jueves, 10 de agosto de 2017

La duda y el Amor.


Por qué dudaste? La misma pregunta que el Señor hace a Pedro atraviesa toda la historia como fuera una línea de pólvora y viene y se pone delante de ti y de mí ¿Por qué dudaste? No es fácil responder. Primero hay que guardar un respetuoso silencio. Y es que a veces las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos hacen turbios sin saber exactamente por qué. Cosas que antes aceptábamos con valentía empiezan a debilitarse y hay dentro de nosotros una pequeña gran tentación de abandonarlo todo, de empezar a no creer. Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. Y es que difícil cosa es abandonarnos al misterio. La razón sigue buscando una luz clara que dirija el camino, y si a esto le sumamos la superficialidad y ligereza con la que vivimos y el culto que le damos a ¡tantos ídolos! No es extraño que a ratos tengamos la sensación de haber perdido realmente a Dios. Si somos sinceros hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que decimos ser y el realmente somos. ¿Qué hacer entonces cuando descubrimos en nuestro interior una fe frágil y vacilante, una llama que casi se apaga? Lo primero es no desesperarnos, ni asustarnos al descubrir dudas y momentos obscuridad. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios, a ratos, lo buscamos a tientas, a tropezones; al final la fe brilla cuando hemos atravesado, a pie, el desierto de la duda y la oscuridad #lavidamisma Poco a poco, día a día, hemos de aceptar el misterio de Dios con un corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con el Señor, con la alegría de que podemos vivir y relacionarnos con Él y amarlo y sentirnos amados por Él sin que nuestros interrogantes y dudas se encuentren resueltos por completo. Sí, leíste bien: es posible vivir con Dios y en su presencia y caminando en terreno resbaloso. Aquí lo que importa es saber gritar como Pedro una y otra vez: Sálvame, Señor[1]. Saber levantar hacia Él nuestras manos vacías, no sólo como gesto de súplica sino también y sobre todo como un gesto de entrega confiada de quien se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación[2]. Lo de la canción ésa tan bonita y tan popular, tan de parroquia: entre tus manos está mi vida Señor /entre tus manos pongo mi existir… La fe es caminar sobre agua, con todo el miedo y la inseguridad que eso conlleva, sí, pero con la esperanza cierta de encontrar esa mano que nos salva del hundirnos por completo • AE



[1] Cfr. Mt 14, 22-33.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 99 ss.

No hay comentarios:

Publicar un comentario