viernes, 4 de agosto de 2017

El Tabor y el Calvario.


Cuentan que cuando Jeffrey Alan Hoffman terminaba su primera misión espacial en abril de 1985 leyó desde el espacio este pasaje de René Daumal, escrito unos sesenta años antes: «No se puede permanecer en la cumbre eternamente, hay que descender de nuevo. Por eso ¿qué sentido tiene preocuparse por el primer puesto? Precisamente por eso. Lo que está arriba no sabe lo que está abajo, pero lo que está abajo no sabe lo que está arriba. Uno escala, ve, desciende. Luego ya no ve nada más. Pero ha visto. Hay un arte de conducirse a sí mismo en las regiones bajas por el recuerdo de lo que uno ha visto en las regiones altas. Cuando no se puede ver ya, se puede seguir sabiendo, por lo menos, que existen las cosas de arriba»[1]. ¡Exactísimo! (sic) Es importante haber visto, saber que existen las cosas de arriba. Aunque luego ya no se vean. Pedro, Santiago y Juan cuando bajaban del Tabor, seguramente lo hacían tristes y abatidos. Después de haber visto a su maestro en un momento de gloria, esplendor y luz ahora deben volver a la vida diaria; ven a Jesús descender de la montaña, solitario, lento y cotidiano. Tal vez cansado. Es el mismo de siempre y, como siempre, comienza a hablarles de su próxima muerte. ¡Cuánto les cuesta descender del monte! Aun así han visto ¿Quién podrá arrebatarles esa certeza? Pasarán los años, el escándalo de la Cruz pasará por sus ojos y sus almas, pero allá muy adentro, brillando, quedará un resplandor: el recuerdo de la Transfiguración[2]. Gracias a aquel momento podrán vivir la vida normal con el recuerdo de lo que han visto en la cima: la luz de Dios y su gloria. Lo han visto, lo saben. Eso es todo. Sí: qué difícil, bajar de las alturas. Bajar de las certezas, de las seguridades. El que ha estado en la montaña, el que ha admirado panoramas espléndidos luego sufre en la oscuridad del valle. No puede conciliarse con el tráfico, con el asfalto, con el rumor de la vida ordinaria. El corazón se le estrecha y acongoja. Tendemos a quejarnos constantemente de lo mal que está el mundo y buscamos en nuestro corazón fotografías de la altura, bellas instantáneas que han quedado allí fijas para siempre. Y tratamos de vivir allá arriba, más que en el asfalto, más que en este valle de lágrimas, como decimos en la Salve ¿Es momento de volver a la cima y hacer ahí tres tiendas para siempre? No. Es urgente bajar, reconciliarse con los hombres, aprender a hablar con el triste, con el solo, con el que tiene las manos manchadas. Vencer esa repulsión natural hacia lo feo y lo vulgar. Aprender a transitar los caminos de la tierra con amor, como el bendito San Francisco. Hacer lo imposible para que el Tabor baje al valle, para que hunda en el valle sus raíces. Sin apagar nunca, eso sí, el recuerdo de aquella luz de arriba, reconfortante y segura. Convencidos de que la vida cristiana no es comodidad, sino tensión; no es seguridad, sino riesgo; no es evasión, sino cruz. El Evangelio del Tabor es una invitación a la esperanza, pero también a la realidad de una existencia consagrada al cambio, al crecimiento. Al crecimiento y a la transformación del hombre, de la comunidad y de la Historia • AE

[1] R. Daumal, El Monte análogo. Novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente verdadera, Trad. W. Romero, Buenos Aires, Augural. Edición independiente. 2005; Daumal (1908 –1944) fue un escritor, ensayista, traductor y poeta francés que estuvo relacionado movimientos como el dadaísmo, el futurismo y, desde luego, el surrealismo.
[2] Cfr. 2 Pe, 1, 16-19. 

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