas para que cobre confianza cuando lleguen las dificiles. Guía cada uno de mis pasos para que el caminar sea recto y me lleve en definitiva a donde tú quieres llevarme • Carlos G. Vallés, Busco tu rostro. Orar los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander-1989, pág. 164.  

(Habemos) De todo, como en botica.


En la vida diaria hemos de enfrentar muchas incomprensiones y rivalidades y si además nos sentimos –como de hecho sucede entre muchos de nosotros- poseedores de la verdad y excluimos a los demás de la mínima parte de ella, ¡vaya situación más difícil! Poco a poco hemos ido desconociendo la grandeza de lo esencial para centrarnos en la pequeñez de lo opinable e intrascendente. Así es que nos hemos ido convirtiendo en comunidades de fe que a veces no tienen el testimonio del amor; en cristianos que recibimos a Jesús en la comunión pero con recelos y enfrentamientos constantes, en seres humanos llenos de exclusiones y excomuniones ¡Qué fácil es ser hijo de Dios sin consecuencias humanas, y qué fácil ser hermano de unos hombres lejanos y desconocidos! ¿Qué Iglesia quiere el Señor? ¿Qué Reino quiere que construyamos? El Reino de Jesús se nos presenta en el Evangelio de este domingo, a través de la parábola, como una comunidad de justos y pecadores, como una gran familia de buenos y malos, como un gran campo de trigo y de cizaña[1]. Si esa comunidad la hacemos nosotros, ¿por qué no nos damos cuenta de esa realidad que llevamos dentro?, ¿por qué no comprendemos que, al incorporarnos a esa comunidad lo hacemos con nuestras obras buenas y malas, con nuestros pecados y virtudes, con nuestra buena semilla y nuestra parte de cizaña? Pertenecemos a una Iglesia de pecadores, de gente que necesita la medicina del Médico y el Pan para el camino. Esto debería alegrarnos. Formamos parte de una Iglesia a la que Dios ama por santa y por necesitada de perdón. El mensaje del Jesús es claro: no somos nosotros quiénes para juzgar, ni quién para arrancar[2]. Sólo el Señor, dueño del campo, distingue entre nosotros la cizaña y el trigo. Y Él siempre espera. No quiere la expulsión del malo o equivocado antes del juicio final. Su opción es por la convivencia, por la comunidad, por el amor mutuo que lleva a la superación de criterios distintos, de actitudes y opciones diversas, esperando el juicio tan sólo de un Dios que es Amor. ¿No cuestiona nuestras vidas esta parábola? ¿No cuestiona también en quienes formamos parte de la jerarquía de la Iglesia los sermones atronadores y las condenas que por  siglos hemos predicado? ¿No sugiere actitudes de comprensión y de misericordia? Todos tenemos experiencia de lo mucho que cuesta convivir, del esfuerzo que supone la aceptación del otro y del sacrificio que implica la comunión eclesial. Buena cosa sería invocar todos juntos a  Espíritu del que nos dice san Pablo que viene en ayuda de nuestra debilidad y que intercede por nosotros con gemidos inefables. De Él esperamos la fuerza necesaria para vivir comunitariamente esa vida nueva de miembros de un solo cuerpo, el de Cristo resucitado • AE 


[1] Cfr. Mt 13,24-43.
[2] Es el mismo mensaje que concretará san Pablo en su primera carta a los Corintios: "No juzguéis nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor. Él sacará a la luz lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los motivos del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios" (4,5).

miércoles, 12 de julio de 2017

Sembrador de semillas divinas.


Sembrador de semillas divinas
que del cielo has traído a la tierra
con parábolas bellas sembrabas
tu palabra de amor, que era nueva.

Sembrador de Evangelio, Jesús,
el amor es tu inmensa cosecha;
ya los campos dorados anuncian
que eras tú el Sembrador de la siembra.

Las semillas del Verbo esparcidas
por doquier en culturas diversas,
anunciaban que Dios Encarnado
en el mundo ya era presencia.

Somos tierra por Dios abonada
para el ciento por uno en la siega;
no haya zarzas que ahoguen el tallo,
no haya piedra que el suelo endurezca.

Sembrador, esperanza del hombre,
Sembrador en mi vida y faena,
yo contigo dispuesto a por todo,
serás tú cosechero en mi era.

Que mi fe sea ahora alabanza,
al mirarte, Jesús, cómo creas:
Tú trabajas y el Padre trabaja:
el amor, que es tu gracia, florezca. Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 6 julio 2011’

Ilustración:
V. Van Gogh, Sembrador a la puesta de sol (1888), 
óleo sobre tela, MuseoKröller Müller. 

Este sembrador es fruto del contacto entre Paul Gauguin y Vincent Van Gogh 
durante el otoño de 1888, compartiendo la misma casa en Arles (Francia); 
una obra que al mismo tiempo recuerda  a Millet.


Manos que siembran y manos que aplauden.


Con esta parábola del sembrador que hemos escuchado ¡tantas veces! Jesús explica el significado auténtico de la propia misión, y además es como si nos dijera: “sí, soy el Mesías, pero no lo soy de la manera o el estilo que ustedes se imaginan. No he venido a juzgar, sino a salvar. No he sido invitado a poner en su sitio las cosas, sino a iniciar algo. Vengo a dar la señal de partida. Inauguro no el tiempo del juicio, sino el de la paciencia. Mi misión está bajo el signo de la siembra, no de la cosecha”. Y justo por eso es que resalta la figura del sembrador (que es el Señor mismo). La parábola no nos proyecta hacia el futuro, sino hacia el presente. El Reino de Dios está aquí, por lo tanto se trata de comprender el presente en su aparente falta de significado; en no buscar signos de la gloria futura. El Reino de Dios llega, digamos, a escondidas, e incluso a pesar del fracaso[1]. Alguien ha dicho que esta es la parábola de la confianza en el éxito final. No. En realidad es la parábola de la confianza en los comienzos. Lo importante es la siembra, no la cosecha. Jesús nos dice que el Reino es una siembra (no lo que esperan los oyentes: algo terminado, decidido), y que él es el sembrador, que él ha salido para esto, no para otra cosa. Su tarea específica es el sembrar. Ni siquiera es importante saber lo que siembra (no lo menciona). Lo significativo es el acto de sembrar. Con frecuencia nos sentimos angustiados: ¿por qué tanta fatiga desperdiciada? ¿por qué se obtienen unos resultados tan modestos? ¿vale la pena insistir? ¿qué se consigue? ¿para qué tantos esfuerzos, tantos sacrificios, tantas esperanzas vanas? Sí, es la preocupación que todos tenemos por los resultados, por sacar las cuentas. Esta parábola nos ayuda a no quedarnos en las apariencias, en el cascaron de las cosas, a entender que el éxito ya está presente en los fracasos, que la cosecha ya está presente en la siembra. Además, el sembrador no elige el terreno. No decide cuál es el terreno bueno y cuál es el desfavorable, cuál apto y cuál menos apto, cuál del que se puede esperar algo, y cuál por el que no vale la pena esforzarse. El sembrador no separa el terreno en bueno o malo. El terreno se revela en lo que es, después de la siembra, no antes ¡Ay si todos los cristianos recordásemos esto! Nuestro quehacer no consiste en clasificar la tierra ni en trazar el mapa de las posibilidades (¡Ay esos planes de pastoral a veces tan llenos de nada y tan faltos de amor!). Los cristianos hemos de probar todos los terrenos y regar la Palabra por todas partes, debemos aprender a malgastar la semilla, a hacer numerosos gestos inútiles. Y desde luego a no olvidar que la semilla, que es la Palabra, tiene el poder de transformar el terreno: puede romper las rocas y abrirse un paso en el camino difícil. La parábola no nos cuenta que la semilla se resigne a las condiciones que encuentra. La palabra es creadora. También del terreno. Basta dejarla obrar. Es la Palabra la que puede transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne[2]. La semilla se pierde sólo cuando se queda en las manos cerradas de un sembrador cobarde que no sale para no poner en peligro la palabra[3]. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien»[4]. ¿estamos abiertos a ser sembradores y a esparcir la Palabra –o el bien que esté en nuestras manos hacer- sin esperar aplausos y trofeos? • AE



[1] Cfr. G. Bornkamm, El Nuevo Testamento y la historia del cristianismo primitivo, 1975; Estudios sobre el Nuevo Testamento, 1983; Pablo de Tarso, 2002 (6a. ed.)
[2] Cfr. Ez 36, 26.
[3] Cfr. A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A. Edit. Sígueme, Salamanca 1986, p. 167 y ss.
[4] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 2.